La mano abierta.
LA MANO ABIERTA.
Zoé Valdés.
Llegué a Haití con el cielo estrellado, el aeropuerto estaba congestionado de personas que entraban y salían del país; en las pantallas de las televisiones mostraban imágenes del grupo de rap Barikade. La noche anterior los cuatro integrantes habían fallecido en un accidente de automóvil. La multitud no apartaba los ojos de las pantallas, ojos aguados, rostros serios.
-¡Terrible, ha sido terrible! Eran tan jóvenes, tenían tanto talento –me comentó una joven que me recibió de parte de una amiga-, es injusto.
Los maleteros corrieron hacia mí con la intención de cargarme el equipaje; aunque rechacé amablemente su ayuda fue inútil, uno de ellos me arrebató el maletín de la mano, y luego me pidió dinero: cuatro euros no le pareció bastante.
-¡Eh, quita, es más que suficiente! –soltó el taxista, conmigo y con Julie (así se llamaba la chica que me dio la bienvenida) dentro del taxi, arrancó el motor y casi arrastró al otro que no desistía de sacar la mano de la ventanilla en gesto de mendicidad.
Me sentí muy mal a causa del espectáculo, pero sólo me quedaban cuatro euros en el monedero.
Tomamos una carretera bastante oscura, y luego atravesamos barrios también muy mal iluminados. Sin embargo, las aceras estaban repletas de jóvenes, de muchachas y muchachos vendiendo algo, ropa, frutas, artesanía. También mujeres cocinaban en la calle, para la venta pública. De una vivienda a otra, atravesando la calle y haciendo arco encima de las cabezas, múltiples banderolas de tela desplegaban mensajes religiosos, católicos, y mensajes de apoyo a los familiares de los muchachos del grupo Barikade. Fue un trayecto intenso, de caras anónimas husmeando dentro del coche, cuando nos parábamos en un atasco.
Era la primera vez que visitaba Haití, iba a filmar un documental sobre la situación de pobreza, sobre la inestabilidad social y política y la inseguridad del país. Esos eran los temas que me habían señalado para que yo desarrollara a partir de ahí libremente el guión. No sólo debería escribir, además me habían encomendado la realización de la película. Los productores nos instalaron en uno de los mejores hoteles de Port-au-Prince, el Montana.
El viaje había sido largo, la entrada en el hotel demoró más de lo habitual porque un célebre cantante de rap que había hecho fortuna en América se encontraba allí expresamente para los funerales de sus colegas. El lobby estaba cundido de militares armados hasta los dientes, y de cascos azules que hablaban español, de origen peruano.
-Aquí hay mucha inseguridad, demasiados secuestros –me avisó Mikael, un periodista que enseguida se nos acercó y entabló conversación con nosotros.
Nosotros éramos: Julie, quien sería mi acompañante en las jornadas venideras, el camarógrafo, el sonidista que habían llegado un día antes y que me esperaban en el lobby del hotel. Registramos las habitaciones y subimos rápidamente a descansar para levantarnos temprano a la mañana siguiente
Las dimensiones espaciosas del cuarto me asombraron, solamente en la cama cabían cuatro más igual que yo. Tenía aire acondicionado, televisión con todos los canales del área, incluido Estados Unidos y República Dominicana. El baño también grande, a cuerpo de rey. Tomé una ducha, me recosté en la cama, cogí el libro de la mesa de noche para leer un rato, pero me quedé rendida. Soñé con una noche azul, y mucha gente alrededor mío. Dormí plácidamente, como hacía muchos años que no dormía.
A las ocho de la mañana ya estaba en el restaurante del hotel, lista para desayunar y partir hacia los barrios donde buscaríamos locaciones. Desde la inmensa terraza se podía contemplar el paisaje, la ciudad. Hacía mucho calor, y una luz natural y muy blanca dominaba el ambiente.
En una mesa redonda, también enorme, se presentaban diversos menús, bandejas repletas de frutas de todos colores y sabores, también de ensaladas de cualquier tipo. Panes, cruasanes, dulces. La abundancia me perturbó bastante. Además de que, para colmo, uno se podía dirigir a la cocinera y ordenar huevos con lo que uno quisiera, jamón, queso, hierbas refinadas, papas.
Desayuné frugalmente, me molestaba comer tanto en un país que tiene fama de ser uno de los más pobres y hambrientos del mundo. Tony, Andy y Julie se burlaron de mí. Pero tampoco ellos se animaron a comer más de lo adecuado.
El jeep nos condujo por calles angostas, mal hechas, casi todas empinadas. Por nada vomito a causa del traqueteo. Observé el mismo espectáculo que la noche anterior, mucha gente en la calle, muchos vendedores de todo, las casas en mal estado, carteles y pintadas con invocaciones a Jesucristo y frases admirativas hacia el grupo de músicos. También pasaron a nuestro lado mujeres, niños, y hasta hombres con bultos o recipientes en la cabeza, como en la típica imagen de la pintura haitiana, que es una pintura que aprecio enormemente.
La pobreza es evidente, pero jamás la miseria de la que hablan en los telediarios. Los haitianos son muy activos, trabajan, se mueven de un lado a otro. Port-au-Prince es una ciudad que no para, no cesa en su movimiento humano. Yo llevaba el número de teléfono de una amiga escritora, Delphine Thiot. Delphine había decidido mudarse a Haití, quería ayudar de alguna manera, aunque fuera con su escritura, eso me había dicho cuando nos despedimos en París tres años atrás. Nos dimos cita para el almuerzo. Después de elegir algunas zonas de los barrios de Petionville y de Bàs-peu-chose para las locaciones de filmación, me fui al almuerzo con Delphine.
-¿Cómo te sientes? ¿Has conseguido lo que deseabas, ser útil de alguna manera? –Pregunté sin darme cuenta de la ociosidad de mi pregunta.
-Me siento mejor que nunca, creo que ellos han sido más útiles para mí que yo para ellos. Esta gente me ha dado mucha energía. Es cierto, tienen problemas, enormes problemas sociales, políticos. Hay hambre, pobreza, en ciertos sectores hay mucha hambre y pobreza. Pero no paran de luchar, trabajan como bestias, y se levantan en contra de las injusticias. No son perezosos, nada que ver con nosotros, por ejemplo.
Busqué en lo hondo de sus ojos, no porque sospechara que no me dijera la verdad, confiaba en sus opiniones plenamente, pero quería saber si ciertamente se sentía satisfecha. Sus ojos brillaban vivaces, de una manera diferente mientras me contaba sus experiencias haitianas.
-No me he quedado solamente en la ciudad, he viajado por el interior. Conozco todo, o casi todo –añadió.
Durante los días que viví en Haití (fui por una semana y me quedé un mes) no dejé de ver ni uno solo de ellos a Delphine. Julie venía a buscarnos temprano, dábamos nuestro recorrido, filmábamos, entrevistábamos a la gente, la gente hablaba, sonreía, compartía sus vidas con nosotros. Había peligro sí, sobre todo por la noche, pudimos advertir a hombres armados a las entradas de los restaurantes, y al borde de los caminos, con cuchillos, pistolas, escopetas.
-Hay muchos secuestros –nos explicó Julie.
Regresábamos a eso de las diez, y escribía hasta las doce o la una. Al día siguiente filmábamos en función de lo que yo escribía. Pero yo sólo escribía lo que había visto, lo que la gente me contaba, o lo que sus miradas narraban, sin necesidad de hablar con ellos.
Y cada día almorzaba con Delphine.
-Sabes, lo que me sorprende es que no he visto mendigos en las calles, como por ejemplo, en París.
Delphine no pudo aguantar la carcajada.
-Y sin embargo, cualquier haitiano de los que has visto está menos protegido, probablemente, que cualquier mendigo parisino. ¿Sabes lo que sucede? Que esta gente tiene mucha dignidad. Hay un hambre del carajo, pero no se permiten perder la dignidad. Y nosotros hemos perdido esa dignidad. Esta gente trabaja, aún en la mierda más absoluta.
-¿Y por qué no salen de la pobreza?
-¿Por qué? Porque los explotan, porque no les dan trabajo para que puedan comer, o tienen para comer pero no tienen lo demás para vivir. Lo peor es el hambre, comer es lo esencial. Porque tienen hambre física, real. Y porque siempre hablamos de los pobres de Haití, pero jamás hablamos de los ricos que viven en Haití, que no se ocupan de sus pobres, que no los asumen, que hacen bien poco por cambiar esa situación.
-¿Habrá una revolución? –fui ingenua.
-¿Otra?
Largo silencio.
-¿Sabes por qué el mundo está tan jodido? –Delphine encendió un tabaco Guantanamera comprado en el hotel a un médico cubano.
-Lo sé, lo sé –balbucee.
-No, tú crees que lo sabes, como todo el mundo. Como yo antes creía que lo sabía. Creo que tengo la explicación, o una mínima explicación. Porque al hambre real respondemos con un hambre espiritual y moral devastadora. Esa hambre es también terrible, no más que la real, ya lo sabemos. Pero entre la pobreza de ciertas partes del mundo y la riqueza en otros la distancia ya es inmedible, porque es abismal. Ya hay mundos que aún cuando se encuentren no podrían entenderse.
Me contó que ella había comprado el tabaco que estaba fumando al médico cubano. Un médico enviado por el gobierno de Castro a Haití. Ese médico en Cuba no tenía nada, ni casa propia, ni comida, ni ropa, el Estado le pagaba con un miserable salario. Comía comprando y rapiñando en el mercado negro. El Estado lo envió a Haití en una misión internacionalista, pero Haití le pagaba a ese médico un dinero a través del Estado cubano, el gobierno castrista le quitaba el dinero, y sólo le dejaba una miseria para vivir, como mismo lo hacía en Cuba. De dos mil doscientos dólares mensuales, el médico podía tocar solamente doscientos. Pero como era en dólares, y no en pesos como el salario que percibía en Cuba, pues para él era una ganancia magnífica, podía vivir bien con ese estatus en Haití y enviar dinero a su familia en Cuba, aunque eso sí, lo terrible era que no le dejaban viajar con su familia, su familia debía quedarse de rehén. Sin embargo, sus compensaciones tenía: en Haití podía hospedarse en el Montana, lo que le estaba vedado en su país entre otras cosas: hospedarse en un hotel, reservado sólo para extranjeros. Las primeras veces que salió, ella lo acompañó, el médico había quedado impresionado de la cantidad de gente vendiendo cosas en la calle libremente, eso en Cuba estaba prohibido, señalaba; sin embargo no podía soportar ver el estado de las casas, chozas las llamaba, aunque él vivía en Cuba en un bajareque no mejor que esas chozas. Sin embargo nadie hablaba de la miseria en Cuba, y eso sólo a causa de la politiquería barata. Dos formas de pobreza, dos hambres, bajo el comunismo una, y que todo el mundo ve bien y que pocos denuncian, añadió.
-Pero en Haití hay más hambre que en Cuba.
-No, están parejos, pero en Cuba han sabido taparlo y la gente que viaja a Cuba no quiere verlo. Ah, y hay otra cosa: en Haití hay pobreza, pero la gente se levanta, lucha. En Cuba, la pobreza mental de la gente se ha implantado como política, destruir la capacidad de defenderse de la gente ha sido un logro, una manipulación terrible de esa dictadura. Sabes, cuando me fui de Francia pensé instalarme en Cuba, lo intenté. Me di cuenta al instante de que no podía vivir en una sociedad tan histriónica, sumamente histérica, y además, tan pobre de pensamiento. No es el caso de Haití.
Tuve que darle la razón, conocía demasiado bien mi país, aunque hacía quince años que no había regresado porque no me permitían entrar. Le comenté, para cambiar la conversación un poco, que desde que estaba allí dormía apacible y profundamente, como un recién nacido. En Francia no paraba de ingerir tranquilizantes y pastillas para dormir.
-Te lo creo. Lo mismo me pasó a mí. No he dormido en ningún otro lugar mejor que aquí. Pienso que la razón es también sencilla. Aquí la vida es pura y sencillamente es esto: la vida, una lucha diaria para vivir; y no una simulación de lucha por una falsa vida. Eso es importante –apagó el tabaco en el borde de la maceta donde estaban sembrados unos maravillosos helechos gigantes y lo enrolló en un trozo de papel de periódico.
-Sabes, sé que es una pregunta idiota. Pero es la pregunta que siempre me hago, ¿por qué los ricos no ayudan a los pobres? ¿Cómo pueden vivir disfrutando de todas esas cenas, de todas esas riquezas, mientras otros mueren de hambre?
-Hay ricos que ayudan, son pocos, pero lo hacen. A los demás no les importa nada. Es esta época que nos tocó, que es así, una cagada. Y luego, estamos gente como nosotras, que creemos que con nuestra escritura (se tocó el pecho) y tú con tus películas vamos a cambiar el mundo. Nada, los que de verdad podrían cambiar el mundo no nos leen y no ven documentales sobre gente hambrienta, y dudo de que se interesen por los hambrientos. No estoy hablando de los políticos, esos monigotes que sólo mueven sus lamentables extremidades al compás de las moneditas que caen en la alcancía. Hablo de los ricos, de los que tienen el poder y el dinero para cambiar las cosas. Los políticos se han convertido en unos intermediarios mediáticos entre el dinero y la gente. A los millonarios les sacan el dinero a cambio de permitirles que sean todavía más millonarios, al pueblo les tiran las migajas de sus cretinos discursos y de sus mediocridades cotidianas.
-Entonces no hay esperanzas –murmuré.
-No la hay, pero debemos inventarlas, cada día, e intentar sostener a los que nos rodean, ayudar a nuestro entorno. No más. Pero no podemos perder el sentido de nuestras vidas, la esperanza. Es lo que nos queda. Lo otro es el pomo de pastillas o el tiro en la sien.
Me dio pavor el extremo pragmatismo de Delphine. Esa tarde salimos del restaurante y nos dirigimos a un pueblecito apartado, una especie de reparto aislado. Entramos en lo que parecía una casa, se trataba de una boutique.
-Aquí puedes comprar pintura haitiana, de la mejor –señaló mi amiga.
No se equivocaba, Delphine posee muy buen gusto y ojo para ese tipo de arte popular, una variedad de escenas pintadas en cuadros de desiguales tamaños, desde los más diminutos hasta algunos que medían cerca de cincuenta o setenta centímetros -nunca más grandes que eso-, mostraban cañaverales y negros cortando caña, el mar y gente pescando, bohíos con familias trabajando en labores agrícolas.
Alguien me tocó el brazo, me viré pensando que era Delphine. Se trataba de una anciana, la mirada nublada por los años, sonreía, y pese a su boca desdentada todo en su rostro era hermoso, estaba muy delgada; me tomó la mano y asustada rehusé la suya.
-No te hará daño, tampoco te está pidiendo nada. Te quiere dar algo –Delphine vino enseguida a socorrerme.
La señora me dijo en créole que se trataba de un regalo, y me puso en la mano abierta una muñequita pequeña, con una falda verde, una blusa amarilla, y un turbante rojo en la cabeza. Quise darle algo de dinero pero ella se negó, insistió en que se trataba de un regalo, y desapareció.
Corrí detrás de ella, pero me hacía gestos de que no, de que no la siguiera. Se perdió en uno de los patios de la casa vecina.
-¿Por qué me dio esa muñequita? ¿Por qué no me dejó pagarle?
-Ayer, cuando estuvimos en Petionville, le compraste frutas a su nieto. Ella estaba detrás, no la viste, pero ella sí que nos vio a nosotras. Yo la conozco. Le comenté a su nieto que vendríamos esta tarde a comprar cuadros. Y ella ha querido tener un gesto de agradecimiento contigo, y ha hecho todo ese trayecto para agradecerte.
-No era necesario. ¿Lo hacen con todo el mundo?
-Ella lo quiso hacer contigo. No hay manera de negarse.
Le comenté a Delphine que no tenía seguro de haber conseguido un buen documental, que el trabajo llegaba a su fin y que me invadía el temor, tenía la impresión de que los espectadores no verían lo que yo vi. Que estaba allí por un compromiso conmigo misma, pero que ya eso no importaba, que ahora necesitaba ayudar a esa gente, y que no sabía cómo. Y que tampoco deseaba vender la miseria ajena.
Me dio una palmada en la espalda, y entonces sus ojos perdieron el brillo y pronunció con la voz entrecortada, aunque queriendo aparentar ligereza: “Bienvenida al club”.
El sol rajaba las piedras, estaba cayendo candela pura, raíles de punta. De pronto el cielo se encapotó, empezó a tronar, y detrás vino un relámpago, luego el impetuoso aguacero.
-Menos mal que llueve, refrescará –reflexioné en voz alta.
-La lluvia es lo mejor que nos puede ocurrir en esta época. Porque contra la sequía no se puede hacer nada, sólo rezar y encomendarse a los dioses.
No pude evitar la risa. Ella se rió también.
-Después vendrán los ciclones.










































































































































Que cronica! La he leido impresionado. Chevalier, se pudo hacer el documental? De haberse realizado, donde o como se puede ver?
Este post es la realidad vista y narrada por una escritora, que la vuelve literatura. Bueno, de la realidad sale todo…
Me ha dejado sin palabras. No hay nada como saber de la realidad a través de la mirada neutral de las personas sensibles. Es una hermosa pintura de Haití y su gente. Y sobre el escritor (lease artista, o hombre de fe) que se identifica con el mundo en total, no con un mundillo en particular, sino con el orden cósmico. Gracias, Zoé,
Cristina
Conmovedor y profundo relato.
Y Haití está mucho mejor que Cuba.
Totalmente de acuerdo con Eufrates. Me ha emocionado muchisimo. gracias.
Nunca pensé poder acercarme a Haití de una manera tan real y fascinante.
No ayudará a los pobres, pero si los cubanos que se tienen tanta lástima leyeran esta crónica, se sacudirían el lastre que tienen encima y pensarían de sí con cordura.
Zoe, yo vivi en Haiti por siete anyos, y a veces creo que hay mas cosas en comun entre los dos paises que muchos sospechan. Estuve en el pais en la epoca de Francois Duvalier y el miedo era tan grande que no hubo crimen o muy poco, con el fin de su mando, hubo cambios y hasta cierto punto-al menos es mi opinion, por lo que vale-la violencia que existe es una reaccion a lo que tuvieron que padecer, y creo que algo similar pudiera occurir en Cuba y no hay remedio para eso, ninguno.
En la epoca de Duvalier hubiera sido inconcebible un acto de violencia contra un turista o extrangero residente en el pais, algo que occure de vez en cuando en Cuba hoy dia, te acuerdas del sacerdote espanol cuyo cadaver hallaron en una cuneta? y un israeli que tuvo algun problema? un cubano de Hialeah que fue asesinado, un turista espanol que encontraron amarrado en un apartamento en La Habana.
Es posible que lo que se va a armar en Cuba sera aun mas brutal que en Haiti, por que tu amiga dijo algo de gran certeza, y es que el haitiano tiene dignidad, ninguna madre haitiana venderia a su hija para ser el juguete erotico de un italiano decrepito, ninguna mujer haitiana se sentiria orgullosa de que su hijo o marido estuviera complaciendo a turistas, tampoco quiero generalizar, no estoy hablando de cada cubano de la isla, pero de que veo el futuro color de hormiga lo veo color de hormiga.
Extraordinaria la cronica.
Por lo menos en Haití siempre han estado mal, siempre han sido del tercer mundo y no saben de otra cosa. Ese no es el caso de Cuba, que estuvo no mucho, sino muchísimo mejor que ahora, y tuvo la locura o la perversidad (o ambas cosas) de cometer una suerte de suicidio colectivo, para rendirse a los pies de un falso redentor. Hay veces que me cuesta trabajo no despreciar al pueblo del que vengo.
genial tu escrito.me ha dejado sin aliento. gracias.
Zoe,
Al igual que Eufrates, me he quedado impresionada con la profundidad y realidad humana de tu relato.
Gracias! Bendiciones
Melek
DESIDERATA
- Max Ehrman
Ve plácidamente entre el ruido y la prisa, recuerda que la paz puede estar en el silencio. Sin renunciar a ti mismo, esfuérzate por ser amigo de todos. Di tu verdad, quiétamente, cláramente. Escucha a los otros aunque sean torpes e ignorantes; cada uno de ellos tiene también una vida que contar.
Evita a los ruidosos y agresivos, porque ellos denigran el espíritu. Si te comparas con los otros puedes convertirte en un hombre vano y amargado; siempre habrá cerca de ti alguien mejor o peor que tú.
Alégrate tanto de tus realizaciones como de tus proyectos. Ama tu trabajo aunque sea humilde; es el tesoro de tu vida. Sé prudente en tus negocios, porque en el mundo abundan las gentes sin escrúpulos. Pero que esta convicción no te impida reconocer la virtud; hay muchas personas que luchan por hermosos ideales y dondequiera que mires la vida está llena de heroísmo.
Sé tu mismo. Sobre todo no pretendas disimular tus inclinaciones. No seas cínico en el amor, porque cuando aparece la aridez y el desencanto en el rostro, se convierte en algo tan perenne como la hierba.
Acepta con serenidad el consejo de los años y renuncia sin reservas a los dones de la juventud. Fortalece tu espíritu, para que no te destruyan inesperadas desgracias. Pero no te crees falsos infortunios; muchas veces, el miedo es producto de la fatiga y la soledad. Sin olvidar una justa disciplina, sé benigno contigo mismo.
No eres más que una criatura en el Universo, no menos que los árboles y las estrellas; tienes derecho a estar aquí. Y, si no tienes ninguna duda, el Mundo se desplegará ante ti.
Vive en paz con Dios, no importa cómo lo imagines; sin olvidar tus trabajos y aspiraciones, mantente en paz con tu alma, pese a la ruidosa confusión de la vida.
Pese a sus falsedades, penosas luchas y sueños arruinados, la Tierra sigue siendo hermosa. Sé cuidadoso. Lucha por ser feliz.
Bella crónica, Zoé.
Haití sería hermoso como departamento de ultramar. Algunos haitianos patearían la bola en la tricolor. Habrían más mulatos, muchos más. La pregunta diaria sería casi la misma: Qué comer. (O sea, en lugar de “qué consigo comer”, “qué me apetece comer.”) Pero los visitantes no dormirían tan bien.
Magnífico relato. La cara desconocida de Haití, la que no se cuenta, la que se refleja en los medios masivos de difusión es otra diametralmente opuesta. Gracias por hacernos partícipes de la realidad haitiana. Saludos.
Me encanto!
Hoy era dia de “gorrión”, mas de impaciencia que de añoranza, pero recordarme que hay otros que tienen nada y no se rinden ha sido un buen aguacero de Mayo para mi sensación desolada.
Muy buena narración de un viaje.
ES ENORMEMENTE TRISTE LO QUE NOS CUENTAS
ESTUVE EN EL AEROPUERTO DE HAITI Y SE DE LO QUE HABLAS.
Solamente gracias, por todo.
SInceras.
En Haiti por lo menos la gente se levanta con ganas de luchar. En Cuba hasta eso esta prohibido. Me encanto el post. Saludos.
Gracias a todos, acabo de llegar, es tarde, pero no quiero acostarme sin darles las gracias.
Si un país como Haití se hubiera embarcado con un Fidel Castro y camarilla, eso hubiera tenido mucho más sentido que Cuba lo hiciera. No es que los cubanos fueran seres superiores, pues demasiados de ellos resultaron ser todo lo contrario, pero los cubanos estaban infinitamente mejor que Haití en 1958, y tenían muchísimo más que perder–y lo perdieron, lo perdieron TODO. Es como alguien que se corta la cabeza para librarse de un catarro. Increíble.
Como a tantos, este relato de Zoé me ha dejado perplejo. Siempre quise saber porqué un país puede llegar a ser tan pobre, o mejor, a tener tanta pobrza frente a tanta riqueza mal repartida. Porque en Angola también hay tremenda pobreza, pero hay también injusticias, ya que Angola es rica, tiene petróleo y diamantes. Eso pasa también en América latina: en un país del Sur de Sudamérica hay para dar de comer a 300 millones de habitantes, cuando la población de ese país apenas supera el trece por ciento de esa cantidad, porque exporta lo que no consume. Pero a la vez hay gran pobreza, y en algunos lugares, miseria, aunque una pobreza de ese nivel estalló en los 90, antes se trataba del país con mayor clase media del subcontinente, el “granero del mundo”. Pero no hablábamos del Sur de Sudamérica, sino del Caribe, de auí, muy cerca. Nunca entendí muy bien porque, en una misma isla, hay una mitad tanto mejor, la República Dominicana, a pesar de sus problemas y obvias desigualdades, y un país tanto peor, Haití, con esa hambre pavorosa, esas guerras civiles, esa violencia desmedida de la época de Duvalier y posterior. ¿Será la raza? Admitirlo me cuesta, porque soy antiracista como soy también antimachista, pero a veces uno ve algunos países de Africa, hablo de los países ricos, con petróleo, con recursos y donde la tremenda desigualdad, la pobreza y la miseria campean por todos lados.
Son mucho más los “porqué” luego de leer esta crónica de Zoé, que las respuestas que se me ocurren.
También me pareció muy oportuna la referencia a la situación de los médicos cubanos. No me extraña que el Estado cubano les saque el ochenta por ciento de su sueldo. Los médicos son una carta fundamental, un principal producto de exportación, por eso también se desgarran familias (conozco una en concreto), el cónyuge no médico emigra legalmente a Miami mientras que el cónyuge médico debe esperar en La Habana, con su hijo, tres años más. Y se trata de un matrimonio joven y bien constituído. Es que el médico, en Cuba, es una pieza fundamental, una fuente de divisas, más que un ser humano o la media naranja de una pareja. Así y todo, muchos médicos se quedan para siempre en Bolivia y Venezuela. Por algo será. Lo mismo intenta hacer el EStado cubano con los empleados cubanos de empresas extranjeras y embajadas. Las agencias estatales empleadoras, Cubalse para embajadas y Acorec para empresas, le cobran al empleador, digamos, trecientos dólares, pero le dan al cubano menos del diez por ciento, en pesos cubanos. Por eso el empleador, bajo cuerda, le debe pagar otros trecientos dólares (CUC). Y así se dan los casos de empleados cubanos, ingenieros mecánicos o electrónicos, que trabajan como choferes en embajadas o empresas extranjeras, mientras sus parejas médicos ganan algo más de 20 dólares mensuales como orgullosos profesionales de la gloriosa medicina cubana.
Por último, lo de trabajar más o menos prefiero que lo diga Zoé, u otro cubano o cubana. Me da cosa decirlo yo, que soy residnete extranjero. Pero es verdad. No pocos cubanos me han reconocido que en este país, el Paraíso Comunista de América donde vivo, falta la cultura del trabajo. ´He vivido en la mitad occidental de Alemania antes de la caída del muro de Berlín, y se confirma algo: aunque la RDA era el país de Bach y de tantas otras glorias alemanas de todos los tiempos, carecían de la cultura del trabajo que se veía en Alemania occidental. Y todavía hoy los alemanes orientales pagan el precio que no eligieron ellos, sino que les fue impuesto por los soviéticos, de vivir del lado oriental del nefasto muro de la vergüenza erigido en 1961. Aún hoy, mayo del 2009, un profesional de los Länder occidentales como Hamburgo o Baviera gana algo más, por el mismo trabajo, que el mismo profesional de Leipzig o Weimar. Sin embargo, hay cubanos que trabajan duro y triunfan en Miami o en Madrid.
Son los riesgos de las generalizaciones.
Por hoy termino aquí. Hacía tiempo que no ingresaba al blog. Tenía que decir algo más que buenas tardes, Zoé, te felicito una vez más.
Que bien se te da escribir sencillamente..