Napoleón el musulmán.

0111-0094_bonaparte_in_aegypten

Es conocido, Fidel Castro es un gran admirador de Napoleón Bonaparte como también lo es o fue en sus años mozos de Adolf Hitler, se decía incluso que Mi Lucha, el libro en su posesión, del dictador fascista estaba repleto de entusiastas subrayados y de acotaciones hechas a mano por el tirano caribeño. No es mi intención subrayar con esto que Napoleón puede ser situado al nivel de Hitler, y mucho menos compararlo, pero resulta curioso que un mismo personaje, un personaje tan oscuro y diabólico como Castro I, se haya declarado admirador del primero, y sin embargo, después, oportunistamente haya ocultado su ferviente simpatía por el segundo, hasta el punto de que, según se cuenta, el joven que consiguió sacar de Cuba el ejemplar de Mi Lucha, con esos subrayados y acotaciones (a los que hice referencia en mi libro La Ficción Fidel) hacia Madrid, murió de manera sospechosa en un accidente de tráfico, y el libro jamás fue encontrado en su casa tras su muerte. Por cierto, que Castro también era un ferviente admirador de Mussolini, quien contaba con una especie de guardia musulmana, como elemento para ejercer el terror, por “el miedo al moro y su crueldad”, como decía el Duce. Pero Fidel Castro es magistral en borrar las huellas de su maquiavélica obra, ¿tendré que señalar que en eso ha creado escuela y seguidores que borran lo que han dicho o dictado en el pasado sin que se les mueva una pestaña?

No es el objetivo de este artículo poner encima del mantel los borrones y cuenta nueva de Fidel Castro y de sus discípulos, sino un hecho histórico que nadie podrá negar, ni manipular, ni maquillar, ni endulzar, puesto que el mismo protagonista de los hechos lo dejó escrito de su puño y letra (o de puño y letra de sus escribidores) en su Correspondencia, y me refiero al hecho de que Napoleón Bonaparte de manera arribista, en su locura por acabar con Inglaterra en plena campaña en Egipto haya manifestado su amor y respeto al islam, o de forma “sincera” al final de su vida en Sainte-Hélène se le haya aparecido Alá y su creencia y conversión religiosa hayan sido de las más auténticas y sentidas que un Emperador –que no ya un hombre normal- haya experimentado.

Hagamos un somero repaso a la historia y perdonen que me extienda. La popularidad de Napoleón Bonaparte creció profusamente tras la campaña en Italia de 1798 al 97. El joven general se creció adorado e idolatrado por el espíritu clamoroso de las masas, pero como no era idiota enseguida supo que debía salvarse de semejante fanatismo que podía estropearle sus planes verdaderos. De tal modo se alejó de los políticos y de su enrevesado mundo y decidió aliarse la simpatía de los artistas, sabios y de los escritores y pintores como Bernardin de Saint-Pierre y David, el más rastrero de todos, aunque gran academicista. Cualquier parecido con el tirano del Caribe no es pura coincidencia.

Para nadie constituía un secreto que a Bonaparte le interesaba Egipto lo que podía interesarle una isla en el Caribe, por lo cual con estos escritores y artistas intentó beneficiarse de la información que necesitaba, de la cultura, y de las estrategias que debía seguir según los modos de vidas, creencias, cultura, etc de aquel país.

Egipto vivía bajo el mandato soberano turco, constituido por los señores feudales, llamados mameloucks. Para Napoleón conquistar Egipto significaba exclusivamente acabar con el poderío de Inglaterra ejerciendo así una amenaza real en la Ruta de las Indias. La ambición de conquistar el Oriente Medio, como Alejandro Magno (Alejandro, cualquier parecido con el nombre de guerrillero del tirano del Caribe, no es pura coincidencia), lo ponía eufórico, fuera de sí. A través de esa conquista se vengaría de las colonias que Inglaterra les había arrebatado, y como que no poseía el arsenal material para invadir directamente a Inglaterra, y además, también se habrá dicho  egóticamente que una conquista en Oriente Medio, sobre todo de Egipto, exaltaría su grandeza, en lo que por encima de todo estaba muy ocupado y preocupado el más Napoleón que Bonaparte.

Planteó su propósito a Paul Barras, y este, por supuesto, al principio se opone, por una razón muy cuerda, desorientar 40 mil hombres hacia el Nilo significaría debilitar la armada. Pero Napoleón era un obcecado (tal como Quién Tú Sabes) y eso le importaba un comino. Para colmo, Barras señala no sin razón que Egipto pertenecía a los turcos, y que Francia mantenía relaciones cordiales y pacíficas con Turquía. Pero a Napoleón le entró un ataque sulfuroso y replicó que la Armada era lo suficientemente fuerte para resistir, y que por el contrario, lo que entrentendrá y ocupará más bien a Inglaterra será la Ruta de las Indias (lo que perdería y la perdería), y que Turquía no puede ejercer ninguna autoridad nominal sobre el hermoso país de las pirámides.

Tayllerand, seguramente mucho más atento a su amante de la rue Saint-Florentin, y por lo tanto tan obnubilado como para aprobar el proyecto napoleónico, autorizó de inmediato al general a que metiera caña lo más rápido que él lo deseara. En breve tiempo y en el más increíble de los secretos, Napoleón embarcó en el navío almirante L’Orient.

No me voy a detener en la expedición, que más parecía una imponente carroza de carnaval, con la correspondiente comparsa de 13 embarcaciones de alineamiento, 14 fragatas, 300 baterías de transporte, 35 mil hombres y 2 mil piezas de artillería, más una cohorte de sabios, agrónomos, artistas y escritores, con parada en la isla de Malta, con tal de evitar, vaya valentía la del militar devenido Emperador, a la flota inglesa de Nelson.

A su llegada, de manera apresurada, y sin artillería que lo secunde, por aquel momento, desembarca con las tropas de tierra, ataca y toma Egipto. El 2 de julio hizo su primer discurso, ya conocemos su pasión por los discursos, como Quién Tú Sabes. Pero no voy a relatar lo que tan magistralmente ha sido narrado ya por otros, pues no me considero una experta en la materia, aunque desde luego Napoleón me interesa y me ha interesado como a cualquiera que ha vivido después de más de veinte años en Francia, no tanto por su grandeza, como por su ambigüedad, por su oportunismo, por su crueldad con Josefina y con su hermano Luciano, de quienes se aprovechó hasta que los exprimió y los botó cuando ya no les sirvieron más para sus fines.

El caso es que aquí tienen las confesiones de Napoleón en su primer discurso a los egipcios:

“Se dirá que yo vengo a destruir vuestra religión: no lo crean; respondan que vengo a restituiros vuestros derechos a castigar a los usurpadores, y que respeto más que los Mameloucks”.

De ahí, Napoleón se larga al desierto, a hacer su histórica caminata, donde ya sabemos que soltó esa frase histórica tan melodramática: “Soldados, imaginen que, desde lo alto de esas pirámides más de cuarenta siglos os contemplan”.

Por supuesto, ni corta ni perezosa Turquía le declara la guerra a Francia el 9 de septiembre de 1798. O sea que su objetivo primordial, el de cortarle el paso a la Inglaterra en la Ruta de las Indias se transformó, por un mero capricho personal, en una guerra de Turquía contra Francia, con sus aliados correspondientes también en contra de Francia. El fanatismo asesina a diestra y siniestra a trescientos franceses.

Pero ese viaje, esas batallas, lo intrigaron más allá de lo improbable, y lo sumieron al parecer en un transe inextricable, imbuido por la tradición musulmana, lo hechizaron las continuas llamadas a los rezos y hasta las enseñanzas coránicas. Esto se ha visto por algunos expertos como un acto oportunista para acercarse a los egipcios, y otros por el contrario lo han analizado como una actitud de real fervor religioso frente a la figura de Mohammed.

Lo cierto es que en una carta del 28 de agosto de 1798 se confía al jeque El-Messiri: “El General Kleber me rinde cuenta de su conducta y estoy satisfecho… Espero que no tarde el momento en el que yo pueda reunir a todos los hombres sabios e instruidos del país, y establecer un régimen uniforme, fundado sobre los principios de L’Al-Coran, que son los únicos verdaderos y que pueden ser los únicos que hagan felices a los hombres” (Carta al Cheikh El-Messiri (11 fructidor an VI), Correspondance de Napoléon Ier, Napoléon Bonaparte, éd. H. Plon, 1861, t. 4, partie Pièce N° 3148, p. 420).

Una serie de frases transformadas más tarde en el siguiente párrafo que se difunde en publicaciones de todo tipo con el propósito que se imaginarán: “… No hay más dioses que Dios y Muhammad es su Profeta. Este es el cimiento de la religión del Islam y este es el punto esencial. Yo soy musulmán unitario y glorifico al profeta del Islam (…) Espero que pronto pueda reunir a todos los hombres sabios e instruidos de Francia para establecer un régimen uniforme basado en los principios del Corán, pues son los únicos que pueden traer felicidad a la humanidad. La gente aprenderá y será inteligente. Es más, se familiarizarán con la lógica y el razonamiento. Abandonarán los ídolos. Los rituales que fundamentan el politeísmo y reconocerán que no hay más Dios que Allah. Consecuentemente espero el momento no lejano en que el Islam predominará en el mundo… pues sin duda alguna lo dominará”.

Mucho más tarde, y ya al final de su vida, en Sainte-Hélène, Bonaparte transformado ya desde hace rato en Napoleón Iro, analiza las diferentes religiones, tras adoptar una actitud bastante belicosa frente al Papa Pío VII: “La religión cristiana es la de un pueblo muy civilizado. Ella educó al hombre; proclama la superioridad del espíritu sobre la materia, del alma sobre el cuerpo; ella nació en las escuelas griegas; ella es el triunfo de Sócrates, de Platón, de Arístide, por encima de los Flaminius, de los Escipiones, los Paul-Émile…”, dictará Napoléon al Général Bertrand à Saint-Hélène… (Campañas de Egypte et de Syrie 1798-1799, cartas dictadas por él mismo en Saint-Hélène al Gral Bertrand, Napoléon Bonaparte, éd. Comon et cie, 1847, t. 1, Affaires religieuses, p. 206).

En Grandes personalidades del mundo opinan sobre el islam de Yusuf Fernández leemos: “La existencia y unidad de Dios, que Musa (Moisés) anunció a su pueblo y Jesús a su comunidad, fue proclamada posteriormente por Muhammad al mundo. Arabia se había convertido en un país de idólatras. Seis siglos después de Jesús, Muhammad concienció a los árabes acerca de la existencia de Dios, tal y como otros profetas como Ibrahim (Abraham), Ismail (Ismael), Musa (Moisés) e Isa (Jesús) habían hecho antes que él con otros pueblos. La paz en el Este había sido perturbada por los arrianos –los cristianos que seguían la doctrina unitaria de Arrio- y por los herejes que habían estado esforzándose para difundir, en nombre de la religión, un credo ininteligible que está basado en la Trinidad –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- (con estas palabras se refería Napoleón al catolicismo). Muhammad guió a los árabes al camino recto, les enseñó que Dios es Uno, que no tiene padre ni hijo, y que adorar a varios dioses era una costumbre absurda, que supone una continuación de la idolatría”. Habría que señalar que en el acercamiento al Islam de Napoleón influyó en efecto el rechazo que sentía hacia la religión católica y a algunos de sus dogmas más notorios, como el de la Trinidad.” Del mismo modo que la masonería estuvo por mucho en la invasión a Egipto por el simple hecho de que algunos de sus generales masones ¡anhelaban viajar a Egipto!

“Napoleón fue mucho más allá de una simple  declaración de simpatía hacia el Islam. Así por ejemplo, Napoleón declaró que la Ley Islámica o Shariah era superior a la ley europea de la época y manifestó su deseo de aplicarla en Europa. De hecho, Napoleón incluyó partes de la Shariah dentro del Código Civil napoleónico -que pasó a ser posteriormente un modelo para los códigos de muchos otros países europeos, incluyendo el español- y de las leyes penales francesas. Cabe señalar, según destaca el propio Pidcock, que cuando la Justicia francesa acusó a los fotógrafos que seguían al coche en que falleció la princesa Diana de Inglaterra y su acompañante, Dodi al Fayed, lo hizo utilizando para ello una parte antigua de la Jurisprudencia francesa, que inculpa a quien “no preste ayuda en el escenario de un accidente”. Esta norma está tomada de la Jurisprudencia del Imam Malik, el fundador de la Escuela Maliki, una de las cuatro del Islam sunní.”

En La Jonquiere, vol 2, p 102. (André Raymond, Egyptiens et francais au Caire 1798-1801 (notas de Tom Reiss en su extraordinario libro The Black Count. Glory, Revolution , Betrayal and the Real Count of Monte Cristo pueden leer: “In French, the proclamation read: ‘Tell the people that the French are…are true friends of the muslims! Tge proof is that they have been to Rome and have destroyed the throne of the Pope, who always incited the Christians to make war on muslims’. El autor asegura que en la campaña de Egipto, Napoleón consideró la propuesta de los Mamelouks de que se rendirían si los invasores franceses se convirtieran al Islam.

Si bien Napoleón fue capaz de afirmar que: “Creo que adoptaré el Islam como mi religión”. Como el buen oportunista que era coqueteó con el catolicismo, como podrán leer aquí. Pero ¿era Napoleón un hombre al que le interesara la religión, cualquiera que sea, por considerarse un creyente, un hombre de fe? De ninguna manera. Al final de su vida dijo aquello de: « Muero en la religión apostólica y romana en cuyo seno he nacido ». Una frase que seguramente tendrá a bien repetir la Maraca Guerrillera antes del último estertor.

Por supuesto, no han tardado los islamistas en hacer ver que Napoleón fue ante todo un musulmán, y en usarlo para sus fines de proselitismo religioso. Pero quién único dio pie a ello ha sido el propio General con su manía de grandeza, oportunista hasta la médula quien, primero en sus sueños y luego en la realidad, se coronó a sí mismo en Emperador, sin que nadie se lo reclamase, como no fuera la sarta de secuaces indolentes y tan oportunistas  o más que él, ávidos de fama histórica -hoy se llamaría mediática-, que lo secundaba.

Zoé Valdés.

batalla_ante_las_piramides_1252x970

About these ads