Momias rojas. Por Güicho.

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3 respuestas para “Momias rojas. Por Güicho.”

  1. Güicho, dicen que existe una imagen de un perro orinando la tumba de Stalin… he tratado de encontrarla pero ha sido infructuoso… Le dejo esa… me encantarìa verla…

  2. AY GUICHO ERES GRANDIOSO

  3. Acabo de leer una pila de Artículos de Guicho, todos muy buenos. El mito al Culo, fuente de la vida, muy bueno.

    Recomiendo esto:

    Políticamente incorrecto
    El politicorrectismo es una trampa para autocomplacerse con una corrección que no corrige

    JORGE SAYEGH | EL UNIVERSAL
    domingo 10 de marzo de 2013 12:00 AM
    Ahora los negros son afrodescendientes, como mi vecino rubio hijo de un sudafricano; los cojos son personas con discapacidad motora, aunque sigan cojeando de la misma pata; y todos ya no somos todos, sino que también tenemos que ser todas.

    El siguiente es un ensayo para identificar el formalismo intrínsicamente estúpido de la corrección política del siglo XXI. Ponga mucho cuidado, querido lector, porque cuando la estupidez se oficializa tiene el siniestro poder de parecernos normal. Todos solemos caer en la trampa peluda y perversa de lo «políticamente correcto». En esa formalidad inútil que parece corregirlo todo, cuando en realidad no corrige nada. Que corta los talones de la iniciativa y nos autocensura o, peor aún, nos convierte en fariseos implacables que censuran escandalizados a todo aquel que llame las cosas por su nombre.

    Lo primero que hay que advertir es que la «corrección política» se aplica primordialmente al mundo de la retórica. Se trata de palabras. Cierto, las palabras son muy importantes porque sirven para comunicar y mientras más apropiadas sean, mayor precisión tendrá nuestro mensaje. Pero no dejan de ser imágenes auditivas, como la palabra perro que no muerde. El que muerde sigue siendo el perro de la vida real, no su imagen. Todavía.

    La locura de la corrección política o «politicorrectismo», como prefiero llamarlo, parte de la hipótesis absurda del determinismo lingüístico, por el cual se supone que la manera de hablar condiciona la manera de actuar. Una soberana necedad. Según este principio si a Hitler niño le hubieran enseñado a decir afrodescendiente -en vez de negro- iba a dejar de ser racista cuando fuera grande. O mejor aún, si en vez de decir judío lo hubieran obligado a repetir: «persona circuncisa que pertenece al pueblo elegido por Dios», nos hubiéramos ahorrado el Holocausto, los judíos no hubieran querido huir de Europa, no hubieran invadido Palestina y no habría conflicto en el Medio Oriente. ¡Qué fácil es ser un buen ciudadano si «todos y todas» habláramos de una manera políticamente correcta!

    Eufemismos…

    Con respecto a la raza nos hemos inventado unos de los eufemismos más perogrullos de la historia: el «afrodescendiente». Sucede que el Homo Sapiens, especie a la cual pertenece toda raza humana, apareció hace aproximadamente unos 200 mil años en alguna zona del sur de África. Así que todos somos afrodescendientes. Pero, ¿por qué tenemos que sustituir la palabra «negro» si es de uso común y bastante acertada para definir una característica del pigmento de la piel? Pues nada, porque se parte del principio de que «negro» es peyorativo. Pues sucede que también es un halago, dependiendo del contexto y del tipo de película que estés viendo. Uno de los grandes errores del lenguaje «políticamente correcto» es que se aísla del contexto y olvida el poder semántico de las intenciones.

    En español, «género» denomina el accidente gramatical con el cual podemos categorizar las palabras en masculino, femenino o neutro. Por ejemplo: «mesa» es una palabra de género femenino, pero todos sabemos que no tiene hormonas ni cromosomas XX. Es decir, género no es sinónimo de sexo. Hoy, por influencia de su equivalente en inglés, gender, que en ese idioma también quiere decir sexo, hemos incorporado el concepto «discriminación de género» para referirnos a un problema real entre personas. Por un lado está bien. El machismo es un problema social y la discriminación contra las mujeres o contra los homosexuales es una realidad que hay que combatir. Había una necesidad de inventarse un término y ese nos venía a pelo, pero sucede entonces que le hemos otorgado al género gramatical una identidad sexual de la que carecía y ahora el politicorrectismo se empeña en diferenciar los sexos cada vez que enunciamos una frase.

    Algo absurdo porque cuando decimos, por ejemplo, «una manada de jirafas», hemos formado el plural en género femenino, pero bien sabemos que la mitad de esos animales de cuellos largos y pestañas ensoñadoras son machos. Esta obsesión ridícula de los políticos modernos es engorrosa, antieconómica y pretenciosa. Nuestra actual Constitución -la «mejor del mundo», pero que se reforma o reinterpreta cada 15 minutos que al gobierno le convenga- es un ejemplo de cómo no hay que hablar ni escribir. Cada uno de sus artículos se ahoga en un formalismo inútil de «candidatos y candidatas», «concejales y concejalas», «estudiantes y estudiantas».

    «Todos y todas»

    Así que la próxima vez que usted esté frente a algún político bobalicón que, aspaventando las manos, empinándose sobre su humanidad y señalando enérgico con el índice en alto, dice: «todos y todas»; espántese, porque está ante alguien que no reflexiona sobre sus propias palabras. Y si usted mismo se descubre diciéndolo, ¡y ni siquiera le parece mal!, espántese aún más, porque la maldad invisible del politicorrectismo le ha corrompido el entendimiento.

    Pero, ¿por qué digo que es una maldad? Porque el politicorrectismo es una trampa para autocomplacerse con una corrección que no corrige. Es más inútil que ocultar lo barrido debajo de la alfombra. Es más bien como la filosofía de Fritz cuando le contaba a Franz que había sorprendido a su esposa haciendo el amor con el vecino en el sofá de la sala, pero que eso no iba a volver a ocurrir jamás. ¿Cómo así? Le preguntaba Franz. A lo que Fritz respondía orondo: «Ya vendí el sofá».

    Otras teorías nuevas, muy válidas y significativas, como el endorracismo, terminan siendo inutilizadas cuando el politicorrectismo pretende corregirlas. El endorracismo es una especie de «autorracismo», un complejo de inferioridad por pertenecer a una raza o etnia. Cuando la experiencia me enseña reiteradamente que como soy indio las oportunidades para acceder a mejores puestos de trabajo o reconocimiento social son mucho menores que si fuera rubio, «de ojos rubios y dientes rubios», de cajón que voy a terminar despreciando mi color marrón tierrúo y a mi abuela cariña que no se encariñó con un gringo de la Mene Grande a ver si mi mamá nacía más clarita. Es lógico y es necesario luchar contra esta disociación lastimosa. Ahora, ¿cómo?

    «Cartelitos»

    En Venezuela nos encanta resolver los problemas con cartelitos (o cartelotes) en los restaurantes. Por ejemplo, la ley obliga que los locales comerciales exhiban un cartel donde reza: «Se prohíbe todo acto de discriminación racial, racismo, endorracismo y de xenofobia, que tenga por objeto limitar o menoscabar el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos humanos y libertades…». Al margen de que, por default, entonces sí está permitido el racismo cuando no menoscaba la libertad (?), me pregunto yo: ¿y cómo prohíbo el endorracismo? ¿Será que si a mi restaurante entra un peruanito acomplejado voy y le contrato un psiquiatra? O sencillamente no lo dejo entrar. Total, no puedo permitir actos de endorracismo en mi negocio, ¡por ley!, bajo pena de multa.

    En lo personal, yo voy a seguir llamando al pan, pan y al vino, vino; al negro, negro, y a los jirafos, jirafas. Y cuando mi sobrino con síndrome de down por flojo me trate de manipular para que le amarre los zapatos poniendo su cara de «pobrecito yo el discapacitadito», le voy a decir lo mismo de siempre: «A ti como que te va a atropellar un carrito de helados». Para que no se haga el vivo.

    JorgeSayegh@gmail.com