El Regalo. Por Tania Díaz Castro.

EL REGALO.


Por Tania Díaz Castro.


Los psiquiatras, sobre todo Freud, no han descubierto una enfermedad que yo padezco desde mucho antes de nacer, cuando ni siquiera como feto flotaba en el limbo, o en una de esas misteriosas nubes de verano que parecen predecir el futuro de los que ven en ellas animales, rostros de personas y hasta determinadas expresiones humanas portadoras de buenos o malos presagios, cuando vi a mi madre que lloraba a través de invisibles rendijas porque sus dos criaturas habían muerto al nacer, y yo le mandé un mensaje importante que, no sé, pero es muy posible que le haya llegado, porque cuando abrió las piernas y según dijo la comadrona del pueblo mi cuerpecito ensangrentado salió como un bólido, mi madre exclamó:
-Esta no se me morirá, Cheché. Le veo alas en plumaje para volar hasta muy lejos.
Cheché acercó sus ojos a mi cuerpecito, todavía desnudo y dicen que hasta la vieja comadrona pudo comprobarlo.
Pero no eran solamente mis alas escondidas de tan pequeñas lo que le había hecho pensar a mi madre que yo tendría una larga vida. Fue mi mensaje, enviado desde el más allá, hacia el más acá.
Fui, sin duda, y así se lo hice saber, un regalo para ella, que se había quedado sin hijos por esas crueles travesuras del destino.
Desde entonces me he pasado la vida regalando, a consecuencia de mi enfermedad incurable, pero una enfermedad que me complació siempre, como si se tratara de orgasmos, hartera de papas fritas o agradables borracheras con el vino tinto de mi abuelo, escondida debajo de las matas de plátanos en el fondo del patio.
Han transcurrido más de setenta años y todavía escucho los reproches de mi madre, cuando revisaba una vez por semana la maleta de mi escuela y veía que faltaba la gomita redonda de borrar, o el lápiz anaranjado con mi nombre, o uno de los pinceles de la acuarela.
-¿Qué hiciste con todo eso, niña?
Y mi pobre madre escuchaba la misma respuesta:
-Una niña que no tenía…
Así transcurrió mi infancia y así comenzó mi juventud.
A dos de mis grandes amigas Mercedes y Camila, cuando las invité a venir para La Habana, allá por los años cincuenta del siglo pasado, donde yo vivía desde los 13 años, les regalé casi toda mi ropa. O para no exagerar, muchas de mis ropas.
A Camila, que tenía mi talla, regalé vestidos, pantalones, zapatos, carteras, pulsos, collares, adornos de pelo, creyones de labios, medias largas y libros, muchos libros regalé a Camila, que un poco después se casó con un inglés rico, se fue a vivir a Londres y nunca más supe de ella.
Mis primas, que se volvían como locas cuando me veían llegar al pueblo cargada de paquetes y maletas, con regalos para todos, para la abuela, para un bando de tías y tíos, y hasta para un vecinito que siempre me sonreía a través de la cerca de púas del jardín, cuando se hicieron mujeres no perdieron la costumbre de visitarme en La Habana, sólo por ver lo que yo les regalaría, porque aquella vieja enfermedad, no se me quitaba de la mente.
Pero triunfó la Revolución de Fidel Castro. Las tiendas se vaciaron, también los almacenes. No había forma de regalar nada porque nada había. Bajo el castrismo hemos vivido en una escasez desesperante. Mis estados depresivos iban en aumento y se agravaron, pueden creerlo, cuando un amigo mexicano me regaló un libro de Budismo Zen y según esta filosofía, se necesita muy poco para vivir: una manta para el frío y sólo un plato para la comida, porque hasta con los dedos se puede comer sin dificultad alguna.
Influenciada por el Zen en dos ocasiones desmantelé prácticamente casi todo lo que quedaba en mi apartamento: muebles, objetos de arte, sábanas, cubrecamas, cojines y cuanta mierda conservaba como si se tratara de tesoros indispensables, cuando tenía el proyecto de irme de este condenado país.
Tanto me gustaba regalar que una vez que un hombre me repitió como tres veces: sueño contigo mañana, tarde y noche, me le aparecí en su casa una madrugada. Cuando me abrió la puerta me bajé el zíper del pantalón, me desabotoné la blusa y le dije: Te traigo todo esto de regalo para que lo disfrutes hasta el amanecer.
Con mis hijos fue lo mismo. De todo lo que se antojaban mami decía que sí. Si fue bueno o malo para su educación, no sé. Pero sólo recuerdo que prefería comprarles ropas nuevas que comprarlas para mí. Y aquel multi mueble que diseñé yo misma y que durante un mes un carpintero me armó poco a poco en mi casa, donde pude ponerlo todo: televisor, tocadiscos, teléfono, juego de copas, libros, revistas, adornos, y cuanta bobería una va acumulando a lo largo de la vida, mi hijo llegó un día y con sólo mirarlo y ver cómo le relampagueaban sus ojitos, buscó un camión y cargó con el multi mueble, que a los pocos meses lo cambió no recuerdo por qué.
Pero el regalo que más problemas me ha creado fue aquella vez que vi a mis padres tristes, vacíos, ausentes y le puse a mi hijo en sus brazos para que fueran felices en la vejez. Fue, sin duda, el regalo que hice con más dolor y gusto, el único, lo digo sinceramente, del que me he arrepentido. Razones de sobra podrán imaginarse ustedes.
Pero fue nada menos que en Japón donde comprendía que mi enfermedad no tenía cura, no sólo porque para los japoneses un regalo representa un montón de cosas, sino porque hacen del regalo un rito, son verdaderos enfermos crónicos. Si les digo que se pasan la vida haciéndose regalos, no me lo van a creer; toda una ceremonia casi religiosa y tan cotidiana como despedirse o decirse buenos días. Para colmo, el regalo siempre debe ir envuelto de forma artística; con papel plateado o dorado, cintas a colores que brillan en la noche y adornos en la parte superior con su correspondiente simbolismo. En ocasiones es tan complicada la envoltura del regalo que te desesperas por saber qué diablos te ha regalado un japonés.
En la prisión, por ejemplo, donde fui condenada un año por motivos políticos y compartí mi celda con delincuentes de marca mayor, asesinas de familiares y mujeres medio locas de barrios marginales, tuve otra de mis experiencias por culpa de mi enfermedad. Es increíble la importancia que le daban aquellas mujeres a lo poco que poseían en sus pequeñas taquillas. Por objetos apenas sin valor, la sangre llegaba al río.
Cuando me fui, bien que lo recuerdo, me iba con las manos en los bolsillos. Nada llevaba conmigo. Todas las boberías conservadas durante el tiempo que había permanecido allí, las regalé a ellas: el peine, la toalla, las chancletas de baño, un jabón, un cubo para el agua, la almohada, el abrigo del invierno, revistas, libros, lápices, bolígrafos. Unos días antes, aclaro esto por si acaso, ya había enviado a la casa las cartas amorosas de mi último novio. Fue lo único que quise poner a salvo, porque sabía que terminaría regalándolo a él, como ocurrió, a una muchacha que mejor lo supo apreciar.
Pero, ¿será posible que a medida que envejezco, mi enfermedad empeora? El otro día, bien en serio, le propuse a mi amigo escritor Frank Correa poner mi casa a nombre de su hija Tania Bárbara, de dos meses de nacida, no vaya a ser que Fidel Castro, el dueño de mi país, disponga de ella cuando yo me muera. Observo el pino que ha crecido en mi jardín y sólo de recordar que una vez no dejó una palma en pie, porque a cañonazo limpio acabó con todas ellas en el pueblo de Managua, se me pone el corazón como una ciruela pasa.
La Habana, abril 2012

Tania Díaz Castro.

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10 respuestas a “El Regalo. Por Tania Díaz Castro.”

  1. Triste, fresco y agradable…

    Yo solìa comerme las gomitas rosadas… despuès de una larga aspiraciòn de su olor… Muy pocas cosas olìan rico en La Habana… 😦

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  2. Gracias, Gracias, me has hecho la tarde, voy a buscar a mis bisnietas, TODOS los dias, LINDOS SON, unos mejores que otros, la VIDA, la VIDA disfrutarla HAY……,GRACIAS !!

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  3. Conozco de ese síndrome, por Susana Miranda, la vecina espiritista y mejor amiga de mi madre. Amante de la lectura, con una modesta biblioteca privada. A unos pocos de los largos y primeros discursos del Fifo; le dijo a mi madre, que lo que venia era comunismo. Logró comprar grandes cantidades de ‘todo’. Ya para el momento en que el comunismo dejó de ser una mala palabra y se oficializó a lo descarado; en vez de ‘especular’ con su ‘tesoro’, lo fue regalando poco a poco. Casi lloro con esta historia.

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  4. Que belleza de alma! No hay mas que leer su libro de poemas para comprobar ese sublime corazon. Gracias
    Zoe

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