GLADYS TRIANA: COMO EL ROCE FURTIVO DEL FRAMBOYÁN.

GLADYS TRIANA: COMO EL ROCE FURTIVO DEL FRAMBOYÁN.

Zoé Valdés.

Cuchichean en el vasto salón, ella y la memoria de la sombra, son las únicas figuras femeninas en el centro. Luego, incorporadas, bailan una danza simbólica, dicen que para conjurar al olvido. Sólo los necios olvidan, me dice ella, fue lo que aprendí de la novela de un joven de veinte años que se suicidó más tarde. El libro se titulaba La conjura de los necios, su autor John Kennedy Toole. Yo también lo leí, le respondo. Es un libro trágico, sin embargo me reí mucho con esa novela, la risa y la ternura son lo verdaderamente perdurable. Ella me muestra sus cuadros, los observo y descubro la pasión de una niña, que se reía como una sabia, y después adivino a una adolescente traviesa, que rompía vitrales a pedrada limpia a la hora en la que el tren pitaba en dirección de La Habana, y veo también a una joven nacida en Camagüey, pero que se mudó de pequeña para Bayamo con su familia, y que como Amelia, la hermana de José Martí, fue “elocuentísima”.


En sus pinturas existe un raro espacio cubierto del color dorado del otoño, pareciera la premonición de esa larga ausencia del lugar extraviado. En los dibujos, dilatados, surgen invariablemente, con mayor y más honda letanía la isla situada al revés, de cabeza, encajada en la palma de la mano. Es la memoria que gira, le digo, ella no responde. La rueda privatiza el movimiento terco y deseado de los recuerdos, reinicia la fuga hacia el sitio de donde escapó, lo que no constituye un regreso simple, es un regodeo en el redescubrimiento, un renacimiento perpetuo y perpendicular al puntal del hogar devastado.

Vuelve a bailar en el centro. Nos invaden flachazos, como regueros de rojos terracota, mezclados con aquella arena, y con flores de nombres familiares. Irás a abrir un camino, susurra en mi oído, como cuando abres una ventana. Olerás la frescura y aspereza del tronco lejano, sonrío. Abre los ojos, y se agolpa el estrépito: la rueda, el tren, te conducen a ella. Por unos segundos pudiste palpar la cadencia de sus ramas.

De nuevo hay dos mujeres que danzan, secretean, incluso me miran desde el centro del salón, que de salón se transforma en campiña desolada, en reminiscencia de Gladys Triana. Ella esconde ahora los ojos, con un pañuelo tibio, por temor a caerse dentro de sus propias pupilas, por miedo de verse saltando la suiza detrás de un árbol encantado. Y no quiere sentirse los pies abrigados con medias blancas tejidas y arañados zapatos de charol con apretados lazos de tafetán.

Desde aquel mundo de puertas clausuradas me contempla la obra de Gladys Triana, desde puertas suspendidas en el aire, como instalaciones colgadas del párpado. Me cuenta que está clavando arbustos en mapas descoloridos, mapas que poseen el tinte exasperado de la antigüedad. De súbito, sólo nos queda la síntesis, esa frase huye de su boca. Asiento, con el mentón hundido en la almohada.

Hacemos, sin embargo, un extenso recorrido para volver a la infancia, somos dos equilibristas que han situado su dolor bien estirado, cual cuerda floja, y avanzamos en punta encima de él. Acudimos tambaleándonos a una cita con el espasmo en la otra punta. Similares a trapecistas que esperan ser agarradas por un ángel en el desvarío del abismo. De las profundidades, añade, sólo nos salvará el tren.

Desconocía las claves teóricas de la pintura de Gladys Triana, sólo quise bucear en su misterio, sin balón de oxígeno. Adiviné a tientas, que ella baila a ciegas e incansable con el recuerdo, que se ha enamorado de ese resquicio de la mente en que se acumula el polvo, que cuando cierra los ojos ve y huele hojas perfumadas, balanceadas por el anuncio del temporal; y en el momento en que cree que irá a apresarlas despertará, entonces entona otro vals, e inunda de nuevo el salón, o el valle, con su danza de renuncia, con sus pasos colosales. Evoca con la punta la rueda, el extremo del dedo la impulsa, y ella misma rodará… Allá están, otra vez el roce, la ternura, la risa, el deseo, el tren, el árbol. Ese viaje se asemeja a una mirada fija.

Me cuenta que ahora clava arañas en los vagones, a la espera de que descienda aquel que ha cumplido su rumbo, el destino como flecha sonora. Retorno, viaje, toda vida es un retorno, afirma con un trazo impecable, toda vida es regresar a esos orígenes tan escasos, a esa poca cosa que nos queda, y que nos empecinamos en reinventar noche tras noche, como sólo inventan los asesinos, o los espíritus vacíos.

El enigma, sugiere, seguirá insinuado en jeroglíficos, latentes en las huellas del fósil, y ostentosa de su saber tanteaba la melodía de un vagón que echaba a andar hacia La Habana, mientras la niña sentada en el andén abría un mango con un hacha y se chupaba el filo. No hay como la pintura de Gladys Triana para rememorar las hilachas del gusto, y paladear un trozo de guanábana que nos eriza los labios. No hay como esos colores azucarados en el lienzo, y las gotas de ron que salpican el papel. No hay como la pintura de una mujer y su memoria, que abre una ventana en cualquier sitio del planeta, y detrás de un paisaje nevado, nos roce, aunque sea furtivamente, la súbita aparición de un framboyán.

Enero de 1997. Texto que acompañó la exposición organizada por mí en la Galerie de Nesle, París.

Ver www.gladystriana.com

3 respuestas para “GLADYS TRIANA: COMO EL ROCE FURTIVO DEL FRAMBOYÁN.”

  1. Otro texto revelador, hermoso, definitorio.
    Qué buena idea, gracias, que estés colgando estos ensayos plásticos.

  2. Gracias, Isis, mi historia con las artes plásticas viene de lejos. Recuerda que hice un blog de artes plásticas, http://www.zoeatelier.skyrock.com, ahí también publiqué algunos textos sobre Carmen Herrera, entre otros pintores y artistas cubanos.

  3. Has narrado la poesia de la obra de Gladys Triana. Sus piezas me provocan ese eterno sueno, ese viaje constante al pasado, a la inocencia y a su ternura. I love her art! Gracias por desempolvar estos textos.