Mi resumen de los Oscar.

Encendí la televisión unos minutos antes que empezaran los artistas a desfilar por la alfombra roja y la apagué a las seis de la mañana, hora europea.

Creo que ha sido una de las mejores presentaciones de los Oscar que he visto. Los trajes impecables, el maquillaje soberbio, las escuetas y precisas entrevistas estupendas.

El presentador estuvo fenomenal, preciso en su actuación, no se excedió en los chistes y no tuvo que recurrir a ningún pujo ni elemento exterior para sostener su prestación, tampoco usó la política para rompernos el ensueño. Los números musicales a la medida de ese gran Hollywood. Me agradó mucho ver cantar a Anne Hathaway, que se llevó el Oscar a la mejor actriz secundaria, y al ya reconocidísimo Hugh Jackman. Muy merecido el Oscar a Hathaway. Aunque yo tengo una debilidad por Helen Hunt.

Oír nuevamente interpretar Memory a Barbra Streissand en un susurro melodioso, con un sentimiento compacto, fue un regalo de los ángeles.

Y una exquisita maravilla rencontrar a esa Gran Dama de la canción Shirley Bassey que no tiene que enseñar muslos como Beyoncé para demostrar que es una auténtica “monstrua”. Lo mismo de Norah Jones y su placidez jazzística, además de Jennifer Hudson con ese magnífico juego de puñales que posee en la garganta. Adele mostró su soberbio talento de autora (co-autora en este caso); la canción de Skyfall que se llevó el Oscar es una pequeña obra maestra, y ella la interpretó con una modestia admirable. Fue uno de los momentos que más disfruté, pese a los dos comentaristas franceses que me los tengo que sonar cada año, y cuya arrogancia ya es inaguantable, que tuvieron la indelicadeza de mofarse de la cantante. Ya quisieran ellos por un día de fiesta tener unos Cesar a la altura de los Oscar, y sobre todo contar con una cantante con el chorro de talento y de voz que tiene la inglesa. Catherine Zeta-Jones también cantó y bailó en un magnífico número de recordatorio  dedicado a los diez años de Chicago.

La verdad es que no tengo mucho que objetar de los premios, la mayoría muy justos. Salvo el de la mejor interpretación femenina, la joven Jennifer Lawrence es excelente actriz, nadie lo duda, pero se queda corta frente a la inmensa actuación de Emmanuelle Riva en Amour. Iba, sin embargo Lawrence, elegantísima con un vestido Dior, y ¡ay! tuvo un percance. Christian Dior decía que con sus vestidos ninguna mujer podía caerse, porque sus vestidos estaban diseñados para que la mujer emprendiera vuelo. En efecto, la cola del vestido de la talentosa premiada parecía una nube, flotaba la seda vaporosa alrededor de sus pies, dando la sensación de que ella se desplazaba levitando dentro del vestido. Pese a la gracia de Dior, al subir las escaleras la actriz se cayó. Sospecho que por culpa de los zapatos. Casi todas calzaban esos horrendos Jimmy Choo, que en lugar de calzado parecen garrotes se vidrio, de “mírame y no me toques”, con unos tacones incómodos y perjudicones para las que no poseen las piernas contundentes. No hay nada como unos Manolos Blahnick.

Emocionante escuchar a Daniel Day-Lewis recogiendo su tercer Oscar, con una sencillez intensa y muy medida, la del actor que sabe que se ha despojado de sus prendas individuales para vestirse con las del personaje que encarna. Nadie lo hizo mejor que él, no ha habido un Lincoln mejor estructurado, mejor resucitado, mejor homenajeado.

Finalmente subió a la escena Jack Nicholson, y desde una pantalla donde se proyectaba la imagen recogida por unas cámaras instaladas en la Casa Blanca, Michelle Obama entregó el Oscar a la Mejor Película. Ni en los tiempos de Ronald Reagan, actor en la pantalla y gran político en la escena nacional e internacional, se vio algo parecido. La politización del cierre de los Oscar fue algo deplorable, pura cursilería politiquera. Consiguió que hoy en los periódicos se olvidara el esfuerzo de tantos artistas, profesionales del espectáculo, para que se hablara solamente de una presencia que era la única que sobraba.

Según me dicen, no lo he visto, un gran documental ganó el Oscar: Searching for Sugar Man.

Para los que conocemos el esfuerzo que representa un show como el que nos brindaron ayer, pese a la Caja Idiota, de cualquier modo, ganó el arte, el séptimo arte.

Zoé Valdés.

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