Mi amante la novela.

MI AMANTE LA NOVELA.

El título de esta serie de conferencias me sorprendió: ‘El amor en los tiempos de la novela’, en claro homenaje a Gabriel García Márquez, puesto que el amor siempre ha estado presente en la novela y en cualquier representación artística, en todas sus formas, incluida la del desamor, mucho antes de que Gabriel García Márquez ni siquiera pensara en nacer –uso aquí una forma y fórmula muy poco racional, aunque de filosofía callejera del argot cubano, que indica un suceso inconcebible, y pongo el siguiente ejemplo, en voz de una madre que le reprocha alguna travesura a su hijo: “¡No me lo niegues, no lo niegues, tú lo hiciste, mira que yo te conozco a ti antes de que tú pensaras en nacer!”. Raro, porque en verdad una madre no puedo conocer a su hijo antes del nacimiento, y mucho menos un hijo puede pensar en nacer antes del nacimiento propio. Pero el idioma español tiene sus farsas y teatralidades que la razón desconoce, mucho antes de nacer, por supuesto, el argot cubano.

El título de las conferencias también pudo haber sido: ‘El amor no tiene quien le escriba’, ya que vamos de homenaje a García Márquez, y siguiendo la rima del primero. Lo que me parecería más adecuado, porque mucho ha variado el trato del amor en la escritura. Más bien el amor se ha alejado, o lo han alejado de las novelas; del mismo que de las sociedades en las que vivimos, donde el tema del amor puro apenas existe, si no es convoyado con vampiros, negocios bancarios o burdeles, en el mejor de los casos –¿no resulta acaso una redundancia?-, ángeles y demonios, guerras y terrorismo.

Aparte de los autores clásicos de las novelas de amor, los más conocidos -a mí que siempre me ha gustado ‘El amor en los tiempos del cólera’-, me han influenciado, más que García Márquez, del que no reconozco ninguna influencia literaria, aun cuando lo aprecie única y exclusivamente literariamente en algunos de sus libros, otros autores como es el caso del teatro de Federico García Lorca, de la obra de “un” Virgilio Piñera, de Lino Novás Calvo, de Carlos Montenegro, de Guillermo Cabrera Infante, de aquellos diálogos cruzados de ‘La Casa Verde’, ‘Conversación en la catedral’, de ‘Pantaleón y las visitadoras’, de Mario Vargas Llosa, y para irme más atrás, de aquellas autoras del siglo XIX, Madame de Stäel, o la romanticísima George Sand.

Mis lecturas de François Rabelais, de Gustave Flaubert, de Victor Hugo, de Charles Baudelaire (por cierto, uno de los detractores de George Sand), de Honoré de Balzac, y de Elsa Triolet, así como de Alberto Moravia, de Georges Bataille, y la apreciación de la magnífica obra, literaria y pictórica, de los surrealistas, pongo como ejemplo a Henri Michaux y a René Char, entre otros, conformaron un gusto por el amor libre dentro de mundos encadenados, o amores ahogados por sociedades totalitarias, que es en definitiva lo que me tocó a mí como experiencia personal y de lo que pude ser testigo y víctima -incluso si la palabra me disgusta, no hay de otra y no existe otra. Aunque debo dejar claro que yo no escribo literatura de testimonio ni de mensaje, porque cuando escribo no me creo que estoy en un tribunal y mucho menos en la oficina de correos.

Desde que empecé a escribir poesía, sólo he escrito sobre el amor, aún cuando estuviera hablando de un gato que atraviesa los tejados de una vetusta casona en La Habana Vieja. Toda mi poesía, a la que yo llamé ‘erónimos’, por tratar los temas eróticos con ironía, y sonetos infieles (cuando escribía sonetos, yo era indecentemente muy joven para tales sonetos), no ha tratado de otra cosa que no sea del amor.

En la novela me ocurrió lo mismo. No sólo ‘Sangre azul’, mi primera novela, cuenta las peripecias amorosas de una adolescente en La Habana de los años ochenta, en medio de un ambiente sórdido-cultural-castrocomunista, quien sólo admite ser una Irreal y renuncia a aceptar absolutamente todo lo que tenga que ver con los espacios reales del realismo socialista castrista (pasado por agua -por no decir salfumán-, pero realismo socialista al fin); además de su tema, fue una novela escrita por amor. Yo quería demostrarle a la persona que más amaba, al que yo creía en aquel momento que era el hombre de mi vida, ‘à tout jamais’, que yo era una verdadera escritora, una novelista, para más desgracia. El reto me ha perseguido a todo lo largo de mi existencia. Aun cuando ya aquel hombre dejó de ser el hombre de mi vida para transformarse en el hombre de mi muerte; y haber llegado a la conclusión que, de manera más práctica, el hombre de tu vida es aquel que te deja escribir en paz las novelas que tú has querido imaginar, luego de haber vivido libremente, sobre todo dentro de lo insondable de tu mente.

Marcel Proust escribió aquello de que “la vida es una novela”, y esa es una de las grandes verdades a las que se aferra el novelista, una especie de clave, o de llave, que nos abre la puerta hacia los laberintos de la escritura prosística, que es la prosaica. Sólo que no todo el mundo es Odette, ni Swann, que se amaron en la indecisión de la diferencia de clases sociales, y atrabancados bajo el nerviosismo asmático de la vasta memoria del autor. Marcel Proust escribió siete tomos en absoluto trance amoroso, en la última frase murió. También James Joyce tenía una manera muy simbólica de observar la vida y el amor, porque no hay vida sin amor, y añado en ese simbolismo del padecimiento social amoroso a Samuel Beckett, así como a Milán Kundera, Gilbert Keith Chesterton, y Sándor Márai; con todos ellos he convivido, y de ellos he bebido el licor que sólo hace efecto cuando se ha empantanado natoso en las profundidades del conocimiento.

No creo que mi obra novelística haya crecido sin la lectura tenebrosa de Carson McCullers y de William Faulkner. Ahora abro un paréntesis para recordar que Reinaldo Arenas opinaba lo siguiente en uno de sus últimos artículos: “En realidad, hace más de veinte años que García Márquez debió comparecer ante los tribunales norteamericanos por haber plagiado incesantemente a William Faulkner. Pero los norteamericanos tienen tan mala memoria que seguramente no recuerdan quién es Faulkner. En cuanto a la pobre ‘inteligencia’ yanqui, padece tan profundamente el síndrome de la culpa que prefiere desechar el original ‘imperialista’ y leer una versión colombiana del mismo, versión que es además populista, y menos compleja”. Lo escribe un autor que concibió una de las más complejas historias de amor que se haya escrito nunca en ‘Otra vez el mar’; autor de ‘Celestino antes del alba’, la verdadera primera novela del realismo mágico -muy a su pesar-, terminada anteriormente a ‘Cien años de soledad’. Un autor, en fin y al fin, enamorado de la literatura. Y eso fue lo que mamé en Faulkner y en McCullers, la savia seductora de la descripción.

El tema del amor en la novela se amplía, complejizándose, precisamente cuando las autoras del XIX empezaron a contar lo que en sus salones y tertulias literarias se decía alto y claro, y en las calles se rumoraba tras los abanicos nacarados, o tras los encajes de los puños de las camisas de holán fino, preferiblemente por los hombres, y lo que ocurría después de esos encuentros, en salones más reservados y durante furtivas y ardientes aventuras. La novela devino ‘maison close’, la llave secreta fue entonces escondida entre los guantes femeninos. La novela se erotizó y dejó de ser mero exceso de lamentos, para devenir quejidos, gimoteos sulfurosos, pellizcos picantes. El deseo afloró y se amparó del lenguaje.

Yo no soy de las que piensa que existe una novela femenina y una novela masculina. De hecho, nada impidió que Gustave Flaubert escribiera ‘Madame Bovary’, y que declarara luego que “Madame Bovary, c’est moi”, y que por otro lado, Marguerite Yourcenar escribiera ‘Memorias de Adriano’, situándose en los poros, en la piel de un emperador, o mucho antes, ‘Alexis o el Tratado del inútil combate’, colocándose en la posición de un hombre que acaba de huir de su mujer dejándole una carta donde le comunica su bisexualidad u homosexualidad.

Justo por otro lado, en ‘El amor en los tiempos del cólera’, el autor no distingue predilección por uno de los dos en la pareja de enamorados, y es que se trata de una novela de amor, donde el amor está personificado por la pareja, y por la memoria afectiva, que en las novelas de amor resulta la más eficiente de las Celestinas. Pero es una novela asexual, sin sexo, desprovista de deseo.

Yo soy de las que cree en ‘El cuarto propio de Virginia Woolf’, un cuarto donde almaceno experiencias vividas y leídas. Sexo y deseo, erotización y placer, conocimiento, sabiduría.

Una novela no debiera definirse por el género del autor, una novela debiera redibujarse en la lectura por su propuesta del deseo y del amor que el autor enfoca. La presencia del cuerpo y su relación de deseo amoroso con el otro deberían ser los rasgos distintivos de una historia. Mientras más deseo y más amor haya en una historia que se cuenta con mayor fluidez el idioma se revela y se rebela, y fulgura en todo el esplendor de su riqueza. Si se ha dicho que el francés es el idioma del amor, el español es el del deseo. Lo que ha sido altamente probado por Miguel de Cervantes y Saavedra, Manuel Mújica Láinez, por Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, por Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz, y Jorge Luis Borges, por el inefable Eduardo Mallea, más padres que maestros de todo escritor que aspire única y exclusivamente a extraer sensaciones y fruición de cada palabra que escriba.

Las protagonistas de mis historias tienen un denominador común, todas aman, sin pedir ni reclamar más que eso, que las dejen amar, en contextos sociales revueltos, ‘revolucionarios’ en el preciso sentido de la palabra, y totalitarios, en el más triste sin sentido del término. El amor les duele del mismo modo que sus cuerpos cuando enferman. Se afiebran de deseo del mismo modo que la temperatura las abrasa a causa de la enfermedad real, cruda, mortal.

El amor sin límites es lo que me mueve a la escritura. Yo no escribo para que me amen. Yo escribo para descubrir cada día el amor, y si esto no me ocurre al borde de la almohada, al menos que pueda sucederme en la blancura anhelante, ávida, de la página que reclama con gemidos lascivos una caricia escrita. Yo escribo para amar. Que me amen resulta demasiado egoísta, y hasta egotista, amar es más generoso.

Yocandra en ‘La nada cotidiana’ y en ‘El todo cotidiano’, de reciente publicación en Planeta, es una mezcla de Yocasta y Casandra. Es el nombre derivado de su creador: un hombre. Ella aprende mediante el tacto, a través de las pulsiones corporales del deseo, y reacciona carnal y minuciosa en sus transgresiones, porque su cuerpo late con amor y apetito. Yocandra es una resistente, una gladiadora solitaria, en medio de un mundo donde se acabaron las artes amatorias, donde Ovidio no tendría cabida, amar no está de moda; “se acabó el querer”, así rezaba la canción tan pobremente popular en la Cuba de los ochenta de la agrupación musical Los Van Van. Yocandra busca la salvación en el amor y la voluptuosidad, su estrategia para la fuga se ampara de la pasión como táctica.

“Mirarse a los ojos es como dispararse un misil”, concluye uno de los personajes. Porque el amor bajo los totalitarismos debe ganarle a la guerra cotidiana de la mera existencia.

El amor en los tiempos de la novela empezó por un beso y casi va decayendo con un trompón que parte el cuello, y deja a la amada sangrando, y al amante convertido en asesino, “maltratador de género” –que no sé ni lo que quiere decir en el oportunista lenguaje de los políticos. Es el caso de la protagonista de ‘Querido primer novio’, una novela en la que Dánae, la figura principal, es maltratada física y verbalmente a diario por su marido, que asegura amarla tanto que no puede vivir sin golpearla, y ella lo ama tan ‘enloquecedoramente’, que no puede resistir sin el trastazo en la chola (cabeza). Hasta el día en que se acuerda de cómo amaba ella en la infancia, de cómo adoraba la tierra, de cómo debió huir del asfalto para refugiarse en la naturaleza, y de cómo descubrió en el campo cubano otra forma de amar, inocente, sexual, libre, en los brazos de otra niña. Una niña que la salvará, con su silueta potente, dual en el recuerdo, acunada y crecida con la melodía de la madre tierra, rebelde en el transcurso de la herencia, que ya es la Historia dentro de la historia, de una isla que quiso construir el paraíso y creó el infierno.

En ‘Lobas de mar’, una novela mitad de aventuras y mitad mentira histórica, cuento la vida de dos mujeres piratas que fueron las que sellaron la historia de la piratería en El Caribe, tal como se vivía a finales del siglo XVII, Mary Read, y Anne Bonny. Y por supuesto, su relación amorosa que devino credo y enredo o ‘ménage à trois’, aliñada con la presencia del pirata Calico Jack.

Lo que me atrajo de estas dos mujeres fue, sin duda alguna, sus trágicas infancias, que la condujeron a la búsqueda del amor a todo costo, de diversas maneras, por diferentes caminos. Mary Read, la más pobre, fue la que acogió el amor adulto como un compromiso exclusivamente artístico: el amor reconocido como arte. Anne Bonny, de familia rica, pero cuya vida se deshizo a los trece años cuando se vio obligada de asesinar a una persona allegada, concibe el amor como una vía estricta que conduzca al enriquecimiento material.

Sin embargo, cuando estas dos mujeres se encuentran, vestidas de piratas dentro de la embarcación, creyendo cada una que la otra es un hombre, se entregan de manera apasionada a una de las más misteriosas aventuras amorosas que el Caribe haya parido. Aun cuando se enteran de que ambas son mujeres, y que Calico Jack se introduce entre ellas, seguirán amándose sabiendo que su amor contiene algo de excepcional, que se trata otra vez de una obra de arte. Poseen la certeza de que nunca antes ni después existirá un amor como el de ellas, mujeres piratas, mujeres con el cuerpo lleno de cicatrices. Las del alma, sin embargo, ardían con mayor inquina y severidad.

No voy a declararles que la literatura es sólo amor, que la novela es puro amor, la novela también es horror, evasión; la novela es todo, porque la vida es todo. Lo que sucede es que el amor posee diversos rostros: el de la pasión, el del deseo, el de la traición, el de la ternura, el del compromiso, y todas esa caras llevan capas de maquillaje a su vez, los diversos colorines que el contexto en el que se mueven propone teñir los sentimientos, sus mutaciones. La narración novelada, así como la poética, es dolor, angustia, enmascaramiento, dulce muerte, renacimiento, o resurrección, y adversidad. Lo demás es cuento. Lo demás es sólo cuento.

En la novela hay una entrega amorosa inevitable, y también una entrega plácida, lúcida, plena y trágica. Es por la razón por la que el misterio más inasible no se halla encerrado o escondido en religión alguna, vuela libre en la literatura. Lo difícil resulta el poder atraparlo en pleno vuelo, porque la novela es ese pájaro, jamás en reposo. Un pájaro que se manifiesta mutado, a través de los novelistas, con un extraño y seductor canto. Juan Abreu hizo, sin proponérselo, una paralelismo de la novela como ecuación, como confesión dentro de la novela, con su obra ‘El Pájaro’.

No hay una de mis novelas en que yo no haya dejado de decir todo de mí, tanto, que ya no sé qué parte de mí fui yo verdaderamente, y cuál nunca he sido. Y ahí radica el erotizamiento pudoroso del deseo del novelista. No hay nada más parecido al orgasmo que esos momentos en que el novelista está escribiendo olvidado de lo que le rodea, cuando su cuerpo se separa de su espíritu durante unos lentísimos segundos y puede observar carne y alma separados, desde ese trono en forma de beso que nos facilita el poder de devenir un ser semejante a Dios.

Zoé Valdés.

21 de octubre del 2010.

Conferencia en el Instituto Cervantes de Belgrado.

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15 comentarios en “Mi amante la novela.

  1. Querida Zoe: Afortunados y de lujo,somos todos los que hoy tenemos el honor de leer tu Conferencia. Has ido tejiendo,toda la idea,con puntos de gloria y sabiduria.Unes lo muy cubano con lo universal.Maestria,completa:excepcional.
    Nos llevas de la mano desde un lenguaje,casi inocente;pero muy bien pensado,hasta los mayores clasicos,que como tu bien mecionas han escrito sobre el Amor y la libertad que sentimos al tenerlo. Nos traes de tu memoria un François Rabelais y al mismo tiempo en esos puntos magicos de tu Conferencia,nos dejas en las manos de Juan Abreu.Y nos haces subir de nuevo a los parrafos anterios,donde Marcel Poust en toda su obra tiene mucho de Yocandra.Y a traves de este tejido hermoso que es toda tu conferencia,podemos ver como “afuera” de esa ventana magica que es toda la imaginacion humana,un desfile de clasicos y personajes que el final cierras con un punto brillante,increiblemente luminoso al decir y te cito:”No hay nada más parecido al orgasmo que esos momentos en que el novelista está escribiendo olvidado de lo que le rodea, cuando tu cuerpo se separa de su alma durante unos lentísimos segundos, y puedes observar carne y espíritu separadamente, desde ese trono en forma de beso que te facilita el poder ser Dios”.
    Siempre termino mis comentarios,dandote gracias,por hacernos parte de este Blog.,tuyo y ya casi nuestro.hoy GRACIAS es con toda un intencion mas profunda,por regalarnos este
    momento: entre nosotros y tu Conferencia.Gracias por hacernos mas cultos, y mas imaginativos.Y GRACIAS tambien por entregarte asi: Universal,Habanera y plena de Vida y Amor.

    Gracias Zoe.

    Luisa Mesa

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  2. Excelente conferencia, de lujo. Un texto para meditar y aprender.
    Tú, admirada Zoé Valdés, también “extraes sensaciones de cada palabra que escribes”.
    Gracias.

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  3. Gracias por compartir tu conferencia. Un ensayo extraordinario. Qué bondadosa eres. Gracias.
    (Yo, me sigo quedando con todos los capítulos 8)

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  4. Capítulos ocho, quería decir. No sé por qué salió esa carita. Supongo que debe tener algún problema mi computadora. Hace varios, cada vez que quiero enviar un comentarios, debo ingresar una y otra vez mis señas. Antes no era así. ¿…? Qué burra soy.

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  5. Un derroche de experiencias, un extracto de influencias escogidas, una manera unica de manifestar una opinion sobre algo tan eterno como la novela. Solo aquellos sin temor a la entrega, sin prejuicios sobre la intimidad, y realmente libres, pueden escribir una novela.

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  6. Zoé tanto como todos los comentarios anteriores,(!!quedamos deslumbrados!!);ante la desnudez de tu talento para escribir.
    Es un texto antológico por la honradez literaria y humana
    tan especial que solo Dios puede, y supo darte.!Gracias!.

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