Martí y los estimulantes. El café, el vino Mariani y el haschich. Por Carlos Ripoll.

La Caridad del Cobre y José Martí, Michel Blázquez, 2013

La Caridad del Cobre y José Martí. Michel Blázquez, 2013

Hay siempre cierta inconformidad con la vida, y a veces, para reducir el desequilibrio entre la realidad y la posibilidad del hombre, desde los tiempos más remotos se ha recurrido a las drogas. Además de para aliviar los conflictos, esos estimulantes se buscan también con el propósito de romper los límites naturales de la mente o para ampliar el horizonte de las sensaciones.

Lo mismo que importa poco a la historia lo de más relieve de una persona común, siempre interesa hasta lo menos trascendente de un ser superior. En realidad no hay detalle pequeño en un hombre grande, porque aquél se magnifica en la talla singular. Cuando no por la lección o por el ejemplo, también nos acercamos al héroe por curiosidad, porque resulta un espectáculo notable su simple participación en el mundo. Por eso se reúne en este trabajo alguna información sobre lo que Martí supo y dijo de las drogas. El recorrido revela al hombre, en particular al poeta, su imaginación y su sensibilidad, a las que tanto deben su gestión y su genio.

En último análisis el arte no es más que una forma de enajenamiento. El poeta, por el verdadero origen de la palabra, es el creador: hace un mundo nuevo u organiza el conocido de manera diferente. Y así todos los artistas. Por ese motivo es mayor en ellos la tentación al escape, porque su mismo oficio les puede hacer atractivo todo universo artificial. Ningún estupefaciente mejora el talento para la creación artística: Coleridge y Baudelaire hubieran sido grandes poetas sin conocer los “placeres” y los “paraísos” del opio y de la mariguana. Nada más que con la cafeína asoció Martí su producción literaria; el vino Mariani, muy recomendado en su época como reconstituyente, con cierta cantidad de cocaína, lo usó por su acción tónica; y el hachís, quizás alguna vez, en sus días mexicanos, cuando era de uso inocente, por la aventura onírica.

Sólo por ignorancia pudieran tomarse estas observaciones como apología de las drogas o rebajamiento de Martí. No debe perderse de vista el tiempo que interesa, cuando no se tenía conocimiento de los peligros de algunas de ellas ni estaba la sociedad tan expuesta a su tráfico criminal: nadie con mayor ira que Martí hubiera condenado en nuestros días la práctica, el comercio culpable y la indolencia con la que muchos condonan las riquezas que en su comercio se originan. Es necesario divulgar el pensamiento de Martí, todo él, para descubrir las directrices que nos pueden ser útiles en los momentos que vivimos: no tiene este trabajo ese propósito, pero en tales tareas se le fueron acumulando a su autor datos sobre ese aspecto no estudiado del hombre en Martí. Nada más que con la legítima curiosidad de la biografía podrá encontrar el lector lo que sigue oportuno y ameno.

EL CAFÉ

La muerte de Martí quizás se originó por ser adicto al café. En su viaje desde Playitas a Dos Ríos tuvo que acostumbrarse al “Cuba Libre” (miel y agua) y al “Rabo de Mono” (cocimiento de hojas de naranja) para sustituirlo. Poco antes de su muerte anota en el Diario: “Del café hablamos, y de los granos que lo sustituyen”. Y sus últimas palabras allí son las siguientes: “…me trae Valentín un jarro hervido, en dulce, con hojas de higo”. Martí pasó sus últimos días en un lugar casi despoblado, cerca del encuentro del Cauto y del Contramaestre, y es probable que hiciera algún tiempo que no tomaba café. Máximo Gómez, para quien el café era también la bebida favorita, contó de esta manera la tragedia de Dos Ríos: “La cosa pasó así: un isleño a quien yo enviaba al pueblo a buscar café, me traicionó y dio cuenta a Sandoval que yo me encontraba allí con mucha gente esperándolo”. Pero el general español Juan Salcedo, jefe militar de la provincia de Oriente, basado en el informe que le dio el coronel Sandoval, puso el pedido en boca de Martí: a raíz de los acontecimientos publicó esta versión:

Martí y Gómez, al frente de unos 800 hombres, acamparon en Boca de Dos Ríos. Los cabecillas quisieron correr una aventura; se destacaron de las fuerzas que mandaban y fueron a una lechería a tomar leche. Ya en dicho sitio le preguntó Martí a un hombre: “¿Te atreves a ir a las Ventas de Casanova a traerme café?” Y éste le replicó: “Presidente, la empresa es muy arriesgada, andan por ahí las tropas y caeré en su poder”. Pero Martí le dijo: “Uno solo no inspira recelo”. Y salió a cumplir el encargo.

Era Carlos Chacón, que cayó en poder del enemigo y, según Salcedo, “cantó de plano”.

Por su parte el historiador Gerardo Castellanos, después de consultar todas las fuentes, escribió en 1937: “Martí le había dado a Chacón una esquela de su puño y letra en la que pedía comestibles y ropa, y para pagar los gastos le entregó cuatro monedas de oro y otras de plata”; y concluye: “Chacón, con su esquela y el delator oro, fue el pequeño detalle que produjo la conflagración. El pobre guajiro parecía ir en sencilla misión, y resultó ser el hilo de Ariadna para los españoles”.

Desde muy joven era Martí asiduo tomador de café. A los 16 años, desde la cárcel, le escribe a la madre: “Estoy preso, pero nada me hace falta, sino es de cuando en cuando 2 o 3 reales para tomar café. Sin embargo, cuando se pasa uno sin ver a su familia ni a ninguno de los que quiere, bien puede pasarse un día sin tomar café”. Tal era su afición que cuando estaba en Centroamérica quiso meterse a caficultor. En una carta a Manuel Mercado, le pide que “se arregle una finquita de café” para ir a trabajar con él; y añade: “En cuanto a mí, de poder hacerlo, me encerraría a arar la soledad acompañado de mi mujer, de mis pensamientos, de libros y papeles. El cafetal me seduce, y pienso que debe usted llenar de esta clase de pensamientos, durante algunas noches, su almohada. Si saberlo tomar fuera saberlo cultivar, usted y yo seríamos excelentes cafeteros”.

Martí, que censuró “el hábito de fumar cigarrillos de papel”, elogiaba con entusiasmo el café, “el generoso don de América”, “la esencia de la vida”, “el padre del verso”. Del de Venezuela dijo que era “tan vivificador y fragante que tal parece que hierve una oda en cada taza”; al de México lo llamó “el haschisch de América, que hace bailar en la cabeza de los cristianos a las huríes de Mahoma, que enardece la sangre, anima la pasión, aleja el sueño, inquietísimo salta en las venas, hace llama y aroma en el cerebro, y lleva a soñar y no embrutece”; y al hablar del de Guatemala da el mejor resumen de los efectos que le producía:

El café me enardece y alegra, fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas. El café tiene un misterioso comercio con el alma: dispone los miembros a la batalla y a la carrera limpia de humanidades en el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores, y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios; dispone el alma a la recepción de misteriosos visitantes y a tanta audacia, grandeza y maravilla.

Y en un ejemplar de los Versos Sencillos, que le regaló a Ulpiano Dellundé, dejó Martí, en la dedicataria, este otro testimonio de su aprecio del café:

No hay pena cual la de amar
A un pueblo solo y cautivo,
Que vive clavado vivo,
A lo lejos de la mar:
¡Ni sé de alivio mayor
Al corazón que se abrasa,
Que el sol y el café en la casa
De la amistad y el amor!

Como vivimos hoy tan acostumbrados al café, no es fácil entender un entusiasmo como el de Martí, pero a través de su historia, en Europa, escritores y figuras prominentes dejaron constancia de su valor y de la influencia que tuvo. Originario de Etiopía, el café pasó a Arabia en el siglo XIII, donde recibió su nombre. Allí entre los árabes, cuenta la leyenda, un pastor llamado Kaldi vio un día a sus cabras muy animadas y saltarinas, a algunas bailando. Pronto supo el secreto: cada vez que comían las semillas de un arbusto, que era el cafeto, se comportaban de tan extraña manera. Kaldi quiso participar de aquella alegría: las comió y pudo disfrutar con sus cabras del poderoso estimulante. En cierta ocasión un peregrino descubrió una de aquellas danzas pastorales, y supo qué las motivaba, y pensó que las semillas debía habérselas mandado Mahoma para combatir el sueño que interrumpía sus oraciones: las secó, las hirvió en agua y bautizó la aromática infusión. Mucho después, cuando el café llegó a Europa, se trató de prohibir por considerarlo “poción de infieles”, pero el papa Clemente VII dijo que una bebida tan buena debió crearla Dios también para los cristianos. Pero el café no se hizo popular en Europa hasta fines del siglo XVIII, después de la publicación de la “Cantata del café”, de Juan Sebastián Bach, y de que iniciara su cultivo en Cuba José Antonio Gelabert. Un historiador tan serio como Jules Michelet, consideraba que por el café se ilustró Francia y cayó la monarquía; según él, los filósofos (Voltaire, Diderot, y Rousseau, entre otros) “vislumbraron en el fondo de sus tazas de café negro los destellos del año de la revolución”. Y Martí, que tanto admiraba a Michelet, escribió sobre la misma idea: “Y en la demolición de Europa vieja, por Voltaire comprendida, ¿cuántas armas terribles no se habrán templado al ardor de nuestro jugo americano?” También Martí había dicho que “las revoluciones, como el café, han de hacerse con agua hirviendo…” Podría pensarse que, al comenzar la guerra, se quiso objetivar el otro término de la comparación en el mediodía del 19 de Mayo de 1895. Así, el café, que tan amable presencia tuvo en su vida, no fue un elemento extraño en su muerte.

EL VINO MARIANI

Al explicar los efectos del café, muy cerca de la descripción que se ha visto de Martí, dice el libro The Pharmacological Basis of Ther- apeutics: “Caffeine stimulates all portions of the cortex. Its main action is to produce a more rapid and clearer flow of thought and to allay drowsiness and fatigue. After taking caffeine, one es capable of sustained intellectual effort and a more perfect association of ideas. There is also a keener appreciation of sensory stimuli and reaction time to them is appreciably diminished”. Ambas descripciones, la de Martí y la de estos autores (L. Goodman y A. Gilman) se acercan a la de los efectos de la cocaína. En su defensa de esta droga, en Uber Coca, Sigmund Freud dijo que con ella se lograban “una alegría y euforia prolongadas que en nada se diferenciaban de la que podía experimentar una persona saludable.

Se llega a sentir un aumento del control de sí mismo y mayores fuerzas y capacidad de trabajo”. Y añadía: “Bajo los efectos de la cocaína, se pueden realizar trabajos físicos y mentales sin fatiga, y se siente como si desapareciera la necesidad normal de comer y dormir. He experimentado ese efecto en mí, la desaparición del hambre, del sueño y de la fatiga; y la energía que se adquiere en los esfuerzos mentales es una docena de veces superior a la normal”.

Según el testimonio de quienes lo conocieron, Martí tomaba, por lo menos en sus últimos años, un vino preparado con coca: era el vino Mariani, muy popular en sus días. De esta costumbre y de su gran capacidad para el trabajo, dijo su amigo médico Fermín Valdés Domínguez: “Su enfermedad era la anemia, como consecuencia del exceso de trabajo. No pensaba ni se preocupaba de la alimentación. Su vida era una labor constante y el constante movimiento, y el trabajo abrumador. Las noches eran para Martí como los días. Jamás un momento de descanso y, para esto, a veces desfallecido, pero siempre en acción. Era su comida una copa de vino de coca de Mariani”. Y Enrique Collazo, también muy cerca de Martí en sus últimos tiempos, hizo una descripción sobre la actividad y resistencia de Martí, similar a la anterior: “Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible, pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani”. Y otros testigos confirman a éstos: Bernardo Figueredo, el hijo del coronel Fernando; Vargas Vila, el escritor colombiano; y Horatio Rubens: “There came a period”, dijo éste, “when Martí could not spare the time to dine. He would have a glass of wine tonic by himself, and a bite of bread, writing as he took them and sometimes not going to bed until after daybreak…”

Los incas masticaban hojas de coca mucho antes de la llegada de Francisco Pizarro al Perú, pero los españoles condenaron la práctica como si fuera una herejía por considerarla un pacto con el diablo; más tarde, sin embargo, cuando vieron que la prohibición disminuía en los indígenas el rendimiento del trabajo, toleraron su uso. Demoró mucho Europa en conocer las ventajas terapéuticas de las hojas de coca, hasta mediados del siglo pasado, cuando el naturalista suizo, Von Tschudi, visitó el Perú, se enamoró de la cultura incaica, se acostumbró a la coca y, en los círculos científicos europeos, defendió su uso. Poco después se logró aislar el alcaloide, y se empezó a usar la cocaína como anestésico, como estimulante y para combatir la adicción a la morfina.

Se ha estimado que el consumo de varios millones de indios que aún mascan la hoja de coca en los Andes, es de unos 30 centigramos cada vez que la usan (nunca todos los días), lo que no está lejos del consumo diario de un drogadicto normal. Freud logró los efectos antes descritos con cantidades menores, unos 10 centigramos. Mariani, por supuesto, nunca reveló la fórmula de su vino, pero, de acuerdo con recetas caseras del vino de coca (más concentrado que el elixir y menos que la tintura), éste se preparaba con unos 100 gramos de hojas por cada litro de bebida y, como la proporción de cocaína en la hoja es inferior al 1%, puede calcularse que cada copa de vino Mariani tenía entre 10 y 15 centigramos del estimulante.

Desde nuestra perspectiva sorprende el fácil consumo de cocaína en los tiempos de Martí, pero hay que tener en cuenta que entonces era una práctica recomendada por la mayoría de los médicos. El papa León XIII tomaba vino Mariani, y con él pudo resistir sus años de retiro ascético, por lo que le dio medalla de oro como benefactor de la humanidad a quien lo había inventado, al comerciante corso Angelo Mariani. Y también lo tomaron la reina Victoria, el presidente norteamericano William McKinley, la actriz Sarah Bernhardt y el sabio Thomas Edison. En la etiqueta del vino Mariani se podían ver las numerosas recomendaciones del producto: como alimento, reconstituyente, refrescante, digestivo y estimulante muscular y del cerebro; y para fortalecer el sistema nervioso, e impedir la malaria y la influenza. En el libro que publicó Mariani en 1892, en Nueva York, con el título de Coca and its Therapeutic Application, explicando las ventajas de su vino, relaciona más de tres mil médicos que lo recomendaban en este país. Por el éxito económico de Mariani, un fabricante de píldoras para el hígado, John S. Pemberton, de Atlanta, preparó en 1886 un sirope a base de cocaína, cafeína y teobromina (de la cola) que servía para preparar refrescos. De este sirope nació la Coca-Cola, que imitaron otros industriales en la Kica-Cola, Cafe Cola, Roco Cola y en una docena más de productos semejantes con diversos contenidos de dichos alcaloides. En aquellos días una onza de cocaína costaba sólo dos dólares, por lo que el refresco de cocaína lo podían comprar hasta los niños por cinco centavos. Y fue tal el consumo que, a instancias de los sureños que temían a la población negra, en 1906 la Pure Food and Drug Act prohibió su venta. La cocaína subió entonces en la escala social: en “Anything Goes”, de Cole Porter, que aunque estrenada en 1934 presenta la vida de la aristocracia en los años 20, la canción más gustada de la comedia musical, “I get a kick out of you”, decía: “I get no kick from cocaine/I”m sure that if/I took a sniff/It would bore me terrifically too/But I get a kick out of you”.

En los tiempos de Martí no se consideraba peligrosa la cocaína, que se compraba casi como hoy una caja de cigarrillos. El opio era la “droga mala”, y Martí criticó la tolerancia en Nueva York con ese vicio:”La policía, que sabe cerrar los ojos, y volver la espalda, y padece de gota serena, porque tiene los ojos abiertos y no ve, deja el garito encendido, las niñas ebrias, y rico y libre al chino mefítico”; y aplaude la labor de la prensa denunciando el mal:

Cazadores están pareciendo ahora los periodistas: azuzan a los policías de ojos perezosos, los escarnecen, los empujan a las puertas por donde se entra en la casa de opio, sorprenden a las pobres mozas de trabajo, que con ojos opacos y gruesos vienen a vaciar en las manos del chino, en pago de la negra pipa de opio, que las lleva a otros mundos, la porción del jornal que espera en vano la madre afligida. Allá va el periodista, tras de un coche que pasa con lacayo y librea, lleno de damas ricas que buscan la casa odiosa, a que el opio las lleva.

EL HACHÍS

Martí tomaba el “vino Mariani, hecho de coca, la planta reconfortante del Perú“, como lo describió, para cumplir los compromisos de su agitada vida, según lo que llega hasta nosotros, nunca como narcótico o por los efectos alucinantes de la droga. Para él no era más que un tónico, pero es imposible, por supuesto, determinar cuánto de sus metáforas y giros de frases en sus cartas, artículos y discursos deben algún destello al estupefaciente; basten estos ejemplos: le escribe a Serafín Sánchez, a fines de 1893, sobre la urgencia de la actividad revolucionaria: “Lo que importa ahora es andar a paso de luz, y que cada diente encaje en su ranura…”; y a Federico Brunet, en 1894, sobre el mismo asunto: “…no hay tiempo ahora para ponerse oro en los dientes…”; y a Fernando Figueredo, a principios de 1895, después del fracaso de Fernandina: “…tallo en la roca y la mar mi caballo nuevo, cuando me desensillan de una puñalada el caballo…”; y a fines del año anterior, al mismo Serafín Sánchez, preocupado por la recaudación de fondos para la guerra, le hizo esta singular confidencia: “Si me dan diez mil pesos para la revolución, salgo desnudo en mulo…”

La cafeína sí la asoció Martí con la producción literaria: en uno de sus elogios al café explicaba: “Brota el verso a medida que lo sorbo; aquí para una tragedia poderosa y terrible. Trae seno de montaña, palabra de terror, y pies de trueno. Luego dispongo un acto dramático, hervor perenne, y pertinaz presencia de un tipo permanente que habré de hacer eterno en el teatro”. Del gas hilarante, usado en su tiempo no sólo como anestésico sino también contra la depresión, hay prueba de que lo conoció Martí: en una nota a Mercado le dice:

Apenas puedo, como el duque español, mover el pensamiento ni la pluma: Acabo de tomar, so pretexto de que la excitación del dolor me haría demasiado daño, ese “gas de reír” para sacar muelas, que me ha dejado trastornado. Pero el pensar en lo que me quiere, y el placer de decirle cómo se lo pago, me vuelve en mí.

También a la mariguana, al “haschisch”, como lo escribía él, en francés, le cantó su poder, si no directamente relacionada con la creación poética, como estímulo de la imaginación. Charles Baudelaire lo consideraba superior al opio puesto que con el hachís se podía lograr la confusión de los sentidos, la sinestesia, tal como la presenta en sus “Correspondances”: “…Vaste comme la nuit et comme la clarté/Les parfums, les couleurs et les sons se répondent…”

En una ocasión, hablando Martí del cuento “Barberine”, de Alfred de Musset, dijo que su estilo “serpea, como arroyuelo, ondea como humo de haschisch, fragante y azuloso, sonríe, retoza, saluda, brilla, quema”. No estuvo en esto tampoco fuera de su época: muchos escritores del siglo XIX experimentaron con los estimulantes para conocer sus efectos. Los dos hitos de esa costumbre romántica son las Confessions of an English Opium Eater, de Thomas De Quincey, y los Paradis Artificiels, de Baudelaire. Entre otros escritores del siglo de Martí, usaron estupefacientes Elizabeth Barrett Browning, Walter Scott, Samuel T. Coleridge, John Keats, Arthur Conan Doyle y Charles Dickens; y entre los franceses tantos artistas los usaban, que se creó en París el “Club des Haschischins”, en la calle de Saint Louis, que describió Théophile Gautier, y al que acudían músicos, pintores y poetas para hablar de sus experiencias con el hachís y el opio: “L’opium agrandit ce qui n’a pas de bornes,/Allonge l’illimité,/Approfondit le temps, creuse la volupté,/ Et des plaisirs noirs et mornes/Remplit l’âme au-delà de sa capacité…”

Entre los más antiguos enajenantes que conoce la humanidad están el alcohol y el hachís. Hay testimonios de que éste se empleaba con fines medicinales tres mil años antes de Cristo; y también con propósitos terapéuticos (como desinfectante, analgésico y soporífero) se usaba en los Estados Unidos hasta que se prohibió por la Marijuana Tax Act, de 1937. El hachís debe su nombre al jefe de los Asesinos, Hasan-i-Sabah, una banda de terroristas que lo consumía antes de la primera cruzada, y era para los musulmanes lo que el opio para los chinos. Por lo general, en Africa, Asia y Europa, se comía, y en América se fumaba. La mariguana la producen las flores desecadas de una planta de la familia de las canabináceas, Cannabis Indica, que se da silvestre en casi todos los climas.

A poco de su llegada a México, en 1875, Martí publicó en la Revista Universal, su poema “Haschisch”, prueba evidente de lo aceptable y común que era su uso entre los habitantes del país. Son estos versos una combinación de los efectos del hachís y los del amor, que se le confunden, como hizo Baudelaire en algunas de sus composiciones: comienza con un elogio de la mujer árabe y de la pasión amorosa:

Viven en aquellas
Magníficas doncellas
Las trovas no escuchadas,
Las horas no sentidas
Y lágrimas de amor aún no lloradas,
Y fuentes de hondo amor aún no sabidas [...]

La vida es el amor. Donde hay amores
Del tibio sol y arábigas arenas,
Hasta al desierto mismo nacen flores
Con palmas leves de murmullo llenas.

Y después de ese milagro sigue una especie de contrapunto entre hachís y el amor:

Chimenea encendida
Al frío corporal vuelve la vida:
También de un beso al fuego,
El muerto de vivir, renace luego.

Admira luego al árabe que recurre al estimulante en su tristeza, pues, “si llora,/Al fantástico haschisch consuelo implora”. Y lo elogia, y describe sus efectos de la siguiente manera:

El haschisch es la planta misteriosa,
Fantástica poetisa de la tierra:
Sabe las sombras de una noche hermosa
Y canta y pinta cuanto en ella encierra.

El ido trovador toma su lira:
El árabe indolente haschisch aspira.
El árabe hace bien, porque esta planta
Se aspira, aroma, narcotiza y canta [...]

Fiesta hace en el cerebro,
Despierta en él imágenes galanas;
Él pinta de un arroyo el blando quiebro,
Él conoce el cantar de las mañanas [...]

Sabe el misterio del azul del cielo,
Sabe el murmullo del inquieto río,
Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,
¡Sabe la eternidad, corazón mío!

Y concluye que “el árabe es un sabio” porque “cobra a la tierra su terrenal agravio”. Pero, en definitiva, en la última estrofa, Martí revela que, a pesar de los encantos de la “poetisa de la tierra”, de la “planta trovadora”, del “buen haschisch”, un beso de mujer es la mejor recompensa.

¡Amor de mujer árabe! despierta
Ésta mi cárcel, miserable muerta:
Tu frente por sobre mi frente loca:
¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!
¡Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!

En un Cuaderno de Apuntes de sus días centroamericanos, dejó sin terminar una composición en la que alude a los tres estimulantes principales de que se ha hablado en estas páginas: el café, el vino y el hachís; se refería al “Alma reina… que dentro del cuerpo vaga”, y le dice:

…Espíritu que vibra
En la nudosa fibra
De la caliente vid;—en las azules
Espirales del haschisch,—en la rica
Espuma del cafeto,—que salpica
De mariposas de oro la bullente
Sangre del hombre…

Como se ha podido ver, por nada de lo dicho disminuye la estatura de Martí, todo lo contrario, más nos asombra su dimensión las inquietudes de su espíritu, por su potencial de vida. En otro de sus Cuadernos de Apuntes dejó escrita esta extraña confesión: “Yo sé lo que siente una margarita que se la va a comer un caballo”. Ya hace falta cierta imaginación para saber lo que siente un caballo que se va a comer una margarita, pero tener la capacidad de saber lo que siente la flor en situación tan difícil requiere una sensibilidad excepcional. Con el peso de ella, y al impulso de ella, Martí vivió hasta convertirse en un paradigma humano. En una metáfora que bien se aplica a su biografía, resumió su visión del vivir: “Un águila no anda a trote, y ésa es la vida: hacer trotar un águila”.

Tomado de La vida íntima y secreta de José Martí de Carlos Ripoll.

About these ads

5 comentarios en “Martí y los estimulantes. El café, el vino Mariani y el haschich. Por Carlos Ripoll.

  1. Este es uno de los pasajes que màs he disfrutado de la vida íntima de José Martì… Fuiste quien descubriò para mis ojos al señor Ripoll… es uno de los libros que quisiera poseer… Este, me encanta… volverè al disfrute…

    Me gusta

  2. (¿Sabe que una de las arias que más me estremecen en la òpera es precisamente de Turandot?… muchos subestiman la sobreabundante pasión de Puccini… ¡a mí me eleva!… me pasa igual que con Madame Butterfly… Recuerdo aquella escena final de la película del mismo nombre, con mi amado Jeremy Irons… diosito mío…)

    Pues sí… no hay droga que pueda sacar nada de un alma cuando es màrmol…
    Saludos…

    Me gusta

  3. Querida, todos estos José Martí, entresacados con tu conocimiento, pespunteados con tu opinión y repujados con imágenes Martianas de Blázquez, son un genuino regalo de cumpleaños al Apóstol.

    <3
    Cepp

    Me gusta

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s