Richard Blanco

Richard Blanco

Richard Blanco tiene varias cosas en común con Ricardo Alarcón, y no es la “mariconería” –como él mismo nombra a su homosexualidad de manera pública- sino más bien algo tan simple como el nombre. Ricardo Alarcón (que yo sepa no es maricón) no se llamaba en sus tiempos universitarios Ricardo, se llamaba Richard Alarcón. Al menos obligaba a sus condiscípulos a que lo llamaran de tal modo: “Richard” despreciando el “Ricardo”. Al poeta hispano (ahora a los cubanos los llaman hispanos en Estados Unidos) Richard Blanco, según él mismo cuenta, lo bautizaron como Richard, por Richard Nixon, no por Richard Alarcón, aunque pudiera haber sido por el segundo. Cuando triunfó Aquella Puercada (o Aquella Cochinada) que definieron como revolución, Richard Alarcón devino por obra y gracia del mesías Castro I, Ricardo Alarcón, porque el “Richard” recordaba demasiado al enemigo imperialista yanqui. Sin embargo, Richard Alarcón, denominado luego Ricardo Alarcón no retomó su verdadero nombre cuando años más tarde los hermanos Castro le endilgaron la misión de ser uno de los interlocutores más importantes entre los castristas y el gobierno norteamericano. Pero esa es otra historia. Aunque la historia de Cuba en los últimos más de cincuenta años siempre tiene que ver con “una misión”.

Volvamos a la que hoy nos ocupa: Richard Blanco es poeta desde hace dos o cuatro años, así lo declaró en varias entrevistas, o sea que empezó tarde y morón en la poesía. Cuando oigo a alguien afirmar que se ha convertido en poeta o en escritor, pero sobre todo en poeta, a edades tan tardías, recuerdo inevitablemente las palabras de una escritora que, como buena hija de un general mambí, jamás claudicó ante el castrismo ni ante nadie, Dulce María Loynaz, Premio Cervantes, cuando recalcaba que empezar a escribir poesía con más de treinta años era de una obscenidad insoportable, que la poesía se escribe de joven, o no se escribe. Pero ya ni siquiera ser joven significa lo que significaba antes, cuando todavía existía la poesía.

El caso es que nos ha surgido un poeta cubanoamericano, quien por sus propias palabras fue “fabricado en Cuba, ensamblado en España, e importado a Estados Unidos”. Se crió con su madre y junto a una abuela que “hubiera preferido tener a una nieta puta que a un nieto maricón”, también con sus mismas palabras dichas a un periódico español y no en la sala de su casa. Cuando yo ‘escucho’ (perdón Fernando Vallejo, pero el “escucho” era necesario aquí) alardear en tan repetidas ocasiones a alguien en público de que es maricón, pues una de dos, o no lo es tanto, o se está avergonzando de serlo y trata de reafirmarlo de manera zoqueta, o es un vulgar, un soez. Reinaldo Arenas no decía que era maricón, lo era y punto, para poner un ejemplo. Yo suelo ser muy maricona, y muy puta (cada vez menos, lo que es una lástima), y no lo digo, lo soy y punto. En mi literatura soy muy puta, muy mujer y muy hombre, comme il se doit. En la vida real muy maricona.

Pues Richard Blanco, poeta desde hace dos o cuatro años, con 44 años de edad, no para de soltar a los cuatro vientos que él es maricón, y todo se mueve alrededor de su mariconería. Pues al parecer, fue elegido para leer un extenso poema en la juramentación del presidente Barack Obama, no porque es cubano, no, sino porque es hispano, y tampoco porque sea poeta, eso no importa tanto puesto que su obra es desconocida hasta ahora, sino porque es un poeta maricón, es más, quito el poeta, ha sido elegido porque es un hispano maricón. Los clichés no son míos, son de los que lo eligieron. Aunque no solamente lo eligieron por esas nimias razones.

Veamos este “estupendo” aporte de Richard Blanco que demuestra su equilibrada asepsia política:

“Being a Cuban-American from Miami many people presume that I am a hard-core right-wing conservative; on the other hand, as a queer poet, many immediately think I am a total left-wing liberal. I resent these assumptions; and—like most artists, I suppose—I rebel against expectations and stereotypes. Given this, and the circumstances of my up-brining as I’ve just explained above, I stand right in the middle of these extremes—and so does my poetry I believe. I do not vilify nor glorify Castro; I don’t believe Cuba was a “paradise” before or after the revolution; I don’t defend my conservative elders nor do I dismiss their views as preposterous.”

En español:

“Como un cubano-americano de Miami, muchas personas suponen que soy un intenso derechista conservador; por el otro lado, como un poeta maricón, muchos inmediatamente piensan que soy totalmente liberal e izquierdista. Yo resiento esas suposiciones; y – como muchos artistas, me imagino – yo voy en contra de esas expectaciones y esos estereotipos. Por eso, y por las circunstancias de mi crianza que acabo de explicar, estoy parado en el mismo centro de estos extremos – y creo que mi poesía igual. Yo no vilipendio ni glorifico a Castro; yo no creo que Cuba fue un “paraíso” antes o después de la revolución; yo no defiendo las personas mayores conservadores ni tampoco despido su punto de vista como absurdo”.

Ah, ya veo, entonces Richard Blanco es otro cínico. Un cínico obamunista más. No hay otra denominación. Y por eso también, por supuesto, fue elegido para leer ese poema, en esa juramentación. Pero la cosa no se quedará ahí. Con Richard Blanco habrá expectativas y hasta planes. Forma o formará parte del proyecto que tiene el gobierno norteamericano actual en perfecta concordancia con el régimen castrista. En cualquier momento veremos a Blanco leyendo sus poemas en Casa de las Américas en La Habana. No será novedoso, ya otros lo hicieron antes que él. Y nadie se acuerda de ello. Yo sí, por masoquista que soy.

La presencia y actitud de Richard Blanco, con sus tibios puntos de vistas, tan reconciliatorios con una dictadura como la castrista, más de 54 años en el poder, más de medio siglo encarcelando y asesinando a escritores y poetas, homosexuales y heterosexuales -como consta en la Carta a Fidel Castro que dejó Reinaldo Arenas antes de suicidarse en Nueva York, donde culpa al dictador de su muerte-, pretenden borrar la obra que tanto impacto ha dejado en Estados Unidos y en el mundo, la presencia y actitud completamente opuesta de Reinaldo Arenas. La actitud política de Reinaldo Arenas, cuando se dio cuenta de lo que era Aquel Vómito de Perro, sin duda alguna fue intachable, dentro y fuera de Cuba. Ahí, por cierto, hay una obra vasta, ejemplar, compacta, que lo demuestra, y declaraciones filmadas en documentales, sus memorias escritas y publicadas: Antes que anochezca, llevadas magistralmente al cine por Julian Schnabel, pruebas irrefutables que costarán trabajo eliminar tan fácilmente como algunos piensan de la memoria colectiva. Con Reinaldo Arenas y tras la película de Schnabel el mundo conoció la persecución de homosexuales en Cuba, la horrenda represión en contra de los homosexuales y de los poetas y escritores. Porque Reinaldo Arenas era muy maricón en la vida real, pero muy hombre en la literatura, muy hombre en política, y no tuvo miedo de contarlo de mil maneras. Y eso es lo que le falta a Blanco, hombría ante la verdad irrefutable.

Cuando leo estos poemas, me digo es poesía, son aceptables, nada del otro jueves, pero como licencias poéticas pasan, pero, por favor, cuánta cobardía:

“El Mercado de Antonio en la esquina de la calle ocho,
Donde hombres en guayaberas se reúnen como el senado,
Echándole la culpa a Kennedy por todo – ‘¡Ese hijo de puta!’
La bilis del café cubano y residuo de los tabacos,
Llenándole las arrugas de sus labios arrugados,
Agarrados uno a otro por las mentiras de riquezas perdidas,
Avergonzados y vacíos, como árboles huecos.”

A mí poco me importa, francamente, a estas alturas, que Blanco describa al exilio de Miami, al exilio donde se crió y al que pertenece, con semejantes palabras. Sus razones tendrá, y es su derecho como poeta a ser todo lo cínico y vulgar que él quiera, e incluso a serlo de manera brillante, lo que no es el caso. Lo raro es que muy pocos, aquellos que criticaban a Reinaldo Arenas por haberse largado de Miami hacia Nueva York, los mismos que criticaron sus textos maravillosos y críticos sobre Miami, los que criticaron a Lorenzo García Vega, poeta de la generación de Orígenes, inmenso poeta, llamarle “playa albina” a Miami, ahora aplauden a una persona que sin obra detrás que lo respalde, al menos conocida, a un advenedizo que se luce soltando lagartos y serpientes por la boca en contra del exilio miamense, todavía ninguno, o muy pocos, de los que votó por Obama y que se llaman exiliados cubanos han tenido la valentía de salirle al paso y de despelusarlo con críticas como han hecho con otros, como me criticaron e insultaron a mí en este blog por haber escrito que “Miami era el cementerio de las pingas muertas”. Algunos se desgarraron las vestiduras, no los veo ahora haciendo lo mismo.

Porque además, digámoslo con todas las palabras, Blanco es un poeta cursi, por lo que hemos leído hasta ahora, y un maricón cursi, por lo que hemos podido apreciar. Titular Un Hoy al poema que leyó en la juramentación del presidente Obama resulta de una chealdad estrepitosa es inmetible o infumable, al menos en español, y él es un poeta hispano (que escribe en inglés), ¿no? No sé en inglés cómo sonará, y tampoco sé si querrá decir algo esencial para la historia universal de la poesía.

De modo que, como bien señala Alberto de la Cruz, a nadie le importa que Blanco sea un maricón comemierda y un cursi hacedor de versos. Pero sus insensatas declaraciones si importan a muchos. Porque aunque a mí no me tocan directamente, yo no nací ni me crié en Miami, pero en esa ciudad sí que muchos cubanoamericanos de su edad se criaron y crecieron, gracias a ese exilio que él describe de manera tan injusta en su poemita chicharrón. Y lo que importa es que la prensa ha tomado a este tipo de gente como el ejemplo de que ya el exilio cubano se ha extinguido, de que los cubanos radicalmente anticastristas no existen más, que ahora lo que queda del cubanoamericano son tipos como éstos, de una beligerancia oculta en contra de aquellos que a su vez se manifiestan en contra de una dictadura susodicha de izquierdas, tema muy a la moda; al menos los que valen para esta administración, gente partidaria de Obama exclusivamente, demócrata liberal, que pretende abrirle las puertas a los representantes del régimen castrista y que se las ha abierto, un régimen que sólo ha construido muros y sembrado odio y destrucción a lo largo de más de medio siglo con el poder absoluto, este es el “hombre nuevo”, no sólo de la izquierda americana, sino del castrismo, de Carlos Saladrigas y de la iglesia catolicona y aprovechadora.

Que deberíamos agradecer que hayan elegido a un cubano para esa lectura pública, para representarnos en un acto bobalicón y sensacionalista. Primero a mí ese tipo de cubano no me representa. Segundo, ¡miren que los cubanos son arrastrados! Necesitan siempre del reconocimiento politiquero para poder existir.

Frente a la obra de un Reinaldo Arenas, cuya visión hizo cambiar la opinión del mundo estadounidense, quien, por cierto, se suicidó precisamente a la edad de 47 años (sí, tuvo esa valentía), y que cambió el rumbo usualmente sospechoso de la prensa norteamericana, no vendrá nadie a imponer la pendejería típica de los guatacones izquierdosos y oportunistas de toda la vida.

Primero, y me la juego al canelo, Reinaldo Arenas jamás habría aceptado leer un poema en la juramentación de un presidente que lo único que ha hecho es dorarle la píldora al castrismo, tirándole margaritas a los puercos con el temita del intercambio cultural y de los viajes, aflojando el embargo, que espérenlo, muy pronto levantará, y olvidando o haciéndose el chivo loco con la represión contra los negros que existe en Aquella Bazofia. Segundo, pese a la posición de Reinaldo Arenas frente al exilio de Miami, una posición crítica que ese mismo exilio desaprobó en su gran mayoría, el mismo que hoy aplaude la blandenguería ridícula de Blanco, ahí están sus poemas, sus novelas, sus ensayos más presentes que nunca, más traducidos y publicados y leídos, verticales frente al castrismo, frente a la mediocridad y a la cursilería.

Reinaldo Arenas, quien prefirió morir libre que a escribir esclavo, esclavo, digo bien y lo subrayo, de todo y de todos, de cualquier bando y de bajo cualquier sistema, esclavo de la enfermedad, también:

“El hombre nuevo bate su antiguo sombrero de yarey (es terrible el resplandor del trópico)

y se dispone a sacarse las botas bajo la yaguarana.

El hombre nuevo espanta un mosquito con sus manos torpes.

El hombre nuevo dormita tras el tronco de la yaguarana (lo siento, pero no hay otro árbol)
                           

                              como un cocodrilo legendario.

Le están saliendo pequeños garfios en las manos al hombre nuevo.
                           

                               Son los guantes naturales que Dios, piadoso, concede
                           

                              siempre al esclavo.

Le están saliendo algunas manchas en la cara al hombre nuevo.
                           

                             Son los resistentes colores que Dios, piadoso, concede
                           

                            siempre al esclavo.

Le están saliendo extrañas corazas en los pies al hombre nuevo.
                           

                          Son magníficas herraduras que Dios, piadoso, concede 

                          siempre al esclavo.

El hombre nuevo está perdiendo el habla, la memoria, ya no ve.

                        Son los invariables privilegios que Dios, piadoso,

                        concede

                       siempre

                      al esclavo.”

(Fragmento del poema Morir en junio y con la lengua afuera (Ciudad) tomado del libro Leprosorio (Trilogía poética) de Reinaldo Arenas, Betania, 1990).

No hay nada peor que haber nacido y crecido libre para, al filo de la agonía que debieron padecer los padres para conseguirlo, convertirse en esclavo por vocación propia o lo que es peor, para ser comprado por el peor postor y disfrutar desmemoriado de quince minutos de una gloria inmerecida.

Zoé Valdés.

Reinaldo Arenas

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Escritora, artista.

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