CICLO ESCRITORES: SAMUEL BECKETT (DUBLÍN,1906-PARÍS,1989).

1984. Estudiaba en la Alianza Francesa del Boulevard Raspail, sólo me quedé allí seis meses. Mi profesora se llamaba Catherine Su, era una mujer alta, muy delgada, vivaracha, amante de la literatura y de las artes, aunque muy francesa en su comportamiento era sumamente cosmopolita en sus gustos y hábitos; se notaba que había viajado el mundo entero, de hecho nos contó algunos de sus viajes. Yo me estrenaba en el extranjero, había tenido suerte, me sentía una privilegiada; en una época en la que muy pocos podían salir de Cuba: al que era mi marido sin casarnos lo nombraron a la carrera diplomático en París, pero como no podía viajar solo, le pidieron que se casara y nos casamos. Entre vivir en un cuarto en la calle Mercaderes dos, sin cocina y sin baño, y vivir en París, claro que él aceptó y yo también, aunque yo no estaba muy convencida, no de ir a París, que para viajar a Paris no hace falta que nadie convenza a nadie, ¿definitivamente no venimos todos de París en el pico de una cigueña?, sino porque me daba miedo entrar en un entramado al que no quería pertenecer. De cualquier modo, acepté. Pero debo decir, y sé que pocos me entenderán o me creerán, que para ambos habría sido mejor quedarnos en el pequeño cuarto de Mercaderes dos donde fuimos felices, rodeados de los gatos de Mónica y Al Cafotano, de las pinturas de Juan Moreira y Alicia Leal, de las locuras del Argelino, de los ensayos del Trío de La Bodeguita del Medio, de los alaridos de la Soprano Calva, de la presencia fantasmagórica del Abogado, un negro que con ciento dos años contaba que había conocido a José Martí y a Juan Gualberto Gómez cuando fraguaron en un cuarto de ese mismo edificio la Guerrita -decía él- del 95. El Abogado nos aseguraba que el cuarto era precisamente en el que nosotros vivíamos, y eso nos llenaba de un orgullo infantil.

El cuarto de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.
El cuarto de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.

Rodeados, en fin, de las obras de Carlos Boix, y de los olores de la sazón de la comida sueca de su esposa Eva, del Conservador del Museo y de sus tres hijas, las Termitas, que se iban comiendo el edificio a trozos (García Márquez se quedó corto), esas niñas parecían tres esqueleticos, pero cómo llantaban, se lo comían todo, los vecinos contaban que se las encontraban pegadas a los cantos de las puertas mordisqueando la madera, roían absolutamente todo lo que encontraban, le hacían seria competencia a las ratas y las cucarachas; rodeados de los arquitectos: Gámez, más ciego que un burro, midiendo la Catedral por nada un día se destimbala de uno de las gárgolas; pero yo creo que se hacía el ciego, porque otro día por nada se destimbala, pero descolgado desde el balcón, con unos anteojos, mientras nos rescabucheaba a mí y a Alicia, la que lo descubrió fue Cirenaica Moreira, que en aquella época era una niñita a la que le di las primeras clases de patinaje entre los cambolos de la calle Empedrado; y de otro arquitecto, Vázquez, sumamente altruista, amante de la buena música. 

Para Rosie Inguanzo. Con Jorge E. Álvarez, en la entrada de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.
Para Rosie Inguanzo. Con Jorge E. Álvarez, en la entrada de Mercaderes Dos. Foto Sonia Pérez.

Rodeados de esos grandes amigos, Poncito, hijo de Fidelio Ponce de León y de Jorge Eduardo Álvarez, mis dos paños de lágrimas; me costó mucho dejarlos, mucho, pero ellos se encargaron bien de mi gata Sibila, que era lo único que yo poseía en aquel momento. Nos fuimos, gracias a Dios, nos liberamos de cargar agua, de cocinar encorvados, de bañarnos en baño colectivo, pero nos alejamos de toda esa magia que tenía Mercaderes dos. Algún día contaré ese cambio, algún día, lo haré sin pasiones. El hecho es que me encontraba en aquella clase frente a Catherine Su que nos encantaba con las travesuras de sus viajes, los profesores de la Alianza Francesa primero se deben formar viajando y luego recalan en París, para casi todos ha sido el trayecto clásico recorrido. Pero Catherine Su era joven todavía, aspiraba a dedicarse a las artes, según nos confesó; todavía se hablaba de las artes y de la literatura con gran orgullo. Mademoiselle Su desplegó un tabloide publicado por el periódico Libération, titulado: «Pour quoi ecrivez-vous?» Pregunta a la que respondían cien escritores célebres, el único cubano que aparecía era Nicolás Guillén. Mademoiselle Su empleó varios días en leer las respuestas y estudiarlas, aquella misma tarde yo corrí a comprar el número de Libé, todavía lo conservo. Recuerdo que la respuesta más fascinante, a mi juicio, la daba el inmenso Samuel Beckett: «Bon qu’à ça.» Que viene siendo más o menos: «Sólo sirvo para eso».

Yo había leído su novela Murphy, que es su primera novela. Luego un amigo muy querido me recomendó Primer amor, y me disponía a pasar a las siguientes: Molloy, Malone Muere, Esperando a Godot (su obra más conocida), El innombrable, que es a mi entender, la mejor de sus novelas… De repente, empezamos a hablar  Mademoiselle Su y yo sobre Beckett delante de los demás alumnos hasta que sonó el timbre de salida.

-Si alguno de ustedes quiere ver a Samuel Beckett, todas las tardes se sienta en el Jardin de Luxembourg, a tomar el sol, y a leer. Les ruego que no lo molesten, gracias.

Ese día no pude pensar más que en ver a Beckett, corrí a la casa, cargué el bolso con sus libros, ¿sería capaz de pedirle un autógrafo? Yo era sumamente tímida, y él también, nunca hablaba ni daba entrevistas.

Mademoiselle Su nos dijo que solía estar allí alrededor de las tres de la tarde, incluso antes, después de almuerzo. Llegué sofocada al Jardín, el corazón a mil. No estaba alrededor del estanque, donde normalmente se sientan los visitantes a leer. Le di la vuelta al estanque tres veces, indagaba en los rostros, la gente empezó a mirarme mal, y eso en París, donde nadie mira a nadie, pero mi impertinencia los sacaba de quicio. Finalmente, desolada (desolée), con nonchalance son las palabras que más me gustan de este idioma, me interné en un bosquecito, convencida de que ya no lo vería. No había avanzado ni diez metros, cuando vi al final, en un banco, la cabeza gris, el perfil aguileño de Samuel Beckett. Leía, y acariciaba a un gato, su gato. Pasé por delante de él una vez, el corazón me iba a explotar, las manos sudorosas. Volví sobre mis pasos, pero no me atreví a sacar uno de sus libros, solté con torpeza:

-¿Vous-êtes Samuel Beckett, n’est-ce pas?

-Oui, enchanté, mademoiselle.

– Moi aussi, plus que enchantée -mi francés era precario.

-Merci. ¿Vous-êtes d’où? -mi acento era muy fuerte.

-De Cuba.

-Ah, Cuba, Cuba… -hizo una pausa, bajó los ojos, su voz se apagó.

Je vous aime -le confesé y me mandé a correr, a punto de llorar. Para mí significaba demasiado haber encontrado a Samuel Beckett. Llegué al metro con el bofe afuera.

Nunca olvidaré la geografía de sus manos y de su rostro, finas arrugas como ríos, sus ojos verdigrises, profundos, iguales a los de su gato, la elegancia de sus gestos, su voz, baja y pausada. Todos estos años sus libros me han salvado de la locura.

ACTUALIZACIÓN: Casi diez años más tarde conocí a un periodista francés, uno de mis mejores amigos, Jean-François Fogel. Se quedó de piedra al ver que yo conservaba como un tesoro un ejemplar del suplemento de Libération, pero lo más extraordinario es que había sido él quien había hecho el suplemento y las entrevistas.

Fragmento de En attendant Godot.

19 respuestas para “CICLO ESCRITORES: SAMUEL BECKETT (DUBLÍN,1906-PARÍS,1989).”

  1. Zoé!, qué bellísima crónica has hecho, es diáfana y viva como la verdad, que aquí se transluce entera.
    Y cuánto me acuerdo cómo nos contabas en tus cartas desde París de tu encuentro en el jardín de Luxemburgo con Beckett. No lo he olvidado nunca.

  2. Espero que nos cuente cómo fue ese cambio, dice que sin pasiones lo hará, pero debe ser apasionante.

  3. Lo intentaré, Necker, gracias por su visita. Isis, esas cartas eran bocetos de novelas, quizá.

  4. Querida Zoé: Me gustado mucho esa Crónica. Para cambiar la ubicación geografía estática, horripilante, humillante, nauseabunda, ensordecedora y lacerante, que es habitar en Cuba, y ser de a pie: nunca es tarde si la dicha es buena. Conocí a Moreira, Alicia Leal y Cirenaica, quedando siempre hechizado por el arte de ésta última. Su obra fotográfica era muy atractiva, original e impactante. En el año 98 Cirenaica era ya una fotógrafa-artística que resaltaba en el panorama fotográfico más creativo de la isla-cárcel.

  5. Y también te comprendo perfectamente lo que dices, porque a mí también me ha sobrecogido ese razonamiento muchas veces, aunque me perfora la idea de perder la Libertad y la Dignidad que he encontrado en el exilio y que nunca tuve en Cuba. Por eso digo en el comentario anterior que «Nunca es tarde si la dicha (el cambio obviamente) es bueno».

    Bss

  6. Deliciosa cronica. Recuerdo todas esas personas…. mas bien diria, personajes, de Mercaderes; tu eras muy joven, muy delgadita y timida.

    Tambien estudie en la Alianza Francesa de Boulevard Raspail, unos pocos anos despues que tu. Me ahorraba el dinero de metro caminando, y de paso disfrutar la gran estatua de Rodin en la interseccion con Montparnasse…. es en esa interseccion? Asi la recuerdo. Que suerte encontrarte a Beckett!!!!! Deliciosa narracion.

  7. Gracias, José Armando. Fue una verdadera suerte, pero claro, la información de la maestra ayudó. Sí, Eufrates, sigo siendo tímida, aunque no lo parezca, pero antes lo era más.

  8. Un día tiene que contarnos cómo fue ese cambio radical. Cómo se sintió, como fue que casi viviendo en una ‘comuna’, porque Mercaderes 2 era casi eso, pasó a vivir me imagino que con pocas personas conocidas a su alrededor y en una ciudad, hermosa también, pero que nada tenía que ver con La Habana.

    Conocí a Juan Moreira y Alicia Leal (disculpe: usted escribe León, no sé si pueda ser otra Alicia la que fuera entonces compañera de Juan…) en el año 1996 y compartimos con ellos, durante seis años, momentos que nunca podremos olvidar. Juan me contaba de ese tiempo en Mercaderes y ¡cómo no! hablaba de usted. Yo recién había leído ‘La nada cotidiana’. Era emocionante oír a Juan porque además él tenía una capacidad ectraordinaria para representar situaciones y momentos. Así que al leer esta tarde sus palabras me ha llenado de emoción. Recuerdos de días que fueron, aun en la adversidad de la isla, casi de los mejores que hemos vivido en nuestra vida. Fueron las personas las que lo hicieron posible. Juan y Alicia son parte de esa gente buena con la que compartimos vida.

    Escriba algún día, por favor, cuéntenos cómo fue esa decisión, qué sintió, cómo fue su vida…
    Y deje que le diga que yo la imagino delante de don Samuel, emocionada, con el corazón palpitando como loco y seguramente la mujer más feliz del mundo en ese momento. Es la magia de la vida, que existe. Lo sé porque también en mi vida la he sentido alguna vez. La magia ha sido presencia, realidad.

  9. Gracias, Estrella, es cierto, escribí León y es Leal, agradecida. Creo que lo contaré en una novela, seguramente, o si me apuro en este mismo espacio.

  10. Sabroso post, Zoe. Me cuadra mucho el nuevo diseño.

  11. Querida Zoé, hace rato que deseo decirte que Jorge Álvarez es también un personaje querido de mi niñez. Resulta que Jorge era primo de mi madrina, Nenita Purón, quien todavía vive allí en su mansión de Miramar, aunque está muy viejita. Seguramente habrás escuchado a Jorge hablar de Nenita. Jorge vivió allí por un tiempo, y mantenía su cuartito allí, todo decorado, donde yo dormí muchas veces. Todo lo que tocaba se hacía arte, pieza de colección. ¡Qué ser tan creativo! Trabajaba cualquier medio con exquisitez. Sus trabajos en cobre están allí colgados todavía, así como algunas máscaras y muñecos africanos que aún adornan el bar. A mí y a Patricia, que éramos las benjamines de la casa, nos hacía coronitas de cartulina con cuentas de colores pegadas, preciosas.
    Esto debe haber sido antes de Poncito (quien era muy cariñoso), porque yo fui a casa de Poncito un par de veces con mi madrina y creo que son recuerdos posteriores. Incluso recuerdo haber estado allí y cuando Jorge no estaba; tú me dirás: Recuerdo que, siendo yo más chiquita aún, tal vez por los años setenta y algo, Jorge organizaba tremendos festones, y el casón se prestaba para ello. Eran fiestas muy decadentes y esplendorosas, montajes teatrales incluidos. Recuerdo una vez en Jorge maquillado, vestido de paje, rojo terciopelo de pies a cabeza, leía pomposamente un pergamino muy largo, fabricado por él; actores rodaban por la escalera, otras escenas ocurrían en la piscina y en el mezzanote, Humberto Solás estaba allí, etc. Todo exquisito. A mí, como era tan chiquita, me llevaban para casa a cierta hora mis primos o los amigos de mis primos, los hijos de Nenita, Roberto o Javier- que eran todos hombres realmente hermosos, ardientes y perfumados.
    En fin, qué chiquito es el mundo. Te secundo en todas las cosas buenas que siempre dices de él.

  12. Aclaro: Los festones eran en casa de mi madrina Nenita, gran burguesa que nunca se fue de Cuba. Cuando fui en el 93 comimos con cubiertos de plata, en el lujoso comedor-todo suspendido en el tiempo.

  13. Gracias A.T. Querida Rosie, Jorge era como un hermano, y Poncito igual. Me acuerdo de que me hablaba de su tía Nenita, claro. Las mismas fiestas las hizo en Mercaderes dos, y yo disfrazada de sietepesos con un traje de uno de los amigos de ellos que era del SMO. Nos leíamos los diarios de Loló Soldevilla en París, que fue esposa de Poncito. Y llegaba Bragado, también, y nos poníamos a jugar ajedrez con Bragado. La gata en realidad se quedó con Esther, mi exsuegra, una señora adorable. Pero la gata bajaba por el techito y se iba con ellos, tengo fotos de esa época, hechas por Sonia Pérez. Me agrada que nos empate Jorge. Gracias.

  14. Gracias por compartir al gran Beckett, unido a esa gran cronica tuya.
    Saludos
    Gerardo

  15. A tí, Gerardo, gracias.

  16. Ay ay ay, me conmoviste Zoé. Qué lindos los dos. La prima Pilarica, que también vivía en el casón y también murió prematuramente, era aeromoza y lo mimaba, le traía materiales y regalitos por sus talentos… Qué carita la tuya.

  17. Gracias, Rosie. Sí, me acuerdo de su tía Pilar, a la que adoraba. Jorge era un ser fuera de serie.

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