RECUERDOS.

A veces me ocurre que de un recuerdo enlazo con otro, en apariencia el uno nada tiene que ver con el segundo, pero sin embargo, se aproximan en intensidad. Este fin de semana me ha servido para hacer un juego de enlaces, un poco raro, pero muy interesante.

Leí el magnífico artículo homenaje de José Abreu Felipe a Carlos Victoria, en el primer año de su fallecimiento, publicado por El Nuevo Herald, y que Juan Abreu me envía también esta mañana en un email. Entonces recordé aquel mediodía en Cádiz, en la que Carlos Victoria me acompañó a la Universidad a firmar el Libro de Oro, junto al rector, un señor amabilísimo. Ese año el evento Con Cuba en la Distancia organizado por Grace Piney y Fabio Murrieta en Cádiz le dedicaba un homenaje. Retomamos la conversación que habíamos dejado una tarde en Miami, en el restaurante Versalles, a donde me llevó Carlos Victoria por primera vez.

Con Carlos Victoria y el Rector de la Universidad de Cádiz
Con Carlos Victoria y el Rector de la Universidad de Cádiz

Entonces, mi mente dio un giro, y de ahí fui a parar al recuerdo de un hermoso paseo, que dimos el poeta Manuel Díaz Martínez, por la calle donde se encontraba el hotel, y que desemboca en una gran plaza; antes pasamos por una librería, donde encargué unos libros que necesitaba Javier de Castromori para una novela que está escribiendo. También esa tarde, el poeta y yo retomamos una conversación que había quedado hilvanada en una cena habanera, en el restaurante de La Divina Pastora, en el Morro, con el escritor y diplomático Carlos Barbachano, junto a la esposa de Díaz Martínez, la delicada Ofelia, antes de que se fueran ambos del país, en los días calientes de la Carta de los Diez.

Con el poeta Manuel Diaz Martinez en Cádiz
Con el poeta Manuel Díaz Martínez en Cádiz

Esa noche cenamos todos los invitados en el evento, en un céntrico restaurant, muy bonito. Grace Piney nos contó de cómo había sacado a su perra de Cuba. Y ese recuerdo me llevó a recordar a Thelma Quintana, y a Golda, su perra, a la que también sacó de Cuba. Se llamaba Golda por Golda Meir, y el animal y yo nos teníamos gran cariño. Yo la sacaba a pasear todas las noches, cuando vivíamos en Beautreillis, en París. Una noche, Humberto Solás estaba de visita en la casa de Thelma y de Moisés, y me sacó esta foto con Golda.

Con Golda. Foto Humberto Solás.
Con Golda. Foto Humberto Solás.

De esta foto mi mente viajó a los comentarios que me hizo Humberto Solás sobre el guión cinematográfico Desequilibrio, y sobre mi primera novela Sangre Azul, y luego sus apreciaciones sobre la película Vidas paralelas, filme de Pastor Vega, cuyo guión escribí, y por el que recibí el Premio Coral en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Un trabajo poco visto, polémico, con las actuaciones de Omar Moynello, Daysi Granados, Omar Valdés, Lili Rentería, el actor venezolano Orlando Urdaneta, y la actriz española Isabel Serrano, Alicia Bustamante, también actuó Carla Pérez, y la orquesta Las Anacaonas. Una noche nos fuimos de fiesta por el Malecón, algunos miembros del equipo, subimos hasta el Morro, y nos divertimos haciendo travesuras. En la foto, en el muro del Malecón con Orlando Urdaneta e Isabel Serrano.

Carlos Urdaneta, Isabel Serrano, y yo, en el Malecón. Foto Carla Pérez.
Carlos Urdaneta, Isabel Serrano, y yo, en el Malecón. Foto Carla Pérez.

Esa película, su guión, me llevaron a conocer dos ciudades muy distintas, Nueva York, que adoro, y Caracas, que no me gustó nada, tal vez no me alcanzó el mes que estuve allí para entenderla. Cuando llegué a Nueva York, después de once años de no ver a mis hermanos ni a mi padre, me reuní con ellos, y mi hermano Gustavo Valdés me llevó enseguida a ver La Jungla de Wifredo Lam y un Jackson Pollock, delante de esos cuadros me sentí tan feliz de vivir y de saber apreciar el buen arte, que no pedí nada más que estar allí unos minutos.

Con un Pollock. Nueva York. Foto Gustavo Valdés.
Con un Pollock. Nueva York. Foto Gustavo Valdés.

Busqué en mi mente en qué otros momentos me había sentido así, tan inmensamente plena de vida y de arte. Y evoqué una tarde invernal en el cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de mi querido Serge Gainsbourg, uno de los más grandes compositores, cineastas, poetas franceses; cuando la luz nos bañó a todos los que allí estábamos, y me sentí radiante de haber vivido en sus canciones, de haberlo conocido gracias al cineasta suizo Pierre Koralnik, quien le entregó mis poemas.

En la tumba de Serge Gainsbourg. Foto Iván Giroud.
En la tumba de Serge Gainsbourg. Foto Iván Giroud.

Ese mediodía yo llevaba en el bolso Vista del amanecer en el Trópico, empezaba a leermelo, y no podía ni siquiera imaginar que años más tarde conocería a quien considero mi maestro literario, a quien fue un gran amigo, junto con su esposa Miriam Gómez. A mi madre y a él les dediqué la novela Te di la vida entera, cuyo título original era El dolor del dólar (con este título salió en francés), en honor a él. Con esa novela quise hacer con el lenguaje lo que hacía Guillermo Cabrera Infante, pero a mi manera, y con los tics del argot de mi época. Guillermo tuvo la amabilidad de presentármela en Madrid, ya lo he contado antes. En aquellos años ningún escritor cubano -que sepa yo- se confesaba deudor de la obra de GCI, cuando me preguntó si no tenía miedo de que se me cerraran algunas puertas por confesar mi admiración por él, le respondí que absolutamente ninguno. Guillermo Cabrera Infante fue una luz muy especial en mi vida, en mi obra. Leerlo es vivir y renacer en la literatura, es entender que sólo la novela nos salva de la ignominia, como acaba de declarar JMG Le Clézio, el reciente premio Nobel. Guillermo fue de una gran generosidad conmigo, jamás lo olvidaré.

De las primeras veces que nos encontramos, una fue en la Feria del Libro de Madrid, en 1995, firmamos libros en el mismo stand, nunca olvidaré los consejos que me dio aquella vez, y cuanta razón tenía.

Estos fueron mis recuerdos de fin de semana, de toda la vida, y con ellos me sentí acompañada, con ellos caminé por esta ciudad a la que también tanto le debo, y escribí, en silencio, amando el recuerdo de un maestro, y la sucesión de imágenes prendidas en mi alegría.

Ricardo Vega, Guillermo Cabrera Infante, Laura Franch y yo. Feria del libro de Madrid, 1995. Foto Sigrid Kraus del Carril.
Ricardo Vega, Guillermo Cabrera Infante, Laura Franch y yo. Feria del libro de Madrid, 1995. Foto Sigrid Kraus del Carril.

8 respuestas para “RECUERDOS.”

  1. Esos recuerdos mezclados con historia literaria y artística me hacen siempre conocer cosas nuevas. Ironías de la cortina de hierro, cada vez conozco más autores cubanos inccreíbles que en la isla son Invisibles. Gracias por estos paseos Zoe. Un saludo desde Oviedo,

    Rosa

  2. Delicioso paseo por tus recuerdos! Los acabo de disfrutar comiendo carne con papas, arroz, frijoles colorados y una banana bien madura. Muy buena idea, recordar los momentos en que se ha sido intensamente feliz…

  3. Hermosos recuerdos. Cuando nos conocimos me contaste que habías estado en Caracas, pero no que no te había gustado… Eres demasiado amable: soy caraqueño pero tampoco me gusta mucho, después de vivir 20 años allí sigo sin entenderla.

    Ya volví a Barcelona, pero París sigue dentro de mi… Cuando vengas, avísame, me encantaría reencontrarme contigo.

    Un abrazo,

    J.

  4. GRacias, Eli, Yoana, Eufrates, mmmm, se me hace la boca agua. No, J. es cierto que no me gustó la ciudad, pero sí la gente, y la gente hace la ciudad. Por eso te lo dije. Saludos, pasaré a verte.

  5. Estos baúles de recuerdos, llenos de vida y de placer, ya no serán olvidados porque otros (el yo, siempre es plural) los recordarán. A mi todavía me parece mágico que usted pudo conocer a Cabrera Infante, ya que uno raramente llegue a conocer a sus maestros. Por esta razón: cuando comencé a leer a Cabrera Infante (misteriosamente comencé por los Exorcismos de estío – libro, dicho sea de paso, que repudie inmediatamente, ya que yo tenia apenas dieciséis años), el escritor moriría dos años después. Siempre lo recuerdo como otro de los grandes, muy alejado en el tiempo, como si estuviese guardado en un museo de la literatura. Sin embargo, estuvo vivo mientras yo estuve vivo. Recuerdo que Borges decía que cuando escuchó que Chesterton visitaría Buenos Aires, el no quiso verlo. Algo similar me ocurrió a mi mientras leí a GCI, su aura era inmensa aun en vida, yo quise pensar que era de otro siglo, en fin quise imaginármelo – ignoro si algo análogo le ocurrió a usted, querida Zoe. Raro tambien es que yo pueda hablar con usted..
    gracias Zoe,

    Gerardo

  6. Estos baúles de recuerdos, llenos de vida y de placer, ya no serán olvidados porque otros (el yo, siempre es plural) los recordarán. A mi todavía me parece mágico que usted pudo conocer a Cabrera Infante, ya que uno raramente llegue a conocer a sus maestros. Por esta razón: cuando comencé a leer a Cabrera Infante (misteriosamente comencé por los Exorcismos de estío – libro, dicho sea de paso, que repudie inmediatamente, ya que yo tenia apenas dieciséis años), el escritor moriría dos años después. Siempre lo recuerdo como otro de los grandes, muy alejado en el tiempo, como si estuviese guardado en un museo de la literatura. Sin embargo, estuvo vivo mientras yo estuve vivo. Recuerdo que Borges decía que cuando escuchó que Chesterton visitaría Buenos Aires, el no quiso verlo. Algo similar me ocurrió a mi mientras leí a GCI, su aura era inmensa aun en vida, yo quise pensar que era de otro siglo, en fin quise imaginármelo – ignoro si algo análogo le ocurrió a usted, querida Zoe. Raro tambien es que yo pueda hablar con usted..
    gracias Zoe,

    Gerardo

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