EN EL PICO BLANCO CON JOSÉ ANTONIO MÉNDEZ.

Era un sábado, mortalmente aburridísimo. No teníamos fiesta ninguna, ni cine, ni ningunos quince en donde colarnos. María Julia me había venido a buscar para dar una vuelta, caminar un poco por el Vedado, sugirió, meternos en Coppelia. Pero yo no tenía ganas de caminar, y estaba arrancá, no tenía un quilo. Mami estaba también arrancá, era fin de mes.

Nos paramos en el balcón, María Julia y yo, a reirnos de la gente que pasaba. Nos matábamos de la risa al ver cómo los hombres se acomplejaban cuando los llamábamos y nos escondíamos enseguida tras el muro, agachadas. O cuando le silbábamos y luego mirábamos a las musarañas. María Julia siguió insistiendo en que debíamos salir a dar una vuelta, a ver si nos encontrábamos a dos muchachos que nos invitaran a algo.

Mami me dejó salir, ella tenía confianza en mí. Esperaba a cambio que yo no traicionara su confianza. Nos montamos en una guagua y nos bajamos en La Rampa. Deambulamos por el hotel Nacional, bajamos un poco la loma, nos detuvimos en la entrada del Pico Blanco, era temprano y la puerta estaba vacía; normalmente se armaban tremendos molotes para entrar. No dejaban entrar menores y yo lo era. En el ascensor había un guardia que pedía carnet de identidad, aseguró María Julia, dos años mayor que yo. Esperamos a una pareja y nos colamos con ella. El del ascensor nos observaba receloso, sobre todo a mí.

Entramos, nos sentamos solas en una mesa. No teníamos dinero. El camarero se acercó a nosotras y dijimos que beberíamos sólo agua para empezar, que esperábamos a unos amigos. El tipo sonrió con un deje irónico, sabiendo de qué pata cojeábamos. Nos dijo que nos salvábamos que él tenía la noche suave, que no nos preocupáramos, que no llamaría al guardia para que nos botara.

Al rato entraron dos tipos sin mujeres, se acomodaron en la mesa junto a la de nosotros. Uno de ellos empezó a piropear directamente las tetas de mi amiga, prominentes. El otro ni caso conmigo, yo menos. Finalmente el interesado en mi amiga se mudó a nuestra mesa sin que se lo pidiéramos. María Julia le espetó:

-Oye, para, que nadie te ha dado vela en este entierro. Y si te quieres sentar aquí, nos tienes que pagar la bebida -el método a lo leona siempre funcionaba, el tipo nos invitó a dos ron collins y le consentimos que nos hiciera compañía.

El otro quedó en la mesa vecina. Era un tipo alto, trigueño, de pelo ondeado, se notaba engreído porque se sabía buenote. Pero así y todo, no era mi tipo, ni yo el suyo, con toda evidencia. En eso llegó una rubia vaporosa, y él se puso para ella. La otra venía con otra amiga y el tipo intentó que su amigo se mudara a la mesa de la rubia y nos dejara en eso. María Julia me haló por la manga de mi camisa roja de guinga:

-Acompáñame al baño… -la seguí- Chini, vengo ahora.

¡Ya le decía chini al desconocido! Ella siempre fue muy rápida.

En el baño me haló las orejas, metafóricamente, claro:

-Oye, comemierda, ponte p’a esto que nos botarán de aquí…

-Y … ¿qué hago? Al amigo yo no le gusto para nada.

-No sé, enséñale una teta, dale un filo, haz algo con tal de que las otras sanacas no se los lleven para la mesa de ellas. Porque ¿con qué vamos a pagar?

Regresamos a la mesa. Entonces subí la pierna, cruzada con desparpajo, estaba dándole tremendo filo. Pero el otro seguía mueleándole a la rubia, que por otra parte, no sólo no le hacía el menor caso, lo despreciaba a su antojo. Su amigo no quería saber de la mesa de la rubia, y mucho menos de la chiquita junto a ella, concentrado como estaba en la pechuga sensacional de María Julia.

En eso entró José Antonio Méndez, se sentó en una silla y acarició su guitarra. Entonó: «Novia mía…» Y el cielo se iluminó de estrellas, estábamos en la azotea del Pico Blanco, bajo un cielo estrellado, y aunque era de noche el cielo no brillaba como un azabache, más bien rutilaba de un oscuro azulado, y las estrellas titilaban. Y José Antonio Méndez seguía, que…  «desde el primer y fiel abrazo»… Bajé los ojos, y el desconocido le tenía metida la mano dentro del ajustador a María Julia, que me viró los ojos en blanco, se encogió de hombros, como diciendo, déjalo que goce, que tendrá que pagar.

El otro, cansado de explorar en terreno baldío, vino junto a mí, y me tomó la mano. Se la dejé, como si no me perteneciera, como si le estuviera prestando un monedero, o una pertenencia ajena a mi cuerpo. No me preguntó el nombre, porque en mi época no se usaba preguntarle el nombre a nadie, y de todos modos cuando nos lo preguntaban dábamos uno falso. Sin embargo, le dije, me llamo Barbarita. Mi verdadero nombre sonaba tan raro que prefería invariablemente dar uno bastante clásico.

-Barbarita es nombre de guaricandillas -susurró.

Le quité la mano y él volvió a cogérmela. «Novia mía, desde el primer y fiel abrazo, se hundió por siempre en el ocaso, mi negra y cruel melancolía…»

Cerré los ojos, la voz de José Antonio Méndez recorrió todo mi cuerpo.

El tipo me condujo el rostro hacia el suyo, con la mano abierta, me miró a los ojos, y quiso darme un beso de tornillo, con la lengua metida intentaba abrirme los labios. María Julia observó que yo me le resistía y me metió una patada en la canilla, abrí la boca, la lengua recorrió mis dientes, la garganta, el cielo de la boca. Hasta que se cansó. Me ardían los labios.

«Soy muy tuyo, y tú, mi amor, lo has comprendido…» María Julia dejaba que el otro le toqueteara las tetas. Parecía una muñeca de trapo, sentada, con sus ojos fijos en el cantante de filing.

-¿Por que no nos vamos a otro lugar? -Preguntó el de la lengua áspera.

-¿A qué otro lugar? -María Julia gruñó otra vez como una leona.

-No sé, a una posada, por ejemplo, a la de Malecón.

-Óyeme lo que te voy a decir. Ella es menor, y yo lo fui hasta el otro día. Estáte tranquilo si no quieres que llame a la policía.

-¿Menor ella? -Se apartó como si yo tuviera lepra- Ya me decía yo que algo no estaba claro en ustedes…

El otro, raudo, sacó la mano del escote de mi amiga. María Julia volvió a pedir permiso para ir al baño, discretamente. Y ya en el baño me advirtió:

-Es hora de irnos, porque estos nos dejarán en eso. No pagarán, y nos meteremos en un lío…

Me dio mucha pena, porque yo quería terminar de escuchar a José Antonio Méndez, pero tuvimos que largarnos, bajamos en el ascensor, el guardia nos preguntó que por qué nos ibamos, así tan temprano, si al día siguiente era domingo y no había escuela, nos hizo un guiño, que le devolvimos; y regresamos caminando a casa, bajamos por toda la calle San Lázaro hasta La Punta, y luego por Prado, hasta la altura de Ánimas, y de ahí hacia Empedrado. Subí a mi casa. María Julia siguió a la de ella -cojeaba porque los zapatos le hacían ampollas-, en la calle Aguacate. Mami me preguntó por dónde había andado. Ella iba ya por la segunda película del sábado. Nada, por ahí, respondí. Y me acosté a dormir. Antes de cerrar los ojos me dije que debía esperar todavía dos años para volver a escuchar a José Antonio Méndez.

2006-11-13-1402-46

8 respuestas para “EN EL PICO BLANCO CON JOSÉ ANTONIO MÉNDEZ.”

  1. Al maestro Jose A. Mendez hay que escucharlo junto al amor de la vida de uno, o al menos, junto a una persona que uno crea en ese momento que es el gran amor de la vida de uno. Espero que se haya reivendicado en la material dos anos despues, dilecta amiga.

    La anecdota no me gusto mucho, pero lo que si me ha gustado es la nueva foto a la entrada de la pagina.

  2. A mi sí que me gustó la anécdota, es tan latina, tan nuestra!! Ya me veía yo en esas, jijiji!!
    Un abrazo lindo, la foto del sombrero me da envidia y la de la camisa a cuadritos me trae recuerdos tibios!!
    Iris

  3. Empecemos por el final, la foto: espero que Mme. Valdés no se ponga brava, como dicen en su país, pero la foto de contratapa de «La nada cotidiana» me gusta más.

    El principio: una anécdota que hoy se repite a diario en La Habana, con la diferencia que, según juzgan mis ojos e intuiciones de extranjero, quizá no muy confiables, la mayoría de esas muchachas no son tan decentes ni inocentes sus incursiones por lugares como ese. Lamentablemente, hasta niñas de uniforme escolar, con falda carmelita (marrón oscuro) y blusa blanca, menores de edad, se me han acercado a mí, que tengo un año más que la revolución cubana, para hacer lo mismo y mucho más, no siempre por mucho dinero; a veces se empieza pidiendo diez dólares para cargar su teléfono móvil. Luego se sigue ofreciendo ser la novia de uno, tocando suavemente las piernas del extranjero que sabe a dólares. ¿Cómo se termina? Se lo dejo a la imaginación de los lectores. Antes de 1959, seguramente cosas así existían pero en ámbitos reservados y para el goce, mayoritariamente, de los hijos del Tío Sam. Hoy es para el goce universal y la zona roja se ha extendido prodigiosamente: abarca casi todas las zonas pudientes de la capital de los cubanos.

  4. Tan chiquita y tan relamia…!

  5. Otra vez yo, para ponerle la t a mi nombre.

  6. Ñoj, candela brava la chinita jajajajajaja