AGUSTÍN CÁRDENAS. EL VOLUMEN DEL SILENCIO.

Un sauce llorón para Tania.
Un sauce llorón para Tania.

AGUSTÍN CÁRDENAS: EL VOLUMEN DEL SILENCIO.

Zoé Valdés.

A Tania Assaf Galindo, embrujo.

Lo que no es piedra es luz.
Octavio Paz.

He citado el poema Piedra nativa dedicado por Octavio Paz, uno de nuestros grandes sabios, a Agustín Cárdenas, porque será a través del poema que escribiré sobre la obra de este escultor. El poema, como traductor de la piedra, del bronce, de la madera, lenguaje de la materia, en fin, supone estela de silencios. Entre las dos obras existe esa sonoridad infinita que es el alarido del silencio, rasgado con los instrumentos de la forma y de la palabra, violonchelos que destilan suspiros, el alma de la música, pensamiento.

La luz devasta las alturas dice el primer verso. Las alturas acalladas por la intensa luz de barrios y atardeceres habaneros, surgidos del recuerdo cuando las manos tocan la porosidad de la madera o de la piedra del banco de un parque, del mármol devorado por los aguaceros. Las manos de Agustín Cárdenas, como torrenciales caribeños, sus dedos se hunden con el poder insular de los goterones taladrando en las ruinas, y de ellas extraen un escorzo grabado en mármol gris de Grecia. Las manos del escultor, recorren cual ciclones, remodelando la ciudad. Ciudad de merengue y guaguancó, antigua en su quimera, suplica manadas de rinocerontes de Durero, laberintos, y se fuga de sí misma, hacia este otro banco, en otro parque, con otra luz, a pocos pasos de otra isla, la isla Saint-Louis.

Manadas de imperios en derrota se acuclillarán, admiradores del volumen, semejantes al sonido seductor, vozarrones, amasados en el triunfo. Vibra el nervio en la victoria, y la sencillez de las manos sigue su trayectoria, luego de transformar batallones y laberintos, en escuadrones e imperios. La naturaleza convertida en guerra, sobrevive. El escultor deberá virar el mantel, y en lugar de almorzar cerezas, cenaremos cadáveres de diminutos pájaros, esculpidos en mármol blanco de Carrara. Así, con toda fineza, el escultor denunciará a su ojo malévolo.

El ojo retrocede cercado de reflejos. Verso número tres. No habrá pupila indecisa antes conceptos de mundos del artista, vuelvo a citar a Paz en la dedicatoria del poema: A Cárdenas que hace mundos de la luz y la piedra. Cárdenas ve cuerpos y destellos allí donde palpa rocas y pesadillas con los párpados pegados por la fiebre alta, y a tientas se dirige a las profundidades marítimas del cerebro, ordenándole a las células que observen y que mientan. No es que los reflejos llegan a sus ojos, es que viajan de éstos a los objetos, más que iluminándolos, creándolos, inventándolos.

Países vastos como el insomnio, continúa el poema. No voy a reafirmar la importancia de venir de un sitio geográfico determinado y asentarse en la nada peregrina. Nadie proviene sino es de la infancia y regresamos a ella, es decir, vamos hacia la duda, de nuevo inocentes, o hacia la posibilidad de despertarnos. Cárdenas viene de allá y de aquí, y se marcha siempre hacia la duermevela. Con la vastedad de su insomnio es que brega a su isla perpetua de bronce. Cual jaula dorada, en la que se mece el canario, y desde donde la muerte jamás podrá escapar.

Cárdenas con sauce llorón.
Cárdenas con sauce llorón.

Pedregales de hueso, nos dicta el poeta. Con la frialdad Cárdenas podría reinventar un arcoiris en donde los colores sirvan sólo para deslizar la imaginación hacia la pureza del blanco. El esplendor transparente de la palabra, inexistente a punto de ser evocada, a una mínima sílaba de la pronunciación. Habrá un leve ruido, un murmullo imperceptible, pero por detrás resbalará el silencio sobre el tobogán de huesos dulces, anunciando un Dogon de azúcar, derritiéndose.

Otoño sin confines, sexto verso. Por el transcurrir del otoño se marchan invariablemente los olvidos, los sauces llorones, aquellas antiguas huellas de pedregales, los insólitos y pesados bronces carcomidos. Cárdenas transita por los confines, armado con un jamo de cazar espasmos y mariposas. Las imagina, luego las atrapa.

Alta la sed sus invisibles surtidores, séptimo cielo. Presumo que el arte de Agustín Cárdenas es una sed prolongada, saciada con cristalinos antecedentes, agua de su propia cultura, nutrido de suculentos hallazgos provenientes de su intimidad europea. Porque debemos admitir, que él mismo con su tormento insular es el surtidor de su abrevadero, el buen samaritano que vierte agua y miel en sus labios. Al tragarla, se vaciará en su reino. Un reino de isla aislada. Al esculpirla, esculpirá la columna de la memoria.

Un último pirú predica en el desierto. Este octavo verso me recuerda cómo conocí la obra del artista. Fue en el año 1986, el poeta cubano Osvaldo Sánchez y yo emprendimos una gira poética por varias universidades francesas, invitados por estas instituciones, iban también los poetas León de la Hoz y Efraín Rodríguez. Osvaldo Sánchez traía en su agenda personal la difícil tarea de encontrar a Cárdenas en París (ni siquiera poseía una dirección), ansiaba apreciar las obras que sólo había podido ojear y hojear en reproducciones de libros conseguidos de manera clandestina en Cuba, la mayoría prestados. Se proponía entrevistar al escultor. Yo había visto varias esculturas de Cárdenas en París, pero ni siquiera sospechaba que era cubano. Mi amigo poeta nunca pudo conversar con el escultor, pero sí lo conduje a admirar sus obras. Hoy, que ya no podré conocer a Cárdenas, imagino sus manos tejiendo rezos. Los susurros después vendrán a ser lo mismo que pirámides en el desierto.

Cierra los ojos y oye cantar la luz. Pareciera que Octavio Paz tararea el verso número nueve. Y sin embargo, por encima de su voz gana el fuego devorador, con su hambre luminosa, con esa amalgama rosácea, con la que Cárdenas se ha envuelto los ojos. Ojos negros, como de ébano, pero no, son de otra madera, menos lisa, más viva. Las pupilas están formadas por dos astillas que danzan en el viento, que coronan la melodía, en la contradanza del bosque talado en el bochornoso mediodía.

El mediodía anida en tu tímpano. Estamos varados en el diez. Al percibir una forma, un espacio perteneciente a Cárdenas, las yemas de los dedos dan cobijo al zumbido, amigas invisibles de la escala, en ruptura perenne con los rincones de la piel. El tacto domina la vida. Y como él mismo ha dicho, la escultura es esa necesidad de vivir.

Cierra los ojos y ábrelos: Ese es el auténtico espesor del ruido, un pestañear donde caben todos los pájaros del verano. Cárdenas fundió el reposo de su mestizaje, puso a hervir su sincretismo, creó la ebullición metamorfoseando el equilibrio del pez en sol tribal. De aquel volcán el artista nos entregará la sombra apresada en un resquicio del resplandor. Cerremos los ojos, apenas. Suavemente los abrimos. Allí está la brisa, rodeada de un halo quemado, cual fábula ardiente, cual soñado archipiélago que navega sobre la lava.

No hay nadie ni siquiera tú mismo. Es casi el fin del poema, es el fin. Nadie significa el espectador, quien tendido, plácidamente, junto a un manantial será a su vez visualizado por otros visitantes como alegoría o monumento, a la distancia entre nosotros y el velo del tiempo. Admirando la obra de Agustín Cárdenas, nos identificamos tanto con ella, entramos en esos dominios, dueños de un secreto que nos levita delante de las manos, propietarios ya de un ritmo borboteante, ansioso, rombo, en las venas. Un minuet danzado por un tambor de humo, como en el bolero de Ravel, pero que jamás llegaremos a escuchar si no es musitado por su volumen. Entonces abandonamos la carne, que nos ajusta demasiado la osamenta. Lo que no es piedra es luz, y flotamos.

París, 28 de abril de 1998.

Este texto fue publicado en el Catálogo que hizo la Galería Tessa Hérold de París, sobre la obra de Agustín Cárdenas, en el mismo año. Fotos hechas ayer sábado por Ricardo Vega y yo, las mías son las malas.

3 respuestas para “AGUSTÍN CÁRDENAS. EL VOLUMEN DEL SILENCIO.”

  1. Otro texto «plástico» tuyo de gran belleza.
    Saludos a Tania; creo que en el castillo de Compiègne he visto sauces llorones.

  2. Disfruto muchos estas pinceladas tuyas sobre nuestros artistas plasticos. Diez anos despues, tu texto mantiene la vigencia del articulo que queda para todas las epocas.