PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DE CARTAGENA.

SENTIR LOS LIBROS.

Zoé Valdés.

A los 17 bibliotecarios independientes presos en Cuba desde hace 4 años y medio.

Mantengo una relación muy honda con los libros. Es extraño que olvide alguna lectura, pero además jamás he olvidado ni siquiera la sensación física de las más importantes. Puedo cerrar los ojos y evocar el olor, el peso, el color y el espesor al tacto del papel, el tipo de letra, la situación geográfica de mis subrayados en tal o más cual título. Esto hace que pueda abrir las páginas de una obra después de varios años y, sin mucho esfuerzo consiga hallar la frase que una tarde me sedujo, marcada con un lápiz , o simplemente subrayada en la memoria. No puedo estar sin leer, como no puedo estar sin escribir. Pero, cuando hablo de libros no consigo evitar ponerme más en el plano de lectora. Mis libros me dan miedo, un pavor indescriptible. Releerlos produce en mí un dolor delicioso, y cada vez siento deseos de retrabajarlos, de reinventarlos. Los de los otros dan la sensación de bien terminados, en serenidad. Pero los míos no me dejan dormir, siento demasiado su presencia, como vigilantes, como amantes celosos a punto de apuñalarme.

Cuenta mi familia, esas tres mujeres de mi vida, madre, abuela y tía, que yo aprendí a fingir que leía y escribía alrededor de los dos años. Tomaba un libro e inventaba una historia y con mi incipiente vocabulario tartamudeaba un cuento, fascinada con la lectura imaginaria. También imitaba la escritura con una caligrafía similar al oleaje marino. Más tarde, ya en la escuela, confeccioné un idioma para unas cuantas amigas, cosa de poder chismear de los varones sin que ellos se enteraran. Luego redacté cartas y poemas dirigidos a los novios de mis compañeras de clases, quienes no tenían igual facilidad para la palabra. Creo que fue así como comencé a escribir, dando frases, sentimientos, ideas, como mismo una se entrega al amor. ¿No es eso la literatura?

Para mí es sobre todo un gran misterio. Misterio renovado cada vez, sentido en el más mínimo instante. Sentir el fuego de las imágenes, y añadirle más carbón al horno, es decir, palabras como trozos de madera. Las palabras son el único poder que vale la pena hoy en día, cuando son auténticas, cuando expresan los secretos artísticos, cuando impregnan de sabiduría y de poesía a la vida, que es el poema más palpitante del universo.

Al cubano siempre le ha gustado leer. Se dice que el cubano es un lector empedernido y muy peliculero, por el aquello de apasionarse con el cine. Antes, en Cuba existía una tradición periodística bastante extensa y de una calidad inimaginable, basta citar Social, Bohemia, El Diario de la Marina, Hoy, entre otros. Existían editoriales, es incierto de que en Cuba no se editaban libros, ¿dónde fue que se creó revista literaria tan importante como la bella colección de Orígenes? A costo de sus autores, sí, pero que la editaron libremente. Existían las ediciones propias y se comercializaban las latinoamericanas y españolas. Los libros eran distribuidos en célebres librerías, por poner dos ejemplos, La moderna poesía situada en la esquina de Obispo y Bernaza, muy amplia, la que se ha repetido en Miami. La original en La Habana sólo brinda compilaciones de discursos (ya sabemos de quién) o selecciones discretas de autores oficiales. ¡Una candidez! El segundo ejemplo es la antigua librería Madiedo, en la calle O”rreilly, hoy desaparecida, y que era la preferida de José Lezama Lima.

Con la Revolución se creó el aparataje del Instituto del Libro, es verdad que Carlos Franqui ordenó hacer una edición masiva del Quijote, cosa que me vine a enterar hace unos años gracias al editor Basilio Baltasar, porque a nosotros siempre nos dijeron que fue Alejo Carpentier; por supuesto, Carlos Franqui en exilio, no les quedaba otra opción que mentir.

Es cierto que se hicieron ediciones masivas, y se divulgó una cierta literatura, cada vez más cándida, y dale con la candidez que nada tiene que ver con Voltaire, cosa de formar al hombre nuevo. De ahí, que muchos leyéramos Moby Dick con las invocaciones a Dios censuradas. Las ediciones y reediciones salían en tiradas descomunales, pero siempre nos topábamos con las mismas obras. Entre una tirada y otra de la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde distaban pocos meses. Según los ideólogos esta novela costumbrista servía para enseñar nuestras raíces, constatar la cubanidad. Así Cirilo Villaverde cayó de flay, que ni pintado para dar clases de una historia oficial a los cuadros brutos del Partido. Tuvo que aparecer una película desobediente con el mito, con carácter incestuosa para algunos y para Fidel Castro, y de libre inspiración para que al “Cirilo ese lo mandaran a cortar caña”. Frase que escuché en el cine Rialto, a mitad de la película: “¡Cirilo, después de esto vas p’a la zafra de cabeza junto a Humberto Solas!” Y navegó con suerte, que pudo haber caído en la hermosa cárcel de tu piel, como en la canción, sólo por escribir y pensar diferente. Diga lo que diga el ministro de Exteriores cubano.

Los libros constituyen uno de los termómetros más eficaces de las dictaduras, ¡cuántos libros quemados, cuántas autores denigrados, convertidos en cenizas en la hoguera de la infamia! En Cuba, no solamente escritores cubanos vivos y muertos fueron silenciados, también desaparecieron de los estantes nombres ilustres internacionales. Recuerdo cuando publiqué mis primeros poemas en la colección Giraldilla, recibí el primer premio de poesía a los veinte años con el libro Respuestas para vivir, pretencioso título, en realidad a esa edad eran más bien preguntas para vivir; una parte del jurado estuvo compuesto por los poetas José Emilio Pacheco, Efraín Huerta, Fayad Jamís, entre otros, en realidad el poemario fue publicado siete años más tarde en Cuba. Entonces me dieron la posibilidad de pasar en un programa de radio, al preguntarme el locutor por mis escritores preferidos mencioné entre otros a Octavio Paz y a Mario Vargas Llosa, en ese instante el micrófono enmudeció, y como cuando le censuraban la palabra dios a Julio Iglesias en las canciones, se hizo uno de esos silencios que los radioescuchas debían rellenar con su imaginación. Y eso que fui bicha y que no hablé de los escritores cubanos exiliados que me hacían la boca agua.

Un premio Nobel y caca (con perdón de la expresión) es lo mismo para el aparataje si el dichoso Nobel es un anticastrista como lo era Octavio Paz, si por el contrario, como Saramago y Gabo son amigotes del Tiranosaurio pues entonces ya es el NOBEL, con mayúscula y subrayado.

En los años ochenta se quiso cambiar la imagen, dar una idea de apertura al extranjero, entonces tomaban la obra más ingenua de un escritor extranjero y se editaba con la pretensión de que nadie iría a protestar, pues publicado estaba. Fue el caso de Juan Marsé, con Ultimas tardes con Teresa. Los censores, claro, se equivocaron una vez más al ver candidez en esta obra. O de un Italo Calvino, o de un Raymond Radiguet, o de una Marguerite Durás, publicados estos últimos mucho antes en la colección Cocuyo, la que dejó de existir hace ya varias décadas. En la actualidad se publica Lydia Cabrera sin su consentimiento, ¿cómo va a protestar Lydia, la escritora y etnóloga cubana, si murió ya?

Dos cuartillas y media no bastan para explicar el drama literario cubano inmerso en el drama de la dictadura. La campaña de alfabetización llevada a cabo a inicios de la revolución se pudo hacer con el arsenal preparado en tiempos de la república, porque sin la cantidad de maestros formados antes de la revolución no hubiera sido posible; aquella maniobra, política más que educacional, devino una suerte de intercambio bochornoso, tipo el estado te enseña a leer lo que al estado le da la real gana que leas. Mis libros de lectura de primero, segundo y tercer grado estaban plagados de imágenes de héroes. El alfabeto era guerrerista, A como ametralladora, B como Bolivia, E como Ernesto, C como Cuba, Ch como Ché, D como Diario, F, como Fidel, R, como revolución, etc, todo engarzaba de una manera sospechosa. En Historia sólo existían dos revoluciones, la rusa y la cubana, apenas se citaba la francesa, pues se pretendía inflar el globo de que la única auténtica revolución había sido la nuestra.

Actualmente, en la vida cotidiana del cubano de a pie, los libros no  ocupan una importancia vital, porque lo que les preocupa primordialmente es la sobrevivencia, forrajear qué comer, resolver el transporte, el aseo, en fin lo más elemental de la vida. Los libros pasan casi a un plano olvidado. De hecho, librerías y bibliotecas dan grima por su miserabilidad, incluyendo los infotures, esas diz que librerías de hoteles de lujo, en dólares. Los estantes de estos infotures se ven representados por autores ahora semi prohibidos, es el caso –como cité antes- de Lydia Cabrera, quien en vida puso una demanda contra la publicación cubana de El Monte, su obra más emblemática, pero después de muerta su obra se vende por doquier, hasta en ferias internacionales; sin sospechar los compradores que esa autora tuvo que huir de su país debido a esa misma obra literaria con la que hoy el régimen gana dólares. Los cubanos no pueden comprarla.

¿Qué cubano que pueda empatarse con un puñado de fulas (dólares en argot), de euros, o CUC, vacilará entre un libro y un paquete de leche en polvo? Salvo rarísimas excepciones, se irá por lo segundo. Así y todo, siempre para salvar la imagen hacia el exterior, desde hace algunos años se viene celebrando bianualmente la Feria Internacional del Libro de La Habana, antes ocurría en un paraje residencial y bien remoto del centro de la ciudad misma, hoy es en La Cabaña, antigua cárcel donde Castro mandó a fusilar a tantos inocentes y donde estuvo preso durante dos años y medio el escritor Reinaldo Arenas. La entrada a la Feria es por invitación especialísima, o pagada en dólares, o en CUC o en pesos cubanos a precios elevados. Un libro puede llegar a costar entre 25 dólares o 40 pesos. En el caso de los primeros constituye un salario de varios meses, en la moneda nacional significa la mitad del salario mensual mínimo.

Los intelectuales siempre se las arreglarán para conseguir libros. Siempre entrarán de manera clandestina y se pasarán de mano en mano, en una suerte de biblioteca itinerante. Ya existe el mercado negro de libros, en Dolores Santa Cruz, por supuesto. Cualquier turista puede ser interpelado por un jinetero deseando venderle un ejemplar en extinción del último premio Cervantes.

En Cuba, leer siempre ha sido una hazaña, una epopeya maldita. Pero desde luego, la mayor hazaña es existir, resistir. Digo, no sin amarga tristeza, que he conocido héroes anónimos de la lectura. Hombres y mujeres que con el estómago vacío, sosteniéndose a base de té o de agua con azúcar, intentan nutrir su espíritu abriendo un libro distinto. Eso, sin duda alguna, también es el amor a la vida. Eso es sentir y darle sentido a la literatura. Su proeza es vivir y leer diferente. Ellos, los bibliotecarios independientes, gente que crea bibliotecas clandestinas en sus hogares, a escondidas, o los sencillos lectores arriesgados: esos son mis verdaderos héroes.

Cuando salí de Cuba”-como dice la canción magistralmente interpretada por Guillermo Portabales- yo en cambio sólo “dejé” una parte de “mi vida”, y una parte de “mi amor”. Si bien pude conseguir salir con mi marido, el cineasta Ricardo Vega, y con mi hija, entonces de un año y medio, lo cual no resultó nada fácil, pues ¿quién ignora que para sacar a un niño de Cuba aunque lo hayas parido debes obtener la autorización del Ministro del Interior y de Fidel Castro? Algún día contaré, si llego a escribir mis memorias, cómo sucedió aquella salida llena de contratiempos y las humillaciones a las que fuimos sometidos. Sin embargo, aunque casi libre, dejaba detrás a mi madre, a mis amigos, mis lugares, y una gran parte de mis libros. Es cierto que pude sacar conmigo una maleta de volúmenes, la mayoría de poesía, y que más tarde he ido recuperando o volviendo a comprar los imprescindibles; pero la ausencia, la pérdida, el robo de lo que llamo mi tesoro de papel, mis remedios del alma, los medicamentos que constituyen las diversas lecturas y relecturas es uno de los castigos más grande para alguien que como yo siente de manera muy vívida ese objeto espléndido, pilar de la sabiduría, que es el libro.

París, 2008.

Fotos mías: Ciudad de Cartagena, Feria del Libro, Museo romano, Alcaldía, mi cuarto.

Fotos donde aparezco: De la Alcaldesa Señora Pilar Barreiros y de una de las libreras de la Feria.

4 respuestas para “PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DE CARTAGENA.”

  1. Excelente tu pregon, tu retrato de lo que ha sido y es la realidad de un cubano cuando de leer se trata. Me enorgullece saber como pones los puntos sobre las ies en un contexto donde seguramente muchos asistentes no tienen ni remota idea de todo lo que hemos pasado. Seguro que despues de tu pregon, como le has llamado, habra menos ciegos… y mas comprension a nuestros gritos.

  2. Querido Eufrates, muchas gracias. Pregón se le llama a la conferencia que da el escritor homenajeado en las ferias españolas del libro. Te cuento, en la primera fila estaban los socialistas, en cuanto terminé mi pregón, se pararon y se fueron sin decir ni mú. Ni siquiera tuvieron la deferencia de venir a decirme es cierto, usted tiene razón, o no es cierto, se equivoca, nada de nada. Y eso que son los que se supone que deban defender la democracia, la libertad, los derechos humanos, según ellos mismos dicen; pero parece que con Cuba eso no camina. Pobre gente.

  3. Como siempre ¡¡¡¡¡Genial!!!!. No sabía de esa feria del libro en Cartagena. Si me llego a enterar, allí hubiese estado sin lugar a dudas, ya sabes que sería un gran placer conocerte personalmente y por supuesto escucharte.
    Saludos querida Zoe.

  4. Hola senora Zoé Valdès!!!!
    Me presento: soy Ana Sofia, vivo en Martinica y estudio el espanol para ser profesora.
    Este ano, tengo también que preparar una tesis y he decidido hacer mi tesis sobre usted y dos de sus libros.
    Bueno, me encantaré tener contactos contigo, no para ayudarme para la tesis, jajaja, sino para darme tu vision de Cuba, para hablar. Quiero tener los opiniones diversas sobre esta isla, que sean negativos o positivos. Y sé muy bien, que a usted, no le gusta el régimen de los hermanos Castro. Habria querido que me dijera por qué, si usted quiere.
    Bueno, espero que tendré noticias suyas pronto.
    Adios.
    Ana Sofia

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