LA NINFA INCONSTANTE. GUILLERMO CABRERA INFANTE.

Ya me llegó la novela de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante, la estoy devorando, voy por la página 73; sencillamente magistral. Escribiré sobre ella, por supuesto. Ahora les adelanto Pasear por los rincones de La Habana. Mi amistad con Guillermo Cabrera Infante. Publicado por El Economista, España.

HUMBERTO SOLÁS, EL VISCONTI CUBANO.

Actualización: Leer en Penúltimos días mi artículo Viscontiano Solás.

Murió Humberto Solás, dentro de un rato escribiré sobre él. Ahora sólo quiero recordar sus cualidades, para mí era el Visconti cubano, al menos la película Senso, con guión de Tenesse Williams, lo marcó profundamente, él mismo lo confesaba. Que descanse en paz.

By Zoé Valdés ¡Libertad y Vida! Publicado en Cine Tagged

MEMORIA, LIBERTAD, SUPERVIVENCIA.

MEMORIA, LIBERTAD, SUPERVIVENCIA.

Zoé Valdés.

Tendría yo alrededor de diez años y me encontraba sentada en el quicio de la entrada del solar donde transcurrió mi infancia, en la calle Muralla 160 entre Cuba y San Ignacio, junto a mí se enfriaban las ruedas de una chivichana con la que solía tirarme por las calles empinadas de La Habana Vieja, descansaba unos minutos antes de emprender la próxima carrera; en eso pasaron unas muchachas, contarían alrededor de dieciocho años, y me pregunté cómo sería yo cuando tuviera esa edad, entonces quise ser igual a ellas: parecían libres, sonreían, llevaban bolsos con libros dentro, y más libros debajo del brazo. Ese es uno de los recuerdos más nítidos que poseo de mi infancia, a él me aferro, cuando en este largo y penoso exilio, me aterra la idea de que podría olvidar calles, personas, olores, sabores de mi ciudad, retazos de mi vida.

Los que trabajamos con la palabra y con el pensamiento, sabemos cuán difícil es ordenar visiones y recuerdos cronológicamente; los escritores padecemos de una tendencia a desordenar en un caos cósmico, reubicamos información variándola a partir de nuestra propia evocación de la realidad, y no exclusivamente a través de la nuestra, también de la de los otros, y en la mayoría de las veces apropiándonos de las ajenas. Y como siempre supe que iría a ser escritora –aun cuando le confesaba a los que me rodeaban que deseaba ser paracaidista-, viví mejor en la incómoda confusión de las situaciones que en la “normal” experiencia diaria a la que asistimos sin apenas darnos cuenta, y que se llama: vida. Bastó poco para que percibiera que entre paracaidista y escritora no había mucha diferencia, siempre tomando como referencia a ambas actividades desde sus objetivos principales, esos de aventurarme y de que la imagen dominara mis sentimientos, y que no sucediera a la inversa, que mis sentimientos invadieran mi inteligencia. En esa tierra de nadie que viven los paracaidistas en sólo segundos, cuando se acaban de lanzar del avión y aún no han abierto el paracaídas, ese no man’s land, resulta el estado perenne del escritor, ahí maniobra su memoria reivindicativa, y en ese instante empieza a moldear su obra. No salirse de ese guión constituye su libertad, o fugarse de vez en cuando, para regresar revitalizado y dispuesto a que el olvido reinicie su aventura y empiece a renombrar sucesos.

Puedo evocar esa escena de mi infancia, la descrita al principio, y me aferro a ella, incluso, si cierro los ojos consigo que mi piel se humedezca al contacto caluroso de la época, aprecio el olor que emanaba de aquella escalera oscura, y me evado en el perfume a anís de la calle Muralla. Sin embargo, apenas puedo verme cómo era yo, exacta y esencialmente, años más tarde de aquella escena en que cumplía ya los dieciocho años, y ni siquiera pensaba en aquella niña de diez años que se presentía como una joven estudiosa, sonriente, y llena de esperanzas. ¿Por qué sucedía esto? ¿Por qué me sigue sucediendo? A los dieciocho años ya yo poseía una consciencia muy clara de libertad, y estaba insatisfecha de la falta de libertad, no cesaba de rebelarme, de buscar el camino para ser libre, de perderme y de hallarme en las indagaciones de los pormenores de la existencia. La esperanza de los diez años, la ilusión, me abandonaron muy temprano, demasiado temprano.

Los paisajes empezaron a cambiar rápidamente, y las aventuras flirteaban con las lecturas; sin embargo, mientras que de las lecturas salía absolutamente purificada, en estado de gracia, con la sensación de que mi mente se esclarecía abierta, de las aventuras escapaba cada vez ofuscada. Pero la juventud se nutre de la acción, que es en definitiva una interpretación obscena del aprendizaje, una errónea prueba de la inteligencia, y tampoco yo pude obviar esta experiencia.

A los veinte años ya yo sabía que no observaba la realidad igual a los demás, que mi inteligencia me permitía vivir entre la irrealidad y una apariencia de la realidad, y que en ella me deslizaba holgadamente, gracias al lenguaje, y a las imágenes, pero también al silencio, que sabía huir de lo obvio y refugiarme en lo conciso o, por el contrario, vagaba por un espacio interminable y para mí sagrado, similar a un largo corredor de sueños, y sobre todo, que mi memoria no me manipulaba, que yo podía ubicar los recuerdos según mi deseo, e incluso situarlos en zonas estratégicas del olvido. A esa edad sabía que debía beneficiarme de mis estados laberínticos, como yo les llamaba, para a hurtadillas aprender a ser libre, en silencio escapar a la censura. La única libertad que conocía era la de la habilidad de la huída, la astucia del cuento.

Así viví, trabajé, cree una obra; hasta que en el año 1989 ocurrió un accidente personal, doloroso, que paralizó mi vida durante tres años, pero que borró todo de mi memoria durante una semana. Me gustaría poder contarles mi experiencia, pero siento decirles que me resulta imposible. Sólo sé que salí un día de casa, y que una semana más tarde me encontraron errando por una céntrica calle próxima, por suerte, a la casa de mi madre. Sólo sé lo que me informaron los especialistas, había sufrido una crisis de memoria disociativa, debido muy probablemente al impacto de la noticia del trágico accidente. Entonces, hoy no puedo decir, si lo que recuperé fue sólo un fragmento de mi vida, o mi vida entera y elementos añadidos, o si en cambio mi memoria hizo una selección específica, y si de esa zona de silencio afloraron momentos ocultos que de manera inconsciente yo había querido velar, y que después reafirmaron sus pasos dentro de mi historia.

La historia resulta muy importante, porque cada uno de nosotros tiene su historia individual, más o menos apacible o convulsa, pero siempre en permanente confrontación con la historia de los otros. Y esa historia es difícil que concatene, que encaje perfectamente machihembrada en la percepción ajena; como en mi caso nunca he buscado la perfección de la historia, y la historia sólo me interesa en función de la novelista que soy, pues la pérdida instantánea de algunos pasajes no me afectaba demasiado, incluso me convenía. El problema se suscitaba cuando el lenguaje o esa estela convencional que se desprende del idioma, renegaba a renunciar a ciertos parámetros de convivencia con la historia, y me impedía ser, precisamente, libre, aún dentro de la propia concepción de libertad que personalmente había presentido o prefigurado.

Mi experiencia del exilio ha sido muy favorable en ese sentido. El cambio, brutal, me permitió reiniciar mi cerebro –permítanme esta expresión-, y aprender a vivir de una manera diferente sin despojarme de las fatigas anteriores; no se trató de un borrón y cuenta nueva, hice una selección acumulativa basada en la energía del impulso. El exilio agudiza los sentidos, la sensibilidad palpita a flor de piel, la idealización del pasado podría ser peligrosa, pero la urgencia de los acontecimientos nuevos, inéditos, impiden que el sumergimiento sea absoluto y fatal, y nos salva del ahogo, de la aprehensión, del miedo; al menos a mí me ha salvado del aburrimiento, de la nostalgia que bloquea, del acto involuntario de desechar fragmentos de recuerdos.

Desde Marcel Proust ningún escritor ignora, aún cuando François Rabelais ya lo había pre-diagnosticado, que la memoria afectiva juega un papel fundamental en la obra de un escritor, que la historia de un escritor, sin sus recuerdos, constituiría sólo desequilibrados tanteos de un sonámbulo ante un espejo. Y que la supervivencia, o sea esa superioridad de la vivencia del escritor, la conforman la memoria y la historia, que son palabras venidas de muy lejos, de lo más profundo de su imaginación. Nada es descrito tal como se ha vivido, todo pasa por la superioridad de la imaginación. A eso, el poeta Eliseo Diego, lo llamó, “nombrar las cosas”.

La memoria afectiva del exiliado alivia muchas de sus pérdidas concretas. No he conocido a un solo exiliado cubano que no rememore la casa confiscada y perdida, a través de los olores, de los sabores, de las presencias, de los fantasmas, de los muertos de la familia. Revivir esos momentos es volver a corretear por las habitaciones de esa casa, salir al patio y contemplar el árbol que sembró el abuelo, regresar a la mesa de estudios, encontrarse a medio camino con la abuela, probar un bocado del manjar exquisito que preparaba su madre en la cocina, advertir que su padre regresaba del trabajo, y delinear con ternura, furtivamente, su silueta en la puerta, mientras besaba los labios de su madre. Tal vez, incluso, nada de eso ocurrió de esa manera, pero el exiliado, a través de la evocación afectiva, conseguirá reinventar su vida, y se sentirá en armonía con su verdad imaginada. ¿Constituye eso una mentira, es una trampa? ¿Qué importancia tiene? ¿Por qué debemos sólo admitir las invenciones científicas y de otro tipo, y no las poéticas? ¿Por qué el protagonismo de la poesía ha sido excluido cada vez más de nuestras vidas? ¿Y no estaremos renunciando precisamente a una de las más bellas proezas poéticas y científicas de nuestra historia? La de acariciar la peripecia del pasado con vocabulario inédito.

He sido de las que ha creído que los estados poéticos, los estados oníricos, los instantes de semi-vigilia, son nuestros verdaderos momentos de fe, razones de creación íntima, experiencias de visión y comunión extrema con la sabiduría. Hablo de sabiduría, no de conocimiento. El saber posee mayor amplitud, uno sabe que la vida es bella, uno sabe que la naturaleza está sujeta a misterios fabulosos, que esos misterios viven también dentro de nosotros, uno sabe que existe la poesía… El conocimiento es más preciso, más exacto, y también más estrecho. El conocimiento es un atajo de la memoria. El saber es la memoria. Es la razón por la que pienso que debemos asirnos a esos estados poéticos, al júbilo de los deseos. Y que el deseo colme los cuerpos, pero también, para decirlo de una manera, quizá antigua, ojalá sea sabia: que el deseo invada nuestros espíritus. Porque el deseo es memoria, es libertad, y supervivencia, o sea, vivencia superior.

Y el misterio que mueve de manera rotunda a los seres humanos es ése, el reto vivificante de superarnos siempre a nosotros mismos. Hagámoslo pues, pero con deseo, en fin, poesía.

París, 2008.

BARRIO AZUL. JOSÉ ABREU FELIPE.

La Editorial Silueta y el Centro Cultural Español invitan cordialmente a la presentación del libro Barrio Azul del escritor José Abreu Felipe, el viernes 19 de septiembre a las 8:00h pm. La presentación estará a cargo del escritor Rodolfo Martínez Sotomayor.

Centro Cultural Español
800 Douglas Road, Suite 170
Coral Gables, FL 33134, Miami. 305-448-9677
Entrada gratis.