Como cada año ayer me puse a ver Eurovisión en la Caja Idiota (la tele), no es ninguna tortura asumida, aunque algunos lo piensen. Veo Eurovisión como un programa cómico, para ejercitar eso que los cubanos llamamos “cortar leva”. La edición de este año no estuvo menos que las anteriores, porque no me dirán que es para revolcarse de la risa todos esos decorados rimbombantes de ciencia ficción, y las luces saltarinas, y esas ganas que tienen los seres humalos (no es error de tecleado, cito a Cuenca) de ser cada vez peores y más ridículos.
No hay nada como camuflar la falta de originalidad y talento detrás de unos rayos que salen de no sé donde, unos lamparazos que como mínimo dan ataques epilépticos, aderezados con unos movimientos ondulantes de extraterrestre. Si usted quiere expulsar una piedra del riñón divirtiéndose viendo Eurivisión, cómprese una caja de láguers y póngase a ver el dichoso programita. Entre una canción y otra irá a mear, y a pujar, muerto de la risa.
Ayer ganó una marciana, digo, una sueca, que es casi lo mismo, por como iba ella de extrañita. Mis amigos suecos me lo perdonarán. La chica tiene buena voz, pero la desperdició en una canción que no dice nada de nada verdaderamente emocionante, es un compendio de palabras que se agolpan, nada que pueda ser interpretado como se interpretan las canciones, desde lo más profundo del alma. Vestida de oscuro bien prieto, pelo negro con un cerquillo que le salía desde el centro del güiro, haciendo alarde de una danza de “manga”, así y todo la sueca se impuso. Hubo interpretaciones mejores que la suya, pero al parecer gustó el lado “manga” del tema o la cosa tan tétrica de lo rebuscado y recolocado.
Llevo años fijándome en lo de la música actual, así que observo como quién no quiere la cosa, muy como mirando por encima de la coqueta, a la captura de una canción que me llegue hondo, y nada, siempre vuelvo a los mismos, a los clásicos, o a algunos que pegan cuando sacan pecho y dolor del hondo y fuerte, vaya, del que cuando todavía la gente sabía lo que era cantar y lo apreciaba. Y es que todo se ha convertido en un pelo que se mueve p’allá, un culo que se para p’acá, una teta que se sale del escote, una escenografía palleteada, rimbombante y rocambolesca, la caderita levantada de un lado y de otro para hacer “árabe”, el chorro de agua, ah, y para colmo, ayer hubo también gimnastas. Pero canciones directamente salidas del alma, ninguna o muy pocas. Y coreografía por gusto hasta para suspirar.
Bueno, anoche en Eurovisión vimos una, la intepretada por Pastora Soler, y quedó en el décimo lugar. Ese fue mi premio.
Todo lo demás es basura, todo reducido al país éste que vota al vecino, el vecino que vota al que lo votó, los que se entienden entre ellos porque el idioma tiene que ver, los que estuvieron en guerra pero ahora ya no lo están. Nada que esté en relación directa con el verdadero arte de la canción. Eso sí, mucho de politiquería, negocito de socios, de pangas, de panitas, pero en ruso, lituano, estoniano (por cierto, él joven estoniano no estuvo nada mal, aunque se hallaba demasiado concentrado en su propia fama, es muy célebre en su país).
Lo de Rusia es que daba grima. Me levanté a hacer pipí como cinco veces durante la canción. Esas abuelitas tan simpáticas para algunos a mí me cayeron como una bomba. Y es que Eurovisión premia la calidad de una canción, la voz, la interpretación, o al menos así era hace años, ya no. La canción de las abuelas era pésima, como la de la francesa, que es lo más alejado que podemos imaginar de lo que fue la chanson française. La de Rumanía lo único que tenía de simpático era el nombre del grupo: Mandinga, sin embargo la canción era un sin sentido de ritmos, frases del argot cubano (los músicos lo eran) que yo adoro pero en literatura y no en batido de folclor, como: “Vamo’allá, vamo p’acá, mi negrito, arriba…” Y así ad infinitum, todo eso cantado por una mujer que mientras se movía (a aquello no se le podía denominar baile) se empeñaba en pelearse con sus propias caderas, y en divorciarse de sus hombros.
La verdad es que al final ya yo no aguantaba más, estaba con la vejiga al reventar de la carcajada, y sin beberme un láguer, pero cuando ya si mi impaciencia llegó al límite, el nec plus ultra, fue cuando los dos clones irlandeses enfundados en una armadura dorada recién pulida se metieron una ducha en medio de su canción. ¡De huye que te coge el guao!
No ganó la mejor, Pastora Soler y su Quédate conmigo, interpretada con gran sobriedad, profesionalidad y emoción, es lo que siempre ocurre de un tiempo a esta parte en Euromicción, gana todo lo contrario, o casi.
Además, no sé por qué todos los locutores son siempre gays, gays no, unas locas enfáticas que no paran de hacer muecas, tantas que se parecen más a La Máscara que a Georges Clooney, o al menos es lo que ellos han hecho ostensible hasta ahora, que lo gay es monería. ¿Son las chicas igualmente lesbianas? Porque no se nota. Todas van de putón. Me gustaría que el año próximo ambos presentadores fueran bisexuales.
Zoé Valdés.
