ROBERTO ESTOPIÑÁN: COMO UN DANZÓN.

Colección particular de Gustavo Valdés
Colección particular de Gustavo Valdés

ROBERTO ESTOPIÑÁN: COMO UN DANZÓN.

«Las que no sean de talle gracioso,
de andar zalamero, con gracia especial,
ésas no son cubanas.”

Danzón de Ignacio Piñeiro, interpretado por Barbarito Diez.

Serena elegancia es su elocuencia, mientras moldea torsos femeninos cual columnas, y las va hilvanando sostenidas por el terso encaje de la piel. Mujeres fálicas de pequeños y erectos pechos, fondilluítas discretas, huesos envuelticos en carnes, dispuestos a ser chupados: así son esas irreverentes mujeres de Roberto Estopiñán. Todas colgadas de una cutícula, entre Eros y Tanatos, el amor y la muerte, el “je t’aime je te tue” que acentúa la gravedad de la renuncia, la que supone la entrega. Pareciera que cantan esas esculturas, con talles graciosos, con encanto especial, y que esa melodía les brinda un impulso que el bronce dicta, en un andar dodecafónico.

Las esculturas de Roberto Estopiñán poseen además la suavidad, el delicioso contoneo, en un solo ladrillo, la sobriedad de la voz del negro que interpreta un danzón. Si alguien ha conseguido atrapar en el bronce la cadencia de las mujeres en el baile, el temblor de los senos debajo del abanico, la dicha de un vientre insinuado, los hombros descubiertos en la calentura de los poros, es el maestro Estopiñán. Maestro del salón, revela la estela de la danza, esculpe el baile, y el secreto iluminado del espacio. Táctil busca la adoración, desde la cintura hacia el cuello, como si sus dedos fueran las puntas de un pañuelo bordado empapado de sudor y de infinito.

Colección particular Gustavo Valdés
Colección particular Gustavo Valdés

El infinito es ese tono fúnebre que deja detrás una mujer cuando ha gozado demasiado en una fiesta, la desnudez de su sombra, en la que no cabe más nadie que ella, repetida en el borde del llanto. Y de esos gestos surgen los rostros demorados, hermanos de aquella Suplicante de Camille Claudel, magistral sonrisa nocturna; bajo el verso de la jugadora Renée Vivien: “Y miento, porque soy hija de la Noche”.

Estopiñán halla un placer enérgico en el dibujo, y el boceto estimula la búsqueda, donde se impone una conspiración entre el papel y el volumen, que no pide más que transparencia, armonía del resplandor. La figura que se exhibe, arrodillada, posee entre los senos, y el ombligo, en el centro del torso, el convencimiento armónico del rumbo. El cuerpo se torna entonces un ser en predisposición, hierático en el salto. Y la intrepidez toma forma, y resulta el tiempo de la separación en el danzón, la pareja se aleja, ella se abanica, él estruja el pañuelo, cada quien regodeado en el erotismo del ritmo. El escultor sabe ondular los dedos, remenea el silencio de las caderas; el cuerpo, mientras, permanece erguido, y el deseo confuso, ora indiferente a los latidos del corazón, ese trozo de miel endurecida, ora renuente a las pulsaciones de las secuencias erógenas, verdaderos monumentos al beso.

Las esculturas del maestro Estopiñán son también insinuaciones de asaltos, el regodeo hipnótico, la frecuente salida de tono, y una adaptación a la cubana del “te amo, te mato”, que sería: Yo quiero pero no me toques, tócame, pero quién te dijo que yo quiero. Los torsos, las posiciones acentuadas del manoseo, esperan el piropo, aunque frenan el repello. Están pensados para el tócame, como cuando en el danzón el dedo del medio del hombre apenas roza el huesito de la alegría de la mujer.

Esculpir es un guiño para este artista, una invitación a resbalar por la sutileza del contorno, y broncea el tejido soleado por el recuerdo. La piel tocada, estremecida: “Aquella rosa de Francia, cuya suave fragancia, una tarde mayo, su milagro me dio”… en la perpetuidad de la caricia.

Colección particular de Gustavo Valdés
Colección particular de Gustavo Valdés

Sin embargo, advierto una lentitud, súbita presencia del nervio, agonizante en la cicatriz del talle cautivo. Un talle que es un pene, tenso en el amarre: espasmo y aspaviento, en la reclinada brusquedad de los miembros, sensitivos a la nostalgia, como el temblor ante la visión de un retrato impreso en la huella dactilar. El sueño trepa, encaramado encima del deseo, el sueño que no brinda más de lo que roba, en el empeño de reciclar el pasado de los cuerpos. Y este es el sentido de la otra serie, ya no son torsos, ni penes, ahora son huesos, vestidos de vida, huesos que besan el aire. El aire es el último detalle que le pone el escultor a la obra. Roberto Estopiñán le añade el lujo de una melodía triste, de amor y de muerte, la del danzón que deleita, sonoro y pesaroso, en un aliento de flauta esculpido.

Colección particular de Gustavo Valdés
Colección particular de Gustavo Valdés

Penetro como una de sus mujeres, en el sabor lácteo de la duda, la cebada se cuela en los entresijos, la saliva es añoranza que discurre, y el verbo extrañar se vuelve distancia implicada, conspirativa. Extrañamiento de una época, de un salón, de la visión en penumbras de una pareja.

La melodía se ampara de las manos del maestro, extrañada, mientras tarareo furtivamente el pellizco de los novios en la cintura de las novias, allí, en los balcones habaneros. Perdurable obra la del maestro Roberto Estopiñán, que una tarde de librerías, en Nueva York, supo aceptarme esta frase: “ésas sí son cubanas.

París, mayo de 1995-1997.

4 respuestas para “ROBERTO ESTOPIÑÁN: COMO UN DANZÓN.”

  1. Pocos textos, entre todos los que puedan leerse, tan bellos como éste. Aché pa’ tí, y pa’ esa escritura, niña.

  2. Excelente tu texto. Cuanto disfruto estos posts sobre nuestra plastica. Con gran orgullo, te cuento, que soy afortunado propietario de un boceto de Estopinan. En mi coleccion desde 1992. Un regalo del artista en su estudio en Queens. Vive todavia por estos lares Ramon Estupinan?

  3. Bienvenido Ruppert, Estopiñán se mudó para Miami. Gracias por su comentario.

  4. Me encantan sus esculturas. He podido apreciarlas en exposiciones. Magnificas. Un gran escultor. Tu texto, excelente.