OSVALDO LUGO: COMO EL SESENTA Y NUEVE.

De mi colección personal.
De mi colección personal.

OSVALDO LUGO: COMO EL SESENTA Y NUEVE.

Soixante neuf, année érotique.

Serge Gainsgourg.

Sesenta y nueve, año erótico, es el estribillo de una canción de uno de los más brillantes compositores de la chanson française, por cierto, interpretada en su momento por el propio Serge Gainsbourg y por Brigitte Bardot, y que posteriormente fue censurada por la actriz para contentar al maridito celoso de turno. Prefiero la versión que grabó posteriormente el músico con la actriz inglesa Jane Birkin, quien además fue una de sus musas, y su mujer, asunto que ocurre con frecuencia, para detrimento de las musas, y para ganancia de la inspiración; entre el inspirado y la poesía sólo los separaba la almohada –cuando todo iba bien entre ellos. Serge Gainsbourg dirigió una de las películas más hermosas y tremendonas de la cinematografía bisexual, precisamente por allá por el año sesenta y nueve, y también con la flaca Jane Birkin, a quien transformó en John, y la acostó boca abajo con un camionero encima (Joe D’Alessandro, el actor de Andy Warhol), por esa película estuvo nueve días preso. El mismo Serge quemó un billete de quinientos francos en plena entrevista televisiva, confesó haber templado con mujeres, hombres, animales, árboles, y cuanto cosa se le paró delante de su enhiesto deseo, (léase rabo). Los rabos han sido muy definitorios, no sólo en decisiones artísticas, también políticas, y fíjense cuántos pitos censurados con hojitas de parra o arrancados de un tajo ha habido en la historia de la pintura, de la escultura, y de los monumentos. Después, las cabillas se desataron la trenza, dijeron aquí estamos, y hasta en las boutiques de juguetes raros podemos apreciar graciosos penes de cuerda, que avanzan dando salticos. Una mandarria, decía alguien, abre muchas puertas, y también esporádicamente cierra otras, pero menos.

Para nadie es un secreto que Servando Cabrera Moreno fue un pintor de hombres, de musos, y mucho menos constituye un misterio, que Osvaldo Lugo es un reinventor de esos cuerpos masculinos, pasando de manera osada por el magisterio de Cabrera Moreno, y superándolo a veces; Lugo se adueñó de los velos azulosos, verdosos, lechosos, y reinició un curioso proceso postmoderno: tomar todo, botar nada, en una ley de reciclaje en la que ofrece más y distinto, en donde el pintor quisiera manipular lo mismo. El propósito es idéntico a cuando Kiki de Montparnasse, célebre personaje parisino, moldeaba consoladores de cristal encima de los penes de sus amantes, haciendo esculturas prodigiosas, en el caso de ella, sin proponérselo; llegó a soplar tantos cristales que por nada la contratan en Venecia, por allá por Murano.

Mientras que los cuerpos de Servando Cabrera Moreno son variaciones edulcoradas del amor, en Osvaldo Lugo son puro sexo danzante. Los cuerpos masculinos abrazados frontalmente en las obras The Players y en The New Players, expresan sin ambages el repello físico en el baile de dos hombres; no en balde los títulos, si quisiéramos jugar con la traducción podrían querer decir: los tocadores, que en argot posee el doble sentido de toquetear zonas erógenas, o de tocar música, o lo que es lo mismo, dependiendo de las circunstancias, como es ese magnífico significado de “tocadores de timbales”, que serían los timbales, tamborcitos, o mejor aún, “tocadores de cojones”, en dependencia del cristal con que mire y de las ganas y presunciones de las manos del que toque.

Admiro a los artistas que asumen sus influencias tan al pie de la letra, con tenacidad y multiplicidad, en una cita dual. Porque Lugo es dos: Lugo primero quiso ser Servando y después fue él. Ahora Lugo es él, y después es su propio iniciador. Sin contradecirlo en las formas, repasa y rehace su contenido, repitiendo en letanía magistral el discurso poético. Lugo trabaja un erotismo arduo y ardiente, que no renuncia a una consistente penetración anal clara, con fondo amarillo, pintura de pared de casona del Vedado, en un ambiente muy refinadamente art-déco. Sí, dije penetración anal, que es precisamente como imaginé que en una época se llamaría a la acción de marras en ese antiguo barrio residencial hoy venido a menos, ya que en La Habana Vieja, hoy venida a más, resultaría una monumental cogida de culo, al duro y sin guante, en falta la vaselina, como argumentaría la boticaria. Y eso es lo que me gusta de los eróticos de Lugo, podemos acariciar con la mirada la lubricidad de la leche, la humedad, el sabor, el sudor; sin obviar el dolor del sexo profundo que se convierte en placer; ojo, no me refiero a las dimensiones físicas, tamaño, grosor, sino a las medidas del dolor, del amor, cuando nos vamos a la cama o al matorral, insoportablemente enamorados; la vida en un hilo del más mínimo quejido del otro, del goce del otro. Amo estos cuadros de Lugo porque me duelen, son ese añorado dolor del deseo, en los senos, en los ovarios, en los muslos, en las nalgas, en el más allá diabólico de mis intestinos… Y no seamos simuladores, ésa es la misma referencia que hemos tomado prestada y que también hemos disfrutado –doble sentido mediante- en aquel bolero de María Teresa Vera, Amor y dolor.

En el umbral del orgasmo sobran las posiciones, pero la del sesenta y nueve demuestra que no hay por qué hacer siempre las cosas en el sentido propiamente establecido, que podemos colocarnos en la esquina contraria, con la cabeza contradiciendo cualquier ley, sobre todo la de gravedad, y además, que resulta saludable, mejorar la irrigación sanguínea que propone el autor. La obra titulada Inwood ilustra este frenesí de los sentidos, en dos bosques púdicos e impúdicos, se hunden penetrándose dos rostros desconocidos, quizá sea otra proposición del sensualismo, ansiedad del nacimiento a la inversa, querencia de entrar en el cuerpo del amado por su conducto espermático, poseerlo de este modo, en el interior de la piel, de las células, de su sangre. La pintura de Osvaldo Lugo es la evidencia de que es absolutamente posible mamar mientras bailamos un tango; aferrado a la imagen ajena del maestro, Lugo ha sustentando un estilo muy suyo, en la dificultad de enfrentarse y romper espejismos, el de asumir la influencia a mano alzada y regodearse en el dominio de la repetición, en la citación con comillas y sin comentarios al margen, sabiendo que encima de la imagen citada está construyendo otra: la eternidad de la una en la suya y a la inversa. Yo soy otro, escribió Arthur Rimbaud, el niño terrible de la poesía francesa, y esa sola frase lo hizo ser él mismo.

La obra de Osvaldo Lugo posee el morbo de Serge Gainsbourg, la maestría de Servando Cabrera Moreno, la serenidad de la poética pornográfica de un Balthus y de un Robert Mapplethorpe, la bajeza de un Rimbaud, tan necesaria en el arte. Pero sobre todo tiene el pulso fino de un artista que ha vivido, y su fuerza natural.

Zoé Valdés.
Mayo y 1996.

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12 Replies to “OSVALDO LUGO: COMO EL SESENTA Y NUEVE.”

  1. Me alegro mucho que hubieras escrito –y ahora editado en el blog– este texto sobre la pintura de Lugo. No sabía que le conocías ni que conocieras su obra. Osvaldito y yo somos muy antiguos (antiguo suena mejor que viejo, ¿no?) amigos, con infinidad de lazos y vasos comunicantes de esas ciudades nuestras tan castigadas por el sol y ese horizonte que cansa. Mi casa de Madrid es prácticamente una mini-galería de Osvaldo. Y todavía recuerdo perfectamente aquel cuadro de proporciones considerables que miraba descarado la vida pasar ante la puerta y el ventanal de su casa en Nuevitas, y que no sé si fue destruido por “la espontánea furia” de ese hermoso y maravilloso pueblo cubano que escedió y revasó todos sus límites durante los sucesos de El Mariel. A pesar de su talento, su suerte no ha sido mucha, aunque quizás no ha sido la suerte sino la dignidad la que no le ayuda. Creo que es otra de las personas que abandonó Cuba buscando una solución ética para sí mismo. Moda que ya no se lleva. Abrazos. David

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  2. Querido David, me lo imaginé porque leí tu poema a tu amigo. Gracias, Lugo es una persona a la que veo cada día al despertarme, tengo un cuadro suyo en mi cuarto.

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  3. “quiso ser Servando” desde luego, pero también como en un movimiento de ‘wrestling’ agónico, quiso dominar, vencer y superar a su maestro. Un hermoso artículo critico, pero ojo; también lo puedo leer como una de esas eróticas cartas inéditas e inclusas de la reconocible voz de Yocandra. Gracias por la puesta Zoe,
    Gerardo

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  4. Ya lo había leído, y es verdad que eso es Lugo, no se puede decir mejor. Gracias.

    CRA

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  5. Leo éste comentario sobre Lugo y me emociono. Gracias a tí Zoé. Lugo y yo estamos unidos por recuerdos indestructibles que ni el tiempo ni la distancia pueden romper. Excelente artista y maravillosa persona. De mi último viaje a Camagüey me traje uno de sus “Guajiros”, que él me regaló. Hace tiempo que no nos hablamos, lo llamo y parece que ha cambiado el número. Por favor si alguien puede decirle que lo extrano, darle mi correo y que me haga saber sus nuevas senales. Ah, vivo en Berlín, es sena suficiente para que me identifique. Y tú comentario Zoé me maravilló, eres tú, nadie más podía hacer esas referencias así de esa manera. Yo soy uno de tus lectores (creo que he leído todos tus libros). Gracias.

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  6. Gracias por revvirme a Lugo. Aquí en mi Apartamento de Berlín tengo colgado uno de sus “Guajiros”, que me traje de Camagüey en mi último viaje cuando fuí a visitar a mi madre, y que él me regalo.También dos pequenos dibujos que me envió desde New York. Lamentablemente parece que ha cambiado su teléfono y no lo comunico más. Excelente artista y maravillosa persona. Alguien ligado a mi vida de una forma muy especial. Por favor si alguien puede decirle que lo extrano y que me haga saber su nueva senal. Gracias a tí Zoé por ese comentario de su obra , sólo tú podías hacerlo de esa forma.

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