Libros clandestinos.

Sans titre

LIBROS CLANDESTINOS.

Zoé Valdés.

Creo que soy la única autora cubana que le ha entregado, con una esperanza más honda que el océano, un manuscrito a un balsero para que lo hiciera llegar a Estados Unidos. Fue La nada cotidiana, en el verano de 1994. Por suerte, balsero y manuscrito llegaron intactos a Estados Unidos. Aconteció en plena Crisis de los Balseros, en el verano más candente políticamente de la historia de Cuba.

En el invierno del 95 conseguí huir de Cuba, con dos maletas repletas de libros viejos. Por mucho que mi madre me incitara a que cargara con los trapitos que poseía como vestimenta, preferí apertrecharme de una parte –aunque fuese escuálida- de mi biblioteca. Al llegar al aeropuerto, el aduanero cariacontecido me informó que no podía permitir que pasaran los libros, ya que estos eran considerados patrimonio nacional por el “gobierno revolucionario”. O sea, que mi biblioteca, nada del otro mundo, bastante miserable, por cierto, ni siquiera me pertenecía, aún cuando yo la hubiera pagado de mi bolsillo.

Mi biblioteca constaba de unos tres mil títulos, la mayoría adquiridos en las librerías nacionales y estatales, con mis recursos, y por supuesto, se trataba de obras que habían pasado el tamiz de la censura. Claro estaba, que los que llevaba yo en las maletas en el momento de mi partida (que ya intuía definitiva), eran títulos de autores cubanos, aquellos que tenía plena consciencia, también en aquel instante, que no conseguiría adquirir en ninguna otra parte. Finalmente, gracias a una “palanca” (un alma caritativa con influencias, que trabajaba en el aeropuerto, y tirándole 20 dólares como quien no quiere la cosa) pude embarcar esas dos maletas que contenían el único tesoro que poseía: Libros. Gran parte de aquel tesoro quedaba en el apartamento de mi madre y mío, pero que una vez fuera de Cuba dejaba de ser mi propiedad, quedaban, pues, a su resguardo; ella juró que iría enviándomelos poco a poco.

Así ocurrió, fue mandándomelos a buchitos, hasta que pudo salir de la isla, y entonces dejó al resguardo de otra persona lo que quedaba de mi biblioteca, quien también los ha ido enviando en paquetes de a cuatro o cinco volúmenes, según los que acepta transportar el visitante, turista de preferencia, de regreso a Europa.

Con los años, quince harán el 22 de enero próximo, de mi exilio, mi relación sentimental con esa biblioteca ha variado. No sólo he ido rehaciendo los títulos faltantes, comprobando que los libros son el único tesoro que se puede reemplazar de cualquier modo, aún cuando el ejemplar leído, sus subrayados, hayan sido perdidos para siempre. La memoria siempre es más poderosa, los momentos de lectura, los recuerdos de esos subrayados, persisten por encima de cualquier drama que le confiere carácter de insalvable a ese objeto tan preciado que es el libro.

No sólo recuperé, pues, buena parte de esos tomos, además me divertía jugándole travesuras a la memoria asociativa, subrayando y comentando, en el tiempo, aquellos pasajes que me hicieron delirar durante mi adolescencia o en mi primera juventud mientras saboreaba su lectura, y que ahora releía con otra visión, menos ingenua, más reflexiva, y hasta sincera.

Además, empecé a pasar de la euforia, de una alegría casi insostenible, en cada encuentro con los paquetes, a una forma rara de melancolía, a una tristeza contenida e insondable, siempre que recibía -aún recibo, o sea que todavía entro en ese transe apesadumbrado-, el dichoso paquete proveniente de la isla, conteniendo libros desencuadernados, húmedos, apolillados, manoseados, viejas ediciones subrayadas con tinta vencida, ilegible, comentados con manos temblorosas donde trasuda el miedo transido de lo leído bajo la autocensura, la censura, y “la terreur”.

Porque no olvidemos que por leer un libro de un autor exiliado, en una cierta época no muy lejana, podías ir a dar con tus huesos en una celda de la antigua Villamarista, donde se encuentra Seguridad del Estado; lo mismo podían encerrarte durante horas o semanas en el cuarto frío, o en el de los cocodrilos, por el simple delito de haber “bailado el chachachá” con Guillermo Cabrera Infante, en alguna de sus novelas, o haberte perdido en El Monte de Lydia Cabrera, autora que después de fallecida, el propio régimen publicó hasta la saciedad en los tardíos años noventa y cuya venta se producía en divisas y en diplotiendas, incluso ese mismo título que había sido acusado de diversionismo ideológico, por contener temas religiosos.

Desde entonces, siempre que me llega un paquete de libros con él me invade la sensación de que estoy dándole cobijo a un clandestino en mi casa, a un prófugo, a un espaldasmojadas, es la razón por la que me cuesta muchísimo deshacerme de esos volúmenes, aún cuando se estén desmoronando y yo los haya suplantado por ediciones más modernas. Con ellos he establecido una relación psicológica, más humana que instructiva; de alguna manera forman parte de aquellas personas que dejé tras de mí, de mi historia íntima, de mis sueños.

Sólo dos libros –al menos que yo sepa o que pude darme cuenta- perdí en esas tribulaciones, ambos sé que fueron robados y conozco el nombre de la persona que se apoderó de ellos valiéndose de la enfermedad mental de mi madre. La biografía de Margarite Yourcenar por Josyane Savigneau, y el catálogo único y razonado de Robert Mapplethorpe. Eso es, sí, algo doloroso, saber que la satrapía ajena anduvo en tus pertenencias y se apoderó sin ningún tipo de escrúpulos de algo que tú no pudiste salvar de la ignominia. El tiempo dirá, porque el tiempo también es un libro maravilloso, jamás extraviado.

¿Cómo empecé yo a componer mi biblioteca? Desde muy niña mi abuela se dio cuenta que me lo pasaba mejor con un libro que con una muñeca. Muñecas tampoco vendían muchas, salvo unas que el dictador Franco embarcó para Cuba para congraciarse con su “galleguito” preferido, pero más bien pocas. Entonces mi abuela se dedicó a comprarme libros. No teníamos medios para un estante, pero ella se encargó de colocármelos en una especie de altar, semejante al de la Santa Bárbara. Al morir mi abuela, yo seguí destinando el poco dinero que podía darme mi madre a adquirir libros. Sólo que para entonces me dio por leer ensayos de medicina, y leía inmensos tomos médicos, me interesaba bastante lo referente a las glándulas y al cerebro. No entendía demasiado, pero podía hojear las fotos de los casos clínicos, pacientes con abultamientos, adulteraciones, pechos de más, en el caso de las mujeres, y estudiaba con interés toda clase de anomalía glandular. Luego volví a las novelas de aventuras, de piratas, o a mi querido Julio Verne. Perseguía en las librerías de libros viejos aquellas rarezas de poetas innombrables.

El espacio se fue haciendo pequeño y encontré un tanque de 55 galones y lo llevé a casa, ahí empecé a echar mis libros. Mi madre sospechaba ya para entonces que algo extraño sucedía en mi cabeza. No cesaba de preguntarme si me sentía bien, de tomarme la temperatura, y hasta fuimos a ver a un psicólogo que empleó más tiempo en enamorar a mi progenitora que en hacerle caso a mi locura libresca. Imagino que ya sabía que yo era un caso perdido.

En mis dos mudanzas posteriores una parte de la biblioteca siempre se quedó con mi madre, que también leía empedernidamente. Fue ella quien me dio, a mis doce años, El Quijote. Con una frase: “Después de esto no hace falta leer nada más”. Mi madre sólo había estudiado hasta el tercer grado, pero poseía un nivel tremendo de fineza al escoger sus lecturas, y luego hacía unas reseñas verbales estupendas, siempre te envolvía con su apreciación de la lectura que acababa de terminar, tanto, que en ocasiones, su versión resultaba más interesante que la del propio autor.

Ahora mismo palpo entre mis manos una edición que a ella le gustaba mucho, El Cándido de Voltaire, editado en Cuba, en 1932. Luego dicen que en Cuba no había editoriales antes de 1959. Las Había, como existieron librerías de renombre internacional, como fue La Moderna Poesía, y la Librería Madiedo, en O’rreilly y Villegas, entre otras muchas. Eso es algo que no se puede recuperar, las librerías, y ese ambiente fabuloso habanero, el entrar en una de ellas acabado de duchar, perfumado, vestido de punta en blanco, y pasearse por su interior, y acariciar los lomos de los libros, y escoger uno, que nos cambiará la vida.

Mi madre, divorciada de mi padre, tuvo algunos amantes, sin embargo, afirmaba que los mejores amantes eran los libros. Será por eso que nunca volvió a casarse. Es cierto que los libros generalmente son los objetos menos conflictivos de una casa, salvo cuando eres alérgico. Yo soy asmática, los libros debo desempolvarlos con frecuencia; aunque el olor a libro viejo me resulta fascinante, porque me recuerda mis viajes a las librerías de viejos en La Habana. En la memoria me da la sensación de una plenitud infinita.

El único conflicto que tuve con los libros, a decir verdad, fue precisamente con un amante. Un amante celoso, de los libros, para nada de mí. Yo era muy joven, él me llevaba unos quince años, poseía una hermosa biblioteca, me gustaba él y su biblioteca. Él sin la biblioteca, no tanto. Enseriamos la relación a fuerza de lecturas, bueno, no sólo. Dejamos de ser amantes y empezamos a convivir bajo el mismo techo. Una noche me sorprendió leyendo un libro, tomando notas, y subrayándolo. Dio una clase de escándalo que todavía los vecinos se deben de acordar del incidente, no podía soportar que le subrayaran los libros de su propiedad, porque un día los exégetas confundirían mis subrayados con los suyos, y nadie entendería nada, ¡qué pensaría la posteridad! Era un escritor consagrado con las publicaciones, yo una pichona de escritora, aún sin publicar, ni soñarlo siquiera. Pedí perdón y nunca más pude ni quise subrayar uno de sus libros, ni siquiera sentí deseos de copiar frases de ellos.

Hoy lo comprendo, a mí también en la actualidad me da rabia que me manoseen los libros que he leído. Con los años me he vuelto maniática, y la manía se ha agudizado en relación a los libros. Por ejemplo, si voy a comprar uno, jamás cojo el ejemplar que está encima, invariablemente muevo toda la pila para llevarme el último que se halla debajo de todos los demás. Me aseguro, de este modo, de su virginidad. ¡Como si importara tanto la virginidad de un libro, ni de nada, ni de nadie!

Además no enseño demasiado mi biblioteca, no me gusta que me la critiquen, o que por el contrario, despierte tanto interés que algunos empiecen a copiar mis gustos.

Hace poco una amiga que me visitaba reparó en que no la dejaba entrar en mi salón de trabajo, y pensó que me hallaba enfrascada en un trabajo secreto. Nada de secreto, le confesé, es que me da cosa que vean mis libros, que descubran mis elecciones, que reparen en los títulos que amo; y que luego esos títulos se vayan con otra persona. Lo vivo como una traición. Mi amiga me miró como si me hubiera vuelto loca. No estoy lejos, lo sé, la obsesión es un camino breve.

A veces se me pierde un título y me pongo a llamarlos en voz alta: “Manuel Mugica Láinez, El Escarabajo, ¿dónde estás?” –y al punto aparece. ¿No es raro?

No soy muy ordenada en relación a los libros, lo sé, no concibo una biblioteca conservada en archivos. Lo mío es el caos dentro del cosmos. A ojo de buen cubero puedo encontrar cualquier libro, en medio del amontonamiento que se acumula en los estantes a mis espaldas. Porque mis libros están situados justo detrás de mí, como guardianes de mi jornada laboral. Mientras trabajo, sentirlos ahí, cuidándome, me da una seguridad nunca antes experimentada.

Incluso hablo con ellos. O mis personajes se comunican a través de mí con ellos. Es más fuerte que yo, cuando escribo una novela los personajes van emergiendo de mí, a través de mi voz. Escribo y sus voces se materializan, y de buenas a primeras, la señora sentada en un parque del capítulo cinco de mi texto se pone a conversar amenamente, mientras saborea un helado Berthillon, con la Duquesa de Guermantes de Marcel Proust, o con el Limpiaculos de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais. O con Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert,  en un banco del Boulevard Bourdon, que es donde vivo, y donde comienza también esa inmensa y generosa novela:

“Comme il faisait une chaleur de 33 degrès, le boulevard Bourdon se trouvait absolutment désert. »

« Como hacía un calor de 33 grados, el boulevard Bourdon se encontraba absolutamente desierto ». Es uno de los comienzos de novela que más me gustan. Con esa frase comencé a tomar en serio la biblioteca de mis sueños, la perdida, la hallada, la buscada, la infinita, la eterna.

París, julio del 2009.

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Este artículo fue publicado por la Revista Eñe, en España. Foto: Attys Luna Vega Valdés.

19 respuestas para “Libros clandestinos.”

  1. Muy Señora mía, no dude que si, por un casual, yo pudiese entrar en su domicilio, saldría muy decepcionado de no poder contemplar los títulos que hay en su biblioteca. Es algo que me encanta hacer a cualquier lugar que entro. No es asunto de copiar costumbres, pero sí de admirar y recordar novelas que a lo mejor hace lustros leí. El último libro que encargué de Cuba y me fue enviado por mi querida tía fue un facsímil de la revista «La Edad de Oro», editada en los años 60 por una prima de mi papá… como diría Smeagol (personaje de Tolkien): «Mi tesssooorooo».

  2. Delicioso texto. La relacion individual que uno establece con los libros es magica. Mi pequena biblioteca en Cuba la desmantele una noche, dias antes de irme, en presencia de varios amigos. Fui entregandole a cada uno varios de aquellos volumenes que me habian acompanado por tantos anos. Fue una noche agridulce: me despedi de ellos con profunda triseza, pero sabia que al menos quedaban en manos amigas.

  3. Que belleza de articulo.La frase «el tiempo tambien es un libro maravilloso, jamas extraviado» me ha dado fuerzas…los que vivimos para leer entendemos los rituales, la emocion que efectivamente da recordar algo subrayado que se encuentra en otra edicion.
    Tampoco organizaba los libros, solos los de cabecera. En los anos ochenta, Milan Kundera (La insoportable levedad del ser) y Margarite de Yourcenar (Memorias de Adriano) nos los releiamos July del Rio y yo casi semanalmente. El tiempo paso y con ello mudanzas, perdidas.
    Pero desde los anos 9O con «La Nada Cotidiana» hasta hace poquito con «Bailar con La Vida» tengo un librerito, muy chulo que compre en IKEA, bajo una nevada para organizar, lo mejor posible mi casi completa coleccion de la obra de mi escritora favorita, la autora de este lindo texto. Gracias Zoe por tanto and by the way, la foto en tu estudio, lo dice todo. Felicitaciones a quien la tomo…Gracias mil por el post.

  4. Zoé, una vez más tengo que agradecer a tí y a tu blog, el hecho de estar recuperando, dîa a día, todo aquel universo que fue mi pasado, el cual, por alguna razón, había ido perdiendo con el paso del tiempo. Es algo difícil de explicar por cuanto es un proceso muy íntimo, pero todos aquellos detalles, ya casi olvidados, vuelven a estar ahí con cada una de tus palabras; los olores, las texturas, los miedos, incluso las ligeras variaciones de la temperatura habanera regresan, gradualmente, y son claramente perceptibles ahora. Me encuentro a mí mismo por todas partes en tu texto y siento, no solamente una gran nostalgia, sino también la alegría de vivirlo todo de nuevo. Es un artículo verdaderamente fuera de serie. Este fin de semana, precisamente, estuve releyendo La Nada Cotidiana y fue nuevamente toda una experiencia.

  5. Querida Zoé:

    Creo que en tu artículo incurriste por modestia en una omisión: tu generosidad en prestarle preciados libros de tu biblioteca a los amigos. Recuerdo especialmente (y lamento que lo hayas perdido) que me prestaste la biografía de Marguerite Yourcenar por Josyane Savigneau. Gracias a tu generosidad pude completar el ciclo de sus novelas y ensayos con esta formidable evocación, que, de no ser por ti, hubiera tenido que esperar el exilio para disfrutar.
    La dimensión secreta de esos libros perdidos en la memoria sigue palpitando, como el enemigo rumor de Lezama.

  6. ME FASCINO EL TEXTO
    ERES GENIAL
    TENGO UNA PEQUENITA BIBLIOTECA.

  7. Precioso articulo. Historico por todo lo que devela. Me encantan los detalles sobre la vida personal de los escritores. Y de sus libros…
    Gracias.
    Un beso y bendiciones,

    Belkis

  8. Hola, Zoé,
    ya me había ido del blog, me puse a hacer otra cosa pero algún bichito me incitaba a regresar. Te doy las gracias por compartir estas memorias; siento tu experiencia de una manera tan vívida, tu fortaleza para cumplir tu karma en medio de las turbulencias: es decir, tu voluntad. Alguien me contó alguna vez de esas lágrimas lloradas en un balcón interior, una muchacha frágil a quien reprendían. Ya conocemos lo que es la voz del más fuerte tratando de poner coto al más sensible, que acaba irónicamente apropiándose de una fuerza mayor.
    Pero no dejes que la soberbia del intelectual te dome ni te obsesione el talante del escritor absoluto. Vuelve a ser esa muchacha vencedora del egoísmo, un pájaro libre, una niña metida en un tanque que almacena libros, una criatura que tiene delante un porvenir espléndido y el discernimiento para no caer en sus trampas. Todo esto lo sabes, solo tienes que recordar.
    Te aprecio de veras.

  9. Leyendo este articulo pense en Enrique Labrador Ruiz, siempre escribia acerca de su biblioteca de 70 000 ejemplares que tuvo que dejar atras cuando se fue de Cuba en la decada de los 70, segun el- y lo creo- la dictadura hizo pulpa de sus libros, muchos de ellos firmados por autores-amigos de esta gloria de las letras cubanas.
    Tienes razon cuando dices que hubo editoriales en Cuba antes del 59, no veo por que todo el mundo se presta a esta propaganda castrista de negar los exitos del pasado, como ejemplo echa un vistazo a la Biblioteca Cubana al cargo de Fernando Ortiz por la libreria Cultura alla por los 30.

  10. Es una relacion de amantes, incluso los despreciados siembran la duda a una segunda lectura, por aquellos de no decir a nada que no, por principio. Pero los preferidos, esos son eternos, se quedan en el corazon y cuando la tristeza asoma dejamos ir la mano, buscando una relectura, que nos vuelva a iluminar.Los libros, como decia Marguerite Yourcenar, son la verdadera patria. Los libros estan ahi, esperando.Nosotros de jovencitas (tan risuenas)eramos muy serias con las lecturas y nos imponiamos ciertos titulos. Y cuando teniamos muchos habia que pujilatear los libreros. Recuerdas cuando conseguimos aquellos de bagazo en» La epoca», carisimos, como si fueran de caoba y luego de comprarlos no teniamos donde llevarlos y cerraron la tienda y las dos nos quedamos en la esquina de neptuno y galiano, con los tres libreros, sentadas en la acera. Mirandonos,hasta que se me ocurrio llamar a aquel noviecito mio del pre que tenia carro porque su padre era el jefe de la iglesia prebisteriana en Cuba. Y nos resolvio. O cuando ibamos al cuarto del viejo Cosa y saliamos negras, como dos carboneras, despues de mover las montanas de libros de un sitio a otro donde no habia espacio ni para sentarse. O la libreria de segunda mano de Reina y Campanario o lo feliz que fuimos de comprar por fin «En busca del tiempo perdido» pero…….sin «Sodoma y Gomorra», por Neptuno y Belascoain, me parece.
    Casi sin conocerte lo primero que hicistes fue regalarme «Una trilogia Americana» que todavia conservo. Y desde ahi no hemos dejamos de intercambiarnos y descubrirnos libros, como si fueran amantes. Me encanto el articulo, me hizo recordar tantas cosas.

  11. Este post es memorable y como uno de los comentaristas, tambien senti los olores y hasta los crujidos de los libros viejos. Gracias Zoe por tu magia!

  12. La crónica definitiva del biblioexilio. Tan personal como universal. Hay muchos reflejos reconocibles en ese espejo que nos muestras aquí.

    PD: Creo que mami no te dijo la verdad sobre el mejor amante, pero fue pensando en tu bien.

  13. Yo no poseía una biblioteca muy numerosa, pero sí era y soy un lector compulso, leo de todo sin orden ni elección. Los libros que dejé en Cuba (salí en el 1994) se perdieron para siempre. No puedo culpar a nadie, mucho menos a mi madre, ella no posee esa sensibilidad del escritor, sólo la del ser humano que es. Cuando volví a Cuba después de nueve anos, no encontré ningún libro (imagino el camino que cogieron), ni siquiera pregunté, para qué? En mi equipage traje sólo un libro, y no puedo decir porque ese libro: Obras Completas de Hermann Hesse, una vieja edición que compré a un librero viejo en la Habana.
    Tu artículo es muy lindo, creo que esa relación especial con los libros, y ese celo, es propio de quienes tanto aman la lectura, y ese mundo fantástico de las historias.

  14. El episodio que relata Zoé de tener que dejar –casi– en el aeropuerto de La Habana los pocos libros que quería llevarse en el exilio, me recuerda una escena de la película «La ciudad perdida», en la que el actor de Hollywood de origen cubano Andy García (creo que oriundo de Regla), cuando decide emigrar de La Habana a Miami y tiene que atravesar la aduana de la jovencísima revolución cubana, el antipático y rencoroso funcionario cubano no le deja ni llevarse el reloj pulsera, aunque el intérprete insistía que había sido de su padre.

    Una dura lucha tuve yo con los funcionarios cubanos del Registro de Bienes Culturales de La Habana cuando pretendía, apenas, llevarme dos sillas, dos mesas algo antiguas y algunos libros de viejo adquiridos en la Plaza de Armas, auqnue estaba todo en regla. Incluso con los poquísimos libros » antiguos» de los puestos de esa Plaza debí pagar doble, es decir, primero en una oficina cercana a la Plaza y luego en el mencionado Registro de Bienes Culturales. Fue poco dinero, por supuesto, pero quería mencionar los ridículos vericuetos de la burocracia de la isla, y dar a entender a mis pacientes lectores –porque me lo dio a entender a mi la antipatiquísima funcionaria que me atendía– que en realidad esperaba alguna «contribución» para firmarme los papeles enseguida.

    Fiel a mi inveterada costumbre de no oblar ni un céntimo en ese concepto en la socasiones en que tuve problemas semejantes, como cuando me querían hacer abrir la maleta en el aeropuerto, una vez, regresando de un viaje al Imperio, el 2 de enero de 2008 a las 11 de la noche, preferí armar un lío con cajas destempladas, levantando bastante la voz y amenazando con que iría a protestar a Protocolo, si no me firmaban de inmediato lo que, por otra parte, ya estaba aprobado.

    Y no pagué nada, en ninguna de las dos ocasiones.

    Cuando llegué a Cuba hace tres años, iniciaba los trámites iniciales y esperaba mis cosas, ya protestando por la maraña de trámites y papeleo, me advirtieron tranquilamente en mi trabajo: «mire, le va a costar entrar a Cuba pero también le va costar salir».

    Entonces creí que mis colaboradores bromeaban; tres años después comprendí que no.

  15. Gracias por este texto, Zoé¡
    Como han dicho, me fascina el magnetismo libro-escritor, aunque sea en bibliotecas, o de otros, o de unos, o prohibidos, o adúlteros, o infantiles. En fin, necesario texto que explica hasta dónde importa tener un libro en las manos.
    Saludos¡

  16. Cuando recuerdo mi peculiar biblioteca, llena de modestos ejemplares (la inmensa mayoría de ellos en rústica y ediciones económicas), arrebatada por las profanas manos de incultas milicianas y zafios milicianos, que vinieron a ‘inventariarnos’ en 7 ocasiones todos nuestros objetos personales y cotidianos, no puedo dejar de pensar: ¿a dónde fueron a parar aquellos libros? (muchos de ellos editados hacia finales de 1800 y principios de 1900). Esos libros que yo acunaba en mis manos y leía a la luz de una vela en las oscuras noches sin electricidad. Eran mi ‘herencia familiar’, coleccionada por mis abuelos, mis padres y muchos familiares fallecidos a lo largo de muchísimos años. Algunos eran verdaderas ‘joyas’ por tratarse de ‘ediciones limitadas’ y muchos estaban ‘descatalogados’.

    También tuve que luchar para poder sacar mis dibujos, ya que me tocó pasar por el Ministerio de Cultura y el Museo Nacional de Bellas Artes, para que ‘estamparan su sello’ en mis obras y las declararan ‘sin valor material’ para poder sacarlas del país (las salvé porque estaban hechas con pedacitos de carboncillos, con trocitos de lápices de colores y lápices de escribir, usando de soporte papel de bagazo de caña). Algunos cuadros (guardados en casa de una amiga) que había logrado realizar en lienzo con viejas témperas y algunos ‘gouaches’ se los regalé, a sabiendas que si intentaba sacarlos me los iban a incautar.

    A pesar de todo, una funcionaria se ‘enamoró’ de uno de mis dibujos ‘sin valor material’ y, descaradamente, se lo quedó sin dar ninguna explicación (era un dibujo de una hoja de yagruma).

  17. Me encanta el articulo y la maravillosa foto que te hizo Luna. Es la mejor foto que te han hecho en la vida!

    Besos a todos
    Mari

  18. Te felicito por este texto tan salido del alma, tan preciso y sincero.

  19. Qué clase de texto, lleno de luz.

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