El teatro y su doble, fue para mi como la sombra y su doble, o sea yo. Leí el libro publicado en Cuba, rigurosidad obliga, a decir verdad le temía a ese libro, sin embargo me sedujo el concepto de teatro de la crueldad, ¿no somos en la vida sus mejores actores? No sólo resultó a partir de ahí, un poeta, un novelista, un ensayista, un dibujante, imprescindible para mí, además fue un actor y director que marcó pautas de relación entre la vida y la actuación, y que me inspira para describir rasgos de personajes.
Todo empezó, como es habitual, en la infancia, pero en su caso, comenzó por una migraña intensa que no se alivió que con su muerte. La migraña lo condujo al arte, el arte a la locura, la locura a la lucidez, y murió, pienso, de exceso de lucidez.
Como actor, pudo expresar sus inquietudes de intelectual como pocos, sobre todo en su personaje de Marat en la película Napoleón de Abel Gance, o en su personaje de Jean Massieu en La pasión de Juana de Arco de Carl T. Dryer – 1927/1928.
Fue el guionista de la primera película surrealista La coquille et le clergyman de Germaine Dulac, 1926 (1ra parte y 2da parte).
Antonin Artaud es el autor de una obra impulsiva, surrealista, plena de sensaciones. Una obra que marca con su complejidad y sus ideas de la irrealidad. Yo recomendaría, de su obra literaria, por supuesto El teatro y su doble (Gallimard, 1938), El arte y la muerte (Denoël, 1929), Las nuevas revelaciones del ser (Denoël, 1937), y sé que muchos lectores cubanos han leído De un viaje al país de los Tarahumaras (Ëditions de la Revue Fontaine, 1945).
Antes de conocerla ya me sabía de memoria sus fotos: La espalda semidesnuda de Pawel, sus granos como cráteres, la columna vertebral era como una avenida por donde se desliza cariñosa la vida. El edredón azul apenas cubre su cabeza, como un torbellino de agua salada, o como el manto de la virgen. La cabeza de Pawel, recostada en el brazo, la mano derecha en el aire, y por detrás de la nuca, esa mano sustituye la belleza que suponemos del rostro. La sábana, como un mar de impaciencia, la almohada mal acomodada, y muy en un segundo plano, la punta de un cuadro anuncia la suposición del índigo. El cuello de Pawel, la sangre observada en transparencia, la luz recorre el pabellón de la oreja, de ese hombre, que es, Pawel. No puede ser otro, y que tal vez duerma, o reflexione. Esa foto me resulta muy familiar, siento como si hubiera estado presente en aquel instante, como si hubiera dormido junto a Pawel, y como si jamás lo hubiera abandonado en esa posición.
Nan Goldin entró en mi vida como un milagro, sólo los milagros venidos de la tierra pueden entrar así, de ese modo luminoso, en las vidas. Entró de sopetón, sin prevenir, sin maneras, y desviándome el espíritu. Nan Goldin se me instaló en los párpados, murmurándome una novela. Llegó de improviso, para describir la amortiguada belleza de Geno in my bathroom. No es menos cierto que el seno de Geno, aplastado sobre su muslo delgado, es una acción extraña, ejecutada en el lavabo, mientras se limpia las uñas de los pies; una acción que requiere de continuidad y la tiene, en esta suma de perplejidades que es ese ser detenido. Geno inmovilizada en mis pupilas. Es verdad, también, que el rostro de Sharon, violento en su soñolencia, me trae a la memoria a una antigua amiga perdida en la selva venezolana. ¿Los amigos de Nan Goldín habrán coincidido con los míos?
Nan Goldin retrata las afirmaciones o las negaciones, de vidas ocultas, así, sencillo, sin aspavientos de artista. Retrata la perfecta imperfección de un cigarrillo, una deshecha cama de hotel, un reguero prendido de una capa de marfil, o la misma cama, u otra, camas y camas, en el mismo hotel, u otro, hoteles y hoteles… Una cama, ahora tendida con pulcritud, adornada con un suntuoso espectáculo de naturaleza frutal, teatral, carnal. También apresa, esa Nan Goldin, a la que ya empiezo a querer, el suspiro lento del “no” de los enfermos, el súbito ardor del tatuaje en el hombro de Bruno, el niño de Nápoles. Incluso, percibimos el estremecimiento de los muebles en un espacio desolador. Y los senos, de una mujer abandonada, amoratados por el golpe, por el excesivo amor. La espuma en el cuerpo resbaloso, recién aseado, de una adolescente, devenida amante. La nebulosa gris, en las ojeras de unos ojos femeninos, desorbitados, un himno al terror. Nan Goldin musitó esas imágenes, debajo de mis cejas y yo me estrené en sus aventuras de danaide.
Supongo que es siempre ella la que por mí contempla un paisaje opaco, a través de la ventanilla del tren, quien siembra un murmullo en mis lagrimales. Acaricio la carcajada de la madre, una señora que por fin abre los puños, y se aproxima, a rendirme en su abrazo. Nan Goldin es una de esas Diosas Blancas, al estilo de Robert Graves, una auténtica Astarté en posesión de una cámara, dueña y señora de la imagen, reina de la luz.
Surgidas de un patético silencio, las Drags Queens vacilan en el remordimiento, rezan fugadas del vuelo de cualquier pájaro desorientado, comen sin remilgos, aderezadas para un banquete interminable; más tarde bailan, mientras fuman o se drogan, desnudas hasta el vicio, maquilladas las palabras, albergadas en la tienda de campaña de la anfitriona, siempre a punto de partir hacia ningún lado… Lo que me fascina del arte de Nan Goldin es eso, pareciera que el mundo transcurre en su cama, que nace y muere en ella. Una calle, un chapuzón en el río, las estaciones, las melodías, la muerte de los amigos, el orgasmo de los novios, las amapolas y las buganvilias abarrotan su colchón; también las querellas, peleas de indomables, puñetazos, un coágulo transformado en recién nacido, disfrazado de rojo con pechera blanca, sentado encima de esa mujer despeinada, que luce collar de gruesas cuentas carmelitas, la tela del suéter algo arrugado.
Presiento un cosquilleo de frases, un pestañeo alucinado, voces de invitados que danzan ritos proféticos, y me dictan el rumbo de la escritura. A mí, que sólo deseo introducirme, revivirme en el anhelo de volver a la cama con Pawel.
Yo misma, mientras escribo estas líneas, me siento ciudadana de la cama de Nan Goldin, buceadora en la geografía del edredón marítimo de Pawel, perdida en el mapa de su espalda, ese insólito universo. Es entonces, que compruebo, con un pie en la eternidad de la foto, pese a la distancia de las islas, que Nan Goldin y yo somos testigos de la misma alegría, del mismo dolor.
Ayer, alguien que sabe de mi pasión por la fotografía, me preguntó si conocía las fotos de Nan Goldin. Sonreí, liviana de placer. ¡Cómo que no!
Gran amigo, fabulador y aventurero de los significados infinitos, aquí los dejo con Fernando Arrabal y algunas palabras o arrabalerismos de su diccionario pánico:
Alas: No tiene pechos, sino alas: en cuanto me besa ¡planeo!
Antisocial: ¡Es tan antisocial! Comprende mejor que nadie el mundo.
Bailarina: En lo más oscuro de mi crisma la bailarina se pasa la noche taconeando.
Bandera: Al gran revolucionario la bandera roja le limpió el culo.
Biografía: Mi vida es una putita que se desmadra cuando por la noche sueña.
Bisexual: Se saltó la tapia de los sexos.
Castrista: El maestrillo de cuchara no es bobo por ser castrista, sino porque es bobo; y de paso es bobamente castrista.
Chorrito: Le lanzo un chorrito de esperma que venía ¡de tan lejos!
Decente: Pone taparrabos a las pistolas solas.
Divisa: Al pan pan y al gato tigre.
Esteta: Mima a su gata, sin saber que la cucaracha también es un animal doméstico.
Estupor: “¿Y cómo es que usted se erigió contra la dictadura fascista y al mismo tiempo contra el gulag comunista?” El quijote se disculpa: “¡No podía imaginar que iba a ser el único!”
Eunuco: Como el rencor y la envidia.
Fe: Suprimido el saber, ¡qué fácil es conocer la fe!
Felación: En el Bar de Mercer Street el beodo me dice: “Drácula también es una mujer, sólo chupa a los que no quiere”.
Ideal político: La transición definitiva.
Porvenir: ¡Ya!
Realismo mágico: Como Homero tenía el buen gusto de no adonarse (¡ni adornarse!) con el “realismo mágico”, en la Odisea solo habla un caballo.
Refrán: No hay mal que por mal no venga.
Tomado de Diccionario Pánico de Fernando Arrabal, Editorial Biblioteca Golpe de dados, colección Libros delInnombrable, 2007.
Una nueva guerra, Rusia bombardea Georgia, por Osetia del Sur. Los Castros se ponen del lado de su amiguete Putin, ¿qué íbamos a esperar? Hoy, durante una conexión en vivo en la ciudad de Gori, la periodista de la televisión pública, Tamara Urushadze, resultó herida en directo, lo que no impidió que la periodista continuara emitiendo su reportaje. La bala le roza el brazo, ella cae al suelo, luego la conducen a un lugar seguro donde le aplican una cura, mientras ella recupera el micro y sigue con su trabajo. Todavía no he visto manifestarse a un sólo militante en contra de la guerra y a favor de la paz.
Durante años Gustavo Valdés poseyó uno galería en un viejo edificio de New Jersey. Era uno de esos edificios llenos de encanto, de ladrillo rojo, que parecía medio abandonado, pero en el que vivían artistas y diseñadores que años más tarde le dieron la patada a la lata y hoy son nombres respetables de las artes plásticas y del diseño. Nuestro padre tenía en los bajos su mueblería, y muchos de los artistas cubanos a los que mi hermano expuso pasaban siempre a saludarlo y a conversar un rato con él.
A la galería se entraba por un corredor que daba a la calle, hasta llegar a una escalera ancha, y muy a la manera new-yorkina, se accedía a pìsos y a distintas habitaciones donde se hallaban colgadas las obras del artista o de varios artistas. A finales de los años noventa, Gustavo Valdés mostró en su galería Ars Atelier a Jesús Selgas (ver www.zoevaldes.skyrock.com) y a Geandy Pavón. En estos días escribiré algo sobre Ars Atelier y los pintores que Gustavo Valdés expuso, entre ellos y aparte de los ya nombrados: Hugo Consuegra, Sita Gómez de Kanelba, Clara Morera, Moisés Finalé, Maylis Bourdet, Jocy Drémeaux, Yovani Bauta, Jesús Rivera, entre otros que citaré más adelante.
Pues, decía que a finales de los noventa conocí en New Jersey a Geandy Pavón (Las Tunas, 1974), Gustavo Valdés lo exponía en una de las salas de Ars Atelier, en las otras se encontraba la obra de Jesús Selgas.
La obra de Geandy Pavón sobrecoge, no sólo por su dimensión, los cuadros son inmensos, y como si el espacio no le alcanzara el pintor continúa la obra fuera de ellos, y dibuja en fantasmagórica estela un recorrido preciso y poético en la pared, como si persiguiera el hallazgo del tokonoma lezamiano, ese agujero de silencio en la sombra del muro.
Geandy Pavón fue sumamente amable, me acompañó delante de cada obra, y aunque es un pintor discreto supo darme recomendaciones certeras para apreciar esas llamaradas de fuego que enaltecen el horizonte de dunas, como lejanas explosiones en el desierto. Y luego aparecen unas máquinas, como variaciones de las catapultas; pero de súbito del armatoste de madera, surge un masacote de hierro bien engarzado, o un guerrero medieval empuña una descomunal lanza, vestido con una lustrosa moldura de metal, protegido el pecho por un peto y por un escudo, igualmente plateados como el acero. El guerrero injertado en la armadura enfrenta a un monstruo alado, a una figura metafórica propia de la época de las cruzadas.
Es un mundo sumamente irreal y patafísico, donde las incoherencias aparentes no se justifican ni alteran el significado porque suelen constituir el peso específico de la obra, el sentido poético, el nudo del sueño del artista. El único contenido que sugiere la obra de Pavón es el de la reminiscencia visual, al mismo tiempo que literaria de un contexto lejano, el desierto, y de situaciones exacerbadas por la idea de antigüedad y la relevancia del patrimonio onírico.
Geandy Pavón interpreta el paisaje y la historia a través del presentimiento, como en el ars poética de Enrique Loynaz y en su afán adivinatorio agiganta los acontecimientos para que el espectador los aprecie en la estatura que existieron para él bajo la lupa de la memoria y de la invención.
No conozco la obra reciente de este pintor, no sé si ha transitado idénticos vericuetos, o si su obra ha cambiado; pero ojalá haya seguido por estos laberintos tan bien estructurados, como un hacedor de batallas y de paisajes, desbordando el óleo de explosiones y llamaradas en el desierto: exuberante en su fatum, que en su caso atrae dulces recuerdos y enigmáticas visitaciones, deslumbrado y deslumbrante.
1990. Fiesta en el apartamento de Filiberto Hebra, en New Jersey. Yo había viajado con la delegación cubana al Festival Latino de New York, después de once años volvía a ver a mis hermanos: Gustavo Valdés (sentado en el sofá, fondo a la derecha) y a Mary (la gordita con la que bailo). Me encanta bailar con mi hermana. Allí conocí a Filiberto, a través de Pepe Horta. Filiberto nos inspiró a todos para crear el personaje de mi guión Vidas paralelas. Es cierto que la película es fallida, pero tuvo el mérito de presentar a un personaje homosexual en la pantalla antes que Fresa y chocolate.
Esta fue una de las primeras fiestas (que yo sepa) que reunió gente de Cuba y del exilio, fuera de Cuba, y con generaciones posteriores al 59. Mientras que Filiberto nos descubría a Marisela Verena, nosotros le descubríamos a Carlos Varela. Y también es probable que la primera que sacó hacia Estados Unidos un cassette de Carlos Varela fui yo, lo he contado otras veces. Recuerdo que mi madre me decía: “eres una boba si no te quedas”. Y regresé, porque todos pensábamos en aquel momento, en el que había un cierto auge contestario cultural, que podíamos cambiar las cosas desde adentro; no fue así. Desde hacía mucho rato, pero mucho rato, ya nadie creía en nada. Y cada cual tiene su destino, o su rumbo.
No se pierdan el altar de Filiberto, en el centro, una latica de Vita Nuova. Era como el antialtar.
CUBA, LA REVOLUCIÓN: ¿MITO O REALIDAD? MEMORIAS DE UN FANTASMA SOCIALISTA. CARLOS FRANQUI. (Editorial Península, 2006)
Fragmento:
“FRANQUI, ¡QUÉ DESCORTÉS TE HAS VUELTO!”
Después de la toma de poder, en una reunión en Palacio, a Fidel se le cayó el “yaqui” y todos se apresuraron a recogerlo. Todos menos yo.
-¡Qué descortés te has vuelto, Franqui! -me dijo Fidel.
-Tú sabes, Fidel -respondí-, que no me gusta que me regañen. Que ya una vez te dije que el único que me podía regañar era mi padre, que está muerto.
Fidel mordió el tabaco, puso cara seria y se fue.
Antes de eso habíamos tenido otra discusión porque había sido el primer barbudo en afeitarme la barba. Cuando llegué a Palacio ya tuve una dificultad para entrar. Y al llegar al Consejo de Ministros, Fidel, mirándome a mí y al comandante Faustino Pérez, que también se había afeitado, nos dijo que quién nos había dado permiso para cortarnos la barba, que la barba era la Revolución. A lo que respondí que había llegado a mi casa y mi hijo no me había reconocido; que hacía mucho calor; que no me gustaban las barbas; que iba a dirigir un periódico y, además, que me parecía que un día no iba “a haber más barba que la tuya, Fidel”.
No le gustó, pero tuvo que aceptarlo.
No era que me gustara discutir con Fidel y mucho menos en público. Él mismo me había advertido una vez: “No te metas en la jaula de un tigre para arañarlo, porque te come”.
Carlos Franqui (Clavellinas, Cuba, 1921), es escritor, poeta, periodista, y crítico de arte. Nacido en un latifundio azucarero, en el seno de una familia obrera, muy pronto se unió al Partido Comunista de Cuba, que abandonaría después de organizar con éxito diversas células en varios pueblos rurales. Fue reportero de televisión, redactor de Unión Radio, director del diario Revolución (del que fue destituído por el régimen castrista en 1963). Lector infatigable, amante del arte contemporáneo, sus amistades han sido muy valiosas, grandes artistas e intelectuales del siglo XX: Pablo Picasso, Joan Miró, Jean-Paul Sartre, Julio Cortazar, Susan Sontag, Alexander Calder, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante, José Ángel Valente, Juan Goytisolo, María Zambrano, Graham Greene, entre otros. Exiliado en 1968, momento en el que rompió con el régimen de Castro oficialmente, ha publicado numerosos ensayos, libros de poesía, textos sobre pintura, traducido a diversas lenguas. Entre ellos destacan El libro de los doce, Retrato de familia con Fidel, Diario de la revolución cubana, así como sus obras escritas con Joan Miró y Antoni Tàpies. (Nota de contraportada).
1984. Estudiaba en la Alianza Francesa del Boulevard Raspail, sólo me quedé allí seis meses. Mi profesora se llamaba Catherine Su, era una mujer alta, muy delgada, vivaracha, amante de la literatura y de las artes, aunque muy francesa en su comportamiento era sumamente cosmopolita en sus gustos y hábitos; se notaba que había viajado el mundo entero, de hecho nos contó algunos de sus viajes. Yo me estrenaba en el extranjero, había tenido suerte, me sentía una privilegiada; en una época en la que muy pocos podían salir de Cuba: al que era mi marido sin casarnos lo nombraron a la carrera diplomático en París, pero como no podía viajar solo, le pidieron que se casara y nos casamos. Entre vivir en un cuarto en la calle Mercaderes dos, sin cocina y sin baño, y vivir en París, claro que él aceptó y yo también, aunque yo no estaba muy convencida, no de ir a París, que para viajar a Paris no hace falta que nadie convenza a nadie, ¿definitivamente no venimos todos de París en el pico de una cigueña?, sino porque me daba miedo entrar en un entramado al que no quería pertenecer. De cualquier modo, acepté. Pero debo decir, y sé que pocos me entenderán o me creerán, que para ambos habría sido mejor quedarnos en el pequeño cuarto de Mercaderes dos donde fuimos felices, rodeados de los gatos de Mónica y Al Cafotano, de las pinturas de Juan Moreira y Alicia Leal, de las locuras del Argelino, de los ensayos del Trío de La Bodeguita del Medio, de los alaridos de la Soprano Calva, de la presencia fantasmagórica del Abogado, un negro que con ciento dos años contaba que había conocido a José Martí y a Juan Gualberto Gómez cuando fraguaron en un cuarto de ese mismo edificio la Guerrita -decía él- del 95. El Abogado nos aseguraba que el cuarto era precisamente en el que nosotros vivíamos, y eso nos llenaba de un orgullo infantil.
El cuarto de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.
Rodeados, en fin, de las obras de Carlos Boix, y de los olores de la sazón de la comida sueca de su esposa Eva, del Conservador del Museo y de sus tres hijas, las Termitas, que se iban comiendo el edificio a trozos (García Márquez se quedó corto), esas niñas parecían tres esqueleticos, pero cómo llantaban, se lo comían todo, los vecinos contaban que se las encontraban pegadas a los cantos de las puertas mordisqueando la madera, roían absolutamente todo lo que encontraban, le hacían seria competencia a las ratas y las cucarachas; rodeados de los arquitectos: Gámez, más ciego que un burro, midiendo la Catedral por nada un día se destimbala de uno de las gárgolas; pero yo creo que se hacía el ciego, porque otro día por nada se destimbala, pero descolgado desde el balcón, con unos anteojos, mientras nos rescabucheaba a mí y a Alicia, la que lo descubrió fue Cirenaica Moreira, que en aquella época era una niñita a la que le di las primeras clases de patinaje entre los cambolos de la calle Empedrado; y de otro arquitecto, Vázquez, sumamente altruista, amante de la buena música.
Para Rosie Inguanzo. Con Jorge E. Álvarez, en la entrada de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.
Rodeados de esos grandes amigos, Poncito, hijo de Fidelio Ponce de León y de Jorge Eduardo Álvarez, mis dos paños de lágrimas; me costó mucho dejarlos, mucho, pero ellos se encargaron bien de mi gata Sibila, que era lo único que yo poseía en aquel momento. Nos fuimos, gracias a Dios, nos liberamos de cargar agua, de cocinar encorvados, de bañarnos en baño colectivo, pero nos alejamos de toda esa magia que tenía Mercaderes dos. Algún día contaré ese cambio, algún día, lo haré sin pasiones. El hecho es que me encontraba en aquella clase frente a Catherine Su que nos encantaba con las travesuras de sus viajes, los profesores de la Alianza Francesa primero se deben formar viajando y luego recalan en París, para casi todos ha sido el trayecto clásico recorrido. Pero Catherine Su era joven todavía, aspiraba a dedicarse a las artes, según nos confesó; todavía se hablaba de las artes y de la literatura con gran orgullo. Mademoiselle Su desplegó un tabloide publicado por el periódico Libération, titulado: “Pour quoi ecrivez-vous?” Pregunta a la que respondían cien escritores célebres, el único cubano que aparecía era Nicolás Guillén. Mademoiselle Su empleó varios días en leer las respuestas y estudiarlas, aquella misma tarde yo corrí a comprar el número de Libé, todavía lo conservo. Recuerdo que la respuesta más fascinante, a mi juicio, la daba el inmenso Samuel Beckett: “Bon qu’à ça.” Que viene siendo más o menos: “Sólo sirvo para eso”.
Yo había leído su novela Murphy, que es su primera novela. Luego un amigo muy querido me recomendó Primer amor, y me disponía a pasar a las siguientes: Molloy, Malone Muere, Esperando a Godot (su obra más conocida), El innombrable, que es a mi entender, la mejor de sus novelas… De repente, empezamos a hablar Mademoiselle Su y yo sobre Beckett delante de los demás alumnos hasta que sonó el timbre de salida.
-Si alguno de ustedes quiere ver a Samuel Beckett, todas las tardes se sienta en el Jardin de Luxembourg, a tomar el sol, y a leer. Les ruego que no lo molesten, gracias.
Ese día no pude pensar más que en ver a Beckett, corrí a la casa, cargué el bolso con sus libros, ¿sería capaz de pedirle un autógrafo? Yo era sumamente tímida, y él también, nunca hablaba ni daba entrevistas.
Mademoiselle Su nos dijo que solía estar allí alrededor de las tres de la tarde, incluso antes, después de almuerzo. Llegué sofocada al Jardín, el corazón a mil. No estaba alrededor del estanque, donde normalmente se sientan los visitantes a leer. Le di la vuelta al estanque tres veces, indagaba en los rostros, la gente empezó a mirarme mal, y eso en París, donde nadie mira a nadie, pero mi impertinencia los sacaba de quicio. Finalmente, desolada (desolée), con nonchalance son las palabras que más me gustan de este idioma, me interné en un bosquecito, convencida de que ya no lo vería. No había avanzado ni diez metros, cuando vi al final, en un banco, la cabeza gris, el perfil aguileño de Samuel Beckett. Leía, y acariciaba a un gato, su gato. Pasé por delante de él una vez, el corazón me iba a explotar, las manos sudorosas. Volví sobre mis pasos, pero no me atreví a sacar uno de sus libros, solté con torpeza:
-¿Vous-êtes Samuel Beckett, n’est-ce pas?
-Oui, enchanté, mademoiselle.
- Moi aussi, plus que enchantée -mi francés era precario.
-Merci. ¿Vous-êtes d’où? -mi acento era muy fuerte.
-De Cuba.
-Ah, Cuba, Cuba… -hizo una pausa, bajó los ojos, su voz se apagó.
-Je vous aime -le confesé y me mandé a correr, a punto de llorar. Para mí significaba demasiado haber encontrado a Samuel Beckett. Llegué al metro con el bofe afuera.
Nunca olvidaré la geografía de sus manos y de su rostro, finas arrugas como ríos, sus ojos verdigrises, profundos, iguales a los de su gato, la elegancia de sus gestos, su voz, baja y pausada. Todos estos años sus libros me han salvado de la locura.
ACTUALIZACIÓN: Casi diez años más tarde conocí a un periodista francés, uno de mis mejores amigos, Jean-François Fogel. Se quedó de piedra al ver que yo conservaba como un tesoro un ejemplar del suplemento de Libération, pero lo más extraordinario es que había sido él quien había hecho el suplemento y las entrevistas.
Mis manos rebuscan nerviosas encima de un montón de libros en un viejo apartamento de puntal alto de la calle San Lázaro. Recupero Bonjour, tristesse de François Sagan, y lo pongo a un lado, junto a un grueso volúmen de medicina. De debajo de una pila desordenada de textos pedagógicos y de discursos rescato una novela, está en francés: Le surmâle de Alfred Jarry, traducida con el título de El Supermacho. No tengo más dinero para comprarle libros al vendedor clandestino. Corro a mi casa con esos tesoros. En el libro de medicina leo con atención las enfermedades que tienen que ver con las deformaciones glandulares, resulta intrigante además de entretenido; la suerte me acompaña: contiene fotos. Fotos de mujeres con seis tetas, estudio los fenómenos de manera más irreal que natural. Abandono el libro de medicina, abro la novela de Alfred Jarry, desde que leí la primera frase supe que sería una novela definitiva en mi vida. Desde entonces me considero, no una patafísica, pero adhiero discretamente a esa locura poética. Era una tarde lluviosa, yo tenía unos dieciseis años, me fascinaba leer en las azoteas. En la azotea de mi casa había una casucha en la que yo me encerraba a leer. Desde niña me refugiaba en las azoteas, con los palomares, y cuando no quería que mi madre o mi abuela me encontraran, brincaba de una azotea a otra. Puedo decir que me conozco unas cuantas azoteas habanaviejeras. De ahí salió mi novela Desequilibrio, y de un malogrado guión de cine; aún no editada.
Años más tarde compré en francés la obra de Alfred Jarry, y el primer libro fue aquella soberbia novela que tanto me ha marcado. Margarita y Jorge Camacho me regalaron una bella edición ilustrada.
Oh, amores es un poema de mi poemario Breve beso de la espera (Editorial Lumen, 2002). Pero también fue la canción tema del filme de Edouard Baer La Bostella, intepretado por Mónica Molina. Ella tuvo la delicadeza de añadirlo en su último disco. La música es de Julien Baer. Escuchen aquí.
En ocasiones, semejante a un horizonte matinal, en otras como la encrespada reverberación sobre las aguas del Malecón habanero, donde el color comienza a definirse entre el verde escabulléndose del amarillo, luminosidad solar, escandaloso azul marino en technicolor del mediodía, también asustados ante el efímero gris invernal de las casonas del Vedado, donde la sombra deviene espectador, participante exculpado, y la mirada entra en duelo con el olvido: así definiría las obras de Julio Larraz en la galería Vallois, en el 36, rue de la Seine, en París.
Larraz es un poeta de infidelidades, es infiel con las estaciones, y con la facilidad de caer en la hechicería de los temas, para feliz provecho de sus admiradores. Cada cuadro constituye una mutación teatral de escena, un soplido virtual, aliento imaginario de un caos metódico. La metamorfosis triunfa en los suspiros del color, y cada otoño posee un carácter dramático: según la risa, según el espasmo.
Los títulos de las obras anuncian discrepancias literarias, y ya nos ponemos a discutir en voz baja con los duendes victorianos que le han susurrado, aventureros, que investigue más en la comedia que en la tragedia. Sutiles y cortos versos de moda chirrían en la febrilidad del óleo, como si pudiéramos lascar la imagen en tajadas. Textos como pains perdus, o para decirlo en cubano, textos que chorrean almíbar de torrejas enchumbadas. La imagen quedó prisionera en la infancia, nos cuenta Larraz, y cuando despiertas, ahí está toda la niñez recuperada con extravagancia.
De este modo, La caída de Ícaro resulta una vista aérea de una cúpula que pareciera una naranja recién pelada, hincada por una rústica cruz. Lejos, al fondo, en un oleaje índigo, esculpida la mordida a la reinventada ciudad. En otra obra, La estación del huracán, absorbemos la vista, desde la luminosidad de una ventana conventual, ahí notamos la calma acumulada en trastos viejos, después del ciclón; pareciera que musita ese doble azul del cielo y de la franja marítima, no existe la sombra, como si dentro del cuadro se pintara otro cuadro: vemos a través de la ventana la obra natural del tiempo, con un poder escenográfico en el que la naturaleza y la creación arquitectónica se favorecen presumidas y adulonas, a favor de la irrupción del espacio.
En el Estudio para la huida del General Acapulco impera la blancura sedosa, en un juego con el óxido provocado por el salitre, y las sombras que marchan obedientes una detrás de otra, triste temperamento del deber. El mar observa a la sombra, la sombra a su vez vigila el mar, dualidad imprevisible, en un océano irreal, en franca armonía con un cielo exageradamente nuboso. La construcción del tejado imita la brisa, y la luz otorgada, cual medalla, ciega incandescente en su precipitación hacia la estación del rumor.
En Derrota, el verde aguacate de los uniformes militares invita a la risa irónica; es un verde esplendoroso y culpable inclinado siempre a la posteridad. Recordar, en ese caso, es castigar. Las gorras militares, en extensa y apretada marea compiten con la voluptuosidad del horizonte, escupiendo el apresuramiento del azul. El general calvo, mulato, entona un himno, los espejuelos se le caen sin ojos, agrede al mar con su discurso pacotillero, los micrófonos tensos y encañonados hacia su figura reprimen la corpulencia del gesto. El anonimato de los rostros ocupa el espacio del reverso, allí donde también el espectador podrá ubicarse subrepticiamente con una gorra encasquetada, y un cúmulo de pesadas medallas enganchadas en la lágrima.
Reaparece el temperamento extraño, diría que estrafalario y rencoroso de la muerte, en Trópico de cáncer, secuestro del destino amurallado de la noche en medio de la tormenta. La balsa y el cuerpo inerte, las manchas de sangre comprueban la tragedia. Los remos todavía injertados en el sueño pugilatean entre las olas. Los tonos ocres describen el naufragio, con un olor a sustancia devorada por el sol y por lo indecible, ahora desparramados en la brevedad: la balsa, el mar, la víctima. Hagan venir a los payasos, resulta a mi juicio, el cuadro que mejor define los temperamentos sumamente salvajes del blanco y del azul puro, liberadores del significado. Es un inmenso retrato donde reina el blanco encima de sutiles esparcimientos grises, pinceladas sombreadas protegen la apenas visible cabeza del autoritario orador canoso: la frente y la mano arrugadas señalan autoritarias en su sentencia de muerte. El azul, fragmento de bandera, anula la figura y nos sentimos herederos de ese tejido emblemático que traumatiza hasta convencernos de que flotamos en el tapiz de la insignia.
En Estación espacial, cuadro y escultura, exploran los fenómenos nuevamente equilibradores entre el blanco y el azul, los pliegos del mantel redefinen el gris, como materia absurda, y la cafetera encima de las tazas apiladas, es de un gris apabullante que disloca el equilibrio que ella misma sujeta. Larraz se empeña en dar un carácter legítimo al color, un temperamento clásico bifurcado en nobleza de lo antiguo y estigma de las líneas, como si inaugurara una alerta contra lo onírico, profundamente sensorial.
En la obra de Julio Larraz resulta inevitable hallar una esencia compacta entre el paisaje y su entorno, realidad que no es magia ni trascendencia abaratadas, sino denso relato de la imagen. Julio Larraz “escribe” fragmentos de confesiones, como un devoto psicoanalista, y nos extrae de la infancia el deseo vigoroso de la fruta, la tristeza de un saludo, cuando el auto se pierde entre la blancura de un traje y la máscara de una multitud ocre que nos da las espaldas escupe una barbaridad. Larraz nos propone que recordemos los sueños sin rostros, que un barco naufrague en el aire, que gravitemos como un juramento, y que durante el viaje prometido, el trayecto consiga que la huida se transforme en hogar, en país, en colores temperamentales, antologados por un adiós de cerámica que se rompe con facilidad cuando es lanzado contra la pared.
Olga Connor dedica un segundo artículo sobre el libro de ensayos Después de Giselle de Isis Wirth. Ver el blog de Isis Wirth: La Reina de la noche, en la lista de enlaces a la derecha de la pantalla en este blog.
Estreno en Telebemba del clip de Carlos Varela: Robinson.
1994. Madrugadas al pie del muro, cantos de las Willis, humaredas dulzonas. Ricardo llegó para decirme que será el director de fotografía de un video-clip de Carlos Varela, de su canción Robinson.
Aquel amor, “c’est amour-là, se llama el libro que él escribio sobre ella. Yan se despereza en la cama. Ella se acerca a la ventana, llueve desde hace más de dos días. Desde la casa se puede ver la playa. Volvería con Yan a los acantilados, pero el hombre no acaba de salir de debajo del edredón, y ella prefiere contemplar la cortina azulosa de agua. Volvería con él a los árboles, a hablar de la edad, a volver a empezar. Siempre querrá volver a empezar.
Empecé este relato sobre Marguerite Durás y también sobre Yan, él también es importante, él forma parte de su vida y de su obra. Yan está en todos sus últimos libros. Leí todo MD a partir de los años ochenta. Mis novelas preferidas son Días enteros en las ramas, El amante de la China del Norte (versión larga de El amante), La enfermedad de la muerte, Ojos azules, pelo negro. Debo decir que también amo su cine, recuerdo Moderato cantabile, de manera muy especial, con esa magnífica actriz que es Jeanne Moreau, que luego hará de Marguerite Durás en la película basada en el libro que Yan escribió después de la muerte de MD: C’est amour-là. Pero también siempre vuelvo a ver Hiroshima, mon amour, India song, y Le camion.
En aquellos años ochenta fui a ver al cine la adaptación producida por Claude Berri y realizada por Jean-Jacques Annaud de El amante. Días más tardes empecé a merodear el inmueble donde vivió Marguerite Durás, sólo para verla, sólo quería verla… Ella apareció, hizo el trayecto de su casa a su café preferido, cercano al Les deux magots. La vi y me fui. La escritora murió en su apartamento, un tercer piso del 5, de la rue Saint-Benoît. En su tumba sólo aparece escritas sus dos iniciales: MD.
Para los cubanos que lean este blog seguro recordarán la edición en Cocuyo de Días enteros en las ramas, y el ciclo de sus películas en la cinemateca, por aquellos inicios de los años ochenta.
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