Represión y Revolución. Jacobo Machover.

ElLibroNegrodelCastrismo

Represión y revolución siempre marcharon al mismo paso en Cuba.

Más aún: las ejecuciones, los juicios arbitrarios, las agresiones físicas,

los destierros vergonzosos, las autocríticas públicas, la huida

desesperada de centenares de miles de personas se produjeron con un

trasfondo de ambiente festivo, como si se estuviera celebrando una

lucha permanente contra un enemigo omnipresente. Las multitudes

exaltadas apartaban la mirada de sus víctimas o, la mayor parte de las

veces, reivindicaban sus propias incitaciones al crimen atribuyendo

su adhesión incondicional y entusiasta al enfrentamiento con los Estados

Unidos, al considerarlos responsables de todos los males y de

todas las oposiciones.

Pocos son, sin embargo, los que dentro del país no tuvieron a

un familiar, un amigo o un vecino exilado, desaparecido en alta mar,

preso o fusilado. Pero los que se quedaron en la isla tuvieron que

guardar silencio sobre esa represión multiforme, por miedo a ser

ellos también víctimas de la venganza de los chivatos reagrupados en

los Comités de defensa de la revolución, los CDR, o de la policía

política, la temible Seguridad del Estado.

Medio siglo ha pasado desde la toma del poder por los guerrilleros,

las primeras ejecuciones y los juicios públicos, que tuvieron

lugar ante las cámaras de televisión, a la vista y a sabiendas de todos.

Fidel y Raúl Castro, así como sus seguidores, se vanagloriaban de

eso en sus discursos y en sus declaraciones, de los que el conjunto de

la prensa internacional se hacía eco. Justificaron lo que era injustificable.

A pesar de las protestas de parte de la opinión pública, dentro

y fuera de la isla, la conciencia universal acató sus argumentos, magnificándolos

incluso, en nombre de la voluntad popular y de los sueños

esgrimidos por esa revolución que, aparentemente, no se parecía

a ninguna de las que ya habían tenido lugar ni tampoco, al principio,

a ninguno de los modelos enarbolados por el movimiento comunista

internacional. Las demostraciones de alegría que acompañaban las

condenas lograron cubrir el ruido de los disparos de los pelotones de

ejecución. ¿Cuáles son los mecanismos que le permitieron a la revolución

cubana poder relativizar las críticas emitidas contra ella y

presentar las ejecuciones constantes como si fueran medidas de justicia

elemental, imprescindibles para que las transformaciones siguieran

su curso y, más aún, como el corolario de la libertad?

En cualquier otro lugar, tanto ahí donde reinaban dictaduras

militares como en los países comunistas, los juicios expeditivos y las

ejecuciones de opositores que tuvieron lugar a lo largo de estos últimos

cincuenta años fueron condenados. En Cuba, no. Y, sin embargo,

éstos iban acompañados por redadas masivas, por ejemplo en el

momento de la invasión fallida de Bahía de Cochinos, en 1961, y

luego a mediados de los años 1960, cuando las autoridades encerraban

a todos aquellos que podían ser considerados como marginales al

sistema en campos de trabajo. Tales medidas abarcaron a decenas de

miles de personas. Esos hechos pasaron prácticamente desapercibidos,

cuando no fueron pura y simplemente obviados, a pesar de los

innumerables testimonios directos de las víctimas. Luego cayó sobre

ellos la chapa del olvido.

El silencio de los que nunca protestaron es tan culpable como

las propias medidas represivas. Aquel silencio no se debe a la ignorancia

–era imposible no saber– sino a la indulgencia. En nombre del

romanticismo revolucionario, todo se podía perdonar. Aunque se

hayan esfumado con el pasar del tiempo, las simpatías hacia el castrismo

no han desaparecido. Para todos aquellos que, en un momento

u otro, sucumbieron a las sirenas de la propaganda, era preferible no

volver sobre su propio pasado, por miedo a tener que cuestionarse la

esencia de su trayectoria.

Pocos, demasiado pocos, fueron los que se empeñaron en

remover las cloacas de la isla paradisíaca para sacar a relucir la

verdad. Es una tarea que sólo puede ser llevada a cabo parcialmente,

por la imposibilidad de recoger testimonios en el interior

de Cuba, ya que el miedo es el sentimiento común entre los que se

quedaron, aunque tuvieran que sufrir, en su propia carne o en la de

sus seres más cercanos, los efectos de la violencia de Estado. Los

hombres y mujeres que tuvieron que soportar largos años de presidio

fueron luego obligados a exilarse, como si su condena no se

hubiera acabado nunca, por no haber aceptado los “planes de rehabilitación”

que las autoridades penitenciarias pretendían imponerles.

Son pues palabras de exilados las que se dan a conocer en

este libro.

Llegará, no obstante, el día en que se desaten las lenguas

dentro de la isla. Y todo lo que hubo que callar, debido a la delación

omnipresente, aparecerá en la superficie. Surgirán entonces a plena

luz innumerables testimonios que completarán y amplificarán todos

los que las víctimas que tuvieron ocasión de expresarse en el exterior

intentaron hacer llegar al mundo, sin que se les escuchara la mayor

parte del tiempo.

Los que fueron perseguidos prefieren contar, por lo general,

no lo que ellos tuvieron que aguantar sino lo que debieron soportar

los demás, los que tuvieron aún menos suerte que ellos y se llevaron

sus secretos a la tumba. No fue fácil, incluso para sus familiares,

oír lo que vieron todos juntos, los que murieron y los que sobrevivieron.

A pesar de la suma de relatos concordantes, muchos

eran los que no querían creerlos. No eran considerados legítimos.

Tuvieron que enfrentar no sólo la represión sino también la reprobación

de buena parte de la conciencia universal. Los intelectuales,

periodistas, políticos e incluso algunos defensores de los derechos

humanos, quienes supuestamente tenían que haber mostrado un mínimo

de compasión o de solidaridad ante sus sufrimientos, se volcaban

la mayor parte del tiempo en contra de ellos, apoyando al poder

vigente. Ahí reside la verdadera perversión de los valores

ejercida por el castrismo: transformar a las víctimas en responsables

de sus propias desgracias y a los verdugos en víctimas de la agresión

de una potencia extranjera.

De tal modo, los presos y los fusilados venían a ser agentes a

sueldo del imperialismo. Tal vez se merecieran lo que les ocurría. No

estaban del buen lado de la Historia. Nadie iría a manifestar a su favor,

por temor a encontrase también de ese lado.

Así logró el castrismo ahogar las protestas, elaborando paralelamente

un sistema que le permitió dar a conocer una realidad completamente

opuesta. La exuberante naturaleza del trópico y el modo

de vida del pueblo cubano, lleno de música y de sensualidad, favorecían

sus propósitos, sin duda. ¿Quién podía imaginarse que, en La

Habana misma, dentro de las antiguas fortalezas coloniales de La

Cabaña, del Morro, del Príncipe (y por todo el país), había miles de

presos pudriéndose en sus fosos y en sus celdas?

Pero ¿era posible no oír el ruido de los disparos de los pelotones

de fusilamiento que efectuaban, en horas avanzadas de la noche,

su lúgubre tarea?

Para la mayoría de los observadores, la personalidad de Fidel

Castro era mucho más importante que todas las críticas hacia él. El

Líder Máximo descartaba las acusaciones contra su régimen de un

revés de la mano o de una palmadita amistosa en las rodillas o en los

muslos de los periodistas y de las personalidades a quienes invitaba a

venir a escucharlo. Y sus interlocutores, tan complacientes, no ponían

para nada en duda su palabra, uno de los últimos y más importantes

de ellos siendo el periodista y militante anti-mundialista francoespañol

Ignacio Ramonet.

El hombre que tomó el relevo de Fidel Castro, primero de manera

provisional el 31 de julio de 2006, y luego en forma definitiva el

19 de febrero de 2008, ha sido el principal ejecutante de los crímenes

perpetrados durante todas estas décadas de poder revolucionario en

Cuba. Actuó a la sombra de su hermano mayor, demostrando una

crueldad sin límites, al principio contra los antiguos partidarios de la

dictadura de Fulgencio Batista, ordenando fusilar a varias decenas de

ellos en un solo día de enero de 1959, en la provincia de Oriente, sin

el más mínimo semblante de proceso, y más tarde mandando a pronunciar

condenas expeditivas contra aquellos, antiguos militares “internacionalistas”

o responsables de la Seguridad del Estado convertidos

en “traidores” susceptibles de amenazar el poder de su hermano

así como el suyo propio, durante el “caso Ochoa” en 1989. Muchos

más actos sangrientos, menos espectaculares pero sin piedad alguna,

deben serle imputados.

Los “héroes” principales de la revolución, particularmente

Ernesto Che Guevara, responsable de los fusilamientos que tuvieron

lugar durante los primeros meses dentro de la fortaleza-prisión

de La Cabaña, tuvieron una fuerte implicación en la represión. Para

poder demostrar su fe en la revolución, no bastaba con haber luchado

en la Sierra Maestra o en las campañas “internacionalistas” de

América Latina, África u otros continentes. Había que mancharse

las manos con sangre indeleble. Todos permanecían de ese modo

ligados a los hermanos Castro, aparentemente hasta la eternidad.

Muchos de ellos, no obstante, cayeron también bajo las balas de los

pelotones de fusilamiento que ellos mismos habían contribuido a

crear.

Otros tomaron el camino del exilio. Pero a menudo estaban

atados al régimen vigente por un pacto de silencio. Ése fue el caso de

varios intelectuales que entraron luego en disidencia. Los que habían

alentado públicamente las ejecuciones o los encarcelamientos arbitrarios

prefirieron callarse, por miedo a que resurgiera a la luz su

propio pasado. De ese modo los escritos y declaraciones de algunos

antiguos responsables revolucionarios, ya de vuelta de sus ilusiones,

conllevan lagunas esenciales que representan obstáculos deliberados

a la comprensión de los mecanismos represivos del castrismo. Las

víctimas solamente pueden contar con sus propios testimonios.

 

Jacobo Machover.

Prefacio de su libro El Libro Negro del Castrismo. Ediciones Universal. Con ilustraciones de Gina Pellón.

5 respuestas para “Represión y Revolución. Jacobo Machover.”

  1. Gracias, Zoe, por publicar este texto. Si solamente los testimonios de las victimas del castrismo pudieran tener el mismo eco que las pseudo-revelaciones de los miembros de las familias en el poder… Se lo merecen. Jacobo

  2. Desgraciadamente, lo que vende es lo que sale, por banal, trivial o hasta falso que sea. Lo que cuenta es que se le pueda sacar ganancia.

  3. Un prefacio impactante. Espero leerlo y comentarlo ad infinitum. Me encanta Jacobo Machover y Gina Pellon es una gloria de Cuba. Gracias por el post.

  4. Y me tomo la libertad, querido Jacobo, de «continuar» un poco más tu prefacio: y esos testimonios son continua y renovadamente puestos en tela de juicio y en muchísimas ocasiones, a 50 años de vida, negados con la insolencia de la ignorancia.

  5. Si se tratara solamente de la insolencia de la ignorancia, el cuadro no fuera tan oscuro y deprimente. Creo que, a estas alturas, se trata principalmente de la insolencia de la perversidad, o de la banalidad del mal.