ORLANDO JIMÉNEZ LEAL: UN VITRAL EN EL PAISAJE.

Lydia Cabrera.
Lydia Cabrera.

ORLANDO JIMÉNEZ LEAL: UN VITRAL EN EL PAISAJE.

“La Photographie appartient à cette clase d’objets feuilletés dont on ne peut séparer les deux feuillets sans les détruire : la vitre et le paysage, et pour-quoi pas : le Bien et le Mal, le désir et son objet… »

Roland Barthes.

Parecieran imágenes muy antiguas, de finales del siglo diecinueve, on incluso mucho antes, imaginadas, de cuando ni aún se había inventado la fotografía, en un lugar recóndito e hipócritamente apaciguado de Europa; parecieran, digo, anécdotas del recuerdo, si no fuera por la lenta musicalidad en el alma de los rostros indígenas, en los ojos ariscos, en las bocas arrugadas, debido a la risa forzada, y la oblicua mirada, saqueada por la melancolía. Hay una grisura de antaño en las calles, y un murmullo de sombras en las columnas, similares a huesos encontrados en las colinas de Bogotá. Si nos detenemos, fijos, sin pestañear, hasta que se nos agüen los lagrimales, detectaremos un destello que nos observa desde lo profundo de esa red de esencias, de tiernos conceptos provenientes de un esfuerzo siempre inconforme surgido de las fotos de Orlando Jiménez Leal, lo que las convierte en testimonios de la duermevela, y en acta del deseo. Y también es otorgada renuncia, calamidad destructiva. Habrá que romper la vista para poblar el silencio, ése es su enigma.

En una de las fotos, la mirada absorbe la caminata efímera de un hombre, y la presencia inadecuadamente misteriosa de una mujer, que a ratos aparece y desaparece, enfrentándonos o dándonos las espaldas, según el recorrido, según la prueba de la descripción del paisaje revelado por un vitral húmedo, que nos muestra que la lluvia acaecida cual penumbra, ensombrece el ayer, aquel momento anterior al día en que fue tomada la imagen. Entonces nos cuenta del trayecto de un grupo de muchachos, tanto por el instante de las fotos, tanto por la edad. El tiempo resulta contraído entre dos láminas, una de cristal, otra de humo.

Aurelio de la Vega
Aurelio de la Vega

Por momentos, el campo visual reposa sobre un gesto, aunque el paisaje participe de la intriga, la enriquezca; pero en verdad, es el gesto el que reclama la experiencia, el suspiro del segundo que consagra una materia que sucumbe, muerta ya… Ahora mismo, en el ritual del contrapunto, yo miro la mirada que me mira, perdón, que un día me miró, sin presentirlo, sin saberlo. Escucho, incluso, el eco de esa mirada, maldito, ¿malévolo?

Inesperado homenaje a Cartier Bresson.

Las fotos de Orlando Jiménez Lean poseen la inconsciente malicia, necesaria en el trabajo del retratista, lo que permite un viaje sensorial entre el vitral y el paisaje, entre el objeto y el espectador, y nos autoriza el tránsito de una existencia a otra, y transcurrimos desde el misterio de aquella mujer hacia el que ella suscita en otra, una vez que existiendo ahora provoca el mío, me inunda de su secreto y murmura el mío, muto en su heredera, despojado de su rostro la esterilidad del museo. Sucede como si yo entrara en su piel apergaminada, y ella robara algo muy profundo de mí, se marchara con mi actualidad a cuestas, y desandara en el exterior de la foto, furiosa, sobrecogida.

El gallo ante el espejo.
El gallo ante el espejo.

Los niños de gestos ausentes, que nos rodean, me dan la mano, dentro del papel impreso, se cuelgan de ella, y pasean aferrados a mi robado espíritu, albergado por la intrusa. El fotógrafo gana en el debate de los dobles, la imagen deja de ser melancolía para arrullar una intrépida dialéctica: la negación de lo borrado, la candidez petrificada en el pozo de las pupilas. Los retratados retratan mi asombro.

Les enfants du paradis.

Nunca antes me había visto tan hurgada por una foto, en el sentido literal del término, hubo un acto del clic de la cámara, un abre y cierra de la pupila, el ojo inflamado en el sentido, el presentimiento de que soy yo porque miro, observo, contemplo, y estudio esa imagen valseando entre el vidrio y su alter ego, entre la capa líquida y el reto nebuloso de una acción transcurrida, en un sitio cualquiera, en un segundo, con un paisaje de fondo, que bien puede acontecer en lo hondo de los grises del olvido.

Offenbach escucha a Guillermo.
Offenbach escucha a Guillermo.

Al pasar al retrato, el mundo del extrañamiento se desliza por los rasgos del escritor Guillermo Cabrera Infante, la piel aceitunada, la expresión rigidulzona de los labios, toda la brisa habanera de su escritura en el pelo. Todo mi escritor en el tiempo en que yo leía su obra, recogida en posición fetal en un catre de la calle Empedrado. Frente al retrato, la catarsis, acaricio la cultura rajada y dolorosa de las sienes, la finitud de la lectura se define en la infinitud de sus manos, las que reposan fuera de los límites de la impresión de la foto. Me aproximo hasta ver más allá, hasta palpar la historia que creó esta imagen, una amistad intensa entre el fotógrafo y el fotografiado, una cita de pensamientos, y el desafío de posar cada uno para el otro. Un retrato es sobre todo un antes y un después, un pasado mañana. Cabrera Infante respondió a Orlando Jiménez Leal, instantánea la niña de los ojos saltaba la suiza, saltaba un muro, nos reíamos con estas invenciones. La meditación del novelista es su identidad esencial, malabarismo infantil encima de los párpados, y volvíamos a reírnos, y tocábamos el tema de la imposición química de la imagen sostenida y argumentada por el pensamiento, otra vez apresado entre risas; más presuroso que aletargado del joven que fue ese hombre de hoy leyendo y revisando un manuscrito en su casa de Londres.

Puro humo.

Bogotá no es una ciudad para fotografiar, eso pensaba hasta ayer. Y es que la imagen se caza en función del acecho de lo bestial que puede devenir un lugar. Orlando Jiménez Leal colocó el salvajismo, con pinzas de cirujano, en el centro mismo del microscopio, otra vez entre dos paredes, o dos aguas, el vitral y el paisaje. Enfocando al dolor, logró conmover la epidemia, el virus, y creó un tratamiento especial del silencio, movilizándolo, consumiéndolo gracias a la armonía del lente, así aniquiló el peligro del contagio, del remedio, y abortó el riesgo de lograr simplemente buenas fotos. Una foto compleja es la mejor curación.

Un hombre ilustrado.

El Chori en su choricera.
El Chori en su choricera.

Nada más lejos en sus objetivos que aquellos de conseguir únicamente “buenas fotos”. Son fotos que nos hacen olvidar que lo son, y me permito otra frase de Barthes: “ellas inducen a pensar, sin saber en qué, sugieren un sentido, otro sentido aparte de la foto misma”. Constituyen imágenes pensantes, pensadoras, pensives, sutiles en cuanto a calidad de réplica, lo que fundamenta su calidad artística. Primordiales en su sabiduría maldita, brutales, compuestas por la dualidad entre la huella y su verdad. Tanto es así que, en este mismo instante, siento que acabo de regresar de aquella tarde en la que la luz de Bogotá le abrió una cicatriz imborrable a la eternidad. Entonces Orlando Jiménez Leal y yo nos conocimos allí, y no en Madrid, como ocurrió ciertamente, pero sin constancia gráfica.

Retrato de Orlando Jiménez Leal en casa de mi padre en New Jersey.
Retrato de Orlando Jiménez Leal en casa de mi padre en New Jersey.

Zoé Valdés. París, 1997.

Las fotos del autor han sido enviadas por él mismo, y los títulos de las fotos son los títulos del autor. Gracias, querido Orlando.

16 respuestas para “ORLANDO JIMÉNEZ LEAL: UN VITRAL EN EL PAISAJE.”

  1. Me gustan mucho estos textos tuyos desempolvados. La foto que muestras es excelente. Pero quede con deseos de ver las fotos de Jimenez Leal de las cuales nacio tu articulo. Quedas en deuda…

  2. Querido Eufrates, tuve copias de esas fotos, pero esperé hasta ahora para que Orlando me enviara algunas por email, y como no lo hizo no pude publicarlas. Una pena.

  3. Que fotos! Que dominio de la iluminacion! Gracias dilecta, por «pagar» tan rapido la deuda de las fotos de Jimenez Leal. Excelentes! Decididamente, nada como la fotografia en blanco y negro….

  4. Bellas fotos! La de Lydia es impresionante; la tuya muy enigmatica. Luego el texto encaja como anillo al dedo. «El gallo ante el espejo», es bien Labrador Ruiz?

  5. Sí, querido Javier, es Enrique Labrador Ruiz, bella foto. Los títulos son los que me mandó Orlando personalmente.

  6. Esa foto de Lidia Cabrera es uno de los mejores retratos que he visto. Perfectamente delineado los rasgos, el peinado, el atuendo, sin alterar la penumbra, la atmósfera del ambiente. Y qué expresión la de Lidia. La frente, los ojos, la boca, las manos… El cuerpo hundido, la vista alzada, la concentración de la mirada, la tensión de las manos, el saldo vital en el rostro, en los gestos. Elegancia, dolor, inteligencia. Uno puede leer esta foto. Su riqueza tonal registra maravillosamente la riqueza personal del personaje. Impresionante.

  7. Gracias, Eufrates, Javier, Ruppert. Sí, Salcedo, esa foto es de una belleza indescriptible, no me canso de mirarla. Es como bien dices, impresionante. Gracias.

  8. El post sobre Orlando Jiménez Leal es de una belleza poco común. Gracias, doña Zoé Valdés. Ni que fuera nomás por cosas como ésta merece la pena este invento mágico que nos permite gozo semejante. Y sí, el retrato de la gran dama es exactamente eso, el retrato de la gran dama. Ya le digo, belleza.

    Un placer, sí señora, y un saludo.

  9. Gracias, querida Estrella, es cierto, son de una belleza que dan pálpito, que diría mi madre… Pero la de Lydia es de concentrarse en ella, porque todo lo que hay es su rostro es su obra, su vida. Y qué belleza de señora, qué dignidad.

  10. Orlando Jimenez…. y se hizo la LUZ!

  11. Totalmente astonishing y outstanding, me ha encantado todo, los textos, el poderío del blanco y negro…

  12. Fotografía muy propia amigo Orlando. La foto de Lydia Cabrera es mi preferida, supongo porque trasmite con gran naturalidad su personalidad. La foto de Zoe es una de las más bonitas que he visto de la autora de este blog. Me han encantado. Gracias

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