Mi querido Juan Abreu, como es habitual, con el tolete -digo, el estilete- invencible, dándole hasta con el cubo a todo el mundo en la cabeza, leer en Emanaciones.
Archivos diarios: septiembre 16, 2009
Ni para sacar al perro a mear. Por Charlie Bravo.
NI para sacar el perro a mear.
Por Charlie Bravo.
Visitar la Casa Blanca es cosa de turistas.
A no ser que uno viva en esta ciudad, sin ser un nativo.
Y claro está, con la curiosidad de la historia de la presidencia de este
país.
Naturalmente, uno ya no espera mucho a estas alturas, y como prohíben
las cámaras el escepticismo crece. Y mucho.
Pero siendo esto la capital de los USA hay una mezcla del encanto yankee
y la eficiencia sureña que lo domina. Habiendo vivido en el sur, pues me
choca el constraste…. Así que una visita a la Casa Blanca del Obama se
limita a cuatro salones, y uno de ellos está lleno de fotos
celebratorias del jardín orgánico que no lo fue, y demás halalevismos
típicos de esos que aman a los políticos. Mi visita casi va a la
categoría de curiosidades rechazadas, por mi desdén congénito para con
los políticos. Y no me hubiera arrepentido, luego de estar atrapado en
un público heterodoxo y heterogéneo, donde había desde familias del
medio oeste hasta adoradores del culto al único.
Por suerte los encargados de conducir los tours son gente amena, con un
gran conocimiento de la historia de la arquitectura de la mansión
presidencial, sus muebles, y hasta su vajilla -la mejor la de George W.
Bush. Y hablando de él, la familia de B. Hussein Obama hace como si el
anterior presidente y sus ocho años en la Casa Blanca nunca hubieran
existido: donde van los retratos de sus predecesores uno ve los de los
Clinton, y los Bush son los grandes ausentes. La excusa es que no
existen, aun cuando los han pintado por decenas.
En ese momento, sale una chica atlética corriendo con el perro
presidencial tras ella. Los cultistan rugen de gozo en un obamorgasmo
frustrado. No confíes nunca de un tipo que no saca a su perro. Este no
sirve ni para sacar los perros a mear, digo no precisamente a sotto voce
y en castellano. Repito en inglés para deleite de pocos y miradas
fulminantes de los devotos.
Los cuatro salones abiertos al público no duran mucho. Son interesantes,
magníficos, e históricos, no estan vivos, de ningun modo. Salgo.
Y a la vez, calienta los motores el helicóptero presidencial.
Me topo con la manifestación más grande de la historia de la ciudad.
Estoy frente al edificio Ronald Reagan, y le digo a un matrimonio maduro
que tome fotos y que se aseguren que el nombre del edificio salga, antes
que el que vive en la Casa Blanca mande a retirar el letrero grabado en
la piedra. Camino. Media milla, quizás. La multitud es gigantesca. Mayor
que la inauguración-coronación del reyezuelo de los cojones. Mayor que
las obligovoluntorias concentraciones castristas. El helicóptero
presidencial zumba sobre el Mall, incrédulo el ocupante en jefe quizás
de la multitud que toma la ciudad para decirle “no”. Hay retratos del
Hussein con bigotico hitleriano, y recordatorios que rezan “you are my
president too, you serve us, we do not serve you”. La jeta obamatrónica
con el maquillaje corrido del Joker. No hope. No change. Quédate con el
cambio, demonio.
Es una bella cosa el poder salir en manifestacióan de protesta, en cifra
millonaria y no ser interpelado por un chivatón. Al carajo el
Obamunismo, escribo en un cartón. Me voy a casa, a leer los desmentidos
de la prensa online, que no quiere ni puede reconocer que la coronación
del Sheik se quedó corta. La marea humana lo dice todo. Estos no son los
Estados Unidos Socialistas de América, por mas que le pese a muchos. Por
suerte.