El totalitarismo: Stalin, Hitler, Mussolini… y Castro. Por Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz.

EL TOTALITARISMO: STALIN, HITLER, MUSSOLINI… Y CASTRO

Fundación Hispano-Cubana, Madrid, reducción del 16 de octubre de 2009

Revista de la Fundación H-C.: Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz

El totalitarismo y otras atrocidades

Quisiera señalar que sólo tocaré tres o cuatro ejemplos  más bien clásicos del totalitarismo. Hay algunos más y no debemos confundir entre un régimen totalitario, lo peor, de uno dictatorial o autoritario. No son iguales aunque estén emparentados. El término totalitario, sacado de la lengua italiana, fue utilizado y aplicado en este sentido por primera vez en un discurso por el líder fascista italiano Benito Mussolini en 1928.

Sus componentes, para que un estado, régimen o país sea considerado totalitario, ha de contar con muy poca o ninguna libertad; el estado será omnipotente; gobernado por un solo partido e ideología y por un caudillo cívico-militar, líder o grupo reducido apoyado en un movimiento de masas que sobre la sociedad ejercerá control económico, de sociedades profesionales y obreras, apoyado en la represión policial pública, privada y secreta, que acabará con el estado de derecho, pisoteará los derechos humanos como decadencias liberales y burguesas; que acabará con la división de Montesquieu en tres poderes: ejecutivo,  legislativo y judicial; que organizará cárceles o campos de trabajo para opositores y “desviados” de su “fe”; una total opacidad informativa, la sociedad militarizada, jerárquica y vertical donde el estado sea el fin en sí mismo, que ignore las libertades individuales de movimiento, de filiación ideológica, religiosa, comercial y, como colofón, liberará la agresividad de las nuevas clases dirigentes, como sucedió en la URSS-Rusia hasta 1985, en Italia de 1923 a1944,  en Alemania desde 1933 hasta 1945, en España de 1936 hasta 1952, la Francia de Vichy 1941-1944, China hasta los noventa, Corea del Norte hasta hoy, Vietnam hasta los noventa o Cuba desde 1960 hasta el día de hoy. Eso sería el totalitarismo que no es exactamente igual a una dictadura o a un gobierno autoritario..

No obstante, sería pertinente diferenciarlo: dictadura, del latin dictator,  magistratura extraordinaria creada por la res pública romana para un breve período de tiempo, seis meses o un año, investida de poderes extraordinarios e ilimitados para resolver alguna situación crítica. Tampoco hemos de despreciar la existencia del término tiranía, antiguo y heleno, donde alguien ejerce el poder contra derecho, pueblo y arbitrariamente; o el despotismo, término también de origen helénico aplicado a las monarquías europeas del siglo XVIII, el despotismo “ilustrado” –todo para el pueblo pero sin el pueblo- para diferenciarse de las monarquías absolutas europeas de los siglos XVI y XVII creadas para terminar con la diseminación medieval y sus guerras locales.

Orígenes y sus motivos

Los regímenes totalitarios que nos interesa destacar en esta conferencia, breve por necesidad, surgen todos de la Primera Guerra Mundial, verdadera hecatombe que modificó para mal el destino de Europa primero y de toda la humanidad después en los siglos XX y XXI. No debemos confundir los regímenes que voy a citar y exponer con, por ejemplo, la monarquía alemana de los dos Kaiseres en 1870-1918 que, aunque autoritarias, nunca fueron totales. Para entender por qué algunos pueblos optaron –equivocadamente- en un momento determinado por la forma totalitaria hemos de conocer la historia del controvertido siglo XX. La hecatombe de la Gran Guerra, como la llamaron primero, se produjo un siglo después de las guerras napoleónicas. Ya no quedaba nadie vivo de las guerras ni del Congreso de Viena de 1815. No muchos en Europa rechazarían una “guerrita”.

Europa no había tenido desde 1815 guerras continentales, sólo localizadas desde el fin del Congreso de Viena y de las Guerras Napoleónicas. Pero en cuatro años, desde 1914, tras las declaraciones de guerra en cascada de ese año y el armisticio de 1918,  desaparecían cuatro enormes imperios multinacionales. El primero fue el imperio zarista ruso el cual, en el pacto de Brest-Litovsk, marzo de 1918, pierde Estonia, Letonia, Lituania, la Polonia oriental, Finlandia y Ucrania a manos de los Imperios Centrales. El objetivo de los austro-alemanes era debilitarlos. Lo consiguieron y hasta qué punto. Una victoria pírrica. Y de paso empeñaron su futuro y el nuestro. El imperio zarista multinacional, opresivo, vertical y vetusto, se desmoronó en meses tras trescientos años de autocracia. El gobierno ruso del Zar había ensayado cierta democracia parlamentaria en los últimos años desde la industrialización en 1890 y específicamente con la primera Duma, en mayo de 1906, primer parlamento ruso democrático, con la reunión de los zemstvos (especie de asamblea de municipios agrarios con representación democrática local) en noviembre de 1904, exigiendo representación democrática en el parlamento y libertades civiles como en Occidente; del represivo  “domingo rojo” de enero de 1905, pero manteniendo una estructura conservadora y aristocrática. Era un estado autoritario y paternalista que ya al iniciarse el siglo XX hacía agua como lo demostró la derrota marítima ante el Japón en 1905, poder emergente. El mando zarista desaparecía en marzo de 1917.

El segundo “desfondamiento”, no menos estrepitoso, fue el de la Monarquía Multinacional Austro-Húngara gobernada por la familia Habsburgo que, tras el tratado de Saint Germain firmado el 10 de septiembre de 1919, pierde  los territorios checos y eslovacos con la Rutenia, hoy parte de Ucrania.  Checoslovaquia resurge como país con dos naciones y es gobernada democráticamente por Tomas Masaryk; la Polonia sudoriental con capital en Cracovia, y Hungría, que se separa de Austria bajo el mando del Almirante Miklos Horthy, antiguo almirante de la marina austrohúngara pero reducido a la condición de marino sin barcos. Permanece en el poder como regente sin rey, difícil simulación de una dictadura autoritaria, aunque no totalitaria, como más tarde veremos.

El imperio germano de la familia Hohenzollern desaparece  con el exilio del Kaiser Guillermo II hacia Holanda en noviembre de 1918. Él y el estado mayor de la Reichswehr fueron los responsables de la guerra. Los social-demócratas alemanes, los socialistas moderados, son los únicos que se atreven a firmar, a regañadientes,  la onerosa paz de Versalles el 28 de junio de 1919 para evitar la ocupación. Nadie se atreve a responsabilizarle. No los culpables. Esto somete el país a compensaciones terribles como perdedor y responsable de la guerra –que lo fue su clase dirigente- si bien no pierde ni la Prusia Oriental, capital en Koenigsberg  (hoy Kaliningrad, territorio parte de Rusia fuera de sus fronteras) y obtiene un corredor geográfico de tierra que parte a la nueva Polonia resurgida por en medio, el corredor del Dantzig, si bien administrada por los Aliados. Las colonias africanas alemanas, Kamerún, Tanganika, Namibia y otras son repartidas entre Francia y Gran Bretaña. Logra conservar el vapuleado ejército de hasta 100.000 hombres con sus armas ligeras si bien deberá renunciar a los submarinos y entregar toda su flota mercante de más de 1600 T, la mitad de 800 a 1600 T  y la cuarta parte de su flota pesquera, aparte de  las  casi 70 naves militares, la Reichsmarine. Las compensaciones de guerra y las ocupaciones de territorios establecidas en Versalles serán motivo de hambre, penalidades, terribles devaluaciones del marco, humillaciones y causa directa en gran parte del fracaso de la república democrática de Weimar surgida en 1919.

Por último, no menos terrible, desaparece un vetusto y opresivo imperio de siglos, el cual, a diferencia de los “cristianos”, era de práctica musulmana. El sultanato de Turquía, llamada hasta entonces pomposamente “La Sublime Puerta del Oriente”, pierde a manos de Gran Bretaña, Francia, Grecia, e Italia nada menos que Siria, Líbano, Mesopotamia (Irak y Kuwait), Palestina (hoy Israel y la Autoridad Palestina), Esmirna (que después recuperó), las islas del Dodecaneso y Tracia en Europa.  Desestabilizada por la dureza del tratado de Sèvres de 10 de junio de 1920, acabaron firmándolo el 10 de agosto de ese año tras enfrascarse en una cruenta guerra “local” con los griegos, sufrir la invasión de los británicos en Çanakkale en el Bósforo y la consiguiente pérdida de enormes territorios del Cercano Oriente. Esta débacle dio origen al golpe de estado del Gral. Mustafá Kemal Pashá, que llamaron después de 1924 el Atatürk,  el padre de los turcos.

Seducción de los regímenes totalitarios

Los sociólogos y polítólogos franceses del siglo XX, tan penetrantes como sus predecesores de los siglos XVIII y XIX, Pierre Rigoulot, François Furet, Mme.  Verdes-Leroux, Alain Besançon  y Alain de Benoist en sus obras y escritos señalan que estamos ante el atractivo del peligro, pero peligro al fin y al cabo para la democracia y la libertad, que lleva a los adoptantes a anular o a minimizar las objeciones a las dictaduras totalitarias que sugiere la realidad escandalosa y aplastante. Es una seducción, un encanto, como un licor fuerte el que impedía ver durante la construcción del socialismo en Rusia, los horripilantes campos de trabajo soviéticos a muchos intelectuales de izquierda. El más notorio de estos casos es quizá el del filósofo y dramaturgo marxista Jean-Paul Sartre que, si bien brillante en su prosa, sus diálogos y sus obras, se adscribió, en tanto que francés y de izquierdas al marxismo-leninismo y que, al llegarle informes acerca de las flagrantes violaciones de los derechos humanos realizadas por Stalin durante las purgas de los treinta en la URSS , prefirió acallarlos ya que denunciarlo “apoyaba” a la “dictadura de la burguesía” que, por perversa y explotadora, debía desaparecer de cualquier forma. No obstante, he visto a Sartre en Praga en 1965 reivindicar a Franz Kafka, bestia negra de marxistas antiguos en literatura. El comunismo en el poder lleva a la “heroización” de la vida ya que ésta es una lucha en pos de un futuro radiante para el conjunto de la humanidad en que no habrá diferencias de “clases” y todos tendrán las mismas oportunidades. El comunismo da la ilusión de saber lo que otros no saben, conducidos por marxistas-leninistas que conocen el camino  y aceleran la evolución y el motor de la historia. En realidad, es el viaje a ninguna parte o, dicho cínica y jocosamente, el camino más largo del capitalismo al capitalismo como dice un chiste, claro, ruso.

Pero la seducción del comunismo  dejó de funcionar cuando se comenzaron a denunciar por la propia URSS las atrocidades masivas a partir del informe secreto de1956, presentado en el XX Congreso del Partido Comunista por Nikita S. Jruschov, su secretario general. El país totalitario creado por Lenin primero y “mejorado” por Stalin después, comenzaba a derretirse, como dijera acertadamente el escritor Ilya Ehrenburg. Consecuencia directa fue el levantamiento y posterior represión en Hungría de octubre-noviembre de 1956  contra el reformismo de Imre Nagy y del Gral. Pal Maleter  así como los disturbios que en la misma época llevaron de la cárcel al gobierno a W. Gomulka en Polonia.    Para dudar menos aún, la intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia el 21 de agosto de 1968 para acabar con el “comunismo de rostro humano” encabezado por Alexander Dúbchek y el sector reformista del Partido Comunista Checoslovaco y como colofón, la invasión de  Afganistán en diciembre de 1979, como contrapeso a la “revolución” integrista iraní del Ayatolá Jomeini .  Esto acabó de abrir los ojos a las izquierdas reformistas, léase a la social-democracia.

PCs acríticos

Sorprende de todos modos que los movimientos y partidos marxistas, de obediencia al Komintern y a Moscú,  no hayan tomado nota y se hayan hecho una autocrítica, al menos desde 1956, acerca del sistema que propugnaban. No importaba. La URSS y el marxismo-leninismo luchaban contra el “imperialismo”, el “capitalismo” y en pro del “tercer mundo”.  A pesar de las críticas en la propia URSS contra el comunismo los viejos marxistas cubanos y de otros partidos siguieron apoyando el antiguo sistema de valores aunque con arreglos más o menos cosméticos, aupando y apoyando al que los utilizó para eternizarse en el poder. Era el cultivo de la muerte por un ideal. Un ejemplo clásico es el de Ernesto “Che” Guevara quien afirmaba:” ¡Qué importa dónde nos sorprenda la muerte¡”. Tampoco le importaron las muertes de los más de  doscientos que se le atribuyen directamente.” La felicidad simple de existir y amar escapa a los revolucionarios; es una nueva fantasmagoría religiosa que nos parece uno de los fundamentos del totalitarismo; el marxismo, embelleciendo los peores impulsos de matar y dejar matar, tiene gran futuro ante sí”, afirma la Sra. Verdès-Leroux.

Los fascismos históricos: Italia y Alemania

El primer país donde el fascismo prende, ideología bastante más endeble que la del comunismo, no es en un país derrotado en la Gran Guerra sino, curiosamente, en uno de sus ganadores.  Italia, a pesar de ser nación  vencedora,  con un capitalismo a medio desarrollar,  no había participado excesivamente del reparto de tierras coloniales de los vencidos ni le habían tocado jugosas compensaciones a costa del pueblo alemán como a Francia o a Bélgica. Si a esto agregamos problemas financieros y un temor cerval de las clases media y alta al bolchevismo desatado en la Rusia zarista desde fines de 1917, obtenemos un caldo de cultivo excelente. Esto  dio lugar a la creación del Fascio di Combatimento en marzo de 1919 bajo la dirección de Benito Mussolini, su líder (el padre le había bautizado así por Benito Juárez, liberal mexicano al que admiraba) que abandonaba el viejo socialismo. Los choques entre probolcheviques y fascistas italianos comienzan a producirse primero en Florencia a partir de 1921. Hay nubarrones de posible guerra civil como en Rusia, mitad roja y mitad blanca. Ese año se convocan las primeras elecciones democráticas en mayo donde liberales y demócratas obtienen 275 escaños mientras que socialistas y comunistas obtienen 122 y 16 respetivamente. Los noveles fascistas sólo 22 escaños. Ni comunistas ni fascistas eran un peligro para la sociedad pero estaba la inquina que se tenían, que hacía recordar las guerras civiles en Rusia. Sin embargo, el año 1922 será crucial pues el ejército italiano ocupa la levantisca ciudad de Fiume en el norte del Mar Adriático y los fascistas llegan a controlar tanto Fiume como al gobierno comunista local de Bolonia.  En agosto de 1922 acaban controlando Milán, la primera ciudad industrial del país. El nuevo líder, venido de las filas del socialismo, forma un quadrumvirato con sus camaradas hasta que, tras el Congreso Fascista de 1924 en Nápoles, deciden a los cuatro días “La Marcha sobre Roma”, ciudad que ocupan y desalojan al gobierno de liberales y demócratas de Luigi Facta. Ante la cruda realidad del golpe de mano, son llamados por el Rey para formar gobierno. El monarca y el parlamento, a la usanza romana, hacen de Mussolini dictador por un año para resolver “problemas” el 28 de noviembre de 1922 si bien el país siguió siendo en teoría constitucional. Poco antes de que expire el año de dictadura el gobierno del Fascio a fines de 1923 se saca una nueva ley electoral de la manga.  En las elecciones del 6 de abril de 1924 pasan de controlar 22 diputados en 1921 a 375 escaños, un 65% de los votos a su favor. Entre 1924 y 1926 los escaños de otros partidos que no apoyaran al Fascio fueron declarados vacantes; se  introdujo la censura de prensa, se obtuvo de un parlamento totalmente proclive en 1926 y el permiso para gobernar por decreto. El totalitarismo se había entronizado en Italia en pocos años pero siguiendo algunas de las lecciones de la revolución rusa. En uno de sus discursos memorables Mussolini declaró, haciendo gala de su adoración por el estado totalitario: “Todo en el estado; todo para el estado; nada fuera del estado; nada contra el estado”.  Véase la similitud de la frase pronunciada en ese año con la que el líder comunista cubano pronunció a los intelectuales en 1961: “Con la revolución todo; fuera de la revolución, nada”. Nada tan parecido como lo que adujo Mussolini.

El caso de la Alemania nacional-socialista resulta bastante diferente. Es la que llega más tarde al fascismo y se marcha más temprano pero eso sí, en medio de una inmensa y trágica traca mundial. La endeble pero respetable  República de Weimar, surgida con su constitución el 31 de julio de 1919 –una de las bases jurídicas de la constitución democrática cubana de 1940- había atravesado en la década de los años 20 las Horcas Caudinas. Las compensaciones onerosas de guerra a los vencedores, el desfondamiento del marco alemán en 1923, los golpes bolcheviques de espartaquistas en 1919 en Berlín y en 1920 en Baviera, los golpes derechistas de Kapp en 1920 y de Hitler y el Gen. Ludendorff en una cervecería de Munich, Baviera, en 1923, las ocupaciones de territorios alemanes por Francia cada vez que Alemania  no podía pagar las compensaciones. Los planes económicos estabilizadores de los EE.UU. como el Plan Dawes en 1924 y Young en 1929 que no habían logrado reflotar a la Alemania de Weimar de las crisis del marco primero o del crack de 1929, a pesar de los buenos auspicios del Pacto Kellogg-Briand  firmado en Paris en agosto de 1928, que Alemania aceptó en febrero de 1929, para prohibir “definitivamente” la guerra como instrumento de la política nacional. Hay que decir en su honor que el pacto del americano Frank B. Kellogg y del francés Aristide Briand, ambos premios Nobel de la Paz, no fue inútil.  Sirvió de base  jurídica para llevar a los nazis al tribunal de Nüremberg en 1945-1946.

La débacle democrática de la república de Weimar: aparición del totalitarismo

El drama de la destrucción democrática comienza en septiembre de 1930. En las elecciones al Reichstag, el parlamento alemán, el Partido Nacional-Socialista y Obrero Alemán pasa de 12 escaños a obtener 107. Los comunistas obtienen 77 y los socialistas 143 pero en las elecciones presidenciales de marzo de 1932 el presidente de la república, el viejo general von Hindenburg obtiene 18 millones de votos. Hitler, que se presenta, ya obtiene 11 millones y los comunistas de Ernst Thälmann casi cinco millones. Hubieran bastado los votos del KPD (comunista) para que Hindenburg ganara de calle. Pero el VI Congreso del Komintern en 1928  consideraba a los social-demócratas el enemigo de clase. La segunda vuelta en abril es bastante más catastrófica.  En mayo el presidente otorga la cancillería a Franz von Papen y a los demás barones pero la situación se deteriora por meses.  El 31 de julio del 1932 los Nazis obtienen 230 escaños, los socialistas 133, el centro 97 y los comunistas 89. El partido nazi es el más votado. Había prometido retirarse de la paz de Versalles.  Hindenburg propone a Hitler ser vice-canciller con von Papen. El cabo austríaco se niega. Lo quiere todo o nada. De nuevo se niega con el presidente a ser vice-canciller en noviembre. El precario gobierno cae en manos del Gen. Kurt von Schleicher, uno de los barones, en diciembre de 1932, pero al renunciar en enero de 1933, convoca a elecciones y Hitler gana el 30 de enero de 1933. El presidente von Hindenburg, cansado y viejo, le nombra canciller y a von Papen vice-canciller, al revés de lo que quería. Desconfiaba del “cabo”, como le llamaba. Con razón. El destino de Europa se sella.

Apenas un mes después, a fines de febrero, se produce el incendio del edificio del Reichstag. Los comunistas son acusados en lo que parece que fue una quema realizada por elementos nazis. Ya en mayo comienza el acoso contra todo lo que no sea nacional-socialista. Se inician campañas contra los judíos, los intelectuales, los eslavos, los socialistas, los comunistas, los demócratas, los liberales. Es en el mes de mayo en que la dictadura totalitaria se entroniza con la Ley de Plenos Poderes que producirá cambios constitucionales, un estado unificado, no federal: judiciales con tribunales “populares” y campos de concentración para desafectos; políticos, todos los partidos de oposición liquidados y prohibidos: nacionalistas, socialistas, católicos, monárquicos y por último; raciales, la primacía de la raza “aria”, y los untermenschen, subhombres como los judíos, gitanos y ciertos eslavos, etc. En lo religioso firman un Concordato con la Santa Sede si bien desacreditan tanto a católicos como a protestantes. Económicos: disuelven los partidos obreros, prohíben las huelgas y cierres terminando con los pagos por compensaciones de la Gran Guerra y  dedicando el dinero a trabajos públicos y a la fabricación de armamento pesado. En lo militar se centran en el rearme y el servicio militar universal y obligatorio.  En octubre Alemania se sale de la Conferencia de Desarme y de la Liga de Naciones (la ONU de entonces). En menos de un año Alemania en 1934 ya se ha convertido en una dictadura totalitaria. No queda un solo resquicio de democracia como la entendemos los liberales. Ese año Hindenburg tiene a bien morir en agosto a los 87 años y con él el último vestigio de la democrática república de Weimar.  El Partido único, el NSDAP (Nazi) vuelve a integrar territorios como el Sarre mediante plebiscito organizado por la Liga de Naciones pero continúa en su plan expansivo, incorporando Renania; firma el Eje Berlín-Roma en octubre de 1935 y en noviembre con Japón para limitar la expansión de la URSS stalinista; reconoce a los insurgentes nacionales de Franco en España en 1936 y tras la visita de Mussolini a Berlín en septiembre de 1937 que no interviene, invade e incorpora al Gran Reich alemán a Austria, que desaparece en él en marzo de 1938. Sigue en su expansionismo y en septiembre de 1938 incorpora los Sudetes checos, de mayoría alemana, empleando el Acuerdo de Munich de 29 de septiembre de 1938. Al considerar Checoslovaquia un país artificial y territorio del antiguo imperio de los Habsburgo, invade Bohemia y Moravia el 15 de marzo de 1938 ante el estupor estático de Occidente. Ya no incorpora sólo territorios alemanes. Eslovaquia se convierte en protectorado semiindependiente separado de Chequia con el gobierno de Tiso, un exsacerdote proclive a los nazis.  El 21 de marzo de 1939 se anexa Memel (actual Klaipeda en Lituania en el Mar Báltico) y tras firmar un sorprendente pacto de no agresión con la URSS el 21 de agosto de 1939 invade el territorio polaco. Es la gota que rebasa el vaso. El 3 de septiembre Gran Bretaña y Francia, en virtud de los pactos con Polonia le declaran la guerra al III Gran Reich alemán. La URSS invade Polonia oriental el 17 de septiembre, la ocupa  y permanece neutral. Los EE.UU. seguirán neutrales hasta  el ataque japonés de Pearl  Harbor en diciembre de 1941.

El totalitarismo bolchevique

Las oportunidades democráticas de la  Rusia republicana fueron mucho más breves y, al final, imposibles. Desde el 15 de marzo de 1917 en que el zar renuncia con su hijo al trono hasta que se produce el golpe de estado bolchevique de Lenin el 7 de noviembre, unos 8 meses,  todo parece indicar que la tímida democracia que se iniciara tras el acceso a la corona de Nicolás II Romanov en 1894 se va rápido al traste. Un gobierno provisional les sustituye pero entra en conflicto con el soviet, es decir, el consejo (bolchevique) de Petrogrado. Y comete un error que costará caro a Rusia y a la humanidad ya que, en vez de las fuerzas democráticas,  sean los bolcheviques los que se consoliden en ese país: deciden continuar la guerra según los pactos zaristas, a sabiendas de lo desvencijado, desorganizado y díscolo que estaba el ejército. Los soldados todo lo que querían era irse a casa, como todo soldado en una guerra que no le atañe, incluso en aquélla que le atañe. Para minar la autoridad del nuevo gobierno el soviet publica la orden número uno donde se privaba a los oficiales del ejército de toda autoridad. Como si todo fuera poco el alto mando germano de la Reichswehr envía a Petrogrado desde Suiza por tren un “regalito envenenado” para quebrantar la moral del desvencijado imperio ruso. En un tren sellado  va la dirección del partido bolchevique en el exilio: Lenin, Zinoviev, Radek, Lunacharsky y  otros que llegan a la capital el 16 de abril. Trotsky regresa de los EE.UU. y Gran Bretaña en mayo. A principios de julio el ejército ruso intenta una ofensiva contra los Imperios Centrales que fracasa. Los bolcheviques, ante el fracaso militar, ensayan un primer golpe de estado que fracasa el 18 de julio. Trotsky va a prisión y Lenin escapa a Finlandia. El príncipe Lvov, que sustituía al zar en el gobierno provisional renuncia. Es sustituido por el abogado social-revolucionario Aleksandr F. Kerensky, líder social-demócrata y diputado desde la IV duma en 1912. Pero sin un partido fuerte como los del SPD alemán, no recibe el apoyo de los conservadores a pesar de ser el único representante viable de una democracia republicana para todos y así evitar la guerra civil, fuente de dictaduras de derechas o de izquierdas. Otro lamentable error es que en la segunda semana de septiembre el Gral. Kornilov, conservador,  se subleva contra el gobierno de Kerensky y ataca Petrogrado para destituir su gobierno. Este es apoyado por los bolcheviques a los que entregará fusiles contra la violencia conservadora. Más tarde le pasarán la cuenta. Esto deja abierto el camino a los extremistas bolcheviques que el 7 de noviembre tras un golpe de mano  con Lenin a la cabeza, retornado de Finlandia, toman el poder. Apresan al gobierno provisional aunque Kerensky logra huir. Terminará sus días en 1970 a caballo entre Nueva York, donde vivía, y California, donde impartía cursos de historia en la Universidad de Stanford, Cal. Ese mismo día, sirviendo a los intereses del alto mando alemán, decreta la paz el soviet de Petrogrado, que un mes más tarde proclama un armisticio con los imperios centrales. No obstante, el alto mando,  para forzar a Rusia, ataca Petrogrado el 18 de febrero hasta obligar al gobierno provisional a firmar la paz de Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918 donde la Rusia revolucionaria, léase Trotsky, cede a los Imperios Centrales la Polonia rusa, Ucrania y muchos territorios más. Territorios a cambio de paz. Para reponerse y reiniciar la lucha, no contra el enemigo nacional sino contra los “enemigos” interiores.

Guerra civil

Previsoramente, trasladan la capital el 9 de marzo de Petrogrado a Moscú, para alejarla de cualquier enemigo ya que la guerra civil, de la mano de los cosacos del Don, al sur, han roto hostilidades contra el ejército del soviet de Petrogrado. Lev Trostky organiza a la carrera un ejército para hacer frente a los numerosos enemigos y crea el Ejército Rojo para hacer frente a los “blancos” , los oficiales y soldados del antiguo ejército zarista. La lucha se centra con los cosacos del Don para recuperar Kiev, capital de Ucrania desde el 18 de febrero, que había firmando un armisticio con los imperios centrales. La guerra civil se extiende a Bielorrusia, capital Minsk, en el Occidente, y a los territorios del Mar Báltico.

Los Aliados, terminada la Gran Guerra, deciden invadir Rusia por el norte. Los británicos Murmansk el 23 de junio de 1918 y el 2 de agosto los británicos y los franceses toman Arjangelsk. Hasta los norteamericanos desembarcan en el Mar Blanco en enero de 1919 pero ante la inutilidad de la acción lo abandonan. El Caucaso y el sur de Rusia es reconquistado por el ejército rojo  para fines de marzo de 1920 hasta tomar Bakú, capital del petróleo en el Mar Caspio el 28 de agosto de 1920. Siberia y el oriente de Rusia es invadido por tropas japonesas aliadas, que desembarcan en Vladivostok a principios de 1918. Esto hace que la Legión Checa, cuerpo de unos 60.000 soldados formados por checos y eslovacos, bajo el mando teórico de los aliados franceses, pero nutrido por residentes en Rusia y prisioneros austrohúngaros liberados por el ejército zarista de esas dos nacionalidades. Eran también eslavos. El vacío de poder dejado en la guerra civil 1918-1920 hizo que la llamada Legón Checa campeara por sus respetos por toda Siberia intentando por el Pacífico, en un inmenso periplo, integrarse al ejército francés, del cual en teoría dependían. Tardíamente lo consiguieron unos 37.000 que lograron incorporarse a Europa Occidental a través de San Francisco de California vía Vladivostok y gracias a la Cruz Roja americana. Fue la base del ejército de la primera república checa, la de los presidente Tomas Masaryk  y tras su muerte en 1935, de Eduard Benes. La Legión, en julio de 1918 intentan acercase al occidente de Siberia para incorporarse a Francia por el Mar Negro. Como en el pacto de Brest-LItovsk  Trotsky, el jefe bolchevique, había prometido a alemanes y austríacos desarmarla y repatriarla a Austro-Hungría –muerte segura por traición para todos los oficiales-  los legionarios se hicieron autónomos, camparon por sus respetos a veces como señores de la guerra sin incorporarse ni a los rojos –muerte segura- ni a los “blancos”, de dudoso futuro. Así, en mayo de 1918 tomaron Cheliabinsk en Siberia Occidental pero al acercarse con la tropa a la ciudad de Yekaterinburg, hoy Sverdlovsk, lugar donde el soviet de Petrogrado había enviado retenidos al zar Nicolás II y a la familia imperial, recibieron la orden, parece que del propio Lenin, de “eliminarlos” para evitar que cayeran en manos de los “blancos” y que pudieran restaurar el imperio zarista.

Los inicios del totalitarismo en Rusia

Comienza en el mismo momento en que se hacen con el poder el 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre en el calendario ruso). Tras la firma del pacto de Brest Litovsk en marzo de 1918 en que la Rusia de los Soviets cambiaba territorios (ya los recuperaría) por salirse de la guerra los bolcheviques había mostrado cómo se las gastaban al haber asesinado a la familia imperial completa en julio de 1918 por orden del dirigente bolchevique Vladimir Lenin. Este sufrió un atentado a manos de Fanny Kaplan, una social-revolucionaria rusa anteriormente condenada por atentado contra una figura zarista. Circunstancia que aprovecharon por los servicios secretos de los soviets ya dirigidos por Feliks Yeryinsky para desatar el terror y la represión contra intelectuales, burgueses y opositores. Sólo fue mitigada por la necesidad de defender sus “logros” en los diversos frentes de la guerra civil desatada hasta 1921. La señal para cambiar la dio el motín de los marineros de la base naval de Kronstadt en febrero y marzo de 1921. Esto hizo que el régimen soviético, ahora con capital en Moscú, declarara la Nueva Política Económica, la NEP, que permitía libertad de mercado, un nuevo estatuto de propiedad, devolvían las pequeñas fábricas a sus antiguos dueños, permitían el comercio privado y emitían nuevos billetes en circulación si bien la gran industria pesada siguió nacionalizada. Al año siguiente sobrevino una gran hambre  causada en parte por la guerra civil y en parte por la sequía, pero se relajó la censura y disminuyó el terror rojo, al menos por razones tácticas. La Rusia soviética fue reconocida por vez primera en el tratado de Rapallo por la Alemania social-demócrata de Weimar en 1922. Pero en el mismo período se entabla la lucha por el poder pues Lenin, debilitado por el atentado de 1918, fallece el 21 de enero de 1924. Pergeñada desde antes estalla finalmente la querella en el seno del partido a finales de 1926. De un manotazo político Stalin margina a Trotsky y sus seguidores. A partir del 27 de diciembre de 1927 Stalin vence en el XV Congreso del Partido y de la URSS, creada en 1924, acaba con el alivio que significó la NEP, expulsa y destierra a Trotsky  y comienza a aplicar planes económicos quinquenales de industrialización pesada. Sobre todo, el período más terrible para los habitantes del agro, comienza la colectivización impuesta en 1929 nacionalizando forzosamente a los pequeños y medianos propietarios, estos últimos llamados kulaks despectivamente,  creando cooperativas (koljoses) y granjas estatales (sovjoses) en lugar de las propiedades pequeñas,  medianas y los grandes latifundios. La propiedad de cualquier medio de producción es un robo según Marx, Engels, Plejanov y Lenin. Esta nueva organización impuesta por la fuerza genera en 1932-1933 un hambre severa en el campo en el país, que se ceba sobre todo en Ucrania y en el norte del Cáucaso.

En los años treinta, comienzan con pactos de no agresión en 1932 con sus vecinos del Oeste (Polonia, Estonia, Letonia y Finlandia). Los EE.UU. de Roosevelt reconocen a la URSS a fines de 1933 y firma pactos con Checoslovaquia y Rumanía en 1934. Tan aceptada es en pos de cualquier concesión para la paz que es admitida en la Liga de Naciones en septiembre de 1934, un año y medio después de la llegada de los nazis al poder en Alemania. Este proceso corona  con el Pacto Franco-Soviético de 2 de mayo de 1935 que los nazis consideraron –con razón-contra ellos.

Las purgas de Moscú en los años treinta

Pero es en estos mismos años de éxitos exteriores que  comienzan a intensificarse la represión que hace del país una sentina totalitaria. Las purgas políticas comienzan en 1933. En ese año  un tercio de los militantes comunistas son expulsados del partido continuado por juzgar a un grupo de ingenieros británicos por “sabotaje” salvados gracias a las amenazas de embargo por Gran Bretaña. El terror se inicia plenamente en diciembre de 1934 con el asesinato del popular Sergei Kirov, secretario general del soviet de Leningrado, nueva denominación de la antigua Petrogrado. Las malas lenguas dicen que fue cosa del propio Stalin celoso de su popularidad o como pretexto para reprimir. En 1935 toca a Zinoviev y a Kameniev ser condenados a años de prisión y son juzgados por segunda vez y condenados por “trotskistas” y agentes del enemigo. Como “confesaron” sus culpas fueron ejecutados 16 reos. Los compañeros de Lenin y muchos de los que iban en el tren sellado desde Suiza en 1917 cayeron en estas purgas. En el año 1937 otras purgas letales condenan a Piatakov y Radek ejecutando a 13 destacados miembros del partido.

Ese mismo año de 1937, en junio, una jugada maestra de desinformación concebida por el gauleiter nazi y segundo jefe de las SS, Reinhardt Heydrich, hace llegar información falsa de colaboracionismo del Mariscal Mijail Tujachevsky al agregado militar checoslovaco en Berlin. Este, en virtud del pacto con la URSS desde mayo de 1935, se lo comunica a su gobierno  el cual lo pasa a la seguridad soviética. De esta forma las SS  consiguen descabezar a la mayor parte de los altos oficiales del Ejército Rojo. Cientos de ellos, los más aptos, son fusilados. En el verano de 1938 el grupo de Bujarin, Rykov y Yagoda son también juzgados y ejecutados. La sociedad, la administración, el partido en el poder y el Ejército Rojo sienten el terror rojo desatado por Stalin. Nadie se atreve a protestar, ni siquiera a sus familiares más allegados. He ahí un ejemplo de totalitarismo. Asesinaban rusos y comunistas principalmente.

Reacción de los partidos comunistas, de la Internacional y de los intelectuales

Sorprende el hecho de que tanto la III Internacional, controlada entonces desde Moscú, y los partidos comunistas de países alejados  de la URSS–el nuestro en particular- no hayan lanzado una sola queja, crítica, una llamada al orden, una petición de clemencia o de rechazo. Los movimientos comunistas aceptaron en esos años dócilmente todo lo que se hacía en la URSS ya que se les suponía “buena voluntad” a los ejecutores y que la razón radicaba en que “estarían rodeados de enemigos burgueses disfrazados o simulados”. Sorprende también el hecho de que muchos intelectuales, quienes habían adoptado la ideología por cierto sentido erróneo de la justicia social ante un capitalismo “explotador” y las diferencias “de clases” no sólo no dijeran nada y aplaudieran sino que cuando algo supieron o intuyeron los excesos, decidieron callar.  La frase más usada por ellos entonces era: “si, puede ser que se pasen, pero no les critiquemos, porque eso sería apoyar a la burguesía y al fascismo”. Fue la falacia fundamental para permitir atrocidades.  Intelectuales de izquierdas en los años treinta como Jean-Paul Sartre, fue el  primero que  negó que hubiera purgas. Empezaba el negacionismo. Walter Duranty, premio Pulitzer del New York Times también lo negó.  Apoyó el comunismo el dramaturgo André Gide, aunque después se retractó. El propio George Bernard Shaw, brillante escritor irlandés, cantó loas a Stalin, aunque más tarde también se retractó. Louis Aragón encomió el comunismo, veneró a Stalin y a la G.P.U. Habría que recordar la responsabilidad que tienen ante los pueblos y la historia escritores de la talla de José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Mario Benedetti,  fallecido, y algunos más que hacen gala de una falta de sagacidad, de penetración y de ética. Estos y otros apoyan hoy el comunismo  en virtud de una imagen-mito Castro-Che Guevara y una teoría “liberadora” que no libera sino que encadena. Al final apoyan a una satrapía familiar totalitaria –como la de Corea del Norte- la más larga del continente americano.

Las purgas se apagaron en la URSS cuando la agresividad nazi se hizo más evidente al ocupar Austria en 1938, Checoslovaquia en marzo de 1939 y el ataque a Polonia el primero de septiembre de 1939. Se cumplen ahora 70 años del ataque inicial. En una jugada de las más sucias de la historia de la diplomacia una semana antes el ministro nazi de exteriores, Von Ribbentrop, firmó un pacto de no agresión con Vyacheslav Molotov, comisario de exteriores soviético y hombre de Stalin en Berlín.  La Wehrmacht nazi ocupó Polonia incluida Varsovia y el Ejército Rojo la parte oriental que antes perteneció al imperio zarista dos semanas después. El imperio ruso había recuperado parte del territorio perdido 20 años después de Brest-Litovsk. Esto propició el asesinato de miles de oficiales del ejército polaco apresados y después ejecutados en el bosque de Katyn en 1942 cuyas tumbas el ejército nazi, en su avance por la URSS al invadirla, encontró y descubrió.

Cárceles, campos de concentración y de exterminio

Dos países de los totalitarios destacan por la inmensa represión que realizaron sobre opositores primero y sobre personas de otras razas o credos que vivían dentro de sus imperios después. Ha de señalarse que aunque hubo represión de país totalitario en la Italia de los años 20 y 30, su ferocidad no alcanzó allí las cotas que en la Rusia bolchevique o en la Alemania de los nazis.

Vuela sobre nuestras cabezas una injusticia histórica. Casi todo el mundo conoce los nombres de algunos campos de concentración alemanes. Su represión, de una ferocidad sin límites contra judíos y alemanes principalmente, ha sido muy publicitada después de la victoria aliada y aún hoy lo sigue siendo tanto en el cine como en la televisión y la prensa. Son cientos las películas e incluso las series de TV sobre el tema. Todos hemos oído hablar, los conocemos casi de memoria algunos nombres de campos: Aushcwitz-Birkenau, Buchenwald, Mauthausen, Dachau, Ravensbrück; Treblinka y Majdanek en Polonia; Terezin en la República Checa; Babi Yar en Ucrania. Resuenan en los oídos de las gentes de buena voluntad las matanzas de judíos, de prisioneros rusos, polacos, de gitanos,  de opositores, de subnormales. Tanto mal en sólo 12 años.

La Unión Soviética, régimen surgido en noviembre de 1917 y desaparecido a finales de 1991, unos 73 años,  creada con el fin de emancipar al proletariado de la explotación del hombre por el hombre, experimentó una guerra civil, persecuciones de opositores – todos los que no fueran bolcheviques, en decir, casi todo el mundo político- incluso los propios bolcheviques, haciendo purgas políticas contra comunistas y nacionalidades no rusas que fueron desplazadas, trasplantadas o desterradas. La gente bienpensante suele no estar enterada de estas otras atrocidades más que con cuentagotas. Funcionó la idea de que hablar mal de los bolcheviques y de la URSS apoyaba a la burguesía, al fascismo y después, no era de buen ver ni elegante ser anticomunista. Después de todo habían luchado contra los malvados nazis y habían ganado con los Aliados. A muy poca gente le suenan nombres como las Islas Solovky o Solovietsky, primer campo de internamiento creado por el propio Lenin. Pude ver en TV un documental en 1997 comentado por Ives Montand, antes comunista. No es elegante criticar al fundador del comunismo. Un brillante intelectual radical. En realidad no fundó muchos campos más porque murió pronto a consecuencias del atentado que perpetró contra él  Fanny Kaplan en el verano de 1918, el mismo en que mandó asesinar a la familia imperial. Tampoco les suena, ni saben donde están los campos de Magadán, Vorkuta, Kolima, Norilsk, Magnitogorsk, Sverdlovsk (antes Yekaterinburg), donde asesinaran al zar y a su familia, Murmansk, Arjangelsk, Yakutsk, Frunze. Todo esto se unifica en la palabra GULAG, contracción y siglas de Glavnoie Upravlenie Lagerei dadas a conocer en los sesenta por Aleksandr Solyenitsin y otros, pero creada en época tan temprana como 1919. Desarrollaron 476 tipos de campos, cada uno con decenas de campos tipo entre ellos los “sharashka”, para científicos, “psijushka”, de carácter psiquiátrico, para niños y madres. Por algún motivo en el cine no vende. Series de TV que denuncien campos soviéticos hay pocas o ninguna. Documentales pocos. Vi uno francés hace años sobre las islas Solovky, comentado por Ives Montand. Quizá no asesinaran judíos. Preferían a su propia gente. Se sacrificaron en la Gran Guerra Patria de 1941-1945 que, al final ganaron a sangre y fuego, como los aliados de Occidente. En Cuba el pueblo se enteró poco de esta dictadura en los cincuenta pues apenas 15 años después de la derrota de Hitler y de la victoria de los Aliados el país, en general, apoyó o al menos,  no se opuso masivamente, a la entronización de un régimen parecido al soviético y amamantado por ellos. El síndrome antiamericano era demasiado grueso en el cubano de a pie. Es difícil y toma tiempo leer, estudiar y entender un proceso histórico, sopesar pros y contras. Se calcula que al morir Stalin los prisioneros que habían fallecido ya en los campos eran unos dieciocho millones. Nunca sabremos ni la cifra aproximada.  Pero  en Occidente el tema o era tabú, o estaba mal visto o vetado por los partidos comunistas legales. No era, al menos, “rentable”.

¿Por qué entonces la propaganda contra el comunismo equivale a un 10% de la antinazi? Muy simple: era una doctrina “liberadora” de los obreros,  no racial y exclusivista; recibió el espaldarazo, a regañadientes, de tres líderes democráticos occidentales, Roosevelt, Churchill  y de Gaulle a cambio de millones de muertos en el frente oriental contra Hitler; Alemania fue derrotada con tropas y a bombazos en 1945; la URSS se desmoronó en 1991. Pero nunca dejaron entrar fotógrafos ni cineastas en sus campos de concentración. Mientras que Eisenhower sí mandó fotografíar las atrocidades de los campos nazis vistas por el público una y mil veces. Imagen que no se ve, circunstancia que no existe.

El zarismo de 1825 a 1917 produjo unas 6.321 condenas a muerte. En 92 años. Lenin y el soviet de Petrogrado habían producido 18.000 fusilamientos en 1918. En un año. ¿Que diremos los cubanos que vivimos hace décadas en el exilio si les preguntamos a los ciudadanos del país que nos acoge, EE.UU., España, México o cualquier otro si sabe?:  qué es la cárcel modelo de Isla de Pinos; los fusilamientos dirigidos por el “Che” Guevara en la fortaleza de La Cabaña, o del castillo de El Príncipe en 1959; si sabe algo del uso policial del Hospital Psiquiátrico de Mazorra; de la prisión de Boniato en Santiago de Cuba; de las UMAP de Camagüey en los años 1966-1968, de la prisión de Taco-Taco en San Cristóbal, Pinar del Río; de Kilo 7, Kilo 8, Kilo 5 y medio, la prisión militar de El Pitirre, Agüica, Canaleta, Ariza y tantas otras prisiones y campos. De los fallecidos intentando cruzar el estrecho de la Florida, de los ametrallamientos del río Canímar en 1980 y del hundimiento, como medida de terror para evitar más salidas ilegales, de la lancha “13 de marzo” el aciago 13 de julio de 1994 contra personas que se iban con el resultado de 30 ahogados, veinte de ellos niños o las dos avionetas de Hermanos al Rescate abatidas por Mig 29 en febrero de 1996, de la prisión de los 75 disidentes en la primavera del 2003. Si ese régimen no es una dictadura totalitaria no se qué lo puede ser. En estos casos, al igual que con el Holocausto judío funciona un cierto negacionismo que más bien llamaríamos ocultación.  Los nazis tenían virus o bacilos; los bolcheviques, kulaks; los castristas, gusanos.

El nazismo y el comunismo: similitudes o diferencias

Tras la lectura del libro de Alain de Benoist “Comunismo y nazismo” editorial Altera,  no me queda sino constatar que, en general,  la gente cree que los alemanes, más publicitados en su vesania, mataron más y mejor que los comunistas, los cuales lo hicieron cuando no quedaba más remedio y sólo para hacer el “bien” eliminando a “la burguesía”,  es decir, a todos los que no fueran bolcheviques. Incluso algunos que lo simulaban. Que el nazismo es doctrina racista y de odio a todo lo no alemán o ario lo sabemos; es verdad. Mientras, el comunismo es doctrina de liberación y se entroniza por amor a la humanidad. Debería ser verdad pero me temo que no lo es. Los crímenes de Stalin son –dicen- el producto de una perversión temporal o una deformación, como decía Ken Livingstone, alcalde de Londres. Es decir, los millones de muertos atribuidos  bajo el comunismo  soviético es producto de un amor fraternal “deformado” debido al zarismo, la explotación, la gran guerra, la lucha de clases y las penurias. ¿Por qué crímenes con  “buenos propósitos” tienen más atenuantes que los de los nazis? Para los asesinados de un lado y del otro, sean judíos o rusos,  el tiro en la nuca es el mismo: la desaparición. Al parecer, comunismo y nazismo producen sistemas que se basan ambos en ideas falsas pero de resultados similares. Lo siento, son muy similares.

Deberíamos empezar por refutar, en el caso de Rusia, la fábula bienpensante de un Lenin bueno y un Stalin malo como me han contado aquí algunos comunistas ingenuos. Todo parece indicar, de ahí la importancia de la cronología,  que  el terror comienza con Lenin, no con Stalin. Las checas se fundan en diciembre de 1917; la GPU por Feliks Yeryinski;  Trotsky crea el Ejército Rojo, tres aparatos represivos implacables que en marzo de 1918, tras seis meses en el  poder, habían producido ya 18.000 fusilados. Los primeros campos de concentración se crean, según el periódico  Izvestia, por orden del 10 de septiembre de 1918. El primero, por orden de Lenin, en un antiguo monasterio ortodoxo ubicado en las islas Solovky o Solovietsky, muy al norte, en el centro del Mar Blanco,  para encarcelar enemigos políticos, es decir, todos los que no fueran bolcheviques y se les opusieran en los soviets de Petrogrado y Moscú. O fuera. En 1921 ya hay siete campos construidos y funcionando. En 1923 son ya 65 con un millón ochocientos mil fusilados. Se les justifica por tener que defenderse del enemigo. La guerra civil no hubiera existido si no hubiera tomado el poder una exigua minoría política ideologizada y decidida del país. Claro, el “enemigo” eran todas las formaciones políticas, de derecha a  izquierda. Todos los que no fueran bolcheviques. En enero de 1919, Lenin, vivo y consciente a pesar del atentado cometido por la social-revolucionaria Fanny Kaplan en agosto de 1918, ordena ya, a través del partido, la exterminación de los cosacos del Don sublevados. Son los inicios de la guerra civil. Recordemos las atrocidades de La Vendée en Francia en 1793 por los revolucionarios.

Mientras el nazismo es considerado como el régimen más criminal  del siglo, el comunismo, con más víctimas aún –no olvidemos el genocidio camboyano de Pol Pot en 1976- es régimen, aunque criticable, defendible en lo político, intelectual y moral. Es así, al parecer, porque los Aliados le dieron el espaldarazo en Teherán, Yalta y Berlín, porque sus atrocidades no están tan fotografiadas como las nazis. Recordemos la orden que dio Eisenhower y lo que dijo. Así, intelectuales comunistas como Neruda, Brecht o Eisenstein, indudables talentos artísticos, se equivocaron pues ignoraban la realidad. Mientras, Ferdinand Céline, Leni Riefenstahl, Pierre  Drieu La Rochelle, Paul Morand o Henri de Montherland son unos malditos condenados a desaparecer del ambiente intelectual por haber apoyado a Hitler o a Pétain. No existe nadie celebrado que haya compuesto la letra del himno a la brutal GESTAPO nazi. Sin embargo,  Luis Aragón, brillante poeta y prosista francés, militante del PCF muerto en 1982, compuso un Himno a la GPU, antecesora de la NKVD y del KGB. Nadie le molestó jamás tras el informe secreto de Jruschov en 1956 sobre los crímenes de Stalin cometidos por la GPU,  por componer un himno a una policía secreta que asesinó a más gente que la propia Gestapo. Vaya, se equivocó. Vivir para ver. Nadie duda de los crímenes del nazismo ordenados por Hitler y sus secuaces. Sus obras nefastas brillan en la TV, el cine y medios del mundo entero. Claro, salvo algunos radicales musulmanes que niegan que existiera el Holocausto por razones de conveniencia política contemporánea y regional. Sin embargo, mientras Hitler brilla en la programación, Stalin y sus obras permanecen ocultos. La matanza de los oficiales polacos en Katyn en 1942 ni siquiera fue sacada a la palestra por Occidente hasta que la Rusia de Gorbachov y de Yeltsin reconocieron  el crimen a principios de los noventa. Así nos preguntamos, ¿por qué el negacionismo se considera un crimen respecto del Holocausto cuando se refiere al nazismo y no lo es cuando se trata de crímenes comunistas de los años 20, 30 y 40? La diferencia radica en que  los crímenes del comunismo no se han visto sometidos a una evaluación legítima y normal tanto histórica como moralmente. Alemania fue derrotada militarmente; la URSS y el campo socialista se desmoronaron solos. Además, nunca dejaron fotografiar ni filmar los campos. Es responsabilidad de muchos intelectuales de los países occidentales, que cedieron masivamente ante la ilusión comunista. Cierto que la URSS participó desde el verano de 1941 con los Aliados en la derrota del fascismo, cosa que nunca dejó de explotar desde 1945 y también que eso le dio una bocanada de aire al régimen para sobrevivir otros 45 años.

Decían que el fascismo es una emanación del capitalismo. Error craso de los comunistas de entonces. Eso favoreció el triunfo nazi en 1933. En el VI Congreso del Komintern en 1928 se denunció -óiganlo bien- a la social-democracia como alter ego del fascismo y no apoyaron en elecciones a los partidos democráticos “burgueses”. Conclusión: el fascismo se hizo con el poder en Alemania en 1933. El monstruo ya no se podía parar.  Sin embargo, hoy en día quienquiera que subraye la similitud comunismo-fascismo es considerado muy de derechas. Un fascista que resurge. Se teme al resurgimiento del fascismo. Pero no al del comunismo, que para nada ha desaparecido. Está presente en todos los parlamentos de los países democráticos. Y en algunos países de América y Asia SON el único partido en el parlamento. Hoy el anticomunismo casi ha desaparecido en Occidente mientras que el antifascismo sigue de actualidad. Curioso habida cuenta de lo que pasa en América Latina.  No hay ningún país en el mundo en peligro de caer en el fascismo. Pero si algunos en algo viscoso y parecido a un régimen comunista.  Hemos de recordar que George Orwell, autor inglés de “1984” decía: “¡la izquierda es antifascista, pero no antitotalitaria!”. Es de señalar que en América Latina se pretende entrar en el futuro, en el siglo XXI, dando tres pasos atrás hacia el pasado.

Para despedirme de Vds. con algo positivo les contaré un chiste que corre por Rusia en estos tiempos. Putin está  de vacaciones en Siberia y muy cansado. Al dormir tiene un sueño. Se le aparece Stalin y le dice al oído: “Vladimir Vladimirovich, fusila a todos tus opositores… ah  y pinta el Kremlin de azul”. Alterado por el sueño y recordando el edificio de su oficina le dice a la aparición: “Josef Vissarionovich, ¿y por qué pintar el Kremlin de azul?”.

Muchas gracias por su atención.

(Conferencia enviada por su autor, a quien agradezco profundamente).

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