
LO NATURAL Y LO ANCESTRAL (Palabras del catálogo)
Jacobo Machover
El grito de Maydeé González Gavilán es silencioso. Ella es el árbol y la reina, la madre y su hijo, su propio rostro ante el espejo. El llanto, no la risa. Para ella el sufrimiento es producto del exilio. Habría que creerla, ya que lo dice y lo escribe hasta en los títulos de sus cuadros. Pero, visto así, sería demasiado fácil. En realidad la tristeza viene de mucho más lejos, de un lugar que, sin duda, ni siquiera conoce, de un dolor secreto, obra de la naturaleza o, tal vez, de tradiciones ancestrales que ella misma se fue forjando.

Nació en La Habana, donde vivió hasta que tuvo que salir hacia un lugar cualquiera, que no fuera Cuba. Estudió en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, cuna de una formidable tradición que formó generaciones enteras de pintores universales, dispersos por todos los confines del mundo por culpa del azar o del destino. Entre ellos figura su padre, Jesús de Armas, quien intentó explorar el substrato indio de la isla. La tarea no era fácil: los Indios de Cuba fueron exterminados desde la llegada de los conquistadores españoles, y lo que queda de ellos pertenece más a la memoria colectiva que a la realidad de la población.

Maydeé González Gavilán siguió por esa vía en el seno del grupo Indoamérica. Mas tarde se apartó: le hacía falta romper con las influencias paternas y construir su propio camino. Entonces se fue sin brújula ni rumbo, dejando atrás sus raíces. Por cierto ¿dónde están? Ya no lo sabe. Sin embargo sigue pintando escenas de aquella vida lejana y diferente, estampas de una religiosidad popular que mezcla cristianismo y santería, expresión sincrética de los cultos afro-cubanos.

Pero su universo pictórico y poético no está dirigido hacia el exterior. Se encuentra ahora dentro de ella, en su propio cuerpo, en lo más hondo, allí donde ninguna influencia, ninguna raíz puedan ayudar a explicarlo por medio de un discurso ajeno a la pintura.

Para entrar en ese universo, hay que llegar lo más cerca posible de lo que uno se imagina que es la realidad: realidad deI cuerpo y de su representación. Realismo crudo, desnudez sin atractivos. A Maydeé no le gusta lo bonito. Y, sin embargo, se puede percibir, al margen de los cuerpos desencarnados, que sufren, una indescriptible belleza intrínseca.

Son cuerpos sin deseo, replegados sobre sí mismos, cerrados al mundo. Son cuerpos autistas, situados lejos de un mundo perdido, de un universo guerrero del que Maydeé nunca quiso formar parte. Sus pesadillas revelan cuchillos puntiagudos y espadas penetrantes en un universo andrógino, poblado por reinas y por reyes, por reyes y reinas, todos ellos intercambiables, pero sin príncipes ni princesas. Maydeé no tuvo derecho a los cuentos de hadas. Sólo hubo violencia, gritos, que quebraban el silencio de la noche.

Su pintura es color ceniza o tierra, tierra quemada como la que dejó atrás pensando, tal vez, que nunca podría regresar. Pero quién sabe, algún día… Sus rostros nunca están perfectamente definidos. Oscilan entre una sencillez radical y una expresividad desmedida, como si el cuerpo y su voz fueran dos elementos distintos, tan alejados uno de otra como la isla y el exilio, ambos inmersos en su lenguaje, en su silencio, en la oscuridad o en la noche, sin ninguna esperanza fuera de la belleza y del arte.



Maydée González, Ricardo Vega, Javier González.
Fotos de Maite Díaz González.
Otras palabras aparecen el catálogo, las de la poeta, dramaturga, escritora, Lira Campoamor:
Bestiario mítico taíno.
por Lira Campoamor.
La provocación del evocar…
Durante años he seguido con atención el trabajo creativo de la pintora cubana Maydée González Gavilán (La Habana, 1959). Sus series de cuadros “Las Reinas Tristes”; “Santas mujeres”; “Mujeres-exilio”; “Mujeres-árboles”, son algunos de sus trabajos que más conozco. Con esos cuadros, con esos momentos del trabajo creador de Maydée González Gavilán mantengo contactos de emoción inspirada porque me gustan y porque de muchas maneras me siento identificada con ellos.
Cuando tuve conocimiento de que la pintora estaba trabajando en un tema distinto a los que yo le conocía, me alegré por varias razones. Primero, porque inferí que un tema diferente era como una tregua a sus obsesiones anteriores. Segundo, porque pensé que empezar nuevas investigaciones era una buena manera de darle descaso a obras en las que venía trabajando hacía tiempo. Tercero, porque de golpe abrió mi curiosidad. ¿Taínos? ¿Indoamérica? ¿Cuál sería la nueva invitación de Maydée González Gavilán? ¿Hacia qué evocaciones me arrastraría?
Sorpresa y alegría llenaron mis expectaciones. Maydée González Gavilán no había dibujado los paisajes afrodisíacos que rodeaban los bateyes, ni los conucos verdeantes de yucas, ni los areítos, ni chamanes, cemíes y caciques envueltos en humo de tabaco, ni mujeres desnudas preparando el casabe, ni las estatuillas de tres cabezas que se enterraban en los ritos agrícolas. No. Desde su nueva serie de cuadros (técnicas pastel y acrílico) me miraban arañas de ojos bizcos, sapos sonrientes, lechuzas dormilonas, esqueletos azules y plateados y negros de manatíes, sonrosados cobos y ciguapas con las patas al revés.
Maydée González Gavilán había decidido por la magia, había decidido contarnos la historia de nuestros ancestros, vieja ya de cinco siglos, a través de un bestiario mítico muy particular.
Para recrear su tema: los Taínos e Indoamérica, Maydée González Gavilán escogió la columna vertebral que articulaba en profundidad la sociedad taína, a saber su relación íntima, visceral con la naturaleza.
¿Cómo imaginaron los taínos el mundo? ¿Cómo poetizaron las fuerzas de la naturaleza?
La voz taína que en lengua aruaca significa “los buenos”, “los nobles”, “los selectos” eran indios agricultores, pescadores y ceramistas, instalados en lo que hoy conocemos como las Antillas Mayores: Cuba, zona oriental, Santo Domingo, Puerto Rico, y Jamaica. Eran hábiles en la navegación, la alfarería, y las siembras.
La sociedad taína era profundamente religiosa, creía en el “ser supremo”, -entidad a la que no se le conocía el principio-; y al mismo tiempo adoraban un panteón cargado de dioses que les ayudaban a estructurar sus vidas cotidianas.
El verdadero centro de esta cultura, lo más importante, estaba situado en los poderes sobrenaturales que les atribuían a la naturaleza. En aquella sociedad cualquier ser, objeto o fenómeno atmosférico sin excepción estaba animado por fuerzas vitales.
Animistas, cargaban de valores mágicos el mundo que les rodeaba. Y no era extraño que murciélagos y sijúes fueran mensajeros de la muerte; caguamas y tortugas tuvieran significado de origen, nacimiento, sostén del mundo; que los sapos estuvieran relacionados con la fertilidad; que los árboles pasaran las voces de los muertos enviando mensajes y que los huracanes, enfurecidos por falta de atención, castigaran con rudeza.
Con su bestiario taíno Maydée González Gavilán actualiza la historia, renueva las leyendas de un pueblo casi extinguido, devolviéndole con arte toda la profundidad de sus dimensiones mágicas.
Los animales son los protagonistas. Sus imágenes son puertas que se abren sobre otras historias. Detrás de un caimán melancólico, se esconde una ciguapa de cacería; por los alrededores de un búho sin párpados que bizquea solemne, se balancea la sombra de la muerte; un manatí plateado anuncia años de abundancia y las arañas somnolientas son aviso de peligro. Una serie de sapos pícaros y reidores son índice de partos felices, de profusión de niños, de natalidad benefactora.
Tintineos de sonajas, fotutos de caracoles y tamboras, controversias de maracas, tamboriles y flautas de caña acompañan el desfile del bestiario. La magia la pone la artista cubana Maydée González Gavilán quien, dejando el camino real, se aleja a gusto por las veredas de su historia reinventada.
Bruselas, 8 junio 2009
La expo estuvo organizada por la Alcaldía del 7ème, en cuyos espacios se celebrará hasta el día 24 de junio, y la madrina de la exposición es Rachida Dati, Ministra de Justicia del gobierno de Nicolas Sarkozy, Diputada al Parlamento Europeo, Alcaldesa del 7ème arrondissement de París. Agradezco a Jacobo Machover y a Lira Campoamor la autorización de reproducción de sus palabras.
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