El último de los balseros. Por Luis Alberto Ramírez KATUNGO.

El último de los balseros.

Eran ya pasadas las doce de la noche, las olas golpeaban con suavidad espumosa la arena blanca y fina que rodeaba la playa, una brisa fresca y tenue acariciaba las mejillas del desesperado hombre que con nervioso y pesado andar arrastraba un artefacto casero construido para flotar el las traicioneras aguas del mar Caribe. Tres cámaras de llantas de tractor enormes amarradas una con otra envueltas todas en una especie de lona, conformaban la estructura de la ingeniosa embarcación. Dos remos de madera amarrados a cada extremo y una mochila atestada de agua potable y alimentos en conserva era todo el cargamento. El hombre solitario arrastraba con dificultad la precaria embarcación. Ya era demasiado viejo para esos trajines, también, el nerviosismo y los malos recuerdos se agolpaban en su anciano cerebro y hacían aun más angustiosos esos momentos.

Al fin logró llegar a la orilla y con colosal esfuerzo pudo introducir su nave en el agua. Se subió encima y comenzó su largo navegar a lo desconocido. Casi sin fuerzas tomó cada remo y con la mirada fija en el horizonte emprendió el desesperado viaje. En verdad la noche estaba fresca, la brisa olorosa ayudaba a la balsa a navegar mejor, casi no tenia que mover los remos, la embarcación iba viento en popa. La oscuridad era casi total, la Luna al parecer no quería ser testigo de aquel acontecimiento y se escondió detrás de un manto de nubes negras que despreocupadamente cobijaban el firmamento, las estrellas la imitaron porque ni una sola brillaba en el cielo.

Las horas fueron pasando, y el mar se mantenía en completa calma, la brisa se hacia cada vez mas fresca y agradable. El viejo balsero se sentía emocionalmente destruido, aunque con la esperanza de llegar a su destino, una ilusión que le daba fuerzas, las suficientes para mantenerse encima de la balsa, sin embargo, los recuerdos le venían galopantes unos tras otro a la memoria, y aunque no quería pensar en ello, era totalmente imposible, era como si alguna fuerza fuera del alcance humano le impidiera dejar de recordar.

El pueblo en las calles agitando banderas americanas, gritaba vivas al Yuma, el mismo pueblo que días atrás vociferaba con la misma fuerza y aparentemente el mismo entusiasmo consignas a favor de la revolución y en contra del Imperialismo Yanqui; esas imágenes le hacían verdadero daño. Una multitud frente al Palacio de la Revolución pedían enfurecidos la cabeza de quien hasta hacía unos cuantos días y por casi cincuenta y tres años había sido la máxima figura de la Nación, el omnipotente, el omnipresente, el dueño y señor de todo lo que en la tierra de Martí existía. Aquello era el fin de una era, el holocausto revolucionario, la muerte de un mito. Los cadáveres en las calles se podían contar por cientos, la venganza era rampante; en su recorrido hasta la playa había visto más de un cuerpo colgando de postes y aleros, en portales tétricos con escasa iluminación, ahorcados con cualquier cosa, incluso con alambres. El ejército había salido a las calles a tratar de aplastar la revuelta pero fue imposible detener aquella multitud enfurecida sin dirección alguna y con deseos frenéticos de venganza. Algunos actuaban cegados por el odio, otros aprovechando la coyuntura saqueaban cuanto almacén y bodega había en La Habana.
Se dio la orden de activar la opción cero y esa fue al parecer la chispa que encendió la llama. Por varios días se controlaron los focos de oposición, pero los túneles que ya estaban dispuestos para encerrar a un gran número de cubanos no dieron a basto, la multitud enfurecida y salvaje era totalmente incontrolable. No había dirección de ninguna de las partes. La respuesta del Partido en lugar de amedrentar a la multitud, la había enfurecido aun mas, los tanques en la calle, los muertos por doquier, los edificios humeantes, y los disparos de fusilería aumentaban a cada momento la ira popular. En las prisiones se dio la orden de fusilar a los enemigos del gobierno y rodear con militares bien armados los edificios penitenciarios, con la orden de tirar a matar en caso de motines. En el Combinado del este la revuelta no se hizo esperar, sin embargo, la respuesta de la dirección de prisiones fue abrir las compuertas de una presa aledaña y convertir la cárcel en un valle completamente bajo el agua, mas de cinco mil presos yacían ahogados bajo las aguas de la presa de la guayaba.

Todos estaban a la desbandada, los dirigentes de la revolución salían del País en manadas, nadie sabía donde estaba el Comandante. Corrían rumores que se había ido con toda su familia para Estados Unidos, sin embargo, las autoridades americanas lo negaban a través de las emisiones de Radio Martí que a la sazón se escuchaba con suma claridad en toda la Isla, es mas, era la única estación que tenia espacio en la radio, porque la red nacional de emisoras estaba fuera del aire. ¿Qué le había sucedo a Estados Unidos que en esta ocasión decidió no ayudar al comandante a salir de la crisis? Aparentemente esta vez la cosa no era crisis migratoria, si no, una verdadera sacudida nacional que determinó de una buena vez acabar con la dinastía castrista.

Al Ministro del ejercito ya lo habían fusilado, el propio Viceministro le dio el tiro de gracia. Horas mas tarde se supo que el Viceministro se había hecho cargo del gobierno y emitió una orden de captura para los militares opuestos a la voluntad del Pueblo, igualmente se emitió la misma orden de captura para el comandante que a la sazón nadie sabia donde estaba. No abandonó el país porque ninguna nave aérea lo había hecho en las últimas horas después que algunos dirigentes del gobierno abandonaron la Isla, como ministro de comunicación que con toda su familia había llegado a Miami, allí lo esperaba obviamente su hijo que, ya para esos momentos había arreglado todo para la llegada de su padre, incluso una orden de garantía de custodia y vida de parte del Departamento de Estado americano.

Nadie sabía donde estaba el comandante, incluso ni el chino que había estado hasta el último momento a su lado pudo decir donde estaba el condenado viejo. Un hombre muy astuto sin lugar a dudas, –por donde menos se imaginen, por ahí mismo se va escapar el Viejo– Solía decir el Chino.

El Canciller junto al vicepresidente del consejo de estado estaban en la embajada americana. Otros no corrieron con igual suerte que estos, como algunos militares y ministros cuyos cuerpos yacían sin vida tirados en la calle frente a la Plaza 20 de Mayo tapados con una sabana sin custodia, como cualquier perro.

Ya la cosa estaba tomando forma, se reabrió de nuevo la televisión y un llamado a la cordura de un disidente que nadie conocía, incluso ni en Miami, hizo que las aguas fueran tomando su cauce. La televisión solo daba programación americana, algunos partes de prensa que salían cada hora daban a conocer las medidas vengativas que estaban tomando la nueva junta de gobierno cívico militar. Venganza era lo que pedía el Pueblo, y venganza estaba dando el nuevo gobierno. Sin embargo, la orden de búsqueda mas intensa era la emitida contra el comandante que se había desaparecido por completo, era como si se lo hubiera tragado la tierra, no estaba en ningún sitio conocido en el País, incluso se sospechaba con un cambió de personalidad. Se habían hecho bocetos de su rostro afeitado, con bigotes, sin bigote y sin barbas, pelado a rape, con sombrero, sin el, en fin, la búsqueda era estilo brujas, aun peor porque ya casi todas las brujas yacían junto al ministro del ejercito en la Plaza, solo faltaba el comandante.

El Sol empezaba a salir y el horizonte comenzó a tornarse rojo anaranjado, varias vetas de nubes color púrpura le daban un toque de majestuosidad a la franja recta que separaba el mar del hermoso cielo. Una enorme esfera perfecta de color naranja ardiente comenzó a dejarse ver detrás del horizonte, y al mismo tiempo, como un regalo de Dios, comenzó a tornase cálida la brisa que para ese entonces ya había dejado de ser fresca para convertirse en ártica. Varios minutos después de ese espectacular escenario majestuoso natural, la perfecta línea del horizonte se hizo completamente visible. El balsero dio vueltas a su cabeza y por primera vez en su vida descubrió el verdadero significado de la obra de Dios, supo en ese instante de lo hermoso que es la existencia, de lo importante que es para la vida, vivir.

Ese espectáculo jamás experimentado por él en toda su existencia lo llevó a la conclusión de que su objetivo debía ser sobrevivir y llegar a su destino. Todo dependía de Dios, porque ya en Cuba no había tiranía y con la crisis nacional, a nadie se le iba a ocurrir salir al mar a repatriar balseros.

Ya habían transcurrido dos días, las noches frescas al principio y bastante frías al amanecer ya se estaban haciendo tediosas; el espectáculo natural mañanero era cada día mas hermoso, sin embargo, ya el agotamiento natural de estar tanto tiempo en el mar encima de una balsa que no cesaba de moverse un instante lo estaba debilitando sobremanera. Ya no podía con los remos y el agua potable se estaba agotando, ciertamente el alimento no le hacía mucha falta, casi no se había alimentado en esos dos días, pero el Astro Rey, el ardiente Sol de esos dos interminables días, le había hecho beber demasiada agua, si la cosa seguía así, posiblemente el preciado liquido no le iba a alcanzar. El tercer día, justamente después del mediodía, la pequeña brújula de pulsera que llevaba consigo al parecer se había dañado, dejó de funcionar en un momento, la aguja daba vueltas como un espiral lo mismo a favor de las manecillas del reloj, que a la inversa. De repente, el mar se tornaba oscuro y ya para las dos de la tarde el color negrusco del océano se confundía con el mismo color en el cielo, el horizonte dejó de existir y una presión barométrica muy fuerte casi lo ensordecía, los oídos los tenia taponados como cuándo se va en un avión a mucha altura. La balsa comenzó a moverse con total nerviosismo, y en los próximos treinta minutos estaba en medio de una tempestad horrible, eran solamente las dos y media de la tarde y le parecía la noche más oscura de su vida. La balsa ya no se sostenía sobre el mar, la mochila desapareció como por arte de magia, y los remos salieron despavoridos de sus manos como impulsados por un disparo. De pronto, un gran deseo de vomitar se apodero de él, y un mareo infernal con profundo dolor de cabeza lo hizo caer de bruces encima de la lona. Estaba fuertemente atado con una soga a la balsa, sin embargo, el embate de las olas era tal que por momentos no sabía si estaba encima de la embarcación o en el fondo del mar. Unos minutos más y la tarde terminó convirtiéndose en un verdadero infierno. La oscuridad era bien intensa, al punto que en un segundo se convirtió en oscuridad total. -¿Cómo habrán sufridos aquellos niños atrapados en las bodegas del remolcador trece de marzo aferrados a una puerta obstruida sin posibilidad de salir y el agua subiendo dentro del estanque por segundos? – ¿Cómo habría sido esa muerte, qué les vino a la mente en esos angustiados minutos finales, en quien estarían pensando? – Los miles de balseros que han sufrido los embates del furioso mar y que han sobrevivido conocen bien ese sufrir -¿Qué habrá pensado la madre de Elian el día que lo dejó al custodio de Dios en medio de este océano encima de una cámara inflable, o los muchachos de Tarará, o los del Río Canímar, en fin, tantos que solo el agua ha sido testigo de su infortunio? – Esa agua que solo ha servido en Cuba para ahogar infelices y bañar turistas extranjeros indolentes ante el sufrimiento cubano… No supo más, no vio nada, no escuchó, solo una luz brillante de impacto lo llevó a la nada.

Cuando hubo de abrir los ojos el viejo balsero, el último de los balseros, ya no estaba encima de la balsa, estaba sentado en la esquina de un barco, alumbrado por unas potentes luces brillantes, justamente en la cubierta de proa, con las manos atadas a la espalda. Dos guardias custodiando su presencia armados hasta los dientes. Cuando pudo organizar bien su memoria y ver con claridad sus alrededores se dio cuenta que había sido rescatado, trató de incorporarse pero una voz autoritaria le ordenó – No se mueva comandante, esta Ud detenido y va en camino de La Habana para ser juzgado por crímenes contra el Pueblo de Cuba. Un gran jurado lo espera (dijo la voz autoritaria) en la Plaza de la revolución, con un juez, un fiscal, un abogado de oficio y doce millones de cubanos como testigos, y para postre, veinticinco oficiales de fusilería esperando frente a un palito ansiosos por derramar sobre su miserable cuerpo dos toneladas de plomo.

Luis Alberto Ramirez KATUNGO

7 Replies to “El último de los balseros. Por Luis Alberto Ramírez KATUNGO.”

  1. Ese no tiene fuerza ni para levantar un remo!!..A el lo atraparan en el bano del punto cero….y al hermanito dentro de los tuneles de La Habana…y la familia la tendran que buscar a Inglaterra-F.Castro hijo- Sicilia-hijos del TiranoII, Mejico….o sea por el mundo y en los lugares donde tienen el dinero clavado…..

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  2. Excelente, me encanta, no solo el contenido sino tambien la forma de llevar la historia. Felicitaciones, la descripcion de los hechos: dantesca y genial.

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  3. Nos parecio extenso pero se dejo leer con deleite, eso nos dice que nos atrapo su argumento y el limpido estilo, cuatro estrellas..

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