Un golpe demoledor para Hollande. Por Gabriela Cañas

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2 respuestas para “Un golpe demoledor para Hollande. Por Gabriela Cañas”

  1. eso le ha sucedido a Hollande por penco, quizo hacerse el barbaro del ritmo , el pichidulce y ahi esta servido en bandeja de plata para que aprenda a respetar las mujeres que cuando decimos a vengarnos no nos gana nadie,

  2. Por Sergio Núñez |
    Para LA NACION Viernes 29 de agosto de 2014
    http://www.lanacion.com.ar/1718952-los-progresaurios ——-que en Colombia les decimos la ¡ Ayyy Social bacanería…!
    Si el tema son los progresaurios, primero corresponde explicar bien qué es un progresaurio y aclarar que no es una especie autóctona sino universal. Y además, de larga data. Pero vaya uno a saber por qué, acá no sólo ha logrado sobrevivir a su propia vetustez sino que proliferó como en pocos lugares.

    Aunque luego supe que en España se lo suele utilizar para referirse sarcásticamente a la progresía eclesiástica, al primero que le oí el neologismo progresaurio fue a un amigo lingüista chileno muy ingenioso para crear palabras. Fue no hace muchos años, en uno de sus viajes a Buenos Aires, cuando lo usó para referirse al llamado núcleo duro del kirchnerismo, también conocido como progresismo jurásico o retro progresismo. «No es que en Chile no los haya, pero son muchos menos que acá y casi no tienen peso político», me explicó tras festejarle calurosamente la palabrita que -de más está decir- adopté de inmediato.

    En la Argentina, los progresaurios cobraron mayor visibilidad en el último lustro, con la radicalización del kirchnerismo, la fuerza que mejor los representa pero no la única, ya que algunas de sus características también son hallables en otras corrientes «progre». Sin embargo, como ya señalé, en otros sitios su presencia se hizo evidente mucho antes. Veamos.

    Aunque el neologismo progresaurio aún estaba lejos de existir, bien le hubiese cabido a la intelectualidad que en todo el mundo adhirió incondicionalmente a la revolución cubana. «Esos escritores de izquierda que viven en los países capitalistas, que disfrutan de todas las ventajas de la democracia y que además disfrutan de las rentabilidades que da atacar a la democracia viviendo en un país democrático», como decía Reinaldo Arenas, el poeta y novelista cubano censurado, encarcelado y torturado por castrismo, tanto por su disidencia con el régimen como por su condición homosexual. «Si vivieran en un país comunista y no pudieran salir de él ni escribir nada, quizás cambiarían su manera de pensar, tan indignante para los que padecimos todo aquello», señalaba. Y no es que el autor de Antes que anochezca endiosara a las democracias occidentales, pero tenía en claro la diferencia: «Todos los sistemas políticos te dan una patada en el culo, pero en el comunista encima te obligan a aplaudir».

    También podrían entrar en la categoría progresaurio los obnubilados por esa verdadera caza de brujas que el comunismo chino dio en llamar Revolución Cultural. Como el personaje protagónico de Las invasiones bárbaras, del cineasta canadiense Denys Arcand: un viejo socialista y profesor de historia que, próximo a morir, recuerda el papelón que pasó en su juventud al intentar seducir a una hermosa joven china recién llegada a Montreal por un intercambio cultural en los años 70. Para recibirla, rememora el personaje, la universidad eligió al izquierdista más radicalizado, o sea él; y ya frente a ella le dijo: «Es extraordinario lo que ocurre en su país. ¡Cuánto los envidiamos! ¡Su Revolución Cultural es formidable!». Y prosigue: «En ese instante vi la expresión de sus bellos ojos negros. Me pregunté, preocupado, qué estaría pensando: ‘O es un agente provocador de la CIA o es el peor idiota del mundo occidental’. Y optó por la segunda. Durante dos años había estado limpiando corrales de cerdos en una granja de reeducación laboral. Su padre había sido asesinado, su madre se había suicidado. Y un tonto francocanadiense que, por haber visto las películas de Jean-Luc Godard y haber leído a Philippe Sollers, ¡decía que la Revolución Cultural era formidable!».

    Al menos, el personaje de Arcand admitió su estupidez. Lo que no es poco, porque buena parte de esa generación ni siquiera ensayó un mea culpa por su adhesión a distintas expresiones de la izquierda totalitaria. Como nuestra Diana Conti, que sigue reivindicándose orgullosamente stalinista.

    Pero siguiendo con el cine, qué mayor ejemplo de progresaurio que esa altiva militante comunista de la Alemania Democrática (como señaló Alejandro Borensztein, «rara manera de llamar a un país cuyos habitantes, para poder irse de viaje, primero tenían que dejarse fusilar») tan bien retratada por Wolfgang Becker en God bye, Lenin! Esa mujer que entró en coma al ver a su hijo manifestándose en contra de su admirado régimen a sólo horas de la caída del Muro de Berlín; y que meses después, cuando despierta sin recordar lo sucedido, pasa sus días encerrada en su cuarto, desconociendo que ya vive en una Alemania reunificada y capitalista. Todo, gracias a su abnegado hijo, que para evitarle otro disgusto y una posible recaída -y dubitativo ya de la panacea que le promete la nueva realidad-, hace hasta lo imposible para que ella siga orgullosa de sus creencias.

    Reivindicadores acríticos del castrismo, el maoísmo, el stalinismo y otros «ismos» similares, los progresaurios, así y todo, se arrogan en exclusividad los ideales y fines más elevados. Es decir que para ellos no hay buenas y malas personas en todos lados sino que la gente sólo es buena si cultiva su misma forma de concebir la izquierda. Ni se sonrojan al denostar a otras izquierdas ni al demonizar a todo aquel que no es de izquierda, ya que para ellos no ser de izquierda significa lisa y llanamente ser parte del mal. Así de reduccionistas son los progresaurios, como esos cuentos de nuestra más tierna infancia, donde los buenos son siempre buenos y los malos, siempre malos, sin medias tintas.

    Pero lo que de niño ayuda a identificarse con lo correcto, de adulto -y en un mundo por demás complejo- se convierte en mero maniqueísmo. Imposible de sostener sin una gran dosis doble moral. Como los progresaurios nac & pop que denostan las multinacionales pero no dicen ni mu de los acuerdos con la Barrick Gold y Chevron; que se rasgan las vestiduras por la represión macrista en el Borda pero ignoran los palazos de la policía de Insfrán a los qom; que hablan de democratizar la Justicia mientras bancan al funcional juez Oyarbide y persiguen al fiscal Campagnoli, o que pregonan la pluralidad de voces mientras avalan el arbitrario reparto de publicidad oficial que premia al pingüinopolio y castiga al periodismo crítico. O más aún: cuando reivindican a viva voz el monopólico aparato comunicacional cubano.

    Lo más asombroso, sin embargo, es su silencio respecto de César Milani al mismo tiempo que se autoproclaman la quintaesencia de la lucha contra las violaciones a los derechos humanos. O su mutismo frente a casos de corrupción como los que involucran a Boudou o al multiprocesado Jaime, cuando antes se desgañitaron denunciando la corruptela menemista. Dicho de otro modo, al progresaurio, en efecto, le preocupan los derechos humanos, pero sólo los de la propia tropa.

    ¿Cómo no se avergüenzan los progresaurios de tamañas incongruencias? Simple. Negando los hechos, como esos chiquitos con los labios aún marrones que niegan haberse comido el chocolate. Es que los progresaurios, al igual que la dictadura con los desaparecidos, piensan que lo que no se menciona, no existe. En el mejor de los casos, algunos repiten justificaciones pueriles del estilo «corrupción hubo siempre y en todos lados», sin distinguir los casos puntuales de la práctica generalizada y consentida desde lo más alto del poder. Una vez más, en uno de sus habituales sincericidios, hay que reconocerle a la diputada Conti la admisión de lo que el resto calla. «Somos piadosos con el compañero», dijo respecto de Jaime en un acto partidario en 2011.

    Pero ningún perfil del progresaurio tipo estará completo si no se menciona otra de sus características distintivas: la reivindicación de viejas y fracasadas ideas económicas -como los controles de precios y la creencia de que se puede vivir con lo nuestro- con la ilusión de que la próxima vez van a funcionar. Algo típico de quien vive en una caja de zapatos y encima se jacta de ello.

    Por estos lares, en definitiva, el progresaurio no es otra cosa que una remake del revolucionario de café de los 80 (o una suerte de Frepaso retardatario, para referir a una experiencia más cercana) que frondosa imaginación mediante, terminó subiéndose al kirchnerismo como un último intento de ver plasmado al menos parte de sus sueños setentistas.

    Quedan para la historia y sociología las causas de su expansión entre no pocos jóvenes. Y para la psicología, la ardua tarea de estudiar su psiquis. En lo personal sugiero mucha paciencia, como con esos parientes que no terminaron de madurar y nos causan vergüenza ajena en las fiestas familiares. Y además propongo una buena dosis de ironía, no sólo para ponerlos en evidencia con ingenio y así evitar que se nos tiren encima, sino para hacer más llevadera la cosa. A fin de cuentas, como una vez me dijo el Coronel Gonorrea, un conocido tuitstar local: «El humor es la única forma de tomarse una década excesivamente frívola, liviana y vivida por tantos con una solemnidad desesperante. Si no te reís de eso, te suicidás».

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