Los recientes actos criminales del dictador sirio Bashar-al-Assad se ensañan con los niños.

Fíjense bien en esto, y siento mucho poner estas imágenes, pero luego cuando le toque al dictador pagar del mismo modo, espero que nadie haga asquitos. Porque el tipo que ha hecho esto, sólo merece terminar igual o peor. La primera masacre empezó con los niños que manifestaron en las calles sirias. Los videos son sumamente violentos, prevengo a los lectores para que sepan que verán actos y atrocidades inimaginables. Estas masacres continúan desde hace ocho meses.

Este niño de trece años manifestaba en la calle el día más intenso de la manifestación, el llamado Día de la Ira, y fue apresado, torturado sádicamente, le cortaron el pene, y lo asesinaron. El hombre que muestra el cadáver se pregunta dónde estás las organizaciones de derechos humanos, las organizaciones de defensa de los niños, qué pasa con esto:

Los niños cuentan que no pueden jugar en las calles, que no pueden salir de las casas, que no consiguen dormir, que los matan a ellos para amedrentar a sus padres, y les matan a los padres:

¿Es justo que esto siga ocurriendo? ¡CLARO QUE NO!

El Tribunal Supremo rechazó la apelación del francés Jean-Louis Autret.

Condenado a 15 años de cárcel en Cuba, el lorientais, de la región de Lorient, Jean-Louis Autret, fue acusado por lavado de dinero, actividades económicas  ilícitas, tráfico de divisas y evasión fiscal.

Del cansancio como arma letal.

DEL CANSANCIO COMO ARMA LETAL.

Casi cincuenta y tres años después del triunfo de un gánster en Cuba, cuyo gánster, apoyado a medias por un pueblo bastante frívolo y boncheador (jodedor), supo imponerse creando un producto de marketing: la revolución castrista, cincuenta y tres años después, decía, el pueblo cubano, ese mismo pueblo jodedor y voluble, ha afrontado y sufrido varias mutaciones. Ya no es aquel mismo pueblo que si se le partía la cambrera de un tacón en el trayecto hacia la funeraria donde se le había muerto la madre, no sabía si continuar hacia el velorio o buscar un zapatero que le reparara la cambrera, así de inestable era ese pueblo, por demás racista y clasista. Ahora es un pueblo sin tacones, pero con la cambrera siempre partida en alguna parte del cerebro.

¿Siguen teniendo los cubanos esos mismos defectos? Por supuesto, no sólo han aumentado, se han recrudecido esos males; además el castrismo les ha extraído el alma, les ha secado el corazón.

En una reunión de hace un año de un grupo de personas, que se dicen pensantes, y que vi por you tube, reunidas todas en La Habana, y entre las que podíamos apreciar varias generaciones representadas, todas coincidieron en que el castrismo no era más que una peleíta entre un grupo de amigos, y que unos se habían quedado en Cuba y otros se había ido a Miami, y que ahora esos amigos, que ya eran unos viejos, seguían dando la lata porque ninguno quería dar su brazo a torcer, y que ellos pensaban que ese grupo de viejos que antes fueron amigos, y que algo los enemistó (ese algo quedó en el aire, o sea toda una historia de represión, de comunismo, de invasión rusa, y de horrores, fue barrida de un plumazo), debía entonces arreglar el potaje, y si por casualidad no les daba tiempo de hacerlo, los jóvenes tomarían el poder y sanseacabó, la reconciliación se llevaría a cabo por obra y gracia del espíritu santo. Yo soy de las cree en los milagros, pero no de ese tipo, lo siento. Y más bien recomiendo a estas personas, que se llaman pensantes, que dejen de mirarse al ombligo, y apaguen los focos que los iluminan, y observen un poco más a la gente de a pie, a los negros, a todo ese pueblo que ya está hasta la cocorotina de que hablen por ellos, tanto de un lado como de otro.

Hablando con una amiga a la que admiro mucho me dijo: “Ellos no saben que un negro revira’o puede más que cien blogueros juntos, y que es al primero al que más teme el castrismo”. Estoy de acuerdo. Y a esos negros revira’os, que tienen nombre y apellidos, que yo he citado tantas veces en varios artículos, son a los que nadie sabe por qué, ningún periódico internacional los apoya como ellos se merecen. Tal vez sea porque los negros cubanos no valen ni un céntimo para esa gente, o valen mucho menos de lo que vale un negro americano. Para Barack Obama, por ejemplo, está comprobado que un negro cubano no vale lo que él piensa que vale un negro americano o un grupo de cubanos blanquitos de azotea que se reúnen para debatir y posar para el extranjero en posición pensante en la punta del Titanic. Lamentable.

Las discusiones seguían en medio de ese grupo que les cito, y por cada cosa que dijeron a mí se me ocurrieron veinte o treinta artículos. ¿Valdría la pena escribirlos? ¿Para qué, para que me linchen? No se puede criticar a aquellas personas que se han autodenominado pensantes ellas solitas, o que han sido nombradas por los grupos lobbyeros de la socialdemocracia o de un cierto liberalismo que tira más para lo rojo que para cualquier otro color; por favor, qué dios nos libre de semejante sacrilegio. Entiendo muy bien a Herta Müller cuando dijo recientemente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que “el pueblo fue la primera dictadura que llegué a conocer”, porque en cuanto ella empezó a criticar al nazismo la vieron como una traidora, y además, luego le tocó el comunismo. Ella sabe de lo que habla, y yo también.

El pueblo cubano en la actualidad sufre una de las peores mutaciones, la del último cansancio, contaminado por el estertor final de una dictadura que lleva décadas en ese último suspiro. En ese cansancio siguen cometiendo los mismos errores, aunque en esta ocasión el bailoteo se ha convertido en una secuencia de exorcismos a cual peor, y el choteo o bonche pasó de ser estrictamente revolucionario para venerar a como dé lugar al capitalismo. Y a eso le siguen llamando revolución.

Así me lo manifestó una mujer de unos de los nuevos ricos que existen en Cuba, a su paso por París, “nosotros hemos aprendido a jugarles cabeza, y hemos hecho dinero, mucho dinero, y mientras eso dure seguiremos haciéndolo, y cuando todo aquello acabe, que acabará como la fiesta del Guatao, nos retiraremos a vivir a Francia, o a Italia, o a otro lugar”. De este modo hablan los militantes que le jugaron cabeza, como ellos mismos dicen, al castrismo. No eran entonces tan militontos como creíamos.

Mientras estos amasan dinero y sueñan con un retiro europeo, los “pensantes” atacan al castrismo por lo bajito, y para hacerse perdonar, o para que les mantengan las reunioncitas sin que los moleste la policía política o la DSE, agreden verbalmente al mismo nivel a Miami, a los viejos de Miami. Ni siquiera se cuestionan que mientras los viejos castristas destruyeron Cuba, los viejos de Miami construyeron y crearon en donde había un potrero y un fanguizal una de las mejores ciudades de Estados Unidos y de América, a donde muchos de ellos viajan ahora, o sueñan con viajar para cogerle lo bueno a Miami y levantarle el pie a la Cuba castrista.

Pero el pueblo cubano siempre ha sido, además de bambollero y cansón, hipócrita, y cuando dejó de ser un pueblo bailador, divertido, y musical, para convertirse en un pueblo pensante a la manera soviética, mal del que no se ha curado, pues todavía peor. Es probable que el último eslabón de la mutación estalle en un suicidio colectivo, como metáfora, por supuesto. Pero la mierda no llegará al río, perdón, la sangre. Por cierto, hablando de comportamientos de secta, y de suicidios colectivos, ¿qué habrá sido del pastor y los fieles que se encerraron en una casa habanera y que anunciaban el fin del mundo con plagas, pandemias, y demás, y que tuvo en una cutícula a blogueros, tuiteros, y “pensantes”? Ya ni se habla. Porque para colmo también padecemos de ese problemita: memoria cero. No, no es Alzheimer. Los que tienen Alzheimer alguna vez tuvieron memoria. Los cubanos jamás la han tenido, y por lo visto ni les preocuparía tenerla en un futuro.

Zoé Valdés.

Publicado por El Economista.

Nota: Este artículo no puede ser reproducido en otro espacio sin antes pedir mi autorización. Gracias.

El Instante de un otoño.

EL INSTANTE DE UN OTOÑO.

Hace rato que sólo leo novelas que me den dolor, cuyo sufrimiento me traspase el alma a través de la historia y del lenguaje. Cuando me refiero a la historia no tiene que ser una historia netamente cubana, podría ser rumana, alemana, húngara o finlandesa, pero la historia deberá obligarme a olvidar que se trata de mí leyendo una historia, tendrá que conseguir que yo la obedezca y me adentre en ella palpitante y salga de ella como si jamás hubiera entrado, como si siempre hubiera vivido dentro de esa historia, como si fuera mía.

Con el lenguaje me pasa distinto, tanto en español como en francés huyo de lo políticamente correctamente escrito, o sea de aquello que se resume a sujeto+verbo+predicado. Si una historia es compleja y su autor nos la entrega masticada afanado en que la entendamos primero con los dientes, de nada sirve. Y no hay nada peor que escribir masticando o peor tragándose como sorbos de agua azucarada el lenguaje, o sea obviando que el idioma, como dijo en una ocasión Víctor García de la Concha, no lo crea la Real Academia, lo crean los escritores, inventando palabras que salen estrictamente de su imaginación y de sus audacias reales o soñadas.

No todos los cubanos son escritores, desde luego, pero el pueblo cubano lo único que no ha perdido es la chispa del idioma, no sólo lo reinventa, además lo recrea, lo habla con regocijo, sobre todo cuando lo habla bien, de manera libre y suelta, y desprovistos de la formalidad oficialista. Y cuando los escritores retoman ese lenguaje popular, y hasta vulgar, como hizo Cervantes en el Quijote –no por nada El Ingenioso Hidalgo está dedicado al vulgo- y lo realzan al pedestal de la novela, la obra es entonces perfecta, magnífica, imperecedera. Escritores del idioma y de la historia hemos tenido algunos, pero a mí quien siempre me pega con el puño un beso en el esternón es Guillermo Cabrera Infante, y hay otros, claro… Pero nadie como él.

Entre los escritores que alcanzan un aliento similar se encuentra José Abreu Felippe. Su última novela, El Instante, cuenta un pasaje, fragmentario, de la vida de Octavio, protagonista de otras obras anteriores suyas. No podría precisar en qué momento de la infancia, de la adolescencia, o de la adultez se inician las anécdotas de ese grupo de amigos y familiares que envueltos en la misma transgresión épica penetran primero ingenuos, incluso alegres, despreocupados, luego ariscos, furtivos, y por último desgarrados en la verdadera semilla de la vida: la aventura política de cualquier ser humano a la que le somete la sociedad, no hace falta tal precisión, porque esta es una novela de sensaciones y presentimientos, y de ocurrencias ocurridas. El pretexto para desentrañarlas, por supuesto, y como es habitual en un verdadero novelista, es el amor, el sexo, más que el deseo. El deseo sólo asoma en ese instante preciso en que Octavio se sorprende solitario, abandonado por todos, alejado de todo, pero junto a su madre, en una especie de ecuación patéticamente lírica. Su madre, que es la madre de todos, quien sólo le brinda, en su triste y exigente compañía, con la exigencia de la que solamente son capaces las madres, todavía mayor soledad en esos instantes de espera y anonadamiento.

El Instante es una novela de casi quinientas páginas, que me leí poco a poco, en los trenes, en los aviones, que no pude soltar, pero al mismo modo que, deseándola, queriendo que no se me acabara, que no escapara. No podría afirmar que me sedujo solamente por la historia y por el ritmo excelente con el que está conducida, como en una especie de guaracha jazzística sabrosona, lenta, y que por momentos se acelera y aprieta el paso, y nos atropella contra las paredes recién enlacadas de la casa-laberinto de Octavio; además de todo eso me engrampó porque está contada, por supuesto con un lenguaje literario exquisito (por su trabajo de búsqueda y de ninguna manera o fórmula al uso que usan esos lenguajes en apariencia fiznos tan parecidos a aquellos cakes de merengue tieso y agrisado que vendían para las bodas, por una casilla de la libreta, en el período especial) que traduce todo el lenguaje de una época, de la generación anterior a la mía y de la mía, la que yo creo que fue la última generación que todavía contempló el verdadero paisaje cubano, y supo nombrar y desordenar y volver a ordenar los árboles, los arbustos, las mariposas, los pájaros y también chapoteaba en las zanjas, la que convivió con gatos y perros sarnosos y los curábamos como si fuéramos amorosos veterinarios, almorzábamos tajadas de aire y cenábamos frituras de viento, bebíamos té ruso de farmacia y leíamos hasta en sueños, nuestras madres se perfumaban con bacilos de Moscú Rojo o de Bonabel, en medio de cien plastas de mierda de vacas podíamos distinguir una margarita, y claro, fuimos fanáticos de El Maestro y Margarita de Mikhaíl Boulgakov, y escribíamos ciento un poemas al día y trescientos treinta y cinco por noche. Todavía sabíamos entristecernos, caminábamos kilómetros para que nos bañara una puesta de sol, o nos iluminara el alba y hacíamos el amor donde nos atraparan las ganas, reconocíamos, ¡cómo no!, un Utrillo hasta encajado en un estercolero. Hacíamos el amor con alegría, repito, y también nostálgicos de lo que ni siquiera conocimos, y si era en el mar,  pues mejor. De todo eso habla El Instante, y de mucho más, y leyéndolo ya no se es más el lector comprometido con la narración sino con la historia, empiezas a ser Octavio, templándose lo mismo a sus negronas pulposas y acarameladas que a sus auténticos muchachones made in roboloción, y de buenas a primeras empiezas a transformarte en Octavio, que le despierta a cualquiera el machito que llevo dentro, y al gay que llevo dentro, y a la puta que late en mí, a la madre, a la hermana… Y al inconforme, comme il faut, el inconforme, al iconoclasta, al dérangeur que todo escritor que se respete debe ser.

La literatura es un sacerdocio, escribir una gran novela sumerge en momentos de gran euforia, nos reaviva la verdadera fe, la de la poesía, la de la escritura, la de la creación, pero también nos oprime con angustiosas y largas penitencias, cada recuerdo equivale a largos períodos de tiempo arrodillados encima de aquellas chapas de refresco, o a peores puniciones que nos dejan sangrando el espíritu. Después, hay un momento innombrable, extraordinario, ése en el que el lector recibe el beso en el esternón, y el resto se transforma en una orgía de los sentidos, en bacanal de palabras, y es cuando la soledad penetrante y ubicua del escritor se une a la del lector, con el rostro lloroso hundido entre las páginas del libro, y es ahí, en esa comunión cuando transcurre el verdadero misterio y milagro de la literatura.

Gracias a José Abreu Felippe por extender ese milagro, y apaisajarlo y agasajarlo con pinceladas de eternidad, igual a un Utrillo, a través de El Instante.

Zoé Valdés.

Fernando Savater, 20 años educando a Amador.

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Les recomiendo mucho este nuevo libro de Fernando Savater, que es para leer en familia:

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Tenemos que estar muy satisfechos con que Fernando Savater sea tan amigo de los cubanos y haya hecho tanto por la libertad de Cuba.

El apellido “cubano”. Por Esteban Fernández.

por Esteban Fernández  

 

 EL APELLIDO “CUBANO”.

 

Aquí en el destierro a todo le agregamos la palabra CUBANO: la música cubana, el chiste cubano, el acto cubano, el médico cubano, el abogado cubano, las costumbres cubanas, los recuerdos cubanos, el pasado cubano, el periódico cubano, el yerno cubano, las frutas cubanas, la frita cubana.

 

Uno  de los problemas que tendremos, creo yo, en la Cuba libre del futuro (y supongo que tienen los cubanos que visitan la Isla) entre un millón de problemas verdaderamente serios, es que como en el exilio vivimos rodeados de personas de todas partes del Mundo, nos hemos acostumbrado a ponerle el apellido “cubano” a todas nuestras cosas.

 

En la Cuba que yo viví ( y en la Cuba del futuro necesariamente) lo nuestro era indiscutiblemente nuestro y no había necesidad de aclaraciones. Aquí en Estados Unidos tenemos que especificar, recalcar y defender lo nuestro,  y así y todo, nos lo quieren regatear y quitar.

 

¿No sería ridículo que en una Cuba libre lleguemos a una cafetería y le digamos al camarero: “Mi socio, por favor sírveme un CAFÉ CUBANO”. Y después del café le pidiéramos al mesero: “Y ahora me das un TABACO CUBANO”. Posiblemente el tipo se burle de nosotros y nos diga: “No, compadre, le voy a dar un café coreano y un tabaco chino”.

 

Porque la verdad es que aquí nos pasamos la vida diciendo: “Ahora me voy a comer un SÁNDWICH CUBANO. Y eso en Cuba, ayer, hoy y mañana,  es y será siempre, simplemente un SÁNDWICH , vaya, sin apellido.

 

A la primera persona  que llegue allí y diga: “Yo quiero un SÁNDWICH CUBANO”  todo el mundo se va a reír y pensar: “¿Qué se cree el gringo éste, que le vamos a dar un sándwich polaco, o qué?”…

 

Hasta risa me da imaginar el papelazo que yo hiciera si llegara en una Cuba libre a mi pueblo y dijera: “Me voy al RESTAURANTE CUBANO de la calle Almohalla”. La gente me diría arrastrados de risa: “Ni vayas para allá, muchacho, aquello ahora es un RESTAURANTE FRANCÉS”.

 

Y nos hemos acostumbrado a que cada vez que a un desconocido se le escapa delante de nosotros una de esas malas palabras tan típicas de nuestros compatriotas, aunque estemos de turistas en Roma, le preguntamos “¿Es usted cubano, señor?”. A lo mejor en una Cuba libre  vemos a un grupo de hombres tocando las tumbadoras y sonriente le preguntamos: “¿Ustedes, por casualidad, son cubanos?”  Y a lo mejor nos dan un sopapo creyendo que nos estamos burlando de ellos  queriendo decir que  ”son haitianos, o nigerianos, o congoleses”.

 

¿A usted no lo llaman por teléfono sus amigos cubanos (vamos, y ya sin darme cuenta le puse el apellido “cubanos” a los amigos y ¡allá en Cuba todos los amigos son cubanos!) y le dicen: “Oye, pon la televisión que están hablando de Cuba, están poniendo un PROGRAMA CUBANO”. Y ya nos hemos acostumbrado completamente a eso. Y desde luego, hacer eso en la Cuba del futuro sería  hacer el ridículo, pero estoy seguro que nos va a pasar.

 

Por lo menos en los tres primeros meses cada vez que alguno de nosotros encienda la televisión  y vea que están hablando de “cosas de Cuba” (sin percatarnos que allí TODO LO QUE SE HABLE Y SE ESCUCHE en la televisión son y serán COSAS CUBANAS) vamos a llamar a alguien y decirle “¡Pon, pon C.M.Q. que están diciendo algo de Cuba”. Y la gente nos contestará: “Está bien, chico, por favor, cuando pongan algo japonés llámame de nuevo”…

 

En Miami yo he visto a un hombre vendiendo mamoncillos por la calle, le he dicho a mi amigo Milton Sorí: “¿Esos mamoncillos son traídos de Cuba, son MAMONCILLOS CUBANOS? chico, para el carro que voy a comprar un montón”. Imagínese usted que en una Cuba libre, en pleno Cienfuegos, visitando a Ibis, yo pare a un vendedor ambulante y le pregunte: “Señor, ¿esos mamoncillos son CUBANOS?” El tipo me responderá: “¡No, Mister, esos mamoncillos son importados de Suiza!”…

Nota: Este post ha sido enviado por su autor, a quien agradezco, cualquier reproducción debe ser consultada con él. En caso de que la entrada sea linkeada se agradecerá que la fuente sea citada. Gracias-

 

El increíble Tomás Milián.

Nos conocimos en Nueva York en el año 1991, después nos hemos visto en varias ocasiones en Miami, hemos almorzado juntos, compartimos amistades. Gran persona, gran actor:

Aquí Tomás Milián haciendo de Raffaello Sanzio, junto a Charlton Heston en el rol de Miguel Ángel Buonarotti, en el fime La Agonía y el Éxtasis (1965):