BRUNO DUROCHER. EL LIBRO DEL HOMBRE.

EL LIBRO DEL HOMBRE.

Zoé Valdés.

Hace más de veinte años conocí a un gran escritor, Bruno Durocher. Era un hombre muy mayor, o así me lo pareció, pues aunque peinaba una blanca y desordenada cabellera, su rostro era liso y nacarado; siempre lo hallé encorvado encima de un tablero de ajedrez, en el saloncito de entrada de la pequeña librería que era al mismo tiempo la casa editora de las ediciones Caracteres, en el número 7 de la calle de la Arbalète, en el barrio cinco, a unos pasos de la célebre calle Moufftard. Detrás del mostrador trajinaba una joven asiática con un montón de libros viejos.

Fue el traductor Claude Couffon quien me lo presentó, y le entregó mis poemas. El señor Durocher había publicado originales de Jean Cocteau, Raymond Queneau, Tristán Tzara, Federico García Lorca, Fernando Pessoa, Rainer María Rilke, Stellos Castanos de Médicis, Nikiforos Vretakkos, Sonia Delaunay, Fernand Léger, Francis Picabia, Pablo Picasso, entre otros… En el número 36-37 de Caracteres publicó mis poemas, lo que constituyó mi primera traducción al francés. Dos grandes señores me publicaron en la misma época, José Batlló y Bruno Durocher, ambos me dieron suerte en mi vida de escritora. Los recuerdo con mucho cariño.

En varias ocasiones visité a Bruno Durocher en su despacho, que no era otro que el saloncito recibidor donde se hallaba desplegado invariablemente el tablero de ajedrez, y él ensimismado prolongaba cualquier jugada por simple que fuera. Yo saludaba en un murmullo y me sentaba frente a él, su mujer ordenaba los libros que ellos mismos editaban. Al rato, Durocher rompía el silencio para preguntarme en qué estado se encontraba mi poesía, y si ya había decidido convertirme en novelista. Fue él, la segunda persona, que me aconsejó que debía dedicarme también a la prosa, el primero fue el poeta y novelista Luis Rogelio Nogueras, Wichy. Por aquella época yo empezaba tibiamente mi primera novela Sangre Azul, la que consideraba prosa poética o novela lírica, se lo comenté a Monsieur Durocher.

Bruno Durocher interrumpió mis palabras: “Récit”. Así se denomina en francés a la novela lírica.

Entonces se irguió, empujó la mesa hacia mí, fue a buscar algo, me pidió que esperara, musitó que volvería enseguida. Se demoró, y no pude evitar tocar las fichas, mover un alfil, la pieza de la inteligencia. Regresó con un libro en la mano, publicado en la misma colección en la que editaba la revista, idéntico formato, y papel caro con letras a relieve. Garabateó una dedicatoria y me extendió el libro, El libro del hombre, ese es su título. Mientras yo leía la dedicatoria y el título, él reparó en mi jugada. “No es mal movimiento, pero bien hubiera podido hacer esto”. Entonces destrabó el tablero con una danza magistral de las fichas. Callé avergonzada. Era una época en que jugar ajedrez todavía se consideraba más excitante que manipular una playstation, de hecho no existía la playstation.

El libro del hombre es una novela fabulosa, Bruno Durocher cuenta la juventud de alguien que puede haber sido él, que sin duda lo fue, pero no sólo él. Alguien más aparece vibrante en esa novela, aseguró, “el actual Papa”, de aquellos años. Sí, Karol Wojtyla y Bruno Durocher se habían conocido de niños, luego habían sido amigos de adolescentes y de jóvenes. Sus ojos se entrecerraron traviesos, risueños. Añadió que hubiera podido seguir siendo su mejor amigo, que después habían tomado caminos diferentes. Ya lo creo.

Cito: “Otro niño de su edad, de rosadas mejillas, jugaba con sus camaradas encima de una pila de arena.

Vivía en un pobre cuarto de alquiler. Su padre había muerto, su madre era lavandera.

Hay millones de niños, cada uno de ellos tiene su propia vida y su propia ruta a seguir.

Las rutas se cruzan.”

La traducción del francés es mía. Así presenta en la segunda página al personaje que sería una mezcla de sí mismo y de Karol Wojtyla. De este modo me enteré que el Papa había sido actor de teatro, que le apasionaba la actuación, y Durocher lo consideraba realmente espectacular como actor. También supe que tenía mucho éxito entre las chicas, debido a su belleza. “De joven era muy apuesto”, aseguró Durocher, “aún lo es”, subrayó. Y las muchachas revoloteaban a su alrededor, atraídas por la dulzura de su sonrisa. “Era muy deportivo, y juguetón, pero también muy tierno; su poesía es magnífica”, recalcó.

Cito de nuevo una página de El libro del hombre traducida por mí: “La vida del niño se transforma, un nuevo decorado se levanta detrás de la cortina. Lo arrancaron de su monótona existencia, de la sombra del salón y de la casa, para transportarlo a una vasta aula de escuela desbordante de sol y de risas.

El padre Arcadius, en sotana negra, una sonrisa serena en los labios, penetra en el recinto. Los niños se levantan para saludarlo. Recitan juntos el Padrenuestro, después empiezan las clases.

Tartamudeando, parándose, el niño deletrea las palabras. Los primeros signos trazados por su torpe mano saltan en todas las direcciones.

Mientras sus compañeros juegan, él se dirige en secreto a la capilla donde su tristeza encuentra refugio. Entra en la penumbra y en el perfume de incienso como si entrara en una caricia. Su angustia infantil encuentra apaciguamiento en la oración. Le gusta escuchar el silencio y contemplar las ramas verdes de cada lado del altar. San Sebastián agoniza en el vitral, las lágrimas que corren por las mejillas del niño se mezclan con la sangre y con el sufrimiento del santo.

La voz del niño era melodiosa. Él se embriagaba con el fervor de los rezos y caía en éxtasis. Amaba profundamente la capilla, el órgano y sus cantos.

La capilla comienza poco a poco a llenar su vida y sus pensamientos…”

En estos días he recordado mucho a Bruno Durocher, fallecido hará ahora unos cuantos años; me pregunto si habrá podido retomar su relación con el Papa, aunque jamás me comentó que lo ansiaba. También he reflexionado sobre la visita de Su Santidad a Cuba, en aquel momento escribí un artículo jocoso, verdadero, o sea escribí lo que pensaba y sigo pensando: Aquella visita cambiaría la perspectiva pero no la expectativa, o lo que es lo mismo: enfrentaría el ángulo, lo que es un concepto matemático, y no la esperanza, que es un concepto poético. El artículo, según me contaron los exiliados cubanos que pudieron visitar La Habana sólo para estar junto al Papa, era repartido a los visitantes en la entrada del aeropuerto por los agentes de la seguridad del Estado. Uno de ellos, Erik Valdés, que por fortuna no es familiar mío, pero a quien conocí cuando él era agente en París, trataba de ponerme la mala con el exilio cubano de Miami interpretando mi artículo con la visión «catolicona» de la dictadura. Erick Valdés en aquella época se hizo muy amigo, por cierto, de algunos exiliados cubanos que en aquella época eran «recalcitrantes» como él los llamaba, y que hoy, me imagino que gracias a sus maniobras, van a Cuba, viven allí la mitad del año, a la espera del reconocimiento que no llega, y que dudo de que llegue. También algunos exiliados cubanos, más papistas que el Papa, repudiaron ese artículo, no niego que el agente haya logrado su objetivo en algunos sectores. Me da absolutamente lo mismo, soy una escritora, ¡allá los redactores de la Hoja Cristiana!

En cuanto a la visita del Papa a La Habana, fue tan impactante como momentáneo fue su mismo impulso. El show se lo robó como siempre Fidel Castro, no olvidemos que en su discurso de bienvenida destacó que el primer campo de concentración que haya conocido la humanidad lo llevó a cabo el general de la Restauración Valeriano Weyler, lo que es una verdad como un templo, para desdicha de la historia común de Cuba y España. En los días de la muerte del Papa anterior, Castro regresó a la iglesia, a la misa por la muerte de Karol Wojtyla, y por supuesto, escogió de entre los muchos mensajes que dejó el Santo Padre, el que más le convino, la condena al bloqueo americano que no es bloqueo, es boicot comercial. Olvídense de aquello de que “Cuba se abra al mundo”. Esa histórica frase del Papa ha sido cancelada de la historia oficial castrista. Yo observaba al dictador en la pequeña pantalla de televisión y recordaba cómo los rabiosos castristas nos apedreaban a mi primo y a mí cada vez que entrábamos en la iglesia de la Merced o en la del Espíritu Santo, no sólo a nosotros, a todo aquel que cruzara el portón de una iglesia, fuera católico o no. Y créanme que este ejercicio de memoria me hizo bien, me reconfortó de una tristeza muy honda que durante años llevo dentro. No es nostalgia, es una tristeza que me pone rígida y extenuada. Porque si he citado esta novela El libro del hombre de Bruno Durocher, judío, es precisamente porque su tema esencial es la memoria. La memoria como sobresalto de la identidad. No deberíamos nunca olvidar el horror, ningún tipo de horror, y la valentía del poeta es llamar las cosas por su nombre, decía Monsieur Durocher.

Bruno Durocher escribió varios libros de poemas, en todos ellos hace hincapié, con una metáfora aquí, otra allá, en que una vez que empiezas a repetir como un papagayo lo que los dictadores y los políticos quieren que repitas, ahí mismo has dejado de ser poeta. O nunca lo habrás sido.

Soy creyente, en la poesía, y en la interpretación poética del catolicismo, y no lo niego, me fascina las historias de las vírgenes, y de los santos, como amo esa novela José y sus hermanos de Thomas Mann. Sin embargo, repelo la iglesia por su incapacidad de reconocer el deseo carnal entre cualquiera de los sexos, por su intransigencia en relación a la mujer, aunque es cierto, como me aclaró un lector, que algo se ha hecho, no mucho. Pero lo que sí es cierto es que en el cónclave no habrá mujeres. Yo rechacé y sigo rechazando la demanda del Papa a los africanos, invadidos por la enfermedad del SIDA, de que se abstuvieran sexualmente, como si esa prohibición detuviera la enfermedad, ni siquiera resulta una eficaz medida preventiva. Cosa curiosa, la iglesia, en su figura principal, se negó a reconocer a los padres de la santería cubana, religión yoruba de raíces africanas, en su visita, ésa también fue su atenuante con Brasil; sin embargo, no dudó en entrar en una mezquita musulmana. Yo repelo todavía algunas incomodidades del catolicismo consigo mismo, pero en esa religión crecí.

Por otro lado, no se puede negar que la figura de Karol Wojtyla, al menos ésa que me contó personalmente, y que cuenta en su novela Bruno Durocher, a la larga, resultó seductora, no por emancipadora, sí por embriagadora. En estos días he vuelto a disfrutar la reprimenda al Comandante nicaragüense Ernesto Cardenal en video, porque eso sí, Karol Wojtila dijo unas cuantas verdades. En sus palabras en la plaza de la Revolución, fue la única vez que, a través de la pequeña pantalla, vi a unos cubanos enarbolar, en una concentración castrista, carteles en contra de la dictadura. Uno de ellos, me dicen, era el médico negro Oscar Elías Biscet y su esposa. Oscar Elías Biscet aún se encuentra en la cárcel. Recordémoslo con un fragmento del Libro del hombre:

“Los usurpadores han cegado las pupilas del hombre, arrancaron de sus orejas la capacidad de oír. Ellos dicen: esperanza, justicia, futuro. Los estandartes enarbolados por los soldados escandalizan al viento. El hombre mira a través de la ventana y llora y ni siquiera siente placer al contemplar la calle llena de flores, ni al imaginar el cohete que aterriza en otro planeta.

Los usurpadores desproveen la vida de su sentido, han borrado el infinito de la nostalgia humana, el nombre de Dios y su misterio, también han borrado la palabra felicidad y la palabra amor”.

10 respuestas para “BRUNO DUROCHER. EL LIBRO DEL HOMBRE.”

  1. De acuerdo con Durochet en que la valentía del poeta es llamar las cosas por su nombre. Aunque más que la valentía, yo diría que ésa es la condición misma del poeta. No se trata de llamar al pan pan y al vino, vino, sino de descubrir el nombre de las cosas, llegar a ellas, lo cual es más difícil de lo que parece así enunciado. Yo sospecho que se llega a ellas desarmándonos, levantando todas las defensas, atreviéndonos a una empatía peligrosa con lo bueno, lo bello, lo malo y lo feo. Hay algo amoral en el acto poético, y también en el amor, que la iglesia, las iglesias, siempre condenarán, aunque la experiencia poética y la experiencia religiosa estén tan cerca.
    Buena lectura para este domingo. Gracias por compartir.

  2. Gracias, Salcedo, bienvenido.

  3. como se extranian esos pequenios esfuerzos editoriales, siempre detras de ellos hay un gran hombre (o una gran mujer)… una editorial con vocacion humanista y universal, un catalogo de lujo: escritores chinos, rusos, indues, marroquies, brasilenios… poesia, novela, ensayo… quedan pocas. Alguna Lunatica nueva?

  4. Zoe, cuanto he disfrutado este artículo,tus anécdotas y tu sinceridad. Hoy mismo escribía a una amiga diciéndole que hace bastante tiempo había descubierto que lo mas importante para mi era no ocultar como pienso, y poder expresar mi propia verdad. Cuanto me alegra que hayas compartido con nosotros esos pasajes de tu relación con Durocher, me encantaría leer El libro del hombre. Comparto mucho de lo que mencionas sobre la iglesia católica, y a pesar de todo sigo respetándola y queriéndola. Juan Pablo II es una figura muy querida para mi, precisamente porque no tenia miedo de expresar lo que pensaba, y tambien agradezco mucho su visita a Cuba. Es una de las pocas cosas buenas y esperanzadoras que han pasado por alla en las últimas décadas. Gracias, Zoe, por este regalo de domingo.

  5. Los usurpadores se metieron la vida de unas cuantas generaciones en un bolsillo..qué no habrán usurpado las sabandijas?!..

  6. Articulo antologico. Cuanta informacion! Cuanta memoria!
    Sobre la iglesia como institucion, coincido 100% contigo. Apunto los datos de El Libro del Hombre. Mercy.

  7. Absolutamente brillante, diáfano y cierto. Gracias, Zoé.

  8. Pravitelstvo Rossii Rulit Vovka i Dimka Maladzi

    Pendosbi oleni sosite chlen