EL ÚLTIMO BANQUETE EN MERCADERES DOS.

Desde los once años he llevado un diario, primero fue un diario común, luego mi Día-Eros, en él escribo todo, ampliamente cuando puedo extenderme, en otras ocasiones sólo he tomado notas, precisas, y esbozos de poemas. En aquella época, a inicios de los años ochenta, yo sólo poseía éso: un cuaderno donde anotaba todo. Ese era mi mayor tesoro, mi más grande secreto. En aquella época vivía en Mercaderes dos, en el Solar de los Intelectuales, con M. Antes vivía con mi madre, dormí en la misma cama con ella hasta los diecinueve años, en un apartamentico reducido de la calle Empedrado, que nos habían dado el derecho a comprar a plazo, luego de haber pasado dos años en el albergue de Monserrate, porque el solar donde vivíamos en la calle Muralla 160 se había derrumbado a causa de un ciclón. Nos quedamos sin nada, pero a poco fuimos recuperando cosas, la generosidad del cubano es infinita, al menos lo era, no sé ahora. Sin embargo, los animales de mi abuela murieron todos, once jaulas de canarios, un gato, un perro, el gallo Solito, la jicotea, la cotorra, y los palomares de la azotea, todo se perdió. Cuando entré en Mercaderes supe que entraba en un solar diferente, allí todo el mundo se creía importante, yo venía de un solar menor, por así decirlo, pero lo único diferente que tenía Mercaderes dos, eran: una ceiba en medio del patio, que tenía no sé cuántos «siglos», según los vecinos, el vetusto inmueble estaba situado junto a la catedral, por lo que una de sus paredes daba al Seminario San Carlos y San Ambrosio, y frente a la Bahía habanera, por lo que el olor a brea era constante y la humedad era tanta que cuando me lavaba el pelo pasaban horas para que se secara, además, José Martí y Juan Gualberto Gómez se habían reunido en el cuarto donde yo vivía con M. para fraguar la guerra del 95, ah, sí, y estaba habitado por artistas, poetas y locos, entre ellos un abogado negro de cientoún años que todavía se creía en la República, vestía como tal, y juraba que había conocido a Martí y a Quintín Banderas, por todo eso le llamaban El Solar de los Intelectuales. Por lo demás era igual que otro solar cualquiera, la entrada estaba apuntalada y cochinísima, el motor siempre estaba roto, y había que bajar a encebarlo cada cinco minutos, vivíamos pendientes de los ronquidos o estertores del motor, los intelectuales o sus amantes botaban cualquier cantidad de objetos inimaginables en la cisterna, las ratas eran del tamaño de Cof-Cof, Popea y Celeste, las perras de Poncito (el hijo de Fidelio Ponce de León), el baño y el fregadero eran colectivos, y habían mirahuecos y rescabuchadores, incluídas las broncas colectivas y las piñaseras, que entre intelectuales suelen ser muy folklóricas. Mis mejores amigos eran Jorge Eduardo Álvarez, Juan Miguel Fidelio Ponce de León, Juan Moreira, Eva, la sueca mujer del Boix y el Boix con sus arrebatos.

Sibila y yo en el cuarto de Mercaderes dos.
Sibila y yo en el cuarto de Mercaderes dos.

Pero entre el cuarto de Moreira y de M. escuché las mejores disertaciones sobre arte y literatura de mi vida, en boca de prestigiosos intelectuales cubanos y extranjeros de la época, Reinaldo Bragado Bretaña, Jesús de Armas, Martínez Pedro, poetas chilenos, norteamericanos, mexicanos, escritores españoles, traductores alemanes y checos, e incluso hasta espías soviéticos que convertidos al relajo habanero habían perdido toda credibilidad, confianza de sus superiores, y por ende, prestigio. Tal vez yo era muy joven y así lo recuerdo, de una manera sumamente hiperdimensionada. Lo que sí era cierto es que el lugar tenía una magia muy especial, y una vez que entrabas allí el ambiente se transformaba, y todo lo que respirabas era poesía, belleza, arte, y obviabas la porquería (las que limpiábamos éramos Alicia Leal, Eva la sueca, yo, yo más que nadie) ese mundo underground me salvó del mundo enrarecido de afuera en el que nos tocó vivir. Sólo había un chivatón y todos lo tenían controlado, la información que le pasaban era siempre la equivocada, y lo teníamos verdaderamente loco.

El último banquete.
El último banquete.

Despertaba y el «ojo de dios» me miraba, abarcaba todo mi cuerpo desnudo. La luz del cuarto era esa luz, blanca, nacarada, como un soplo estrellado. El «ojo de Dios» le llamaba M. al ojo de buey, la única ventana abierta que daba a la calle, y también «el tokonoma» lezamiano, cuando llovía a cántaros no había manera, también «el ojo de dios» escupía y se mojaba todo, se inundaba el cuarto. Había otra ventana que daba al patio, al techito de la cocina de Poncito y Jorge, y a través de ese balconcillo podía conversar con mis amigos.

Sibila, yo, el ojo de buey.
Sibila, yo, el ojo de buey.

Las fotos que pongo aquí hoy me las hizo Sonia Pérez, que siempre andaba con su cámara lista para captarlo todo, y que me hizo muchísimas fotos, estas fueron de la última cena en Mercaderes dos, antes de irnos para París, M. como diplomático «a la carrera», yo como esposa acompañante. Era mi primer viaje, la primera vez que cogería un avión, dejaba a mi madre y a mis amigos, a mi gata Sibila, con la certeza de volver a verlos. No crean que la «idea de quedarme» no me pasó por la cabeza, pero era de las que creía que había que cambiarlo todo desde dentro, hasta convencerme un día, que sería imposible, al menos para mí. Hacía cuatro años que vivía con M, en aquel cuarto, y mi intuición me decía que me estaba despidiendo de una parte importante de mi vida, así ocurrió.

Jorge, Poncito, y Sibila.
Jorge, Poncito, y Sibila.

El último banquete en Mercaderes dos fue sencillo, sólo estuvimos Sonia, MR y yo, el menú fue huevos hervidos, tomates, queso crema «liberado», y un resto de algo del día anterior, con un mojo que yo hacía con miel, vino seco, y un poco de aceite Bebito, que era el aceite que a veces vendían por un cupón de la libreta de racionamiento para la piel de los bebés, el impétigo, etc, en las tiendas. Cuando había aceite Bebito no había aceite de comer, en más de una ocasión freí huevos con aceite Bebito. Y cuando había aceite de comer no había del otro, espero que las madres no le hayan echado aceite de cocina a los bebés, aunque en más de una ocasión lo usé como bronceador o dorador. Mi gata Sibila comió tanto huevo que ya yo le veía los pelos amarillos, todo el mundo estaba amarillo. El pulóver que llevo puesto en la foto con el ratón Mikito se volvió contestatario en el barrio, por eso no me lo quitaba, si les cuento por qué, se partirán de la risa: Una tarde al salir vestida de ese modo de la casa, la esposa del presidente del comité me pregunta que por qué yo llevaba esa insignia enemiga en el pulóver, le dije que era el ratón Mickey, y enseguida me di cuenta que con toda probabilidad esta mujer era una extremista que de sólo ver a un ratón concebido por Walt Disney pues ya lo percibía como una provocación. Poncito me aclaró la duda, el marido se llamaba Perfecto Ratón, ése era su nombre real. Por eso las reuniones de comité duraban tan poco, cuando se hacían, porque aquel pobre hombre tenía un complejo tal con su nombre, y además, los vecinos desde que llegaban se sentaban con la mano en la boca, aguantando la risa, y él se daba cuenta.

Sibi
Sibi

Nos fuimos M. y yo. Sibila se quedó con la mamá de M. una señora a la que quise mucho, y quedó bien cuidada. Jorge y Ponce me mandaban largas cartas con los pormenores de Mercaderes dos. Mi madre me escribía, sus cartas siempre llegaban acompañadas de las de mi primo, con alguna bolsita cosida como resguardo, con ajo y palito vencedor, el poco ajo que daban para comer ella lo empleaba en sus resguardos. Y mi querida Sonia me enviaba fotos de Sibila, detrás siempre había escrito un mensaje de Jorge o de Ponce. A la secuencia de fotos de la noche antes de partir, Sonia le llamó, El último banquete, hice una selección de ellas.

En próximos posts volveré sobre París.

Sibila bañada por un rayo de luna proveniente del ojo de buey.
Sibila bañada por un rayo de luna proveniente del ojo de buey.

ENCUENTRO

a M

El hombre del paraguas negro,

una mañana de invierno con su benévolo sol,

un mediodía lluvioso.

Soy yo,

me has perseguido ¿te acordarás?

te pierdes

¿dónde estás?

Sibila mira hacia el ojo de buey
Sibila mira hacia el ojo de buey

DESORDEN EN MI CABEZA

Si entro en la casa

el olor a gatos

la escalera

el bombillo fundido

los pasillos y enredaderas

me dicen que tú estás

Si entro en la casa

la reja

la luz en el cuarto

y el candado

me dicen que tú estás

Nota de Jorge en otra foto de Sibila
Nota de Jorge en otra foto de Sibila

Si entro en la casa

La mesa llena de libros

la máquina con una cuartilla

la taza humedecida de tu boca

y el café

me dicen que tú estás

Si entro en la casa

la música de los vecinos

los ceniceros llenos

y la cama destendida

me dicen que tú estás

Nota de Jorge en el dorso de la foto de Sibila
Nota de Jorge en el dorso de la foto de Sibila

Si entro en la casa

tu piel blanca sobre el silencio

tú desnudo dentro de mi cabeza

leyendo la biografía de Napoleón

y tus zapatos

me dicen que tú estás

Si entro en la casa

la carta en los espejos

la camisa que falta

el reloj escandaloso

los perfumes de afeitar

la oscuridad

me dicen que tú estás.

Poemas de Respuestas para vivir, escritos entre mis 17 y 20 años, premio Roque Dalton y Jaime Suárez Quemain en México en 1980, con un jurado de prestigio, Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Fayad Jamís, Diana Durán, entre otros… Publicado en Letras Cubanas, en 1986.

11 respuestas para “EL ÚLTIMO BANQUETE EN MERCADERES DOS.”

  1. Mercaderes Dos era leyenda. Tambien yo era muy joven en esa epoca, pero ya estrenaba mi alma vieja escuchando anecdotas como estas que recuerdas en tu texto. Y, por esa extraordinaria fotografa que es Sonia, conoci a Sibila y todos estos recuerdos. Nada, que no coincidimos de pura casualidad. O a lo mejor coincidimos, pero eramos tan timidos en esa epoca que a lo mejor ni nos miramos. Cuanto disfruto tus memorias! Es como volver a una epoca en que eramos transparentes, optimistas, devoradores de libros y arte y muchas ilusiones. Gracias dilecta, llenas de poesia el empezar de mi dia.

  2. Gracias de nuevo por compartir tus recuerdos, si supieras cuanto disfruto me cobrarías un plus. Y que monina la gata, yo también tuve una gatita (la primera) a mediados de los 80 y todavía no he podido olvidarla. Era modelo, como todas las gatas y yo, a partir de entonces, pornofelina.

  3. Gracias, Zoe por este post. Una alegría infinita por ver ese lugar desde tu perspectiva. Un mundo que se escurría del trazado vulgar al que tampoco escapaba, pero que podía ser bendecido por esa luz del «ojo de Dios» cayendo sobre Sibila. Un abrazo,
    cristina

  4. Coño Zoé, acabaste conmigo. Las fotos de Poncito me traen extraordinarios recuerdos, la ceiba, las perras, la cochambre… ¿Recuerdas las lámparas que hacía con botellas recortadas y aros de barriles de manteca o ruedas de carreta? Me diste un gaznatón en la nostalgia.

  5. Querida Zoé:
    Dices que en posts futuros volverás sobre París, cosa que me parece fabulosa, pero, por favor, no dejes de volver sobre La Habana. Disfruté mucho este texto. Gracias.

    Abrazo,
    A

  6. Curioso: hace unos años leí una de sus novelas, creo que la más celebrada, y me perdió como lector; pero ahora me recupera con esta nota, que por ser un repaso es muy humana. Sin precisión me recuerda los diarios del viejo Albert Jay Nock. Excelente. Felicidades.