Los niños viejos.
LOS NIÑOS VIEJOS.
Debíamos presentarnos en la puerta de la cárcel de Béthune a las 9 y media de la mañana. Elodie nos acompañó a Eva Almassy, la escritora de origen húngaro, y a mí.
Algunas familias esperaban afuera de la cárcel: una mujer joven con un cochecito donde dormía un bebé, una modesta pareja que aparentaba la cincuentena, una delgada y nerviosa mujer, el pelo rapado encima de la nuca, mechas rojizas tapaban sus ojos extraviados, una gruesa señora y su marido, árabes, musulmanes, a juzgar por la indumentaria de ella.
El policía abrió el portón de hierro pintado de gris y comenzó a llamarlos por sus nombres anotados en una lista. Una vez que todos entraron, Elodie informó al guardia que nosotros estábamos allí para la lectura programada. Debiamos esperar, indicó el hombre. El portón se volvió a cerrar, sólo por breve tiempo.
Al punto nos vinieron a buscar, atravesamos el primer control. Luego debimos entregar nuestros pasaportes o piezas de identidad, y dejar en unas casillas bajo llave los teléfonos portables y cámaras fotográficas. Pasamos los bolsos por los controles de seguridad de objetos, luego nos tocó pasar el arco de seguridad humana.
Enfrentamos las rejas. Debimos atravesar tres rejas, cuando estuvimos frente a la cuarta empezamos a oír vozarrones, gritos, risas, burlas. Los guardias desplazaban a un grupo de presos hacia el patio central. Algunos nos hicieron señas, nos enseñaron la lengua, y volvieron las exclamaciones, a veces convertidas en clamores, hasta que desaparecieron por una puerta verde.
Nos recibió un policía robusto, saludándonos con un apretón de manos, callosas. Atravesamos la cuarta reja y entonces nos hallamos en el pasillo central de la prisión.
A la izquierda se encontraba la Biblioteca, encima habían claveteado una madera con un nombre repujado: Bibliothéque F. Personne (Nadie).
Eva Almassy empezó a sofocarse, es claustrofóbica, y no soportaba encontrarse entre rejas. En la biblioteca nos dió la bienvenida el bibliotecario, o sea, el primer detenido: Ojos azules, nariz aplastada, rota, en la cabeza varias cicatrices, en el brazo numerosos tatuajes emborronados. Se mostró simpático, aunque tímido.
El hombre que nos acompañaba llevaba una bandeja de gaceñiga cortada en tajadas y una jarra de café que colocó encima de la mesa. Nos sirvió café en vasos plásticos.
Mientras esperábamos a que llegaran los otros detenidos revisé los libros de la biblioteca, literatura francesa y revistas, no me dio tiempo a más.
Eva se sentía cada vez peor, palideció cuando le dijeron que debíamos quedarnos con los detenidos a solas en la biblioteca, y que las dos puertas estarían cerradas, aunque bien cuidadas, por supuesto, desde el exterior, por los guardias.
Los guardias fueron a buscar uno a uno a los presos a sus celdas. El primero que llegó era un joven de piel cetrina, pelo por los hombros, color azabache, recogido en una cola de caballo o rabo de mula –como decimos en Cuba. Este se notaba más suelto, nos contó que muy pronto saldría libre, el 30 de julio, y que su mujer parirá en breve su segundo hijo. Es joven, risueño, y aparentaba mucha seguridad en sí mismo.
El tercero en llegar era extremadamente delgado, rubio, ojos verdosos, piel mate, medio amarillenta. El cuarto era un joven de pelo trigueño, ojos azules, tembloroso, al principio era el que menos se atrevía a hablar, lo que fue cambiando paulatinamente hacia el final del encuentro.
Así fueron llegando… Hasta que, después de una larga demora, aparecieron por otra puerta los dos últimos: un grandulón de piel rojiza, pelo castaño, ojos pequeños y boca desdentada. Sus brazos y todas las partes visibles de su cuerpo lucían tatuajes desteñidos; seguido de un asiático, bajo de estatura, alardeando con un chivito en la barbilla que se acariciaba con frecuencia; ambos habían sido traídos desde celdas de aislamiento.
Elodie hizo las presentaciones. Estrechamos las manos de los hombres.
Eva, cada vez peor, dudaba si quedarse o irse. Finalmente decidió quedarse, y en la medida en que íbamos hablando (hicimos una descripción de nuestros trabajos y explicamos por qué estábamos allí, por qué escribíamos) fuimos olvidando las ventanas herméticamente selladas, enrejadas, sin un solo resquicio que no estuviera protegido por los barrotes.
Conversamos ampliamente sobre ellos, oímos sus historias. A mitad del encuentro les pregunté sus nombres, los que no puedo divulgar. Leí poemas y un fragmento de novela, y retornamos a la conversación. Eva también leyó un fragmento y empezó a sonreír menos aprehensiva y con mayor confianza.
El asiático, el más avispado, no cesaba de devorar trozos de gaceñiga, pese a su diabetes, los otros se burlaban de él y no paraban de reírse, menos el joven de ojos azules, muy inestable en su asiento, el que al rato empezó a hablar bastante menos reprimido.
Les conté de Ernesto Sábato, de El Túnel, y de otros autores, cuyas vidas habían atravesado sus obras sin que ellos se lo propusieran. El asiático me contó de cuando había estado en Cuba, durante los años ochenta, desde entonces había hecho fijación con les belles bagnoles, les belles americaines (los automóviles americanos de los años 50), insistió.
El encuentro duró casi dos horas. Al terminar nos despedimos estrechándonos las manos. Primero se llevaron al fornido y al asiático, por la puerta de atrás. Los demás salieron junto a nosotros hacia el centro de la prisión. Uno a uno volví a darles la mano y los miré a los ojos. Ojos tristes aunque pretendieran lo contrario.
Yo sé que están allí porque la justicia francesa los ha juzgado, porque han cometido diversos delitos, lo que no impide que siempre resulte duro dejar a esos hombres encerrados tras las rejas. Nos dijeron adiós repetidas veces. Yo también me volví dos o tres veces hacia ellos. “Bonne continuation!” exclamaron.
Algunos de ellos habían anunciado que saldrían liberados muy pronto, les deseé suerte. Allí quedaron como unos niños envejecidos, demasiado prematuramente.
Zoé Valdés.










































































































































Me ha gustado mucho tu post. Una vez más, te felicito por ese mágico poder de evocación y la impactante fuerza de cuanto refieres con tan singular dominio y maestría. La descripción y narración refleja muy bien el ambiente carcelario, opresivo y angustioso. Curiosamente, también ‘atraes’ con aquello que mencionas someramente, como ‘de pasada’ sin ser obvio ni específico.
Centrando la atención del relato en otro punto menos comentado me surgió una pregunta: ¿Qué clase de ‘vocación’ o ‘necesidad’ tendrán los carceleros? A veces los ‘empleos’ a los que los seres humanos acceden superan con mucho la obligatoriedad de lo necesario. Carceleros, sepultureros, basureros, carniceros… trabajos que cuesta ‘dignificar’ por la crudeza de su propia realidad terrible y pavorosa, el rostro ‘feo’ de la parte más ‘verdadera e incontestable’ de la Humanidad, porque todos comemos, todos morimos, todos excretamos y finalmente, todos ‘delinquimos’ en alguna medida, aunque sea con la imaginación… (¡Cuántas veces he imaginado a Carlota Corday, mitad mujer sensual y mitad hombre brutal, hendiendo su puñal en el corazón de los Castrovejestorios en una bañera llena de sangre!!! ¡Me acuso de haber ‘disfrutado’ con esas imágenes!).
Muy buen texto, muy dura realidad. Lo de la “gaceñiga” no lo oía desde hacía más de 30 años. Yo creo que las más famosas (cuando todavía las cosas eran un poquito normal) no sé si eran de Ciego de Ávila o de Santa Clara. No me acuerdo de eso. Plumcake, pero un poco seco, y se desmoronaba, y tenía pasas.
Fuerte y tierna experiencia,gracias Zoé.
En esos sòtanos sueles encontrar la mirada màs descarnada del hombre… y me atrevo a decir -porque lo he experimentado- que la mirada màs limpia… el hombre en total estado de indefensiòn… rendido… fràgil… agradecido… agradecido como un perro… que es mucho màs que el humano agradecimiento… Hermosa labor!…
…
Esos seres jamàs lo olvidaràn…
Muy bien por ti!
Que triste realidad, si lo pudieramos hacer en Cuba, llegara? me temo que no, tu sigue tu vida y tu obra que nada te pare,asi nosotros vivimos un poco mas tu propia existencia.
David Lago las mas famozas eran las de tu tierra,todos cuando pasaban por Camaguey compraban no se hacia un viaje que tuviera que pasar por alli que no llevara su gaceniga para la familia y era muy bien agreadecida.
Eres Zoé Valdé, una maestra de la narrativa. Plasmas como artista conceptualista lo que conmueve de la existencia humana y lo que perdura.
Isaac Bashev Singer y tú de la mano como crónicos de lo “cotidiano”, tú en la Habana perdida, aquél en los shtetl de su infancia, Mr, Singer recibió el Nobel y si algún dia llega a ser puro talento lo que determina el premio querida Zoé, nos vemos en Estocolmo.
Gracias por inspirarnos.
Perdón: Zoé Valdés…
Encuentro muy interesante la descripciòn de la visita a la càrcel. Es una parte de la vida real de cada dìa.
Me llama la atenciòn lo pequeño del grupo escogido por los carceleros, y entre ellos, los dos presos sacados de las celdas de aislamiento. Curiosa selecciòn.
Muy bueno realmente ,,,,Muy bueno ,,Yo me sentiria como Eva ,no por miedo, sino por claustrophobie,entre rejas la vida sabe a hierro fundido y bien negro ,Por un momento senti el sudor de mis manos tocar el clavier y ese aire frio que las caracteriza ,me aterra .Estar en una carcel , pudiera pasarnos a todos ,lo mejor es evitarlo .(depende del contesto ).
Gracias Zoé ,Saludos y bello dia brisy
Y pensar que todo el pueblo de Cuba esta en el “Alcatraz del Caribe”…….muy bien Zoe.
El golpe de las rejas, el manojo de llaves y el paso marcial de los guardias a tus espaldas te hacen sentir pavor… es como entrar en una matrioska… llegarle al reducto màs oscuro despuès de haber pasado capas que se cierran tras de ti… la ùltima reja es la peor… allì, encuentras al hombre en estado puro… domesticado y salvaje… las espaldas màs tristes… mirada perdida… intuyes el infierno… hasta los màs peligrosos delincuentes parecen niños… una palabra tuya los rescata… es entonces que observas sus miradas agradecidas y ya no sientes miedo… Sales en forma inversa… las mismas rejas… el golpeteo de los mismos candados… sales y se te queda el alma a la intemperie hasta la pròxima vez…
Zoè nunca dejes de hacerlo…
Un texto, como la experiencia misma, muy conmovedor.
Los niños viejos, un texto conmovedor.
Zoe, desde ayer vi este post, pero tenia que leerlo con tiempo, me ha dado tanta pena, yo siento una tristeza tan grande por los presos, que horrible! yo se que hacen cosas malas, pero pienso que no nacieron asi,que todos fueron bebitos, usaron tetes, comieron papilla…. pienso querida Zoe que los llevo a eso, me pasa lo mismo con los borrachosy los drogadictos, me dan sentimiento, porque pienso que los lleva a hacer cosas que van en detrimento de ellos…. como siempre me encanto la manera como narraste esa experiencia ma has sacado las lagrimas…. eres una mujer valiente, que Dios te Bendiga!
Zoe: me hiciste recordar mis anos de prision en Cuba en la cual participe en un grupo teatral mas por congraciarnos con los carceleros y obtener asi unos minutos fuera de las celdas barracas, que por vocacion de actor. Era sobre versos de N. Guillen, uno de los guionistas era Nicolasito Guillen, el cual salio de Cuba mas o menos al tiempo que yo (1990), Aqui en Miami, el desdichado, no se si se tiro a la droga o que le paso… murio relativamente joven, viviendo en un motel de la Calle Ocho. Pusieron una nota muy escueta en el periodico y algo asi como un panegrico de una cuartilla a los dos o tres dias.
El que no haya pasado por una prision, sea cual fuere el motivo no tiene la mas mionima idea de lo que es eso.Gracias por tu relato.
Mario.
Que cosas mas buenas haces tu. Son regalos y que los compartas con nosotros , un privilegio. Extrano a Luisa Mesa.