EL DÍA EN EL QUE CASTRO TOMÓ EL PODER. ALAIN AMMAR.

El periodista y «grand reporter» de TF1, Alain Ammar, que ha escrito varios libros y ha realizado numerosos reportajes televisivos sobre Cuba, historiador y especialista de América Latina, vuelve sobre el tema cubano.
En esta ocasión, el libro trata sobre los primeros días del año 1959, y ese primer año, relatado y analizado, suceso a suceso, centrándose en Fidel Castro, pero también en sus líderes más importantes, se agradecen los testimonios de Huber Matos, quien cuenta exhaustivamente el asesinato de Camilo Cienfuegos, ordenado por Fidel y Raúl Castro.
Lo importante de este libro es la corroboración de que Fidel Castro no engañó a nadie, el que se engañó fue porque quiso, desde el primer momento su personalidad de dictador, de asesino, estuvo bien clara. Y frente a esa realidad estuvieron muy firmes Huber Matos, Camilo Cienfuegos, y aquellos que se desilusionaron desde el primer momento y que lo manifestaron, a muchos de ellos les costó la vida.
Este es un libro imprescindible, por la gran información que sustenta. Se los recomiendo.
Recién publicado por Seuil, 207 páginas, el título en francés es Le jour où Castro a pris le pouvoir.

alain-ammar

dedicatoriaalainam

3 respuestas para “EL DÍA EN EL QUE CASTRO TOMÓ EL PODER. ALAIN AMMAR.”

  1. Aqui voy a adjuntar un texto que escribi sobre este tema de los dos primeros años de Fidel, y de la puesta en escena que el preparo junto a la URSS para «engatusar» a los que se dejaron:

    La Estética, lo Estático, y lo Estatal.

    Independientemente de las razones socio-políticas que pudieran explicar el gran apoyo popular que tuvo la Revolución Cubana en sus inicios, a pesar de que el 16 de abril de 1961 Fidel Castro reconoció el carácter socialista del proceso revolucionario, negado vehementemente al inicio, al punto de que denunciarlo le costó a Hubert Matos veinte años de cárcel, sin que Fidel lo soltara después de ese 16 de abril en que se quitó al fin la careta, es importante regresar al pasado, a esos dos primeros años de la Revolución, para tratar de desmontar la cuidadosa puesta en escena que Fidel, en contubernio con la Unión Soviética,
    la República Popular China y el Campo Socialista, prepararon para que el pueblo cubano, tan amante de la libre empresa, que en 1956 había rechazado indignado la invasión rusa a Hungría, se rindiera a los cantos de sirena que venían de detrás de la Cortina de Hierro, con Fidel llevando la voz cantante en ese coro potiómkino, como cuando este personaje quiso engañar a Catalina la Grande, creando las aldeas homónimas, que eran puro decorado; en fin, que como diría La Lupe, todo fue puro teatro.
    En 1957, la embajada soviética en La Habana fue cerrada y su personal diplomático expulsado, embajador incluído, por supuesto, pero éste ha sido un tema prácticamente virgen en la historia oficial post-1959, porque al régimen nunca le ha convenido “levantar esa teja”.
    Resulta que los rusos fueron sorprendidos con las manos en la masa, tratando de llevar agua para su molino, por lo que la teoría de que el embargo y la ruptura de relaciones por parte de los Estados Unidos fueron los que arrojaron a los Castro a los brazos de la Unión Soviética es inconsistente: eso estaba pactado de antemano.
    Nikita marcha al encuentro de Fidel en la O.N.U en 1960 para abrazarlo, completamente consciente de que la bienvenida del comandante Melón, verde por fuera, pero bien rojo por dentro, estaba garantizada.
    No en balde el canciller Gromiko había hecho una “sorpresiva” visita a la Isla en 1959, para atar bien los cabos que Raúl, en su visita a Varsovia, cuando el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes celebrado en esa ciudad, y Alicia Alonso, en sus giras soviéticas de 1957 y 1958, se habían encargado de plantar por esos lares, con la anuencia y el imperativo de Fidel, como es obvio.
    Ya apenas en 1960, tuvo lugar en La Habana, en el Museo Nacional de Bellas Artes, mandado a construír por Batista en 1954, una gran exposición soviética, para deslumbrar a los cubanos con los “logros” de Moscú en la edificación del Socialismo, a la que sucedió otra gran exposición, esta vez de la República Popular China, con el mismo objetivo, pero ahora con el auxilio de la seda y la porcelana que los rusos nunca atinaron a producir bien, sucedida a su vez por una de Bulgaria en el Pabellón Cuba en 1965, bien surtida de vinos, uvas y manzanas, como para que los cubanos no fueran a extrañar las españolas que ya estaban haciendo mutis.
    Paralelamente a esta “campaña de relaciones públicas”, la prensa castrista, que luego ya sería la única, desde el inicio bombardeó a sus cautivos lectores con las noticias de las hazañas del primer Sputnik, la perra Laika,Yuri Gagarin, y un poco más tarde, de Valentina Tereshkova, la primera mujer cosmonauta del Mundo, para atenuar el impacto de lo de Hungría, y convencer a los cubanos de que el Socialismo era el único y verdadero camino para el progreso de la humanidad.
    Pero cuando comenzaron a llegar los asesores y técnicos “bolos” (y “bolas”), mal vestidos, gordos y mal olientes; las latas de carne rusa y de leche en polvo, horriblemente diseñadas, amén de los camiones MAZ-200, con puertas de madera, los
    Zil -157 y los Gaz-53, con diseños de la Segunda Guerra Mundial, mal copiados de los norteamericanos, el agudo sentido cubano de lo estético dijo: “huele a peligro”, y también en lo técnico, pues las guaguas checas Skoda, bautizadas por el pueblo como “pepinos”, no lograban llegar más allá de Santa Clara en el servicio regular interprovincial, por lo que tuvieron que ser repuestas las vetustas y denostadas “General Motors” yanquis para poder llegar a las provincias orientales, hasta que se compraron las Leyland en la supercapitalista Inglaterra entre 1965 y 1966, en franca contradicción entre técnica e ideología.
    De las guaguas rusas mejor ni hablar, porque ésas no llegaban ni a Mantilla sin romperse o botar el agua del radiador, como hacían las Zil-158, que entre 1963 y 1972 “asolaron” Matanzas, cuando subían la loma de la calle Salamanca.
    Incluso el mismo Ché Guevara, en palabras que están grabadas para la historia, alertó a Fidel de que ése no era el camino para Cuba, “porque el mejor producto checo no podía competir ni siquiera con uno belga, por no decir francés”, por lo que se volvió incómodo para el Comandado y sus Mandantes, y se tuvo que ir para el Congo, regresar a Cuba de incógnito, y después partir para Bolivia, donde luego Fidel “editaría” la leyenda a su conveniencia, ocultando su rechazo a lo soviético.
    En defensa del patio, diremos que entre 1959 y 1967, a pesar del bombardeo de equipos obsoletos, principalmente rusos, el diseño gráfico y arquitectónico cubano gozó de una efímera salud, como todo lo castrista, como tan premonitoriamente dijera Santa Camila de La Habana Vieja en 1961, en la obra homónima de Brene: “Escobita nueva barre bien”.
    Los “FRUTICUBA”, los “MAR-INIT”; las flamantes “Cremerías”, donde la mayoría descubrimos el yogurt; la megaheladería “Coppelia”, con sus 53 sabores de helados, y los afiches del ICAIC, relucientes en cines bastante bien remozados por todo el país, junto a la red de nuevas pizzerías, parecían ser los heraldos de un mundo nuevo, más justo, más humano, incluso mejor que el de la Madrastra Patria y demás hermanastras.
    Hasta las calles capitalinas de Monte y Belascoaín fueron también muy bien remozadas, con anuncios lumínicos incluídos, pero en 1968 la carroza se convirtió en calabaza, y los zapatos marca “Primor” se comenzaron a despegar, aunque desde 1962 eran sólo un par para bodas y quinceañeras.
    Carnavales y Navidades bastante decorosos se celebraron hasta 1966; la muerte del Ché en 1967 fue el pretexto para tumbar los carnavales habaneros de ese año, aunque en Matanzas se llegaron a celebrar en febrero, con quiosco copiado del Pabellón de Cuba de la Expo Mundial de ese año en Montreal incluído, con un alto nivel de diseño.
    La llamada Ofensiva Revolucionaria de 1968 acabó con el pan de piquitos, y casi con el pan; luego vino la UMAP, el Caso Padilla, y el Congreso Nacional de Educación y Cultura, y entonces lo estatal se volvió sinónimo de estático, antiestético, y de mal que ya dura la mitad de cien años, por lo que urge el estetoscopio de un médico no chino para que nos salve y le ponga demócrata remedio.

    Santiago Martín.