Ayer fue una de esas tardes mágicas, soleadas, en París. Corrimos Isis Wirth y yo al Instituto Cervantes a escuchar la conferencia magistral programada por el Instituto Cervantes, y que dio Mario Vargas Llosa en compañía de su traductor al francés, el escritor Albert Bensoussan (traductor de Guillermo Cabrera Infante y mío también), y del ensayista Gustavo Guerrero. Llegamos puntuales, así y todo, aún à l’heure, la sala estaba abarrotada. Entramos de chiripa, metí el pie.
Enseguida nos atraparon las palabras, como encerrados en una historia de Vargas Llosa o de Onetti, imposible describir segundo a segundo… Regresé a casa, en estado de nirvana total, por decirlo de una manera rápida y cursi. Ayer tarde Mario Vargas Llosa dio una conferencia inolvidable. ¿Fue una conferencia?, mejor dicho, un conversatorio magistral. Mario Vargas Llosa es un escritor de una gran cultura, pero al mismo tiempo de una inmensa sencillez. De esa grandeza natural, y caballerosa, incluso amistosa, con el público. Hubo momentos muy divertidos, esos donde Vargas Llosa contó sus desencuentros reales con Onetti, y sus encuentros literarios, por supuesto.
A la salida, lo abracé, con un nudo en la garganta, recordé mucho a Guillermo Cabrera Infante mientras lo escuchaba, porque también él pertenece a ese género de escritores con los que uno sueña ser; cuya grandeza está en la obra y en la proximidad con el lector, a través de una relación culta y duradera que se establece, entre un iniciado y su ídolo. Cuando hablo de cultura, me refiero desde luego, a la educación y a la sabiduría, a la asimilación de la lectura, de la apreciación de la vida a través de la cultura, y a una manera eterna de saborear el conocimiento.
Ahora me sumergiré en la lectura del libro de Mario Vargas Llosa sobre Juan Carlos Onetti: El viaje a la ficción, el mundo de Juan Carlos Onetti, seguramente estaré despierta hasta el otro amanecer.



Foto Isis Wirth