Fidel y Raúl. Mis hermanos. La historia secreta. Memorias de Juanita Castro.

EL LIBRO DE LA HERMANA.

Zoé Valdés.

Llevo días dándole vueltas a la lectura de Fidel y Raúl: Mis hermanos. La historia secreta. Memorias de Juanita Castro, editorial Aguilar, de Santillana, contadas por María Antonieta Collins.

El libro está escrito a modo de monólogo escuchado y transcrito, mejorado seguramente en estilo. No está mal escrito (dentro de la factura periodística), salvo el verbo “platicar” que le perdono a Collins dado que es mexicana, y el nombre de La Habana Vieja escrito siempre con “v” minúscula.

El libro –lo dice Carlos Alberto Montaner en el prólogo y lo repite Castro en incontables veces-, tiene el propósito de “salvar el honor de la familia”, de aclarar las calumnias que se han vertido allá o acá en contra de sus abuelos y padres. Su autora añade que ella sabe de dónde salieron esas mentiras, sobre todo de su hermanastra mayor, entre otras personas que son o fueron cercanas a la familia, y que esas mentiras han sido repetidas en cientos de libros. Entre esos cientos de libros, hay uno especialmente, el de Alina Fernández –a quien ella no menciona nunca-, y además añade que le molestaron los juicios de Guillermo Cabrera Infante y de Carlos Franqui en su momento, a quienes, aduce, hubiera podido atacar en justicia. Contra la primera lo hizo. En estos casos siempre me pregunto por qué no se atacó en justicia a la persona que regó la bola, o sea, a su hermanastra, o a esos miembros roñosos de la familia de los que con toda claridad provienen esas alevosas informaciones, trocadas –según ella- con intención malsana.

Las memorias, a mi juicio, tienen dos propósitos, contestarle a una persona, que jamás se menciona en el libro: Alina Fernández (*). Cuando se hace la lista de los hijos de Fidel Castro, Alina es borrada. Típico del clan. El otro propósito y el principal es imponer su visión íntima y edulcorada de los hermanos Castro, sobre todo la dulcificada imagen de Raúl Castro. De quien no menciona jamás los asesinatos que cometió, entre ellos, los de los cuatro de Hermanos al Rescate, para citar los más recientes que se conozcan. Solo se refiere a errores injustificados.

Su visión de los hermanos, bastante dura -pero como dice Juan Abreu, enmerengada- con Fidel en la segunda parte, y suavísima con Raúl –cosa muy conveniente en estos tiempos-, es la de que eran unos chicos muy buenos, muy simpáticos y estudiosos; hay hasta fotos de la primera comunión de “Muso”, como llamaban cariñosamente a Raúl.

Fidel es el endiablado, el oportunista, el prepotente, el mentiroso o engañoso… Ahí se queda.

Ignorar a Alina Fernández es –sin proponérselo- dedicarle el libro. La existencia de Alina se reduce a la imagen furtiva de Nati Revuelta, su madre –debemos también intuirla-, a la que Juanita tampoco menciona, sentada en el piso a los pies de Castro. Eso no sólo empobrece el libro, sino que lo afea, lo hace mezquino y nada objetivo en esa parte esencial de la historia.

Los mejores capítulos son los dedicados al Ché –desconfianza y rechazo a primera vista por ambas partes, lo mismo ocurrió después entre su hermano y el argentino-, también el retrato de Celia Sánchez Manduley, ese tipo de cubana en apariencia frágil y mangoneadora, muy por encima con una masculinidad que gusta tanto al macho, no tan a la sombra como nos hicieron creer; y después, también lo mejor son los retratos de los lamebotas que siempre estuvieron junto a sus hermanos, algunos de ellos hoy en el exilio.

Confieso que me costó soportar la primera parte del libro. La segunda parte la disfruté mejor, porque allí se cuenta su desvinculación del proceso, sus artimañas para ayudar a la gente que necesitó de ella, su valentía –había que serlo, aunque ser la hermana de Castro más bien la protegía, lo que ella no niega nunca. Su vinculación con la CIA, lo que ya se sabía a sotto voce, y su deserción, en su caso lo es. Así como el reconocimiento a personajes del exilio de los que se acostumbra a denigrar: Jorge Mas Canosa y Rafael Díaz-Balart. Al que ella, nótese, perdona. Yo creo que la que sí perdonó fue Mirtha Díaz-Balart.

Las revelaciones anunciadas por la editorial y la prensa no las vi por ninguna parte –que me devuelvan el dinero. La única revelación, a medias, porque la gente lo sabía, aunque ella no lo había confirmado hasta ahora, es su colaboración con la CIA. Yo, particularmente, lo había oído montones de veces. Las revelaciones que la gente se había imaginado: posible homosexualidad de Raúl, ná de ná, al contrario, según la versión de JC, su hermano era un tremendo jeboso. En cuanto a un hijo fusilado, nenenenenene, tampoco. No hubo hijos siquitrillados ni la cabeza de un guanajo.

Numerosos momentos me molestaron del libro, sobre todo cuando se presenta la historia del secuestro de Fidelito Castro – como si hubiera sido su madre quien lo hubiera perpetrado. Yo a eso le llamo rescate de un hijo  por su madre, de un niño que vivía –sí, probablemente con todos los cuidados posibles- pero en medio de unos locos que no dudaban en traficar con armas y en armar una revolución como quien juega a los piratas; a tal punto, que cuando el niño va a ver a su padre, en la confortable cárcel batistiana, asegura delante del guardia que si no sueltan a su padre tomará una pistola y matará a Batista. Todo muy cómico, señoras y señores.

En cuanto a si el libro es útil o no. Sí lo es, como era de esperar, sobre todo para la familia Castro. De cualquier manera, ellos lo verán como siempre lo vieron y han querido hacérselo ver a los demás: “He aquí las memorias de esa hermana loca a la que hemos borrado de las fotos, traidora para colmo, que nos pagó tan bajo que hasta se convirtió en agente de la CIA, que ayudó a los gusanos, que pertenece a la mafia miamense, y que ahora para colmo escribe libros a costa de nosotros.” Si le cambiamos lo de “hermana” por “hija”, resultaría lo mismo que argumentaron en contra de Alina.

En un momento, Juanita o Collins, dice, o dicen, que “Sin duda, he sufrido más que el resto del exilio porque en ningún lado del Estrecho de la Florida me dan tregua y pocos son los que comprenden la paradoja de mi vida.” Aquí, solo de violines. Lo siento, llevo rato con la lengua mordida. Juanita Castro – y ella lo sabe porque su libro trata también el tema- no es la exiliada que más ha sufrido. Ella sabe que salió cómodamente del país, que la sostuvieron –aún sentimentalmente- sus amigos, su hermana Enma y el gobierno de los Estados Unidos; hasta que la soltaron como un trapo (de eso también se aprovecharán los Castro). Ella sabe, lo vio con sus propios ojos, y lo dice en el libro, que las víctimas del castrismo, asesinatos políticos, niños hundidos en el mar, torturas, encarcelamientos, ha sido numerosísimas y dolorosísimas durante estos 50 años, así que no entiendo cómo pudo habérsele ido ese desliz. Reflexiono, ¿desliz? Falta grave.

Lo que, sin duda alguna, es innegable, es que el 29 de junio de 1964 Juanita Castro asestó un duro golpe al castrofascismo, eso es de reconocer.

(*) Alina. Memorias de la hija rebelde de Fidel Castro. Plaza Janés, 2000.

Para desternillarse la crítica de Juan Abreu en su blog Emanaciones.