Gerardo Castellanos García, escritor, periodista, investigador de temas cubanos, nació en Cayo Hueso, Estados Unidos, y murió en Guanabacoa. Su padre fue el comandante del ejército libertador Gerardo Castellanos Lleonart, quien se encontraba en el exilio cuando nació Castellanos García.
La obra de Gerardo Castellanos García es de referencia obligada para los estudiosos de los temas patrios, gesta libertadora, personalidades de la guerra de la independencia, entre otros. Creció en el medio tabacalero de la inmigración, hizo sus estudios en Estados Unidos.
En 1900 trabajó en Cuba en la Tesorería General de la República y en el Ministerio de Hacienda. Tiene a su cargo una obra extensa. Fue el biógrafo del comandante Gerardo Castellanos Lleonart, de Calixto García, de Francisco Gómez Toro, de Adolfo del Castillo, de Serafín Sánchez, de Néstor Aranguren, de Juan Bruno Zayas e Ignacio Agramonte, figuras relevantes de la historia de Cuba. Otros de sus libros que más me ha llamado la atención es Raíces del Diez de Octubre de 1868 y En busca de San Lorenzo, acerca de Carlos Manuel de Céspedes, libros que consulté cuando trabajé en los Diarios de Carlos Manuel de Céspedes, en el Museo de La Ciudad de La Habana.
Castellanos García fue miembro de la Academia de Historia de Cuba y de otras sociedades académicas.
Su libro Huellas del pasado. Viajes por Cuba, me acompaña a diario en homenaje a una amistad perdida, y lo leo con frecuencia, cuidándolo porque se trata de una publicación de 1925 de la Editorial Hermes, Compostela 78, Habana, y está muy delicadito.
Les dejo con el prefacio del libro escrito por el propio Gerardo Castellanos García:
“Propósito cumplido.
Mis maestros en la emigración fueron patriotas que lucharon con las armas y después se afanaron en preparar ciudadanos para la contienda definitiva, al calor del culto de los mártires. En aquellos planteles era tónico vital la historia de Cuba. Pensando en la patria esclava y en el día de su redención, aprendimos a amarla con ternura. Paréceme que de la adversidad y alejamiento provenía la unión y fraternidad. Puesto que en la emigración, lejos de la cuna que nos besó y meció, es donde se siente más cruelmente la soledad de vivir sin patria. No nos trataban mal, porque la libertad se goza casi por igual en los Estados Unidos; pero la tierra de uno, la tierra de la palmera, tumba de antecesores buenos y sabios, siempre es preferido altar.
La educación firmemente cincelada en mi corazón, avivada por la prédica amorosa del hogar, donde mi padre (con Serafín Sánchez, Martí, Francisco Lamadrid, José Dolores Poyo, Francisco Ibern, Chicho Henríguez, Arnao, Roloff, Rogelio Castillo, Emilio Aymerich, Eduardo Gato, Fernando Figueredo), conspiraba día y noche, activamente, en mítines y clubs; el perenne y cotidiano tema de Cuba esclava, sus veteranos, sus guerras, su bandera, organización del Partido y propagandas de Martí, Gonzalo; -sólo podían crear cubanos, cubanos de cuerpo y alma, orgullosos de serlo.
Allá se practicaba la juiciosa doctrina del entusiasta y culto profesor Dr. Antonio Iraizoz, recomendada en el trabajo “El orgullo de ser cubano”, de su hermoso libro “lecturas Cubanas”.
Crear firme y vigorosamente en la conciencia de nuestro pueblo EL ORGULLO DE SER CUBANO. -El chico aprenda que no hay paisajes más bellos que los de su Isla tropical; ni poetas más dulces y conmovedores que los de su tierra; ni guerreros más valientes que los que aquí realizaron la hazaña de la Invasión. -Nuestro pasado, con sus grandezas, nos servirá de base. -Miente villanamente quien ponga en tela de juicio el valor de Maceo, la estrategia de Gómez, el apostolado de Martí, la poesía de Heredia, las virtudes de Luz y Caballero, la sabiduría de Poey, el encanto de nuestro suelo, y la belleza de nuestros montes y de nuestros valles.
En parecido yunque se modelaron ciudadanos en la emigración. Y desdichadamente por no cumplirse hoy esa fórmula infalible es por lo que bajan los valores del pasado, grandezas y sacrificios. El desaborido manjar extranjero sabe a muchos mejor que el delicioso propio. Ensalzamos las glorias dudosas ajenas. Hasta buscamos salud y aire en países menos encantadores que esta Isla. Y leermos con fruición poemas exóticos de mustias hazañas, teniendo a la mano tantísimo épico por conocer y cantar.
En lo aprendido entonces tomó vuelo mi aspiración de un día, al emanciparse Cuba, recorrerla por las sendas que siguió mi padre en la Guerra de los Diez Años y ponderaban mis autores favoritos. Años y años seguí esperando conocer a Cuba, sus pueblos, sitios históricos, ver sus ríos, montañas, campos. Comprender sobre el terreno las dificultades que tuvieron que vencer los paladines de la emancipación. Saber si realmente era tan hermosa, fértil, saludable, rica y encantadora como la pintaban los poetas.
Yo iría a recoger en el vergel cubano florecillas con que formar un ramillete histórico que colocar en búcaro íntimo.
Libre Cuba pude cumplir el compromiso. Visité muchos parajes. La abrupta región pinareña, campos mortales de Maceo: La Habana y su comarca; Matanzas y sus ríos, bajando hasta La Ciénaga de Zapata; Las Villas por pueblos, ríos y montañas; Camagüey y sus escenarios de bélicas grandezas; Palo Seco, Guásimas, Naranjo, Mojacasabe. Pasé el Jobabo y toqué en Las Tunas. Y desd eallí continué por la mayor parte de la indómita provincia oriental.
Me saturé de perfume patrio. Me mecí en las corrientes de los ríos, vi valles edénicos, subí las lomas y gocé mirando el Pico de Turquino y la Gran Piedra. Puse mis plantas en centenares de sitios por donde estuvieron los varones sin miedo de las guerras de emancipación. Y por eso ahora sí puedo proclamar la belleza suprema de mi patria; su riqueza imponderable, en muchos lugares aun por explotar, y enorgullecerme más de ser cubano, repitiendo sin temor el dicho vulgar: “si no lo fuese, querría serlo”.
Parte de esas huellas las he apuntado en estas páginas.
G.C.G.
En Guanabacoa,
San Francisco 51. Febrero 24-1925.”


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