Hootchie Coochie Man. Por Charlie Bravo

Para Luis Cino

En 1980 pasé por momentos muy duros en mi vida, relacionado con la crisis del Mariel, creada por el castrismo con la anuencia de la presidencia de Jimmy Carter. En medio de una situación caótica en la Habana me encontré de repente esposado y desnudo en el asiento trasero de un auto de la policía. Lejos de cómo ocurre con los “disidentes” de hoy, en 1980 uno terminaba en cualquier estación de policía sangrante y amoratado, con los familiares gritando al carpeta de la unidad exigiendo por el paradero de uno. El patrullero se detuvo en la calle Muralla, y en medio del estruendo pude escuchar unos versos de la canción “Get up stand up” de Bob Marley. Un buen consejo, levántate y hazte valer, que me llegaba desde lejos, en un momento muy necesario. La música, siempre presente en mi vida, ya fuera en amores o golpizas, llegaba oportuna.

Agrego esta anécdota a un texto sobre música ¿qué más? que he prometido a mi amigo Luis Cino, uno de los verdaderos periodistas independientes de la Habana, esa especie amenazada por tantos enemigos. Luis es una de las personas que mas cultura musical tiene entre los que conozco con cultura musical, que no son pocos. Y Luis esta fascinado con el conocimiento y la vasta cultura de Keith Richards hootchie choochie man donde los haya y que hoy nos trae el mismo consejo, cada vez mas vigente. No que Luis no sea el hootchie coochie man de La Habana, con una existencia que es más blues que bolero, pero que tiene todo de ambas.

Y luego de la dedicatoria…. Mejor que me calle y escriba y me dedique a escribir sobre Keith Richards, quizás inspirado por el momento en que tuve la oportunidad de tocar una de sus guitarras. No exageraría si le diera las gracias al comunismo por hacer que me diera cuenta que me tenía que largar de ese país o ser otro más en la interminable lista de los suicidas políticos de la isla, que hay de dos clases, suicidas que se suicidan “a muerte” y suicidas cuyo acto es precisamente el acto de la existencia.

Keith Richards fue siempre para mí un guitarrista que me impresionaba mucho. Su estilo mínimo, su versatilidad y la destreza increíble como la mitad del más longevo dúo de autores de música de blues rock, con Mick Jagger, hacen que the Keefer merezca un libro en lugar de un corto texto de un par de cuartillas, pero tengan paciencia que aun no escribo mi libro. Y no, no será sobre Richards solamente. Será sobre la vida de un inconforme, menda, con la música que me acompañó siempre. Sí hubo momentos de felicidad, en una vida que se desarrollaba en blanco y negro, como mismo hay momentos de infelicidad en una vida puede desarrollarse en technicolor, Por suerte, en esa vida en blanco y negro, todo iba como en el cine, con música de los Stones que lo pintaban todo de negro y que me recordaban que existían las esperanzas en el exilio que me llevaría por las calles principales de los Estados Unidos, también.

Richards me fascinaba desde mi temprana adolescencia. En el encontré la solución para la escasez de cuerdas de guitarra. Al romperse la prima, recordé de una foto que había visto en una revista británica que Richards tocaba su guitarra con solo cinco cuerdas. Y claro, la segunda pasó al lugar de la prima, y así. Naturalmente las cuerdas tenían una tensión diferente, y eran solo cinco. Pero no sabía yo que Keith Richards usaba afinaciones que no son las comunes, y sin la oportunidad de verlo tocar lo único que podía hacer era romperme la cabeza tratando de imaginar como eran sus acordes.

También compartí un temprano amor con Richards, el blues. Y descubrí además por aquellos días de secundaria básica que el slide podía sustituirse con un cepillo de dientes chinos o con un tubo de ensayo alemán, que fuera lo bastante grueso como para no tener que sacárselo del dedo con aceite o con jabón. Lo que se hacía por los amores de las adolescentes, que más les puedo contar. Una guitarra era el afrodisíaco más potente, y claro, quedaba siempre el recuerdo de unas flores secas que en aquella época estaban de moda, no sé por qué.

Y claro, ahí estaba la casa de Manolo el mulato que vivía en Juan Bruno Zayas y Patrocinio, con tantos discos, y donde tantas fiestas y descargas se daban. Tantas, que parecía que no se acababan nunca, y esa era parte de nuestro inxilio, palabra que hoy nos roban impunemente, los que no se exilian ni fuera ni dentro de la isla, como nos tocó a muchos de nosotros. No que fuéramos santos, ni mucho menos, pero teníamos un sistema de valores al menos, como sal de la tierra que nos creíamos.

En fin, que ánimos diferentes, músicas diferentes salidas de la guitarra y la pluma de dos tipos excepcionales como Keith y Mick nos salvaban tan lejos, al otro lado del Atlántico en un mundo que era lo opuesto al swinging London de los sesenta donde para salvarnos de la vulgaridad nos refugiábamos en amigos que comprendían el mundo que no conocíamos era el mundo real y lo que vivíamos nosotros en esa isla era solo una pesadilla de la cual por fuerza nos despertaríamos. Lamentablemente la pesadilla tiene dos despertares, o la muerte o el exilio. De otro modo estamos condenados como mulos ciegos en la noria, a revivirla a cada vuelta, cada veinticuatro horas. Lo peor, Luis dixit, es ser inteligente en esa isla. Pues uno sabe y esta consciente de su conocimiento, uno ve y esta consciente de lo que ve, mientras los ignorantes viven en un mundo que está hecho a su medida, cortado por las tijeras del oscurantismo oficial.

Cuando ya se ha ido uno tan lejos por un tiempo tan largo en sitios que nos son al principio extraños, luego familiares, y siempre únicos, se viaja en el tiempo, sin saber que es lo que se va a encontrar en los recuerdos.

Un brindis con champagne, y un poquito de humo y otro de humor, para Luis, que como yo, siempre soñó con el galope de los caballos salvajes, que nos llevarían a la libertad.

Charlie Bravo.

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5 Replies to “Hootchie Coochie Man. Por Charlie Bravo”

  1. No sé si a Keith Richard la universidad de Ontario le ha dado un Honoris Causa, sólo por esa primera canción ya lo merecería. Pero ya sabemos qué es lo que trajo el barco… Gracias, dear.

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  2. No, lo de la Universidad de Ontario es muy selectivo. A Keith lo agarraron con unas pastillas y un poco de hierba en el Canada y le obligaron a dar unos conciertos gratuitos para no siquitrillarlo. Pero…. basta que seas un castrista enano, apocado, de voz apagada y de textos de palabreria que no dicen nada, que hales coca con los aprobados del castrismo y de sus representantes en el exilio, para que te den un honoris causa. No se sabe de que ni porque, pero se lo dan. Me refiero al ultimo honor con el cual se deshonra una institucion que debiera promover democracia, libertad de expresion y arte, que al dar el “honor” a Carlos Varela ha sencillamente renunciado a todo eso.

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  3. Oye pero la verdad que aqui en el blog de Zoe y leyendo a Charlie una aprende cosas y–mas importante–SE DIVIERTE!..keep ‘em coming Bandolero!

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