Dublinenses.

Camino bajo la lluvia, el viento corta el rostro. Encuentro a los dublinenses de una amabilidad tímida, casi ruda, no son ya los mismos que describiera James Joyce, por supuesto. Busco el museo, y a los Mc Buttler, camino azarosa tras la huella de mis antepasados. Doy traspies, pero finalmente encuentro a dos viejecitas, y dos hombres de piel tersa y sonrosada, dientes partidos; otra mujer de silencio espeso me observa, casi con cariño. Un cariño lejano. Las casas ordenadas como las ordenaba mi abuela, el té, los pequeños papelitos colgados de la pared, y el orden maniático, un aroma a una especie de levadura sortea el ambiente, algo así como a dulce acabado de hornear. Camino azarosa hacia lo desconocido y en su fondo me sumerjo, con los pies ateridos.

-Cuba es una isla -susurra la primera viejecita.

Asiento.

-¿Cuba es una isla? -duda la segunda viejecita- y se mueve hacia la pantalla para buscar en internet esa islita que se llama Cuba.

-¿Una isla como Irlanda? -inquiere también el primer hombre de orejas y dientes partidos, juega al rugby, aparte de ser carnicero.

-Una isla más pequeña que Irlanda -subraya el segundo hombre de dientes quebrados, y cejas castañas.

-Una isla, otra isla, bah… -musita la mujer con las manos finas, cuajadas de tendones como riachuelos.

-Da igual -doy por sellado el primer intercambio de frases-, el asunto es que nos hemos encontrado.

Todo esto acontece a pocas cuadras de Marrion Square.

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