José Martí travestido en La Caridad del Cobre, con rosa blanca. Michel Blázquez

José Martí travestido en La Caridad del Cobre, con rosa blanca. Michel Blázquez

A Miriam Gómez, martiana hasta la médula.

En mi casa se leía y se comentaba casi a diario a José Martí. Mi abuela irlandesa, actriz de segunda, declamaba a Martí y a Baudelaire, y hasta tarareaba sus versos cuando se hundía turulata en algún quehacer hogareño. Mi madre comentaba orgullosa que entre sus libros preferidos estaban Don Quijote y el tomito con la única novela de José Martí, Lucía Jérez, mi madre era muy martiana, el santo de su resistencia era Martí. Mi tía vivía un poco más enganchada a los viajes de Martí, pendientes de su encuentro con Sarah Bernhardt y de sus correteos por París, de salón en salón, tal como cuenta Gonzalo de Quesada y Miranda en su libro Mujeres de Martí editado en La Habana en 1943, y como también lo explica el propio Martí en su célebre ensayo sobre la Bernhardt.

En la escuela primaria en la que yo me eduqué los profesores eran muy martianos, de aquellos maestros públicos que quedaron salvados de la debacle… Recuerdo precisamente a las maestras y al profesor, tan afrancesado, de apellido Godínez. Martí era para ellos amor. Y con el mayor de los amores nos lo entregaron.

Me recuerdo caminando por la calle Cuba, atravesar la placeta de Santa Clara, frente al Convento del mismo nombre, y leer en un letrero bien destacado: “Ser cultos para ser libres. José Martí”. Siempre que pasaba, de niña, de la mano de mi abuela por aquella calle, ella lo repetía en alta voz, a modo de lección.

Pero de buenas a primeras, de golpe y porrazo, el régimen castrista se cogió a Martí para él solo, empezó a manipularlo a su antojo, a desmembrarlo en citas incompletas con la intención de alimentar su ego y complacencia, de reinventarse un pasado, y ofuscar a los demás. Entonces de sopetón Martí dejó de ser el Apóstol porque el apostolado lo convertía en santón católico, y la iglesia y el episcopado estaba prohibido, y decidieron convertirlo en el “autor intelectual del Asalto al Moncada”. Miren que nos reímos con eso en casa. Sí, todavía en aquella época mi abuela se reía con esas ocurrencias del régimen, a mandíbula batiente, hasta que nombraron a Martí héroe nacional de la revolución castrista, algo así como un machetero permanente más, y mi abuela perdió la sonrisa para siempre.

Mi primo y yo nos pasábamos la vida en la Casita de Martí en la calle Paula, pues vivíamos en aquella época en la calle Merced. De la iglesia de la Merced salíamos y entrábamos montados en patines, armando un ruido infernal dentro de la iglesia, atormentando al párroco aunque divirtiendo a los creyentes, y de allí nos dirigíamos a ese otro templo de humildad, el recodo de la casita donde nació Martí. Yo entraba allí como en un sueño. Me fascinaba recorrer los manuscritos, estudiar la hermosa caligrafía de Martí, verla resplandecer bajo las vitrinas. Y acariciar la antigua cuna donde durmió el recién nacido muchos años antes.

Pero Martí dejó de ser el que era cuando lo transformaron en un héroe de la revolución de aquellos malhechores desvergonzados. De ser el Martí del amor pasó a ser el Martí del odio. Se fabricaron cientos de miles de bustos de Martí, todos cabezones a más no poder, y se sembraron esos bustos en cada institución revolucionaria, frente a cada Comité de la revolución castrista, en las escuelas, en las tribunas, en los círculos infantiles, hasta en los cementerios. Los toscos bustos sustituyeron los hermosos retratos del Martí adolescente, del Martí soñador, del Martí sensual, del poeta seductor de ojos avellanados. Eran unos horrendos bustos de yeso blanco que imitaban al Martí pensador de la Plaza Cívica rebautizada por los barbudos –como hicieron con casi todo- en Plaza de la Revolución.

Años más tarde, pocos años en efecto, los profesores martianos desaparecieron y en esa misma escuela aparecieron los intérpretes Makarenkos que sólo trasmitían la fobia de Martí; a cada cosa que hacías, por cada fallo, por cada trastabilleo, por cada indisciplina, te sacaban a Martí hasta en la sopa, para regañarte, para acomplejarte, para rebajarte. Martí dejó de ser amable para convertirse en un enemigo. Martí ya no era el amor, era el odio. Había que ser como el Che, y si no lo lográbamos, pues entonces nos mandaban al Coco Martí para que nos castigara y aplastara con toda su potencia. El busto en todo su peso nos caía encima y nos apelluncaba bajo su nuevo y sombrío fulgor de “estrella que ilumina y mata”.

Tuve la suerte de leer a Martí con amor, de escribir sobre Martí, el poeta, el escritor, el ensayista, el amante, antes de que empezara a fatigarme. Hubo un momento en que como a la gran mayoría de jóvenes cubanos Martí me hartó. Y eso lo he declarado en todas partes. Pese a que sabía desde niña los valores del hombre, al mismo tiempo empecé a odiar que José Julián Martí hubiera quedado únicamente para mero meruco de inodoro o deshollinador de telarañas en la servidumbre de un puñado de cochambrosos.

Martí dejó de ser el humano para convertirse en un militantón o militontón intocable, subido a un pedestal del que él mismo hubiera renegado debido a su sencillez, y del que se habría abochornado. Desde ese pedestal, impoluto, su busto cejijunto nos acusaba a todos.

De buenas a primeras, sotto voce primero, empezamos a oir que las mujeres de Martí no habían sabido comprenderlo, que Martí estaba muy por encima de ellas, nunca dijeron que Martí, como cualquier ser normal, no era fácil para vivir. Hicieron también de Martí un insoportable machista, y la poesía de amor martiana fue relegada al basurero de la historia. ¡Cuántas veces oí esa frase tan hermosa de que “Martí es un misterio que nos acompaña”! Y es cierta, pero Martí fue también y por encima de todo un hombre, no un Cristo. Resulta que tiempo después nos enteramos por un capítulo del historiador y estudioso de la obra y vida martiana Carlos Ripoll en uno de sus libros, que bien pudo haber sido el simple deseo que tuvo Martí de beber café lo que lo condujo a su muerte en Dos Ríos (lean post anterior a éste), ¿quieren anécdota más humana?

Pero ya todos conocemos de la manera en la que se enseña la historia de Cuba a los niños cubanos en esa isla totalitaria. Una historia sin libros, reescrita por los dictadores y sus esbirros, en un país donde desde hace 54 años no se edita ningún libro sobre la verdadera historia de Cuba que pueda ser estudiada de forma normal en las escuelas, como materia escolar y no como ideología. Lo sabemos porque lo vivimos.

Volví a amar a Martí cuando a solas empecé a releerlo, cuando quise volver a escribir sobre él alejada de todo y de todos. Y me di cuenta entonces que yo he sido siempre una Mujer de Martí, como lo fueron mi madre, mi abuela y mi tía, y tantas otras mujeres cubanas.

Sin embargo, el empecinamiento y empeño de hacer de Martí un santo no sólo fue impuesto por la mentalidad castrista, proviene sobre todo de la ignorancia. Es conocido que decir que Martí probó las drogas, como también lo cuenta Ripoll en el post anterior a éste, que además era un forofo del café, que para colmo se alimentaba más del vino Mariani que contenía altas dosis de cocaína que de la comida misma, y que había fumado haschis o marihuana, de lo que el mismo Martí escribió en numerosas ocasiones dejando constancia de ello (como buen romántico que se debió al Romanticismo y he probado anteriormente en este blog) está censurado, es como mínimo considerado una obscenidad de lesa tontería. Y es que con los ignorantes no se puede hacer nada, porque, de sólo haber leído cuatro o cinco frases de José Martí ya se creen conocedores de una obra que abarca más de veinte y seis tomos, si contamos escritos sueltos espulgados aquí y allá. A esos ignorantes que no permiten que se les toque a Martí ni con el pétalo de una rosa, ni con la punta de una pestaña, les digo, léanlo, sitúenlo en la verdadera dimensión en la que está Martí, en su dimensión de hombre, exiliado, viajante, corriendo de acá para allá, cultivándose, amando, preparándose para una guerra a la que lo urgieron y empujaron sus detractores. Lean a Martí, vívanlo leyéndolo, revívanlo entendiéndolo de manera entrañable y no lejana, y sin prejuicios y pruritos. No se rebajen ustedes mismos a la pequeña estatura que lo redujo la tiranía: a un insulzo hacedor de revoluciones, aburrido, insípido, seco, diluido entre los héroes de mentira y pacotilla inventados por ellos mismos. Esos que traicionaron el pensamiento martiano, y que haciéndolo renegaron del hombre y de los cubanos.

Hace tiempo, un tipejo de ellos, uno de esos secuaces, afirmaba en una entrevista que Fidel Castro podía haber sido un gánster o convertirse en José Martí, y que había elegido lo segundo. Por favor, qué clase guayaba tan grande, qué oprobio en contra del pobre Martí, quien ha sido objeto de todas las conjeturas e imbecilidades posibles por parte de necios y traidores. Fidel Castro jamás le llegará al tobillo a José Martí. Fidel Castro fue un gánster y lo siguió siendo, lo seguirá siendo hasta que deje de respirar.

Creo que es hora de que José Martí camine junto a nosotros, le tomemos de la mano, o nos la tome él a nosotros, que bailemos con él y le demos una gran vuelta de casino, y nos acompañe, no como un misterio exclusivamente, sino de forma real –los sueños también lo son en la medida en que creemos en ellos, recuerden aquello suyo: “los locos somos cuerdos”- en el breve tramo que nos queda para rehacer e imponer la verdad con honor y vergüenza.

Zoé Valdés.

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Escritora, artista.

12 Comment on “Santo José Martí de todas las Vírgenes, autor intelectual de lo humano y lo divino.

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