CICLO ESCRITORES: ANTONIN ARTAUD (FRANCIA, 1896-1948)

El teatro y su doble, fue para mi como la sombra y su doble, o sea yo. Leí el libro publicado en Cuba, rigurosidad obliga, a decir verdad le temía a ese libro, sin embargo me sedujo el concepto de teatro de la crueldad, ¿no somos en la vida sus mejores actores? No sólo resultó a partir de ahí, un poeta, un novelista, un ensayista, un dibujante, imprescindible para mí, además fue un actor y director que marcó pautas de relación entre la vida y la actuación, y que me inspira para describir rasgos de personajes.

Todo empezó, como es habitual, en la infancia, pero en su caso, comenzó por una migraña intensa que no se alivió que con su muerte. La migraña lo condujo al arte, el arte a la locura, la locura a la lucidez, y murió, pienso, de exceso de lucidez.

Como actor, pudo expresar sus inquietudes de intelectual como pocos, sobre todo en su personaje de Marat en la película Napoleón de Abel Gance, o en su personaje de Jean Massieu en  La pasión de Juana de Arco de Carl T. Dryer – 1927/1928.

Fue el guionista de la primera película surrealista La coquille et le clergyman de Germaine Dulac, 1926 (1ra parte y 2da parte).

Antonin Artaud es el autor de una obra impulsiva, surrealista, plena de sensaciones. Una obra que marca con su complejidad y sus ideas de la irrealidad. Yo recomendaría, de su obra literaria, por supuesto El teatro y su doble (Gallimard, 1938), El arte y la muerte (Denoël, 1929), Las nuevas revelaciones del ser (Denoël, 1937), y sé que muchos lectores cubanos han leído De un viaje al país de los Tarahumaras (Ëditions de la Revue Fontaine, 1945).

NAN GOLDIN. (ESTADOS UNIDOS).

NAN GOLDIN.

Zoé Valdés.

Antes de conocerla ya me sabía de memoria sus fotos: La espalda semidesnuda de Pawel, sus granos como cráteres, la columna vertebral era como una avenida por donde se desliza cariñosa la vida. El edredón azul apenas cubre su cabeza, como un torbellino de agua salada, o como el manto de la virgen. La cabeza de Pawel, recostada en el brazo, la mano derecha en el aire, y por detrás de la nuca, esa mano sustituye la belleza que suponemos del rostro. La sábana, como un mar de impaciencia, la almohada mal acomodada, y muy en un segundo plano, la punta de un cuadro anuncia la suposición del índigo. El cuello de Pawel, la sangre observada en transparencia, la luz recorre el pabellón de la oreja, de ese hombre, que es, Pawel. No puede ser otro, y que tal vez duerma, o reflexione. Esa foto me resulta muy familiar, siento como si hubiera estado presente en aquel instante, como si hubiera dormido junto a Pawel, y como si jamás lo hubiera abandonado en esa posición.


Nan Goldin entró en mi vida como un milagro, sólo los milagros venidos de la tierra pueden entrar así, de ese modo luminoso, en las vidas. Entró de sopetón, sin prevenir, sin maneras, y desviándome el espíritu. Nan Goldin se me instaló en los párpados, murmurándome una novela. Llegó de improviso, para describir la amortiguada belleza de Geno in my bathroom. No es menos cierto que el seno de Geno, aplastado sobre su muslo delgado, es una acción extraña, ejecutada en el lavabo, mientras se limpia las uñas de los pies; una acción que requiere de continuidad y la tiene, en esta suma de perplejidades que es ese ser detenido. Geno inmovilizada en mis pupilas. Es verdad, también, que el rostro de Sharon, violento en su soñolencia, me trae a la memoria a una antigua amiga perdida en la selva venezolana. ¿Los amigos de Nan Goldín habrán coincidido con los míos?


Nan Goldin retrata las afirmaciones o las negaciones, de vidas ocultas, así, sencillo, sin aspavientos de artista. Retrata la perfecta imperfección de un cigarrillo, una deshecha cama de hotel, un reguero prendido de una capa de marfil, o la misma cama, u otra, camas y camas, en el mismo hotel, u otro, hoteles y hoteles… Una cama, ahora tendida con pulcritud, adornada con un suntuoso espectáculo de naturaleza frutal, teatral, carnal. También apresa, esa Nan Goldin, a la que ya empiezo a querer, el suspiro lento del “no” de los enfermos, el súbito ardor del tatuaje en el hombro de Bruno, el niño de Nápoles. Incluso, percibimos el estremecimiento de los muebles en un espacio desolador. Y los senos, de una mujer abandonada, amoratados por el golpe, por el excesivo amor. La espuma en el cuerpo resbaloso, recién aseado, de una adolescente, devenida amante. La nebulosa gris, en las ojeras de unos ojos femeninos, desorbitados, un himno al terror. Nan Goldin musitó esas imágenes, debajo de mis cejas y yo me estrené en sus aventuras de danaide.


Supongo que es siempre ella la que por mí contempla un paisaje opaco, a través de la ventanilla del tren, quien siembra un murmullo en mis lagrimales. Acaricio la carcajada de la madre, una señora que por fin abre los puños, y se aproxima, a rendirme en su abrazo. Nan Goldin es una de esas Diosas Blancas, al estilo de Robert Graves, una auténtica Astarté en posesión de una cámara, dueña y señora de la imagen, reina de la luz.

Surgidas de un patético silencio, las Drags Queens vacilan en el remordimiento, rezan fugadas del vuelo de cualquier pájaro desorientado, comen sin remilgos, aderezadas para un banquete interminable; más tarde bailan, mientras fuman o se drogan, desnudas hasta el vicio, maquilladas las palabras, albergadas en la tienda de campaña de la anfitriona, siempre a punto de partir hacia ningún lado… Lo que me fascina del arte de Nan Goldin es eso, pareciera que el mundo transcurre en su cama, que nace y muere en ella. Una calle, un chapuzón en el río, las estaciones, las melodías, la muerte de los amigos, el orgasmo de los novios, las amapolas y las buganvilias abarrotan su colchón; también las querellas, peleas de indomables, puñetazos, un coágulo transformado en recién nacido, disfrazado de rojo con pechera blanca, sentado encima de esa mujer despeinada, que luce collar de gruesas cuentas carmelitas, la tela del suéter algo arrugado.
Presiento un cosquilleo de frases, un pestañeo alucinado, voces de invitados que danzan ritos proféticos, y me dictan el rumbo de la escritura. A mí, que sólo deseo introducirme, revivirme en el anhelo de volver a la cama con Pawel.


Yo misma, mientras escribo estas líneas, me siento ciudadana de la cama de Nan Goldin, buceadora en la geografía del edredón marítimo de Pawel, perdida en el mapa de su espalda, ese insólito universo. Es entonces, que compruebo, con un pie en la eternidad de la foto, pese a la distancia de las islas, que Nan Goldin y yo somos testigos de la misma alegría, del mismo dolor.

Ayer, alguien que sabe de mi pasión por la fotografía, me preguntó si conocía las fotos de Nan Goldin. Sonreí, liviana de placer. ¡Cómo que no!

París, 1997.