Las lágrimas amargas de Ségolène Royal.

LAS LÁGRIMAS AMARGAS DE SÉGOLÈNE ROYAL.

Zoé Valdés.

Este domingo hubo elecciones dentro del Partido Socialista francés para elegir al que mejor representará a la izquierda en las próximas elecciones presidenciales. La verdad es que la izquierda no ha propuesto nada interesante como proyecto, y para colmo están todos fajados entre ellos, y para mayor inri son muchos los que aspiran al poder, aunque aparenten públicamente que se quieren como hermanos, se besen y se abracen, y se adoren; no es así, son hipocresías politiqueras.

Los únicos que no se besaron y abrazaron, al menos públicamente, fueron Ségolène Royal y François Hollande. La primera quedó de rival en las pasadas elecciones presidenciales de un triunfador Nicolas Sarkozy. El segundo, más bien anodino, pero ambicioso, ha ido tejiendo secretamente su ascensión al poder, y ganó el pasado domingo. Ambos fueron marido y mujer, tienen cuatro hijos en común, y cuando Royal decidió iniciar su carrera por la presidencia, Hollande la dejó como una papa caliente por una periodista de Paris-Match. Royal entonces se entregó a la política de a lleno, como una madona, como una vestal, y buena parte de los franceses creyeron en ella. Su fracaso frente a Sarkozy hundió a los socialistas y deprimió a los parisinos, ya de por sí deprimidos.

Pasado el tiempo y fuera del juego Dominique Strauss-Kahn todos pensaban que Royal subiría y volvería a ocupar el puesto en el que la encumbraron los franceses, pero cuando su ex, Hollande, decidió postularse, la mayoría de la izquierda la abandonó, por él (lo que fue una especie de segundo abandono matrimonial), y lo que es peor, se postuló Martine Aubry, un peso pesado del PS, aunque mujer (eso le resta), y Royal tuvo que compartir con ellos el tira y encoje que se arma cuando hay elecciones. Al parecer Martine Aubry y ella hubieran podido hacer una alianza, pero la antigua candidata cometió –como es habitual en ella- errores a la hora de descalificar a su compañera. De este modo, Royal perdió esta vez, quedando en un puesto muy lejano del que estuvo frente al presidente de la república. La mayoría votó a Hollande, seguido de muy de cerca por Aubry. La ciudad de París, por cierto, prefirió a Aubry. El rifirrafe obliga a un segundo tour.

A decir verdad, todos estos socialistas, incluidos los ganadores, son bastante sosos, no hay un solo programa que valga la pena, y no hacen más que perfeccionar el blablablá al que nos tiene acostumbrados la izquierda; la derecha tampoco está mejor, pero al menos se callan, o hablan menos.

El caso es que al caer la noche del domingo, y finalizar las elecciones del PS que, como recordamos elegían candidato para la presidencia, se vio salir a una emocionada Ségolène Royal, sollozante mientras hablaba y agradecía a los electores. No me sorprendieron sus lágrimas, recordé las de Hillary Clinton. Las lágrimas con la política no machean, no se llevan. Pero debo decir que me conmovieron las lágrimas de la candidata, porque ella sabe y todos nosotros también que ahora el cuestionamiento que seguirá es si vale la pena que continúe su carrera política del modo en que ha venido haciéndolo hasta ahora. Y eso no es lo más terrible, si esa carrera perderá el esplendor que tuvo en su momento. Ya ha perdido bastante.

Y todavía algo más terrible es que Royal perdió frente a su ex marido, padre de sus hijos (recordemos cuánto se comprometieron sus hijos en la carrera presidencial de Royal, de su lado, lo que no hemos visto del mismo modo en la carrera de Hollande), lo más triste es que, después de varios cambios de looks, en los que bajó de peso (su ex también hizo un régimen en el que perdió peso ostensiblemente), se modificó la dentadura, rejuveneció su ajuar, y hasta adquirió una manera engolada y hasta cómica de hablar, muy imitada en el Guignol de l’Info, le haya salido por delante una gordita, bajita, de peinado siempre indefinido y vieillot (antiguo), como es el caso de Martine Aubry, con su eterna nariz enrojecida en la punta, y los ojos de curiela más gachos que nunca.

Comprendo las lágrimas de Ségolène, porque justo ahora en que se había convertido en una mejor política, en una de verdad, y había aprendido y hasta alcanzado la soltura habitual de los hombres, justo entonces pierde frente a su ex marido, que más denso no puede ser, y frente a otra, que tiene más talla de gestora de alcaldía que de otra cosa.

Pero ese es el pueblo de izquierdas que los ha votado, el de siempre, el pueblo rojo que mira de reojo a los ricos, más con envidia de imitarlos, pero que al final terminan por eliminarse entre ellos, con tal de que ninguno devenga similares a los que realmente progresan. Royal progresó, entonces, ya no les sirve.

Eso sí, Hollande tiene algo bueno, ha dejado constancia por escrito que es anticastrista, pero a estas alturas del partido no sé si eso lo haría ganar o perder.

Lágrimas amargas las de Ségoléne, lágrimas verdaderas. Allí estaba la mujer. Y era de admirar.

Publicado en El Economista.

6 respuestas para “Las lágrimas amargas de Ségolène Royal.”

  1. Ese pueblo rojo que mira de reojo, que un dia se transformara en el pueblo policia, como paso en Cuba.

  2. Gracias Zoè.. ahora comprendo… ha sido para Ségolène Royal una especie de Purgatorio… «la oscilación entre el monasterio y el salón es evidente»… Què serìamos las mujeres sin làgrimas?… en fin…

  3. Posiblemente se dedicó demasiado a algo que no merecía la pena. La política es lo qué es, lo que siempre ha sido y será–por eso atrae el elemento que suele atraer.

  4. Zoé, no olvides que Zapatero le dió un beso y un abrazo cuando se enfrentaba a Sarkozy, y éso la fastidió para siempre. Zapatero es un gafe y al que él aprueba no solamente no gana en ese momento, sino que nunca más levanta cabeza.

  5. Singolene gracias a Ho(g)llande… menos mal, que tiene un poco de Royal…

    Me haces reìr Güicho cuando suelo amanecer de puta madre!… 🙁

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