Viaje y llegada a la 30ème Feria del Libro de Brive-La Gaillarde.

Hicimos un viaje muy cómodo en el Tren de los Escritores (un tren lleno de escritores), hacia Brive-La Gaillarde, donde se celebra el 30ème Aniversario de esta feria. Esta vez nos mimaron mucho en el tren, con un desayuno en el andén con mesas y manteles, y más tarde un almuerzo durante el viaje, con un menú típicamente francés, de primera. Como aperitivo nos dieron: Toda una destilería de Terres Rouges – Salers, y de amuses-bouches con productos regionales. Como entrante: Medallones de fois-gràs de pato medio cocinado, parmentier de pato en canasta, crema de higos y trocitos de higos frescos. Como plato fuerte: Rollo de ternera real, enrollada con hígado de oca, arroz con trufas, y cepas y zanahorias salteadas en aceite de oliva. Ensalada con almendras y queso Rocamadour. Postre: Crumble de manzana, con nueces acarameladas, y confitura de albaricoque. Café, cognac La Vieille Prune Louis Roques de Souilac. El vino blanco que roceó este festín fue Montravel, Château Moulin Caresse, y el vino rojo fue un Bourgogne Cru Classé, y Chauvenet Pinot Noir.

Al llegar al andén de Brive-La Gallarde nos recibieron con tapiz rojo desde el tren hasta la ciudad.

Regreso a la Isla Cementerio. (3ra parte y fin). Poema. Por Lázaro Cuba.

Durante el regreso de Florida, nuevas visiones de la Cuba actual. Hay una oleada timbirichera, donde se aparenta vender de todo pero la calidad lo contradice.

En la parada de Jiguaní, (frente de una paladar de amistades de los choferes), ofrecían variados platos y bebidas. Un baño para hombres y mujeres y un comensal lavándose la boca en un fregadero, nos desanimó. La miseria se ha extendido a las buenas costumbres. El trapicheo igual o peor que en la ida. Llegamos a la terminal con casi dos horas de retraso. !Ni un Cubataxi ! y otra vez el enjambre de taxistas, esta vez los azoré. En las afueras de la terminal, alquilé a un señor mayor que me pareció decente. La educación se está haciendo endémica. En el camino me contó cómo los taxistas en el turno de noche sobornan al jefe de turno de la piquera de la terminal para que les reporte las carreras que le exigen. Todo es un engranaje de pago por conveniencias, la corrupción ha tomado tanta fuerza que ” los arreglos ” se hacen mecánicamente.

El último día fue familiar.Nos encaramamos en un almendrón en la Avenida de Boyeros hasta la calle Bruzón en Ayestarán donde vive parte de mi familia. Era un auto viejo con una extensión. Se modifican buscando más capacidad sin importarle cómo viajan los usuarios. Hay un descarnado afán por el dinero. El egoísmo se ha entronizado. Las personas no hablan ya entre sí, están como robotizado. La alegría si no ha muerto, ha cambiado su rostro.

La catedral con artesanos oficialistas en su interior.Vendiendo imágenes, rosarios, estampillas, muy poca iluminación y un sombrío ambiente. Afuera, algunas señoras con disfraces de negras vendedoras, todas pintorreteadas tratando de halarte: hay cartománticas, vendedoras de maní, de flores. Siempre algunos turistas y sus fotos correspondientes, mesas con sombrillas descoloridas y un perro calor. En la esquina del Patio aparecieron las ofertas. Ahora los dueños de las paladares han tomado las calles, con los menú y vestimenta gastronómica te ofrecen de todo, desde langosta hasta pollo a la gordon blue. Fui por curiosear al Rincón de Pancho, una salita pequeña con cuatro mesas, mesas muy pulcras y una decoración sencilla y elegante. Tomamos jugos naturales para ayudarlo, muy buenos por cierto.

No podía faltar la bodeguita, es una tradición como el café Du Monde en New Orleans. Afuera todo tipo de personaje luchando por la subsistencia. La Habana es una enorme selva. Una bulla ensordecedora, tres grupos musicales entre los dos pisos, cantan casi encima de la mesa, ya no hay espacio ni para las firmas. Cuando algo auténtico se convierte en negocio se degrada. Mi primo la llama la Bodeguita del Kilo. Pero todavía sigue atestada de turistas.

Caminar por Obispo es entrar a un campo de batallas. !Ni en New York he visto tanto aglomeramiento! Vendedores de todo tipo, periódicos, discos, artesanía, turistas, mendigos, empleados de restaurantes que salen a buscar clientes, policías al acecho y al negocio, parece como si existiera esa única calle. Hay boutiques, bares con grupos musicales con la música estridente martillando una gastada melodía, frente al Ministerio de Educación subimos a comer una ligera merienda. Bello lugar, con aire acondicionado en una parte cerrada del segundo piso y baños limpios, sí, baños limpios.

Un sólo restaurant auténticamente chino en el China Town de Galiano y Zanja, es al final. Se llama el bien y el mal, creo que se escribe Tieng Tang o algo así. Su chef es chino. Con aire acondicionado en el segundo piso y el decorado traído de China. La dueña viaja con permiso y trae todo el staff para su negocio que corre muy bien. Excelente comida y servicio. Era la primera vez en cinco días que olvidamos dónde estábamos. Al siguiente día de nuevo aeropuerto que tú conoces : gritería, molotes, los hombres especulando con su cristal mañanera. El vuelo era para las doce y debíamos estar tres horas antes para los chequeos rutinarios. Pasar por la Aduana cubana es como transitar por un campo minado. He visto gente abominable y pedante pero estos son escogidos. Forma parte del tratamiento psicológico de la Tiranía. Envían señales constantemente: allí ellos mandan, no importa nacionalidad, ciudadanía, clase o cultura. Están entrenados para aterrorizar. Una brigada de avispas descendieron de un moderno Van Toyota con cristales calobares, empujando a diestra y siniestra hasta que se abrieron paso. Desapareció la molotera. Creo que se han adaptado a la humillación y la fuerza, como mismo se han adaptado a pedir, con la excusa que falta de todo, pero todos empacotillados hasta el cuello anunciando la vanidad de tener al lado un comunitario.

Cuando el Delta despegó después de una hora y media de retrazo por la búsqueda de alguien con dos menores, mi esposa y yo sentimos un descomunal alivio. La Isla es un gigante moridero. Aparte de los crímenes, hay que juzgar al Tirano y a la Tirana por haber asesinado una idiosincracia.

FIN.

AUSENCIA.

A mi madre.

Cuando llegue mayo
y se agigante la distancia de tu muerte en este octubre,
cómo voy a recordarte
si el dolor tomó otra dimensión
y se quedó en mi carne.

Cuando mis amigos lleven flores y chocolate a sus seres más queridos
y me vean mirándome las manos
con mi visión clavada en la tierra porque el hogar se nos habrá quebrado
y los poemas de la carne y de los ojos
sean viejas fotos.

Para el jardín una promesa de rosas casi negras
y ramos de albahaca. El ángel te mirará soñando.
Tu pañuelo largo como tu pelo
y tus sandalias Brown
serán los compañeros
de tu viaje.

Ay, qué cuchillo rudo en mi memoria
entre risas de niños.
Memorias con manteles de oro y sombra
cerrados como tus ojos.

Cómo será la fuga de mí mismo
de mis visiones como corrí
a ser hombre
con tu pan y tu mimo.

Colocaré la cena,
la servilleta bordada, los platos blancos,
sentarme con tu ausencia
frente a mi nostalgia
y empezar a hablarnos
como si no fuera
mayo.

Lázaro Cuba.

Nota: Estos textos no deben ser reproducidos sin la autorización de su autor, que tan amablemente los ha publicado en este blog. En caso de que el post sea linkeado se agradece que la fuente sea citada. Gracias.

Regreso a la isla cementerio. Por Lázaro Cuba.

Volé en charter Sky y regresé en un Delta junto a mi esposa, ya pueden medir la diferencia de confort. El tiempo, como nunca, brillante sol y cúmulos de nubes.

Fuimos unos de los primeros en descender. Para sorpresa mía no habían perros con militares esta vez. Al pasar la primera puerta, la primera proposición : ” Señor, podemos ayudarlos a sacarle el equipaje y pasarlos delante “- No gracias,vengo todos los meses y puedo esperar-. Mentí. Hacía años y años de mi última vista. Mentir es el onceno mandamiento en esa isla maldecida. ¿ El costo? La última maleta. Pero no les pagué ni un kilo prieto.

Pintaron el aeropuerto de verde y amarillo, parece una jaula de cotorra. Una manada de taxistas te acechan, saben que tu llevas ” el fula”, pero me moví en un viejo Moskovich de mi familia, para colmo azul también. Fueron cuarenta y dos minutos de vuelo, a las cinco y cuarenta y cinco tocamos suelo. Abracé a mis familiares a las siete y veinte p.m. Perdí casi un día de los cincos programados entre la espera en Miami y la salida del Martí.

Apenas hay luces. Nuestro recorrido incomodísimo, entre maletas y familiares. Les dije adiós a los taxistas chivatones del aeropuerto. En mi regreso, el pasado sábado, supe por el chofer de Cubataxi, que ellos mandan a ” matar ‘ a cualquiera que no sea de la base de taxi del aeropuerto.
El martes, muy temprano en el cementerio, mi madre falleció y no pude verla a tiempo. No había pagado la última prorroga del pasaporte cubano. Ese (des)gobierno te vende el pasaporte carísimo por seis años y luego tienes que actualizarlo cada dos años. Para viajar tienes que tener los dos sellos de prórrogas, dinero que te roban ” a la cara “. Tengo pasaporte americano, pagué setenta dólares x diez años sin pagos extras, por el cubano: cuatrocientos setenta y dos sellos de prórrogas de doscientos setenta cada uno, les dejo de tarea: calcular la diferencia.

Las flores marchitas como el rostro de la gente. Hiede mucho dentro del cementerio casi amarillo por una cal alterada o vencida. Hay guardianes y cámaras en la puerta de salida. Revisan todos los carros, papeles y maletero. El taxista me informa de los robos contínuos de huesos para “obras”. La santería en Cuba es una fe robada que viste de blanco. Mi esposa asustada. Luego, hacia Alta Habana y Cojimar. Cuadré con el chofer de Cubataxi para estos viajes en peso cubano durante el regreso, el tipo no era abusador. Todo el recorrido en 240 pesos cubanos, casi nueve C.U.C ( cien dólares = 87 C.U.C ).

La Terraza, como siempre, rodeada de ómnibus de turismo con turistas programados pero buena comida. Cara por supuesto. Son lugares vedados para los cubanos de allá que no podrán pagar ochenta C.U.C en una cena , aunque quieran. Ahora la propina es obligatoria y te la incluyen en el cheque, otro descaro más. El mecanismo de vaciarte los bolsillos es un vacum conectado todo el tiempo. Caminamos por el malecón de Cojimar de muros azules. Ahora tienen fijación con ese color. El mar estaba picado por el tiempo, apareció la lluvia y los zapatos blancos lloraban. Saludos a viejos amigos, fotos y breves recordatorios. Este pueblo siempre me ha parecido muy triste. Todavía intacta la plazoleta del busto que Boada le hizo a Hemingway en vida, frente al castillo donde los guardafronteras te miran con envidia. Nos refugiamos en un portal de la calle Real, mientras el agua corría a llenar los huecos de las desfaltadas calles arrastrando todos los desperdicios. Pensé mucho en América. Nunca me he ahogado de nostalgia… (continuará)

Nota: Este post no debe ser reproducido sin la autorización de su autor, quien tan amablemente me lo ha enviado. Se ruega citar la fuente si es linkeado por otro sitio. Gracias.

En la Casa Museo Juan Ramón Jiménez, en Palos de Moguer, Huelva.

En noviembre de 1992, el Festival de Huelva me invitó a dar una conferencia sobre Literatura y Cine, allí me encontré con mi amiga Enaida Unzueta, que viajó desde Tenerife. Yo estaba embarazada de seis meses. Allí también conocí al cineasta Roberto Fandiño.

Enaida alquiló un automóvil (máquina o carro, como decimos en Cuba) y fuimos hasta la Casa Museo de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí que yo quería visitar en Palos de Moguer, fue un viaje inolvidable. En algunas de las fotos aparecemos con la estatua en bronce de Platero (Platero y yo).

Platero y yo. Foto Enaida Unzueta

Platero y Ena. Foto mía.

Ena y yo en el bar Eusebio a pocos pasos de la Casa de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí

Video de la Casa de JRJ y ZC:

En el tren.

Escribo en el tren, no hay nada que disfrute más que escribir en el tren, levanto un momento los ojos y el paisaje me devora. Yo lo inundo. Tengo que hacer profunda abstracción para que no me maten los olores. Sin darme cuenta dejé atrás la frontera de Francia con Suiza. Hasta hace poco apenas disfrutaba del viaje, a la espera de que apareciera la frontera, ¡no quería perdérmela por nada del mundo! Pero las fronteras han devenido espejismos, apenas un parpadeo, y ya nos cobija otro idioma, o el mismo, con acentos melodiosos, espléndidos, o furtivos.

Morges. Lausanne. En Suiza.

Morges es una pequeña ciudad de Suiza, muy hermosa y tranquila, con un lago maravilloso. Les aseguro que es riquísimo bañarse en esos lagos suizos; en verano, claro.

Cena con amigas, junto al lago, comimos pescaditos de sus aguas:

Paseo y reposo en Lausanne:

Adoro Suiza, ¿quién no? Lean también la serie de Tania Quintero sobre su exilio en Suiza.

El gran regalo de Mauricio Vicent a Fidel Castro en El País. Por Juan Abreu.

Fragmento:

“Busco. Clic clic. Una página de publicidad en El País cuesta, un domingo, día del bodrio sobre Baracoa, alrededor de 48.000 euros. Y una doble página en colores 111.920 euros. En el artículo de propaganda turística gratuita publicado por el corresponsal perpetuo de El País en Cuba hay dos dobles páginas a color. Y una página impar a color: 63.710 euros. Y tres medias páginas a color: 32.260 euros cada una.

Diez páginas.

No me dirán que no es un soberbio regalo de cumpleaños. Larga vida Comandante. ¡Viva Fidel!”

El artículo completo en Emanaciones.

Mensaje de Luisa Mesa.

La lectora y comentarista de este blog Luisa Mesa me ha trasmitido un mensaje para todas las personas que se han inquietado por su salud, lo que ella agradece profundamente. Como se trata de una persona mayor y enferma ya no podrá más compartir con nosotros, lo que siente mucho, y yo particularmente también. Debido a las condiciones en las que se encuentra deberá trasladarse con sus hijos a California.

Les envía a todos abrazos calurosos, besos, y un agradecimiento a todos por igual. Creo que todos la extrañaremos mucho.

Zoé Valdés.

El chileno chiflado.

EL CHILENO CHIFLADO.

Soy chileno, aclaro que en plenas facultades mentales, verán por qué. Viajo bastante por el mundo, trabajo como consultor en varias ONG’s, no especificaré nada más.

En los años setenta, un tiempo después del golpe de estado en Chile estuve en Cuba. Yo era un joven idealista y aunque en los dos meses que me quedé a vivir en el reparto de Alamar pude comprobar que no todo iba tal como nos contaban en la isla, aquello no era precisamente el mundo que yo había soñado, pero los cubanos, su respeto, su afecto, su educación y su cultura acabaron por hacerme creer que yo era uno más de ellos, mucho más, que yo era un hermano en cada hogar cubano. En cada sitio que visitaba me recibían como a un héroe, y gritaban consignas a favor de Allende y en contra de Pinochet, me abrazaban, lloraban conmigo, me regalaban cartuchos de azúcar porque se decía que en Chile faltaba el azúcar; incluso los cubanos, en aquel momento se afirmaba que “voluntariamente” enviaron parte de su cuota de suministros, la que recibían por la libreta de racionamiento, a los chilenos (antes del golpe, claro), luego supe que ese gesto había sido una medida impuesta por el gobierno castrista. Viví en Cuba a cuerpo de rey, no puedo negarlo, y estaré agradecido toda la vida de las personas que se comportaron conmigo como mi familia.

Aunque me fui de Cuba con la certeza de que el socialismo cubano no marchaba (en aquel momento era comunismo puro y duro, con los soviéticos ocupando la isla), viajé a Europa con la certeza de que los cubanos eran seres de otro mundo: solidarios, luminosos, alegres, desinteresados, y dadores de lo poco que tenían.

Hace un par de semanas mi trabajo me condujo de nuevo a viajar a Cuba, no puedo dar detalles porque el objetivo de mi investigación no se ha cumplido y debo ser discreto, pero les aseguro que fui con toda la intención de devolver a ese pueblo lo que ellos me dieron a mí cuando en los años setenta estuve buscando refugio.

Les aseguro que lo que me encontré allí no puedo todavía hoy, a la hora de escribir esto, no ya descifrarlo, ni siquiera entenderlo para explicarlo a mis colegas. Tal vez entre cubanos me entiendan, y por eso, porque en este blog participan muchos no cubanos, decidí publicar aquí mis impresiones.

A la diferencia de otros colegas, no acostumbro a tomar contacto con exiliados de un país antes de visitarlo, prefiero llegar tal como llego a cualquier país del mundo, sin aprioris. Con Cuba eso es difícil, lo sé, la prensa cuenta esto y lo otro, y nunca sabes a quién creer. Pero según la prensa europea, Cuba se había convertido en un paraíso para el turismo pese a la presencia de Estados Unidos y el embargo estadounidense.

Seré breve. Llegué al hotel Nacional, como sabrán no es cualquier hotel. En ese hotel se hospedaron gratis, entre los años setenta y ochenta, varios chilenos que yo conozco. Perdón, no es que se hospedaran gratis, es que vivían allí en permanencia, sin pagar un centavo. Yo no volvía con esas intenciones, por supuesto. Pero desde que reservé me sorprendió el altísimo precio de las habitaciones, me dije que seguramente habían renovado el hotel con todas las comodidades, y esa era la razón de los precios tan desmesurados, en comparación con otros hoteles parisinos o europeos.

Llegué a La Habana y hacía un bellísimo día soleado, en el camino hacia el aeropuerto me di cuenta que lo único que podía ofrecer Cuba, a simple vista, era el sol, porque lo demás estaba absolutamente destruído. En la carpeta del hotel me dio la bienvenida una joven agraciada que me pidió el pasaporte. Lo abrió, y ahí empezó mi calvario, y suspiró:

-Ah, chileno.

Advertí que no se trataba de una exclamación eufórica y alegre ante mi presencia, sino todo lo contrario, más bien de hastío, como de aburrimiento. Me dije que con toda probabilidad mis compatriotas de antaño no se habían portado correctamente en el hotel y había dejado malos recuerdos, pero esta chica era muy joven para saberlo. Me despachó rápido, su sonrisa había desaparecido, me dio la llave, y ni siquiera me orientó dónde quedaba ubicada mi habitación. Un joven se apresuró a tomar mi pequeña valija, y respondí que no me hacía falta, que era pequeña y podía llevarla. Entonces escuché desde la carpeta:

-¡No, es que él es chileno!

Me voltee y alcancé a ver una mueca desagradable en el rostro de la joven. Entonces, para no parecer rácana, le ofrecí al muchacho la valija. Subimos, entramos a la habitación, que en la primera ojeada me lució correcta, aunque no era de las mejores, eso se podía apreciar al instante. El muchacho esperó y hasta que no le di una calderilla no se fue, calderilla que él recibió con mala cara.

Fui al baño, no había papel sanitario, ni jaboncitos, nada. Intenté llamar por teléfono, pero el teléfono estaba roto. Bajé y le pedí a otra muchacha (la anterior ya se había marchado) que me enviara el papel sanitario, y los utensilios de baño, y reporté el teléfono.

-Ah, sí, el teléfono de esa habitación siempre está roto… -me dijo ella en perfecto inglés. Y aunque yo le hablaba en español ella siempre me respondía en inglés. Bueno, no me quedó más remedio que desempolvar mi inglés y comunicarme con ella en ese idioma.

Así pasamos esa noche, y el día siguiente, ella hablándome en inglés y yo respondiéndole en inglés, y mientras tanto ni el papel sanitario ni los utensilios de baño aparecían, ni el teléfono lo arreglaban. Entripado en sudor de tanto sube y baja (el ascensor tuvo un desperfecto), tomé una ducha sin jabón y salí a la calle. Esto sucedía al día siguiente. A mi regreso, todavía se encontraba la misma chica, pero ahora acompañada de otra que con toda evidencia acababa de llegar y la reemplazaba en el turno. Pasé por delante de ellas, me miraron recelosas, y entonces regresé a averiguar si ya todo se había solucionado. Y otra vez en inglés me respondió que no. Atardecía y me dije que ya aquello estaba un poco raro. Y en inglés le expliqué que yo necesitaba el teléfono, que por qué razón entonces no me cambiaba de habitación. Me dijo que no podía porque el hotel estaba completo. Mientras conversábamos en inglés, la otra buscaba en la computadora, acto seguido levantó la cabeza y pronunció mi nombre, añadiendo:

-¿Usted no es chileno?

Asentí.

-¿Y por qué habla en inglés? ¿No sabe que en Cuba se habla español? –subrayó despectivamente.

-Bueno, claro que lo sé, pero esta señorita sólo habla en inglés conmigo y cuando voy a responderle en español me interrumpe y entonces como vi que sólo me escucha si uso el inglés, pues…

-¡Qué gracioso! ¿Usted está loco o se hace el loco? Eso es mucha mentira suya –se defendió la otra- ¡Chileno tenía que ser!

Esa última frase la masculló. Tomó la bolsa y me dejó con la palabra en la boca. Para no hacer el cuento largo, todavía estoy esperando que me arreglen el teléfono del hotel y que me suban los artículos de baño. Terminé por comprarlos yo mismo, y por usar mi móvil. Y cada vez que llegaba al hotel, podía darme cuenta que entre ellos se susurraban cosas, y hasta uno de los camareros, durante el desayuno, me interpeló con la siguiente frase:

-Así que usted es el chileno chiflado, el loco…-Lo miré extrañado porque era la primera vez que lo veía y no acostumbro a darle confianza a nadie para que me trate de esa manera, y mucho menos cuando estoy trabajando.

-Bueno, pues al parecer sí, lo soy, ese soy yo. Pero le puedo asegurar que si bien soy chileno, estoy muy sano del juicio.

Pero poco a poco fui advirtiendo que algo raro sucedía cuando llegaba a los lugares y me presentaba con mi nombre y apellidos, en cuanto se daban cuenta de mi acento me preguntaban si era chileno. Y en cuanto poseían la información de mi procedencia entonces mi gestión ya no les importaba y preferían atender a otras personas antes que a mí. Empecé a mosquearme.

Llamé a una antigua amiga que había conocido en mi primer viaje, sin mucha esperanza, igual se habían mudado, o habían cambiado el teléfono… Me respondió su mamá, mi amiga no vivía ya en Cuba, se había exiliado.

Su anciana madre me recibió muy atentamente, había sido en otros tiempos, que yo recordara, una firme revolucionaria, sin embargo, de aquella mujer no quedaba más que un rostro desencantado y de una triste amargura. Su marido no hacía más que balancearse en el destartalado sillón y pasearse constantemente la mano por la calva, sólo suspiraba de vez en cuando, y se abanicaba con una penca de cartón. Me di cuenta que no usaban la palabra abanico, sino penca.

-¿Abanico? Eso no se ve en Cuba desde los tiempos de la colonia. Ahora lo que hay es la penca de cartón. Esto ha cambiado mucho.

Encendieron la televisión, estaban pasando el partido de futbol entre Chile y Venezuela; súbitamente la casa se llenó de gente, y ahí fue que comprendí todo en relación a mi persona y a mis orígenes, y entendí por qué los cubanos eufóricos estaban del lado de los venezolanos, y gritaban en contra de los chilenos. Como yo era el único a favor de Chile, me callé la boca pues, y seguí viendo el partido como un lord inglés.

-¿Usted de qué parte está? –Increpó un vecino.

-No, yo nomás de visita.

Mi acento los dejó petrificados.

Entonces el viejo habló por primera vez:

-Es chileno, y aquí ya no está de moda Chile, ni nada que tenga que ver con eso de antes, ahora está de moda Venezuela, y el petróleo venezolano…

El viejo iba a seguir pero la anciana lo mandó a callar.

-No, mejor que siga callado, que éste cuando empieza a hablar no tiene para cuando acabar –y me hizo un guiño.

Terminó el partido y los mismos que entraron sin saludar y sin pedir permiso se largaron sin despedirse. ¿Dónde estaba la educación de los cubanos, de aquellos que yo conocí?

Durante mi estancia solo encontré gente cansada, harta de todo, avariciosa, profundamente incrédula, agresiva, y para colmo, bastante mal educados, y mal vestidos. Como debo realizar mi trabajo contactando a personas de diferentes estratos de la sociedad me di cuenta que todos hablan igual, altísimo, y con una forma de plantear las cosas como si ellos fueron los únicos que tuvieran la razón; cualquier opinión contraria es vista como un ataque insufrible y son incapaces de llegar a un razonamiento sin imponer ellos sus puntos de vista, los de los demás no tienen ningún valor. En cuanto les proponía otra forma de salida, otras soluciones a los problemas que tenían, se aferraban al hecho de que para eso había que sacrificar la revolución. ¿Qué revolución? ¿Cuál? Si aquello no era más que basura, palabrería barata, me decía por dentro.

-Claro -contestó uno airado-, no lo puedes entender, eres chileno, y ustedes perdieron, ustedes se vendieron al capitalismo.

-No, ustedes son los que viven en el capitalismo salvaje, sin democracia, ajenos a la libertad –le respondí harto de que me hiciera ese discurso cuando la mayoría del tiempo se la pasaba vendiéndome algo en bolsa negra, y cobrándome de más por los servicios que me imponía.

Entonces me trató otra vez de loco.

-¡Ah, tú lo que estás es loco! –manoteó.

Sí, yo estaba loco, pero ellos no están muy cuerdos que digamos. En fin, que me fui de Cuba con una sensación terriblemente angustiosa. Encontré a gente desesperada, hablé con prostitutas, con pingueros, con militantes jóvenes y viejos, con disidentes y opositores, con familias normales, y nada, nada, me hizo creer que Raúl Castro puede ser el hombre del cambio.

-¿Cómo puede serlo un asesino? -Murmuró una anciana en mi oído, y añadió:- Se lo estoy diciendo a usted, que es chileno, e igual comunista y va y me echa p’alante.

Vi a gente hambrienta, miedosa, amargada, agresiva, pero también incapaces de hacer nada por cambiar su situación. Muchos de ellos perdieron el alma, muchos de ellos, sobre todo esa juventud de la que se espera tanto, sólo tienen dos discursos: Largarse para la yuma para después regresar a Cuba, y especular (verbo muy escuchado), o armar un negocio allí dentro, clandestino, que proporcione bastante riqueza, tal y como ellos ven la riqueza. Muy pocos me hablaron de libertad y democracia. Porque parten del principio de que el castrismo es eterno, y que debe ser eterno, porque afuera la cosa está peor. ¡Mire la crisis mundial! Repetían como papagayos.

El día que empaqué sentí un tremendo alivio. Fui a despedirme del personal del hotel y apenas me dijeron adiós, ocupados como estaban en recibir a los turistas. En el avión saqué cuenta de mis gastos, había despilfarrado más que en cualquier otro país donde las condiciones para el visitante son las mejores, adecuadas al valor de lo que ha pagado. En Cuba me habían robado descaradamente, y no había conseguido hacer ni la mitad de lo que me proponía.

Visité Cuba para hacer lo que hago en otros países, preocuparme por la infancia. Por esos niños cubanos, pensando en ellos, empecé a llorar en el avión. La azafata me preguntó si me sentía mal, asentí, sin explicarle nada. Todavía estoy llorando por ellos. Porque no hay derecho a que otras generaciones deban ser formados bajo el castrismo. Los niños cubanos tienen todo el derecho del mundo a ser como otros niños, a ser educados libremente.

Del Chileno Chiflado.

Reside en Francia. Vivió dos meses en Cuba, en Alamar,  por los años setenta, a raíz de que su madre, periodista, tuviera que exiliarse en Cuba, desde donde salió poco tiempo después para Suecia. Nunca ha estado en Miami.

Los fantasmas merecidos de Gloucester Road.

LOS FANTASMAS MERECIDOS DE GLOUCESTER ROAD.

Los escritores que confiesan sarcásticos, y hasta burlones, que ellos no tienen fantasmas es porque han carecido de lecturas, de vida, o lo que es peor, de vergüenza para reconocerlos. Los fantasmas literarios son, desde luego, los de aquellos escritores que irrumpieron en la vida de uno a través de su obra, y a los que nunca podrás olvidar, de los que jamás podrás desprenderte, porque ellos serán los guías espirituales de tus presentimientos escritos, y como ellos no hay nadie más que pueda comparárseles.

Me refiero a “presentimientos” tal como los concebía el poeta Enrique Loynaz, y que se presentan como meros merodeos literarios, como élan vital, a la hora en la que necesitamos acudir a la poesía más que como estilo de expresión, como tabla de salvación.

Cada día me despierto y dedico un pensamiento a mis fantasmas literarios. A algunos, además de leerlos, también los conocí. Y como ya no están con nosotros, me digo de manera inocentemente egoísta que de alguna manera nadie más podrá poseerlos tal como yo lo hice, a través de una hermosa y profunda amistad.

Vivo en París desde hace veinte años, y esta es una ciudad plena de fantasmas literarios; para aprehender esta ciudad, para no perderla, porque esta ciudad te obliga a penetrar en ella con inteligencia, y a vivirla a plenitud, y si no lo haces tal como ella lo exige cuando la abandones, la perderás irremediablemente, para que esto no ocurra tienes que haber experimentado tres momentos esenciales en ella: haberla vivido de joven (yo llegué a los 23 años), haber sido pobre (yo lo fui), haberte enamorado en sus puentes (lo que me ocurrió). Eran las condiciones que ponía Ernest Hemingway para alcanzar una verdadera penetración en el agujero húmedo y misterioso que es París, yo añadiría una cuarta: Haber leído buena parte de la literatura escrita sobre París, como es la magnífica novela folletinesca Los misterios de París, y haberse compenetrado vívidamente con su historia, con sus protagonistas. Por ejemplo, yo converso cada día con Los Mosqueteros, que devinieron la Guardia Republicana, y a los que tengo de vecinos.

También viví alquilada en la calle Beautreillis, en el Hotel de Mónaco, que es uno de los más antiguos inmuebles de esta ciudad, cuentan que las ratas que allí pernoctan tienen sangre azul directa de Henri IV y Luis Treize (como se escribía en la época), porque de ellos mamaron bastante; enfrente de aquel edificio había vivido y fallecido, fulminado por una sobredosis el vocalista de The Doors, Jim Morrison. Cada año la calle se llena de cientos de personas venidas de todo el mundo para cantar a coro, acompañados de sus guitarras, las canciones de quien fuera su ídolo. A unos cien pasos pintó Cézanne, ya que su atelier quedaba en la misma calle. A dos cuadras, en la Place des Vosges, tenía su residencia Víctor Hugo, y en donde vivo ahora, en el Boulevard Bourdon, en el banco que queda justo delante de mi edificio, Gustave Flaubert sentó a Beauvard et Pécuchet, dos de sus más grandes personajes, justo en la primera frase de la novela que lleva el mismo título, precisamente en el Boulevard Bourdon. En el apartamento en donde vivo en calidad de propietaria, según cartas postales que se venden en todos los bouquinistes, alquiló María Callas durante un breve tiempo, y a pocos metros, en la île Saint-Louis tuvo su estudio, nada más y nada menos que Camille Claudel, además trabajé y visité a la jamás olvidada escritora cubano-italiana Alba de Céspedes, bisnieta de Carlos Manuel de Céspedes. Mi madre está enterrada en Père Lachaise, justo al lado de Colette y a pocas tumbas del espiritista Allan Kardec y del gran espiritual que fue Marcel Proust.

En otras ciudades, además de París, me ha sucedido lo mismo, sobre todo en Londres. Siempre que voy a Londres me instalo en un hotel de Gloucester Road, no solamente para estar cerca de mis queridos amigos Guillermo Cabrera Infante y de Miriam Gómez, además para redescubrir la iglesia donde escribió, vivió y trabajó otro fantasma ilustre y probadamente ilustrado: T. S Eliot. La iglesia de Saint- Stephan’s que él mismo pobló de gatos, como mismo pobló la calle, porque recogía a cuanto gato encontraba; donde atendió los asuntos financieros y pasaba el cepillo, supervisó las colectas durante 25 años, allí velaron su cadáver. Sus amigos le llamaban afectuosamente The Pope de Gloucester Road, y quiso bautizar su revista literaria como Gloucester Road.

En el número 5 de Gloucester Road también vivió, desde muy niño, puesto que se mudó a la edad de 4 años hasta su adolescencia: Henry James. Y en la misma calle, desbordante de fantasmas literarios, se encuentra la casa de Peter Pan, o sea la residencia donde James Mathew Barrie escribió la inmortal y célebre novela. Por cierto, hace poco la estaban vendiendo por 9 millones de libras, no sé si alguien la haya comprado ya.

Cuando viajo a Londres aprecio entregarme a todos estos fantasmas. Tuve la suerte de conocer, de entre todos esos grandes de la literatura universal, a Guillermo Cabrera Infante. Y uno mis más grandes placeres es recorrer con él, imaginariamente cogida de su brazo, toda la ciudad, todos aquellos sitios que él me enseñó, y que Miriam Gómez continúa perpetuando, con las únicas fuerzas que hacen mover el mundo: La del amor y la de la creación.

Zoé Valdés.

Publicado en El Economista.

Rue Beautreillis, donde vivió y murió Jim Morrison, donde tenía su atélier Paul Cézanne, y en el segundo 17, a la derecha, verán la puerta azul del 10 de la rue Beautreillis, donde viví yo, ¿en qué mejor compañía? Los balcones del final del video son los de Jim Morrison.

T.S Eliot reading

Gloucester Road, in London: