Les Mystères du Châteu de Dé. Man Ray. (1929).

El Hombre Profundo me dio la orden de ir a trabajar con la GusanaQueVolvíaComoMariposa, millonaria por demás, y me explicó que por el trabajo que hiciera con ella en la Biblioteca Nacional me pagarían en dólares el equivalente de mi salario. Acepté, necesitaba los dólares y cambiar de aire. Me asfixiaba en todas partes.

Me presenté en la Biblioteca Nacional una mañana soleada, siempre que visitaba la Biblioteca Nacional me daba dolor de barriga que apenas podía contener. Como soy estreñida me cuesta ir a los baños públicos, me da terror que me oigan pujar, me aguanté. Al rato se me pasó; mientras esperaba observé a los primeros lectores sentados en el recinto iluminado a través de la luz natural que se colaba por los ventanales. Pasados unos veinte minutos fue a mi encuentro una de las responsables del trabajo, que haríamos juntas se apresuró a anunciar ella; la señora Zoyba Lalique, a quien yo admiraba y conocía de mis numerosos viajes a la Biblioteca.

Zoyba Lalique me explicó que mi trabajo consistiría en extraer información de la prensa de los años treinta, cuarenta y cincuenta, en relación a La Habana, la arquitectura, la cultura, etc. Ella me daría la lista en cuanto llegara la señora Manía Loyna Loba, entre tanto desplegó ante mí una serie de publicaciones prohibidas para el común de los mortales cubanos que frecuentábamos la biblioteca:

-Pero, ¿está usted segura que yo puedo revolver en toda esta información? -pregunté azorada.

-Sí, claro, te han autorizado-respondió con ese deje de ironía que destila de cada frase de las personas brillantes.

Alrededor de las doce del día llegó la señora Manía Loyna Loba, supe enseguida que era ella porque la acompañaba un séquito de negros oficialistas, los esclavos del castrismo, todos trajeados y haciéndole murumacas en su honor, uno de ellos se hacía nombrar Pepite Suchel, y hablaba en cubano con acento francés, sin ser francés y sin haber pisado jamás Francia. Pepite Suchel presentó a la gran dama aristocrática de Miami, la señora Manía Loyna Loba, que escribiría un libro sobre Cuba, ahí se trabó y garraspeó, con los datos e informes que le haríamos Zoyba Lalique y yo.

Manía Loyna Loba apenas nos miró, volvió a extender la mano como para que se la besáramos, cosa que nadie hizo, y hasta le salieron raíces esperando la reverencia, que tampoco le hicimos.

-¡Debo correr a un almuerzo con Fidel! -canturreó y partió ligera seguida por el séquito de negros esclavos oficialistas.

Me apresuré a trabajar en los papeles, con la sospecha de que aquello olía a tilapia podrida, más que a queso. Esa misma tarde Zoyba Lalique me pidió que volviera a casa, le habían informado «de arriba» que mejor prescindiera de mí, que me usara para otros trabajos. Sospeché que había caído en desgracia con la señorona de Miami.

-¿Podría darte la transcripción de las cintas una vez que empecemos a escribir el libro? -El «empecemos» lo soltó con otro guiño irónico, como eufemismo, nadie ignoraba que el libro lo escribiría ella y lo firmaría la gran dama miamense.

-¿Me pagarán lo mismo? -inquirí desconfiada.

-Supongo que sí -se cuidó de contestarme.

-Cuando le den la respuesta exacta usted sabe donde encontrarme, allí me avisará -recogí mis bártulos y me largué.

Antes de salir de la Biblioteca Nacional Zoyba Lalique me condujo a un baño especial para los trabajadores de la biblioteca -me había vuelto el dolor de barriga-, allí lancé el zeppelín que me tenía ya doblada por la mitad, en uno de los pocos inodoros libres de sarro de toda la isla.

Menos de una semana había pasado cuando me llegaron a mi casa las cintas grabadas, conversaciones entre Manía Loyna Loba y Zoyba Lalique sobre Cuba, que yo debía pasar en limpio en mi vieja Remington desdentada de teclas y a la que tenía que teñir de vez en cuando con betún para zapatos. Empecé a oir la cinta en una antigua grabadora soviética, con toda evidencia la conversación era más un monólogo en el que Lalique hablaba erudita, de La Habana, de Cuba, de todo, y la Loba se contentaba con soltar suspiros de aprobación, que yo transcribí de la siguiente manera ad infinitum: «Aquí la otra señora suspira».

Pasé varias semanas tecleando hasta que se me acabó el papel. Fui a la oficina a buscar papel pero me lo negaron, les dije que era para el trabajo de Manía Loyna Loba, la gran dama de Miami, y la secretaria me tiró una trompetilla y miró para otro lado. Bajé del séptimo piso al quinto, entré en una oficina cualquiera y me robé un fajo de doscientas hojas. Volví a casa y me dispuse a trabajar, hasta ese instante no me habían pagado un centavo.

Zoyba Lalique me anunció por teléfono que no me llegarían más cintas, que ya ellas habían terminado, y que cuando yo tuviera el manuscrito listo se lo llevara. Lo tuve listo en poco tiempo, decidí invertir las tres horas que me tomaría esperar una guagua en caminar y me fui a pie hacia la Biblioteca Nacional bajo un sol que rajaba las piedras y derretía las neuronas.

Zoyba Lalique en persona recibió mi trabajo, agradecida, elogiosa de lo rápida que había sido.

-¿Cuándo me pagarán? -pregunté más desconfiada aún.

En eso salió de un saloncito que se encontraba escondido detrás de la sala de lectura la mismísima Manía Loyna Loba, con una caja como de zapatos entre sus manos.

-Toma, para tí, con esto te podrás comprar un par de zapatos -alardeó eufórica.

Mis zapatos no estaban tan mal, aunque es verdad que un poco gastados. Hacía dos años me los había enviado mi hermano desde el Norte revuelto y brutal.

Abrí la caja, que como en efecto era una caja de zapatos, dentro descubrí unos tenis viejos.

-Eran míos, los usé muy poco, me apretaban en el callito del dedo chiquito, no son tu talla por lo que veo, pero los podrás vender y comprarte unas chancleticas monas en la shooping –argumentó ingeniosa la cubana que antes había sido enemiga y ahora era una mandamás cualquiera.

-Okey, gracias -dije con desgano- ¿y cuándo me pagará?

-Eso es el pago por tu trabajo -soltó tan fresca Manía Loyna Loba, la gran dama aristocrática miamense.

-¿Esos tenis viejos? ¿Usted se está burlando de mí?

-No, para nada, ocúpate tú… -hizo una señal a Zoyba Lalique.

Entendí al punto, me habían tratado como a una esclava más, como lo que era. No quise comprometer a Zoyba Lalique, quien intentaba explicar apenada. Viré la espalda y me fui.

Años más tarde, ya vivía yo en Francia, supe de la muerte de la señora Manía Loyna Loba en el exilio, me enteré por una editorial escrita por La Vampira Paralítica de New Jersey, la misma que tanta basura habló de Reinaldo Arenas, y que hoy escribe en contra de Guillermo Cabrera Infante. Toda una palabrería absurda desplegada en elogios para la señorona Manía Loyna Loba, una de las ricachonas miamenses más castristas y más esclavista que yo haya conocido jamás. La Vampira Paralítica lamía el cadáver en un arranque de guataquería vergonzosa. En una de sus novelas Reinaldo Arenas multiplicó a La Vampira Paralítica en una turba de insectos, lo convirtió en una especie de pirañas hambrientas de fama. ¡Cuánta razón tenía!

Zoé Valdés.

10 respuestas a “Les Mystères du Châteu de Dé. Man Ray. (1929).”

  1. Trágico-cómico como se ha vuelto el recuerdo de aquella isla, sus habitantes y los que desde el exilio se la han disputado siempre…
    Gracias.

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  2. Ese libro, bastante caro, lo compré yo de regalo para mi madre, aunque si hubiera sabido lo que cuentas, no lo hubiera hecho. Debí haber sospechado que la cosa tenía trastienda. Y juzgando por el gesto de los tenis usados, la Lobo (hija de Julio) no tenía ni un pelo de gran señora. Dinero es una cosa, y clase es otra.

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  3. A la Loba si la conoci, cuando llegaba a la Direccion del Ministerio de Cultura en que yo trabajaba, toda la elite partidista se ponia como loca, empezando por el Director en aquel entonces, un guajiro dirigente del Escambray que ejecuto el gran «destierro» de los campesinos para Ciudad Sandino. No se quien es la paralitica, pero por lo que veo es de la misma raza.
    Ay Cuba tus hijos lloran!

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  4. La verdad se impone sobre los relatos elaborados. ¡Bravo, Zoé!

    Y sí, como dice ombre, “clase” no es dinero. Esa gente no sabe lo que es “clase”. Les faltan muchas clases, muchas, y sobre todo corazón; sobre todo.
    Gracias, Zoé.
    (Necesito un domingo entero para poder ponerme al día con el blog).

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  5. Sí que existen seres tan fuertes como las cigarras; seres a los que no los calla nada ni nadie.

    “Como la cigarra”, de Elena Walsh. Por Luz Casal:

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