NATALICIO DE JOSÉ MARTÍ.

En el 156 aniversario del nacimiento de José Martí, les presento dos libros de cabecera que me acompañan desde la infancia y la adolescencia. La Edad de Oro, José Martí, (Cultural S. A. Librerías La Moderna Poesía y Cervantes, 1942) con una introducción de Emilio Roig de Leuchsenring, y Mujeres de Martí de Gonzalo de Quesada y Miranda (Ediciones de la Revista ïndice, La Habana, 1943).

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Y aprovecho para recordarles el poema Alfredo de José Martí, que no me negarán que tiene su detalle. Este poema ya lo puse hará un año o dos en el blog anterior en Zoé Valdés en Skyrock, que pueden consultar en el blogroll de la derecha.

Poesía de José Martí
Poesías Dispersas-1868-1898

ALFREDO

I

Alfredo: ¡qué abundante cabellera
Sobre la franca sien llevó extendida,
Todo el tiempo de mal y lucha fiera
Que sollozando anduvo por la vida!

Plazas, calles, paseos, vagabundo,
La frente al aire, el caminar tardío,
Aquel ocioso espíritu en profundo
Trabajo andaba, lleno de vacío.

Clavado en sí, su cuerpo lo encerraba
Como la niebla al sol que lucha en vano
Por penetrar la nebulosa traba
Que rayos roba al mundo del humano.

Ora en Alfredo alzábase tormenta,
O en suaves ondas como en lago terso,
El aire blando el suave rizo aumenta
De su alma en el espacio, un alma en verso.

II

Alfredo: bravo mozo; aquel gallardo
De frente franca y de soberbio cuello,
Ocioso eterno, caminante tardo,
Galán, amable, soñador y bello;

Perenne triste, que con mano abierta
Llorando daba gozos y alegrías,
Y va dormido, y ante sí despierta
De su lecho de afán las Simpatías;

Maniático doncel. Mesaba loca
De hambre sus trenzas Dalia la indigente,
Y quiso Dalia besos de su boca,
Y Alfredo puso besos en su frente;

Y donde hallaba de la carne fría
Montón infame que a la carne amaba,
Blanco montón de espíritu ponía
Que la masa bestial iluminaba.

Era raro, en verdad, aquel Alfredo;
Y como al punto cautivó mi asombro,
Palpéle yo, miréle, y vi con miedo
Sangre inmortal manándole de un hombro.

III

Y por calles y plazas y paseos,
La frente al aire y hacia atrás los brazos,
La mano daba a hermosos devaneos,
Y a su adorada Eternidad abrazos.

Sentóse al fin; del apacible río
Las suaves ondas comparó con calma:
¿Quién sabe, dijo, si a mi ser vacío,
Cual onda a ti, refrescará algún alma?

Hincó rodillas, abatió la frente,
Mojó en las aguas claras sus cabellos,
Y suspiró de amores la corriente
Y al joven inmortal besó con ellos.

—”¡Mujer…!”— Y a la palabra que decía,
Todo arbusto de flores se llenaba,
Y hasta un rayo de luna se ponía
Sobre la cabellera que flotaba.

—”¡Mujer…!”— Yo he visto un pájaro perdido
Llegar, volver sobre aquel tronco abierto,
Y el tronco solo, y sin su dueña el nido,
plegar las alas y extenderse muerto.

—”¡Mujer…!”— Yo vi canoso pasajero,
Sangrando el pie, la espalda flagelada,
La tierra abrir, balbucear “¡yo muero!”
Tenderse en tierra, y terminar jornada.

—”¡Mujer…!”— Y el viento a la negruzca roca
De las fatales playas de la vida,
Colgó de los cabellos a una loca
Y está por los cabellos suspendida.

¡El alma así de Alfredo vagabundo!
Loca en la playa, pájaro en el tronco,
Viajero herido por el ancho mundo,
Niebla y sol, noche y luz, gemido bronco.

IV

—”Mujer, mujer, en vano es que la vida
Sin ti vertiendo sangre de dolores,
Como una virgen pálida y herida,
La tierra cruce deshojando flores!

En vano, en vano que la vida entienda
La abrasadora lengua de los sabios,
Sin que este pobre corazón encienda
El lenguaje de amor vivo en tus labios.

En vano, en vano que la vida loca
Contemple en sí cadáveres impresos,
Mientras sin voluntad el alma invoca
el fuego redentor que arde en tus besos.

Cuanto fui, cuanto soy, cuanto se encierra
En esta alma en la tierra encadenada,
Que rota por el peso de la tierra
Sin vivir ni morir vive enclavada;

Cuando en mis horas de mayor locura
Un Dios esclavo dentro de mí germina,
Y rompe el alma con audaz bravura
Su forma vil, su esclavitud mezquina;

¡Todo por el amor que la corriente
Del agua puso en mi cabello impreso!
¡Todo ¡oh mujer! porque en la herida frente
Amor me digas y me des un beso!”

Y por la orilla y calles solitarias,
La frente al aire y ojos en la fierra,
Lloró lamentos, sollozó plegarias,
Buscó mujeres, y lo hallado aterra.

V

—”¡Tú, miserable, porque en ti avarientos
Los ojos puse de codicia rojos,
Carne pusiste, infame, en mis lamentos,
Movible carne ante mis pobres ojos!

¿Pensaste vil en que yo vil te amara?
¡Aparta, fango; mas de mí tan lejos,
Que, si yo fuera el Sol, no te llegara
Ni la pálida luz de mis reflejos!

Y tú, menguada; mísera ovejilla
Que acudiste a mi impúdico reclamo,
Y besaste diez veces mi mejilla,
Y dijiste cien veces ‘¡yo te amo!’;

Para los flacos en la dicha es tarde.
Flaqueza agravia y págate en agravios:
¡Lejos de mí, la oveja que cobarde
Prodiga besos y corrompe labios!

Aquélla, la alba virgen, la que muere
De ansia de amor, y morir más desea,
¿Qué busca? ¿qué me llama? ¿qué me quiere?
¡No ha derecho al amor la mujer fea!

La ajena, la maldita, la casada,
¿Qué quiso en mí la miserable un día,
Allí en el goce impuro revolcada
Donde el esposo mísero dormía?

¡Horror, horror! ¡La mancha de aquel beso
Que entre los labios me dejó la fiera,
Ha de quedar sobre mi labio impreso
Como marca de oprobio, aunque me muera!

¡Y, yo dormido, a sacudirme el dueño
Vendrá, con la casada de la mano,
Y se revolcará sobre mi sueño,
Como sobre él me revolqué inhumano!”

Llorando Alfredo, conteniendo apenas
El pobre corazón que se rompía,
Fuese a regar con llantos las serenas
Ondas del agua que besara un día.

VI

—”¡Oh loca, oh cruel, oh plácida corriente,
Que con el sueño aquel de tus amores
Me diste un beso en la tranquila frente
Que me duele con todos los dolores!

¡Oh imagen de amor que un alma viva
Halló a su nombre pálida y despierta,
Y tinta en sangre y de su mal cautiva,
Llorando vuelve un alma medio muerta!

¡Oh margen pura de la verde orilla
Donde, al amor de la mujer alzada,
El crimen vuelve corva la rodilla
Y la maldita frente avergonzada!

¡Oh madre blanda por que el agua pura
Cantando corre y apacible ondea:
Un beso dame al ánima sin cura
Que punto y gloria de mis culpas sea!

¡Perdón, perdón, corrientes de este río!
¡Perdón, perdón, oh luz de esta ribera!
¡Arbustos que crecéis en torno mío!
¡Ondas que refrescáis mi cabellera!

¡Beso me disteis del amor proscrito
Que en fango traigo sobre el alma impreso;
Pues fue para vivir beso maldito,
Para vivir mejor dadme otro beso!”

Calló el gimiente, se extendió en la onda,
Eco de un beso resonó en el río,
Y “¡Alfredo!”… clamo, sin que allí responda
Más que otro beso al llamamiento mío.

México, 1 de abril de 1875.
Revista Universal.
Edición Crítica
Editorial Letras Cubanas, 1985, pág. 68.

A mi juicio este poema posee una carga homosexual muy fuerte. Alfredo parece homosexual, y Martí no lo esconde, más bien resalta su lucha interna. Muy interesante.

Hagan un recorrido a la Casa Natal de José Martí de la mano del arquitecto Cheo Malanga en El Imparcial Digital de Eufrates del Valle. Y una anécdota preciosa en el blog de Ernesto’s Page.

CARMEN HERRERA: COMO UN RUMOR EN EL OJO.

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CARMEN HERRERA: COMO UN RUMOR EN EL OJO.

Zoé Valdés.

Conocí a Carmen Herrera a través de mi hermano Gustavo Valdés, quien desde muy joven siempre se ha ocupado y preocupado por los pintores cubanos. Cuando la conocí personalmente en una importantísima galería neoyorquina me di cuenta de que la descripción había sido perfecta, exacta, porque con sus palabras Gustavo Valdés no sólo me había contado a la pintora si no también a la pintura.

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Carmen Herrera siempre ha sido muy discreta, y de una obra asentada en la tranquilidad del orden numérico, es decir, pitagórico. Existe una filosofía de lo geométrico, que es el deseo óptico ordenado en un cosmos de luces, pero cuando la visión hace una escapada para destriparse en el caos lírico, la filosofía repasa su verdadero y único sentido: sabiduría, conocimiento de la vida.

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El cosmos, su cosmos, le brinda un sonido a la mirada, insinúa que el blanco y el negro compartidos, más que derramados, encuadrados o triangulares, dentro del sueño, nos murmuran versos antiguos, en matraquilla del sonajero, en alarido del violoncello.

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Carmen Herrera debería vestir túnica, semejante a una poetisa griega. Así la vi, en Nueva York, con una blusa idéntica a una de sus obras, y se parecía a Eude, la pintora, o a Attys, la discípula eterna.

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Su imagen vibra en su silueta, y da la impresión que continúa como desde la primera vez que tomó el pincel, en las investigaciones iniciales de la forma, del color, aunque apresurándolos de memoria; como una druida que se nos aproxima desde el futuro –o sea ahora- para desentrañar los jeroglíficos invisibles del espacio, para conjurar la medida de esta actualidad inmedible y atemporal, que fue, que es, nuestra antigüedad, el pasado de la memoria.

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Existen artistas que, aún en sintonía con las modas o con los revivals de las mismas, siempre parecerán boomerangs de los antiguos, de aquellos majaderos griegos; tan deliciosas proveniencias nos enriquecerán siempre. Dan la impresión que salieran de una enciclopedia y que afirmaran apacibles que los inventos son circulares en sus ciclos, y que las ideas viajan en globos de atmósferas mentales, o en los dibujos rectangulares de los sueños. La obra de Carmen Herrera nos vino de ese allá, de la eternidad para renovarse en la contemporaneidad. E inclusive así, tuvo la visión de hacerlo antes que nadie.

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Un uno de sus cuadros, el blanco y el negro, resultan un desafío de complejidad, la ¿línea va hacia la mirada o se bifurca desde ella? Constituye un reto a la pupila en espera, la pupila que ambiciona colorear absolutamente todo en este mundo excesivamente coloreado.

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Escuchamos esta retrospección, en una moviola que indaga en el sonido a la inversa, oímos con los ojos, porque perseguimos la huella de la palabra en los labios, su silabeo a lo Godard. La vista oye esa melodía que fluye de los cuadros, una música de las esferas, como diría Salinas, indescriptible, o sólo descrita en su refugio numérico. La música que suele ser matemática, poesía, pasión, fundida en esta aventura de la contemplación con el trazo, con la duda óptica. Podríamos extraer el ritmo de esos cruces perversos, de los tajos longitudinales, de los saltos y asaltos del blanco al negro y viceversa, del negro a la clara del huevo, o la resonancia especial de aquel verso martiano: “en el canario amarillo que tiene el ojo tan negro”.

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Y en este punto de la visión y de la interpretación hemos conseguido estudiar a través de una lupa las notas de su partitura, de este modo descomponemos el asunto de la obra. Construimos un macrocosmos, escuchamos la sinfonía de la abstracción, un adagio iluminado, reverberado, por el grosor de un lente.

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Si nos dedicamos a la utilización de los colores hondos, sacamos las mismas cuentas que pudieron haber entretenido a Einstein durante toda su vida: El naranja escala por la oscuridad ascendente, y abre una ventana de sombras. Es ese juego de ecuaciones que intenciona en la pintura de Carmen Herrera; a través de su telurismo lúdico nos entrega el lirismo del objeto formado en la nada deforme, o nos lo trae de la nada, atrevido y reflejado en la necesidad de la existencia de la cosa dentro del color.

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Carmen Herrera nos enseña que los colores presienten antes de que existiese la sustancia del objeto, antes de ser nombrado, prueba de que el arcoiris podría imaginarse triangular o romboidal, que jamás perderemos la obsesiva búsqueda de la forma y de su contrario, y que urge reanudar la pasión por los colores claves, llaves de la armonía; urge saber elegirlos por su abundancia dentro de la luz, y por sus huellas en las voces que nos hablan desde el misterio.

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La pintura de Carmen Herrera, no me cansaré de repetirlo, resulta de una musicalidad excepcional, porque ha sido concebida con inteligencia, con el brío que sólo la poesía obsequia, para la acústica de los sentidos.

De mi colección personal

De mi colección personal

Situada en el umbral de sus párpados se lanza, la pintora, en loca aventura de violines, arpas, contrabajos, flautas, hacia ese campo virtual situado en zonas intrincadas de la imaginación, trascendido el deseo al viaje desde el futuro a la antigüedad más remota, hacia aquel instante en que los cerebros comenzaron a formarse, aún no lo eran, y la pintura de Carmen Herrera les cantó en un rumor desconocido, en profunda letanía hacia el ojo, por el que comenzó todo.

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Zoé Valdés. París, octubre del 2005. Palabras de presentación en la Expo en el Miami Art Central.

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Carmen Herrera (Cuba, 1915, vive en Nueva York)

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Foto gentileza de Gustavo Valdés.

Ver en Latin Collector New York.