El hijo de Juan Almeida y otros hijos…

Resulta sencillamente delirante, el hijo del comandante Juan Almeida, de nombre Juan Juan Almeida (probablemente el nombre se deba a caprichos de la doble moral o del doble lenguaje, vaya usted a saber), anda mandando cartas a todas partes, la primera a Raúl Castro, para que le permitan salir del país, de Cuba, del que ya había salido y entrado en varias ocasiones. Dice que está enfermo, y parece que hay un libro en camino donde se confiesa. No dudo nada de esto, aunque debo aclarar que tampoco me interesa demasiado su historia.

Lo que sí resulta escalofriante, sin dudas, es que siempre que se trata de un hijo de un criminal castrista la prensa, los medios de comunicación, las editoriales, y hasta el congreso americano, se movilizan para escucharles la muela. No he visto otros casos en situaciones semejantes, ¿alguien se interesa por lo que tengan que contar los hijos de Videla, de Pinochet, de Franco (salvo la nietísima, que no sale de la prensa del corazón), o de cualquier otro vástago o descendiente de criminal contra la humanidad? No, para nada.

Hace años un célebre exiliado cubano me dijo que prefería que en el congreso americano hablara la hija de un fusilado castrista (se entiende un castrista caído en desgracia fusilado por los Castro) que la hija de un fusilado cubano ejecutado por los Castro, porque a los americanos les interesaba escuchar más a estas víctimas que a las otras. Ah, resulta que hay clases a la hora de nombrar las víctimas, y para colmo, las víctimas hijos de los que hasta hace poco fueron y siguen siendo verdugos poseen mayor valor, a ojos de los políticos, que aquellas que son inocentes, y que han luchado hasta partirse el alma por la libertad de Cuba. Por eso estamos como estamos.

Yo propongo que todo aquel, cubano, por supuesto, que se encuentre en la misma situación que Juan al cuadrado Almeida, o sea, que quiera ir a curarse fuera, o a presentar un libro, que le escriba cartas a los Castro, y hasta a Masantín el Torero, y que las manden masivamente a los periódicos del mundo mundial, sobre todo a El Nuevo Herald, y ya verán como nadie les hace el menor caso, pero como esfuerzo no estaría nada mal, y además les repletarían los buzones a las embajadas.

A mí, sinceramente, me importan un bledo los hijos de esta gentuza, sólo por el comportamiento ya juzgarán ustedes, siguen viviendo de ser hijos de… A mí me importan los presos políticos, los disidentes y sus hijos, la gente de a pie. Ah, eso sí, y respeto a aquellos hijos que nunca, nunca, han hecho carrera a costa del nombrecito. A la única que salvo es a Alina Fernández, su libro no sólo es demoledor, ella no usó su nombre para irse de Cuba, sino el de una española, un pasaporte que le dio una amiga española, y una peluca para ocultar su identidad. No ha parado ni un segundo de condenar el castrismo desde los inicios, no a partir de que dejó de ser hija de Castro, porque en definitiva, ella jamás fue considerada ni tratada como una hija.

Los demás, hasta que no se dediquen a condenar los fusilamientos durante estos 50 años, y condenar el castrismo desde el principio hasta el fin y no a partir únicamente desde el momento en que le pisaron el callo, y no por lo que les pudo ocurrir a ellos, sino por lo que nos sucedió a todos, no me merecen el más mínimo respeto. Y mucho menos aquellos que viven de la guita apertrechada por sus padres, y todavía colgados del nombre de sus padres.

Federico García Lorca y Cuba.

Hace cuatro veranos compré en la casa natal de Federico García Lorca en Fuentevaqueros este libro que hoy les presento: García Lorca y Cuba: Todas las aguas. Con un preliminar autógrafo de Dulce María Loynaz y un poema como epílogo de Flor Loynaz. Su autor es Urbano Martínez Carmenate, que por la información me entero que vive en Cuba y que ha ganado varios premios nacionales en la isla con libros de ensayo. El libro está editado por Museo-Casa Natal Federico García Lorca. Fuentevaqueros, 2004, aunque tuvo una edición anterior en el 2002, en Cuba. Obviemos las referencias políticas, que a decir verdad, hay bastante pocas; lo de agradecer es la cantidad de información que hay en el libro. Algunas ya tenía yo a través de la propia Dulce María Loynaz, que fue una amiga muy querida.

Les dejo con el fragmento de Dulce María Loynaz, aunque hay otros más interesantes que este, el poema de Flor Loynaz, y algunos fragmentos escogidos por mí:

“Han quedado bastantes retratos de Lorca, pero ninguno nos ha dado una verdadera imagen de su persona.

Y considero que es importante referirse a esa imagen suya por cuanto ya somos pocos los que la conocimos y podemos por ello dejarla más o menos fijada para lo venidero.

No era en modo alguno un hombre bello, si se entiende por bello lo estrictamente físico: corrección de facciones y de líneas, elegancia de porte y demás.

De mediana estatura, ni grueso ni delgado, del color oliváceo, que él gustaba de poner en sus personajes, lo que más impresionaba en él eran los ojos.

No podría decir que porque fueran grandes, aunque lo era,  sino porque el alma se le asomaba a ellos.

Más que su color -quizás pardo, quizás verdoso- recuerdo su mirada que era algo radiante, algo que desde el primer momento le ganaba amigos.

Tenía un modo de dar la mano que no he encontrado en nadie. Era un modo firme, llano, cordial, cabe decir que alegre por saludar a quien le saludara.

Su voz era fuerte, su risa espontánea, ruidosa, contagiosa. Pocos seres habrán existido tan llenos de vitalidad, tan desbordantes de optimismo.

Cuando nos enteramos de su muerte, no la creímos, y sin creerla nos pasaron muchos meses hasta que no nos quedó otra alternativa que rendirnos a la dolorosa realidad.

De ella pudiéramos decir lo que en breve  poema dijo una vez Juan Ramón: “Es ya verdad; pero la rechazamos tanto tiempo, que sigue siendo imposible siempre”.

Dulce María Loynaz.

[...] “De aquel cuarteto lírico (los Loynaz, nota mía), quizás fuese Enrique, el más misterioso. De su historia personal, Dulce María -la hermana mayor- llegó a revelar muchos secretos (no estoy de acuerdo, nota mía) cuando ya él no podía oírla. En una primera niñez había llorado inconsolablemente por miedo ante una imagen antropomórfica del sol, incrustada en su traje de payaso. Rayaba en los diez años y no asimilaba las lecciones escolares porque -confesó más tarde- creía que la clave del aprendizaje era adivinar y no deducir. La inspiración poética fue para él una condenación solitaria: escribía para sí, sin importarle un público. Le interesaba el hecho en su regodeo manuscrito, pero aborrecía el vuelo de las tintas impresoras. Hacía sus libros para nutrir el desayuno de sus pupilas y el postre de las polillas. “No quiso el sol en su pecho, no lo quiso en su vida, ni lo quiso en su obra; -sentenció la autora de Jardín- prefirió quedar en la sombra” (5).

Dormía aún aquella mañana de marzo -1930- cuando preguntaron por él al portero de la casa. Flor Loynaz contó los pormenores del suceso:

El portero avisó, pero mi hermano  a quien esperaba ese día era a un cliente llamado Pestonit con el que firmaría un contrato. Enrique era abogado y redactó el documento de noche, supongo que medio dormido. Cuando le dijeron que lo esperaban, se tiró de la cama y se dirigió a la terraza del jardín donde se hallaba el visitante.

Sin mucho preámbulo le presentó el contrato y le pidió que lo leyera y firmara. Federico no mostró interés por el documento pero preguntó dónde debía firmar. Le indicó Enrique e insistió que lo leyera, pero Lorca aparentando no oírlo, estampó su firma.

Cuando a su vez Enrique se dispuso a firmar (…), se sorprendió al leer Federico García Lorca en lugar del nombre esperado. Con bastante mal humor le preguntó: “¿Usted no es Pestonit?”. “Yo soy Federico”, respondió el poeta, y entonces Enrique casi colérico, le dijo: “Pues ha echado a perder mi trabajo”. Después reaccionó y, ante la sorpresa de Lorca, le expresó su alegría de poderlo conocer personalmente”.

[...] “En 1946 y en conmemoración del décimo aniversario de su asesinato, el periodista Agustín Tamargo dio a la luz un artículo donde consignaba la permanencia del poeta y advertía:

(…) ‘la poesía de García Lorca, como su vida misma, no se puede arrancar de cualquier modo. Es sustancia de tiempo, de eternidad. Está presente hoy, en los cuatro puntos de la rosa, palpitando su angustia y su dolor sin nombre. Y estará mañana, más alta, cuando volvamos hacia España para liberarla de extranjeros y de traidores falangistas, devolviéndole a la rosa y al pan su simple y hondo significado. (6)’.

Poema de Flor Loynaz:

“PARA FEDERICO GARCÍA LORCA

I

Caderas redondas

las que te parieron;

caderas morenas

y curvas de cielo.

¡Cielo de Granada,

cielo limpio y tierno!

El poeta niño

cómo te miraba

sin saberlo.

 

II

Primaveras hondas

y turbios inviernos;

otoños de raso

y veranos tiernos.

Y todo pasaba

debajo del cielo,

junto a aquel poeta

alto como el viento.

El adolescente

nimbado de besos.

Besos de la novia,

de la madre, besos.

Que todos se funden

en el medio cielo.

 

III

Ya el poeta es hombre;

Se quitó el chaleco

bordado de flores

y lleva otro negro…

Es noble y es duro

igual que el acero

y ha abierto una herida

de ocaso en el cielo.

 

EPÍLOGO

El amor apenas

le rozó los dedos…

La vida le dijo

Adiós desde lejos,

agitando en alto

un sucio pañuelo

y el cielo esa noche

quedó sin luceros

¡Que todos en balas

los clavó en su cuerpo!”

(1938)

Flor Loynaz.

Les pongo copia de la portada del libro, como es habitual, y copia del Menú de una Comida Fraternal que se dio en honor del poeta, en los salones de la Artística Euterpe, un 19 de abril de 1930, en Santiago de las Vegas:

FedericoGarcía Lorca en Cuba

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L’Épopée du Lâche. Royds Fuentes-Imbert.

En mi último viaje a Montréal conocí fugazmente a muchísimas personas, todas interesantes que me habría gustado conocer más profundamente, entre ellas a un poeta llamado Royds Fuentes-Imbert, nacido en Cuba en 1971, que hizo estudios de Arte Dramático en La Habana, y que enseñó arte y dramaturgia en esa ciudad. Desde 1997 vive en Montréal, y ha publicado todos sus libros en francés. L’Oratorio des visions (teatro), y con Dominique Corneillier, Joie de nous qui passons (poesía). Royds Fuentes-Imbert tuvo la amabilidad de regalarme su poemario L’Épopée du Lâche, escrito también en francés, y en el que hace gala de juegos reflexivos con el idioma de su refugio, añadiéndole pequeños guiños de su lengua materna, además de irónico, indestructible en sus actos heroicos por cotidianos, el destino para él es sólo empezar y terminar un verso, donde caben el perdón y la sabiduría y la gesta guerrera del verbo. Editado por Adage en el 2003, Collection Aux deux poètes (www.adage-edition.com).

PORTRAITS

                               Au Café Olivieri

 

Dans un café de l’Amérique Française,

                         s’éteint

              douce et irrémédiable

               l’allopathe indienne.

 

                          Elle parle:

ses soirs passés à la lumière du grand désespoir sartrien,

               ses jeunesses fébriles du Nord,

            l’odeur du beurre pour l’offrande,

              la voix intime des copines,

           la nature obscure de Brahmâ,

              saris faits de vent et de lin.

 

                        Elle parle:

son cousin de Bombay qui faisait de la politique et qui était

           beau et dangereux comme un dieu,

cette femme imprécise croisée mille fois au Marché des fleurs,

           son oncle, riche avocat de Bénarès, qui lui montra

                   la magie des voitures anglaises.

 

                                Elle parle:

          le jour où elle surprit son fiancé infidèle

                   et cria d’une voix étranglée

            (mais pas un coup de poignard, pas un):

“Assez, c’est fini, tiens ça, et ça, tiens, tiens salaud!”

 

                       Claquement de porte,

                                 soûle,

                            tard la nuit,

                  mauvaises compagnies…

 

                           Non!

                   Rien de tout cela.

 

                          Plutôt:

              caresse et désespérance,

          et la promesse d’une longue traversée à l’horizon.

 

                            Elle vit peu,

                            mange peu.

 

                       Peu elle vivra,

                  celle qui fut jeune et belle,

                                     et

              que, par un après-midi d’été, la brise de l’amour indistinct

                                     frôla à Bhopal,

                           s’égoutte aujourd’hui, insondable.

L'épopée du Lâche

L'Epopée du Lâche 2