“Me moriré en París con aguacero”.

“ME MORIRÉ EN PARÍS CON AGUACERO”.

A Lourdes Lecuona de Morzán.

Tomé prestado el célebre verso de César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938) porque es uno de los que me ha acompañado durante toda mi vida, desde mi primera juventud, hasta mi exilio, como en una suerte de mantra que me libera de la perturbación y la sonsera de ansiar parecer escritora en una cierta época, la de mis primeros escarceos literarios, y de la desgracia de ser exiliada cubana.

Hace muy poco, mientras abría la puerta de mi casa, en el Boulevard Bourdon, en París, frente al banco donde se sentaron en aquella primera línea de la novela de Gustave Flaubert, Bouvard et Pécuchet, escuché a mis espaldas mi nombre en la voz de alguien, quien, a juzgar por el chillido, no cabía duda de que era cubana.

-¡Ñataaaaaaa! –Me viré y tuve frente a mí a Ñequita, una amiga de la escuela primaria, a la que había frecuentado hasta el preuniversitario como miembros ambas de un grupo formado por la gente más rara y la vez en apariencia insignificante de la Primaria Las Esperanzas del Mañana, a la que muy pronto le cambiamos el nombre por Los Suicidas del Mañana, y de la Secundaria Forjadores del Futuro, a la que rebautizamos como Comedores de Pan Duro. Dentro del grupo estábamos aquellos cuyos nombretes o seudónimos empezaban con EÑE: A mí me decían Ñata o La Ñata, por la forma aplastada de ni nariz debido a mis orígenes asiáticos, a Ñeca, cuyo nombre era Enriqueta, le endilgaron el diminutivo de Ñequita debido a su frágil constitución física, y al Fañoso le pusieron El Ñoco (Coño al revés), una variante de El Ñeque, ya usado por otro muchacho que no pertenecía a nuestro grupo. Como habrán podido constatar la EÑE no sólo nos denominaba, además nos describía, a mí en referencia a mi nariz, a Ñequita por su diminuto tamaño de muñequita avispada, además de tetoncita y canillúa, al Ñoco debido a su insoportable fañosería que hacía de él uno de los seres más tiernamente cómicos que he conocido.

He aquí, entonces, que ahora tenía a Ñequita delante, en plena calle parisina, gritándome a todo trapo el nombrete que más he odiado en mi vida: “¡Ñataaaaaaa!”. Después de abrazarnos sorprendidas, decidimos quedarnos dos minutos en el banco de Bouvard y Pécuchet, mirándonos, reconociéndonos:

-Ñata, ¿te acuerdas cuando jugabas con los machos a las Cuatro Esquinas, y bateabas el taco, y corrías por los pasillos de la escuela y terminabas con tremendo ataque de asma? ¿Recuerdas lo marimacha que eras, que hasta jugabas al Quimbi y Cuarta con los varones?

Asentí. Invité a Ñequita a subir al apartamento, no sin antes desembarazarme de la sospecha que se apodera de cualquier cubano exiliado ante otro, que reaparece de manera tan extrañamente casual justo frente a la puerta del inmueble donde uno habita. Lo hice disimuladamente, averiguando sobre su vida, aunque a causa del apuro de manera poco sutil, pues no tenía demasiado tiempo para serlo.

-¿Sabes algo de El Ñoco? –Pregunté mientras se quitaba el abultado abrigo.

-Claro…

-¿Se quedó en Cuba o pudo largarse? –Pregunté todavía más curiosa.

-Vivió un tiempo en Perú, y ahora vive en Chile. Es diseñador, también caricaturista, exitoso, por cierto.

-Me alegro por él –afirmé-. Merece eso y mucho más, talento no le faltó nunca.

-Era un personaje. Parecía que todo le dolía, cualquier frase dicha al azar, era sumamente susceptible. Claro, que su forma de hablar estaba del carajo… Y por eso era tan, como dije antes, susceptible.

-Más bien sensible, -aclaré-. ¿Te acuerdas que nos sentábamos en el quicio de su casa a leer poesía?

-¡Qué si me acuerdo, era terrible oírlo leer a Vallejo, con aquella fañosería! “Ñe ñoñiré en Ñarís ñon añuacero…” ¡Qué risa, tú!

Ñequita y yo estuvimos toda la tarde hablando de esas boberías que vivimos juntas y que comienzan a ser sumamente importantes cuando ya empezamos a hacernos mayores, para los que, para colmo, hemos decidido correr el riesgo de envejecer en el exilio. Todo eso se llama memoria, más que recuerdos. Los recuerdos devienen neblinosos, húmedos, frágiles la mayoría de las veces. La memoria es toda esa permanencia íntegra, plena, grosera o refinada, en dependencia de los contextos, pesada casi siempre.

-Ñata –suspiró-, a cada rato me acuerdo de tu tía, de tu madre, de tu abuela, ¡qué tres mujeres!

Sonreí. Sí. ¡Qué tres arrebatadas habrá querido decir!

Mi abuela leía a Charles Baudelaire, mi madre era fan de Agatha Christie y de Cervantes, se empeñaba en parecerse a Dulcinea del Toboso, y vivía enamorada del Quijote, o de la idea que el Quijote tenía de Dulcinea, ¡ya ni sé! Mi tía, que trabajaba en la fábrica de talco Brisa, y redondeaba el salario mensual haciendo la manicure a las mujeres del barrio, leía a Corín… Tellado, añado yo. Pero ya cuando ella pronunciaba el nombre de Corín todas sabíamos de quién se trataba, de la Tellado. En realidad mi tía no leía ella misma a Corín Tellado, sino que me pedía que me acomodara debajo de la mesa donde hacía la manicura y leyera en voz alta a Corín, para sus clientas.

Así crecí yo, entre piernas regordetas y el inaguantable olor a acetona, mientras leía a Corín para las adúlteras clientas de tía Nélida. El olor a acetona acentuó mi asma y entonces mi abuela desalojaba el cuarto mandándonos a mi primo y a mí al parque Habana, allí mataperreábamos hasta que oscurecía. Yo llegaba tan excitada que no podía dormirme. Entonces mi abuela le pedía prestado a Ruma, la vecina, reconocida declamadora de versos del vecindario, algún libro para que lo leyéramos juntas. De este modo llegó César Vallejo a mi vida, la obra completa publicada en un volumen de tapas verdes.

Abuela se hallaba muy cansada debido a sus tandas espiritistas y a sus ensayos en el teatro –ambas actividades las asumía con el mismo nivel de responsabilidad y de élan vital, y en algunas ocasiones en lugar de hablarle a las mujeres que venían a consultarse, como el Taíta haitiano, espíritu que montaba al suyo, se equivocaba y montaba a Nerón, o a Otelo, el moro de Venecia, en dependencia de la obra que estuviera programada en la marquesina del teatro.

Abuela me dejó leer sola aquella noche toda la poesía de Vallejo. No paré de hacerlo hasta que caí rendida, casi al amanecer. Dos días después volví a encontrarme yo debajo de la mesa de mi tía, leyéndole a sus clientas, aquello de:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos…”

Al inicio algunas me reprocharon haberles cambiado a Corín por César (las clientas de mi tía y mi tía misma acostumbraban a familiarizarse de inmediato con los escritores llamándolos confianzudamente por sus nombres de pila)… sin embargo, en muy breve tiempo me pidieron más y más poemas de César Vallejo. Hasta que les leí todo el libro, y al acabárseme entonces, empecé a escribir versos a la manera –eso creía yo- de Vallejo, con una presuntuosidad de la que hoy me avergüenzo. Lo hacía, claro está, con el único objetivo de no defraudarlas.

Con el paso de los años, puedo confesarles, que César Vallejo nunca me ha abandonado, y tal vez él sea uno de los culpables de que hoy me encuentre sentada en esta silla, creyéndome escritora delante de ustedes, reafirmándome como una adolescente frente a su memoria.

Con Ñeca también recordamos aquella tarde, en plena clase de Literatura, cuando estudiábamos el poema Piedra negra sobre una piedra blanca, a mí se me salían las lágrimas y no sabía explicar por qué, y el Ñoco aseguraba que no entendía “Ñi c’oñones”, del bendito poema, porque cómo era posible que el poeta vaticinara que moriría en París, con aguacero, y que sería un jueves… ¿Y por qué se refería a él en tercera persona? ¿Y quiénes lo golpeaban? Entonces yo le rayé tremendo yiti en el güiro al Ñoco, y salí huyendo fuera del aula, y me senté en la escalinata a llorar, y todavía hoy no sé por qué lloraba…

O sí, lloraba porque ya yo sabía que, tal como van las cosas en Aquella Isla, yo también me moriré en París, inevitablemente con aguacero, ya me da igual, con tal de que sea un jueves… o un viernes… Porque ya entonces yo tenía el recuerdo de mi exilio, y el recuerdo de Vallejo, vívido en mí, y de este mismo día de hoy, predestinado, presentido, en su poema.

-¿Recuerdas que la maestra cuestionó que Vallejo fuera marxista? –Ñeca me sacó de mi ensimismamiento.

-Bueno, sí, creo que dijo algo parecido a ver… Vaya, como que Vallejo sólo pensaba en el dolor del ser poético, y no del ser político, y que no había escrito un solo poema dedicado al colectivo, a la masa, al pueblo… No había leído su novela El tungsteno, seguro que no…

Nos echamos a reír, terminamos riéndonos a todo pulmón por culpa de Vallejo, lo que resulta casi imposible, porque es poco probable que coincida la carcajada sonora, escandalosa, con la insondable y callada tristeza de César Vallejo, con los sutiles silencios de su melancolía, que fue su filosofía o ars poética.

La verdad, lo subrayo, es que nadie me ha acompañado mejor y de manera más durable en este exilio que César Vallejo, le susurro a Ñeca, ahora seriamente. Y cuando me han echado en cara lo de exiliada cubana, lo de anticastrista, con ánimos de humillarme, de aplastarme, de arrinconarme y acorralarme, me he aferrado a sus versos como a una balsa, que es el equivalente de una tabla de salvación. Es como si Vallejo cada vez que eso ocurriese me hablara directo al corazón, y palpara mi herida, no en una caricia, no, en un murmullo refrescante, y estuviese ahí, cada noche, para impedir que deje de escribir, para evitar que me derrumbe. No me explico su poesía de otra manera que a través de mis estados de ánimo, como si sus palabras reubicaran mi alma en un mapa cada vez más extenso, y me mostrara esa verdad que encierra toda su poesía: la del hallazgo apasionado del lenguaje en la originalidad de la verdad humana, que es la vida, la libertad, la soledad, la muerte, y la letanía de esos golpes telúricos en la intensidad del otro, la otredad amiga y amante que iluminó su existencia, el inseparable latido del tormento, como origen, como nacimiento…

“Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo…”

-¿Por qué no telefoneamos a Ñoco? –Inquirió Ñequita súbitamente, un poco desdibujada ahora- Anda, Ñata, no te me destiñas.

Lo llamamos a Santiago de Chile. Ñoco se acordaba, claro, de todo; es difícil hablar con un fañoso por teléfono, pero por fin, al rato, volvimos a acostumbrarnos. E incluso hasta nos comentó de cuando evocábamos aquellas lecturas de Vallejo durante aquellos largos mediodías calurosos, o lluviosos, y que una de las preguntas que él mismo se hacía era por qué esos versos lo reclamaban tanto, lo atraían de manera misteriosamente inexplicable, como una especie de imán, y que ya no podía dejar de leerlos, que ya no pudo nunca dejar de hacerlo.

-¿Y se añuerdan de ñuando ños imaginábamos Perú y París solamente porque Vallejo había nacido, vivido y muerto en esas dos ciudades?

De pronto advertimos que el Ñoco había dejado de fañosear. Eh, Ñoco, qué te pasó que de pronto acabas de hablar normalmente.

-Contra, se me había olvidado decirles que yo no era fañoso de nacimiento, que lo que tenía era una especie de dislexia, y la he podido corregir; pero, claro, cuando me tropiezo con amigos que estudiaron conmigo, sin darme cuenta, vuelvo a la ñoñería de mi fañosería.

-¡Cuántas eñes! –exclama burlona Ñequita.

Y otro silencio.

Caímos entonces en la pregunta inevitable. ¿Cómo ves la cosa últimamente en Aquella Isla? Mala, malísima. Cada vez peor. ¿Retornarías? No.

“Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo”

Y sigo murmurando el poema, Ñequita lo continúa, y lo termina Ñoco, del otro lado de la línea.

“Me moriré en París –y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…”

Hacemos el tercer silencio aún más grave. Preguntamos por nuestras madres, por la de otros amigos, todas viven menos la mía. La mía está enterrada en Père Lachaise, desde el 2001. Mi abuela y mi tía enterradas en Cuba. El exilio es una ristra de entierros. Mi padre descansa en una cripta, en New Jersey. Todos son tumbas.

En mi última novela, El Todo Cotidiano, continuación de La Nada Cotidiana, dedico varios capítulos a esas pérdidas, sobre todo a la de mamá, que ya no pudo regresar a Aquella Isla…

“Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande…

Llora de mí, se entristece de mí. ¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo?…”

¿Ven?, cuando releo estos versos, vuelvo a ser aquella jovencita que se arremangaba la falda del uniforme, y lanzaba un beso a su madre, antes de marcharse al Instituto José Martí, allá, donde vivía, en la calle Empedrado, y que a través del filo de la puerta que iba entrecerrando suavemente observaba a mamá empinarse un buchito de café humeante…

…“Jueves será porque hoy jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…”

—-

Gracias.

Zoé Valdés.

Conferencia en forma de ficción, en homenaje a la letra EÑE y a César Vallejo, para el Festival EÑE, en la Casa de la Cultura Peruana, Lima, 14 de abril del 2011. Presentador: Doménico Chiappe.

Un día como hoy, 15 de abril, murió en París César Vallejo, era viernes.

28 Replies to ““Me moriré en París con aguacero”.”

  1. Una vez mas navego en su pluma. Pocos son los placeres que disfruto tanto. Como siempre gracias.

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  2. Querida Zoe: Me has llevado de nuevo a la Habana, a tus lugares, que por que no, tambien pueden ser mios. He visto a tus amigos y a tus compagneros de clase. Bello!!!. Pero ya casi en el final, me has llevado a las lagrimas y te cito: ” El exilio es una ristra de entierros.”. Verdad Inmensa!!!.
    Y despues la imagen de esa madre,como casi una Dulcinea criolla, al filon de la puerta que se cierra, y que hoy esta pegado en la memoria de la hija, todo: puerta, calle Empedrado,olor a ciudad, cafe humeante,y el rostro de la madre,inolviable,eterno.
    Magnifico juego de escritura el que has realizado con la letra N~(yo no la se poner en mi pc), prosa llena de vivencias y maestria.
    Hermoso homenaje a Cesar Vallejo!!!.

    Gracias Zoe.

    Luisa Mesa

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  3. UNA VEZ MAS ME LLEGASTE AL ALMA
    LEI A VALLEJO DESPUES QUE EL

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  4. PERDON SE BRINCO LA TECLA
    LEI A VALLEJO CUANDO EL
    EXIMIO ACTOR IGNACIO LOPEZ TARSO
    PRESENTO A VIRGILIO PIÑERA
    EN AIRE FRIO Y PRECISAMENTE
    LO PRESENTO CON LAS SIGUIENTES LINEAS
    YO NACI UN DIA QUE DIOS ESTABA
    ENFERMO

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  5. Hermoso!… Vallejo tambièn ha sido mi sombra… Es el “yo no sè!”… màs hondo de la poesìa… por cierto, Espergesia siempre ha sido una palabra misteriosa para mì… Sabes si es un neologismo o tiene un significado… si no lo tiene no importa… para mì, siempre ha significado…

    Siempre gracias Zoè…

    Hoy viernes muriò absurdamente en Parìs “con aguacero” el Cèsar… yo muero poco a poco, absurdamente, cada vez que lo leo…

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  6. No sé ni que escribir, le arrancas a uno la sonrisa, la carcajada y las lagrimas con una facilidad del carajo, mira que te me haces imprescindible Zoe Valdés.

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  7. Ricardo1989 me saco la frase que estaba a punto de escribir. Cuando uno lee estas cosas, con la certeza de que el exilio sera eterno, la realidad se siente como una cuerda tensa. Magnifico, Zoe, magnifico.

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  8. Que lindo Zoe! como siempre que te leo, te vi jugando, dandole el yiti a ñoco, viviendo tu niñez, que es la vida sin preocupaciones…. Me encanto!

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  9. Opino igual que Gino,contigo uno salta de la risotada a la ternura, logras que te veamos como dice Silvia bajandole un avion a alguien que gritandole canillua a Neca, como de repente te me vuelves intelectual , eres maravillosamente puntual !

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  10. Que identificado me siento con todo lo que escribes. Cuando por casualidad me encuentro a un cubano por el lado de aca’ del oceano, me vienen igualmente ideas extranas a mi cabeza. Cuanto nos marcaron. Gracias por estar ahi’, que Dios te bendiga

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  11. Tu escrito me ha hecho ir de la melancolia a la risa. Sobre todo cuando le bajaba el santo a tu abuelita y cuando lo confundia con Otelo o con el personaje en que estaba trabajando. Pero casi siempre me pasa asi cuando leo tus libros. Por eso me gustan tanto. Tampoco se paresen a nada. Son muy originales. Por favor cuando vas a crear otra novela???.

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  12. Voy a permitirme aclarar algo para alguien a quien no le pasaré ni un comentario más: Generación Eñe es un sitio web de Miami que existe muchísimo antes que Generación Y.
    La Revista EÑE no tiene nada que ver con Miami ni con Generación Eñe. La Revista Española EÑE es una revista para la que llevo años trabajando. Su director me ha invitado a la edición del Festival EÑE, esta vez en Perú, lo conozco desde 1995, cuando era el director de la Revista Matador.
    Así que basta de encarne, desencárnese, por favor. Mi vida tiene muchos centros, todos alejadísimos de su pobre mierda cerebral.

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  13. Cuantos homenajes juntos, y cuan certeros, y justos, y emocionantes. Un beso grandisimo de tu hno. G.

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  14. No hay derrumbe que valga. Un espiritu como el tuyo es indoblegable y unico. Estas llena de maravilla. Conoces el atajo directo al corazon de los demas. Y nuestros muertos siempre van con nosotros.

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  15. Conmovedor. Me quedo sin palabras y me lleno de ellas otra vez. Amé a Vallejo tanto como a la primera profesora de Literatura y Español que me hizo conocerlo. Gracias, Zoé, por revivírmelos a ambos: a Ella y a Él.

    Respeto el deseo de todos aquellos cubanos exiliados que dicen querer morir en Cuba. Sin embargo, hoy por hoy yo deseo todo lo contrario. Porque si no pude vivir allí con libertad, prefiero morir muy lejos, bien lejos, lo más lejos posible. No quiero volver, mucho menos a morir.

    No sé ni jota de métrica, así que, con todo respeto, me permito parafrasear Vallejo:

    Moriré en la Antártida con un frío del carajo
    no sé si un jueves, un lunes o un domingo,
    el frío no me permite recordarlo.

    Felicitaciones, Zoé. Y muchas gracias.

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  16. Excelente narrativa,me conmovió en lo profundo ,que triste y que verdad como un templo(el exilio es una ristra de entierros),volvere a repasar esta joya el fin de semana.Felicidades Zoé

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  17. Eres la exégesis de la catarsis. Quien te lee se mece en el vaivén de tus palabras, bálsamo de los sentimientos y las memorias. SENCILLAMENTE, ¡SUBLIME!!

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  18. Hola Zoe: Gracias por la dedicatoria que mucho y sinceramente te agradezco. Fue verdaderamente emocionante conocerte y además a mí la conferencia, que fue un éxito por que tuvo buena concurrencia que demostró un interés muy respetuoso, me tocó el fondo del corazón, porque todos los cubanos que antes o después hemos tenido que dejar nuestra patria, compartimos las mismas tristezas y experiencias. Las raíces de nuestra nacionalidad nadie las puede destruir, aunque hayamos vivido menos de un cuarto de nuestra vida en Cuba. Espero que vuelvas a Lima para que la conozcas con más tranquilidad, porque es una ciudad que te envuelve una vez le tienes confianza. Un beso grande

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  19. Este ensayo, relato o no se a que genero literario pertenece demuestra que eres una escritora genuina y natural. Leyendo lo que relatas una deja de existir en el plano real y se traslada a lo que escribes. Estupendo relato.

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  20. Me pareció perfecta esa mezcla de imaginativa y cómica ficción, con la cruda, melancólica verdad en tus palabras. Genial como enlazaste todo para lograr acercarte al tema de la Ñ, al Peru, y a Paris, desde tu realidad y la obra de Vallejo. Me gustaria haber visto la cara de los presentes mientras te escuchaban. Muchas gracias, Zoé, por compartirlo con nosotros.

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  21. Extraordinario. No se me ocurre nada más que decir.

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  22. vallejo soy yo, y el peruano es vallejo.muchos agnos atras vallejo vivio y pronostico lo que muchos imigrantes peruanos vivimos hoy en todo el mundo. una lastima que pocos conoscan a este genio del sentir humano

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