Pongámonos para la concreta, por favor.

Mientras Yoani Sánchez se disfrazaba con una peluca rubia y se colaba en una reunioncita oficialista sobre la web, y a su esposo Reynaldo Escobar junto a Claudia Cadelo de Octavo Cerco, también acompañada de Ciro Díaz, no les permitían entrar en el debatico sobre internet, mientras esto ocurría desde hacía días el médico Darsi Ferrer se encontraba en huelga de hambre, y la casa del opositor Vladimiro Roca se hallaba cercada por la policía castristas.

Vladimiro Roca y un grupo de periodistas disidentes al régimen organizaron un Plantón en la casa del primero. Su sobrino salió a buscar pan y lo apedrearon. Aunque desde hace dos días -me cuentan- los están apedreando, y a Martha Beatriz Roque Cabello le fracturaron un dedo de un golpetazo.

Ninguna de estas noticias ha tenido el impacto necesario en los blogs cubanos como debería de haber sido el caso. Y sin embargo… Un médico preso en  huelga de hambre es noticia. La mayoría de nosotros conoce y vio con sus propios ojos la cantidad de veces que Darsi Ferrer y su esposa se han enfrentado en plena calle a los represores de la seguridad del estado, también nadie ignora la labor que hace este médico y también su esposa con  la población de las favelas cubanas. Han recibido palizas y vejaciones. Las imágenes están en youtube.

El hecho de que a los autores del documento que -a mi juicio- tiene mayor importancia política: La Patria es de Todos, los estén reprimiendo de la manera en que lo están haciendo, parece que le importa poco a la mayoría de los informadores de dentro y fuera de la isla. Ni hablar de la prensa, que ahora mismo, en relación a Cuba, lo que hace es copiar de los blogs y en el mejor de los casos verificar la noticia a través de ellos.

Creo que debemos ponernos para la concreta y apoyar a todo el mundo por igual, sobre todo a quienes más lo necesitan. En este caso, el orden prioridades lo he expresado en este blog en innumerables ocasiones: Oscar Elías Biscet, Darsi Ferrer, Marta Beatriz Roque Cabello, Vladimiro Roca, los presos de la Primavera Negra del 2003, los presos políticos. Los demás pueden esperar…

Por otro lado, pienso que todas las explicaciones de por qué no dejan viajar a los cubanos, y por qué no hay banda ancha, o internet, se deben exigir directamente a los que tienen la respuesta: a Fidel y a Raúl Castro. Para eso, lo mejor es plantarse en la Plaza de la Revolución, o en los organismos concernientes. Hasta ahora las únicas que han tenido valor para hacerlo se llaman las Damas de Blanco.

Todo lo demás me parece un entretenimiento de mal gusto, unas ganas de lucirse a costa de qué… Sobre todo a costa -y olvidados-  de los que se encuentran en las situaciones anteriores que acabo de describir.

Qué pena que ya consiguieron silenciar a unos cuantos rockeros: viaje y concierto juanístico mediante. Yo tuve mucha esperanza en ellos.

Dicho esto, cualquiera que haga algo dentro de Cuba que sirva para derrocar el castrofascismo, merece mis respetos. Sobre todo cualquiera que no desvíe la atención hacia la bobería en la que ya llevamos 50 largos años.

Ver aquí acerca del caso de Darsi Ferrer, testimonio de su hermana. Gracias a Melekiop.

El Vianda culpa ahora a Canadá, a España, y a Obama de introducir la Gripe H1N1 en Aquella Isla.

Fidel Castro acaba de culpar a Canadá y a España -me imagino que el trasmisor representante de este segundo país sea el ministro Desatinos (Moratinos)- y al presidente Obama de incidir e inocular el virus de la epidemia de la grime H1N1 en Cuba. Subraya además que Obama incidió en ello al levantar las restricciones de los viajes a Cuba. ¡Suábana! Leer en EcoDiario de El Economista.

En Tierras Bajas. Herta Müller.

EnTierrasBajas

La oración fúnebre.

En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.

Una joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra.

Apagué el televisor.

Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tan tas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.

Llevaba un vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía en traje de novio. Sólo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cercas una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío.. Estaba saludando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.

En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.

En todas las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.

El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.