“Una larga cola como una trenza china” dicen que dijo el poeta José Lezama Lima cuando vio una enorme fila para comprar algún alimento que ya empezaba a escasear en aquellos primeros años. Un chiste cubano dice que otra larga cola para escupir una estatua de Fidel Castro hizo millonario a Pepito, el niño travieso de los cuentos populares.
Hoy presenciamos esa misma larga -no como la trenza, pero como la Muralla China- cola de cubanos que han ido a despedir a su finalmente fallecido Coma Andante bajo un sol que raja las piedras. Resulta coherente que sea la cola uno de los últimos símbolos con los que se despida a quien la inventó, pues la cola es su invento más significativo. Toda una institución exportada hará unas décadas a Venezuela. Además los cubanos no pueden vivir sin las colas, y ahora sabemos que tampoco los muertos pueden sentirse muertos sin ellas.
Una larga cola para cenizas, es lo que tenemos. Hasta para cenizas hay que hacer colas en Cuba. Para colmo debes llevar la cartilla de racionamiento. Te apuntan el nombre, el número de carnet de identidad y tienes que firmar una declaración de fidelidad al fidelato.
Cola para cenizas, sí. Tal como lo leen. ¿Cómo?
Ah, no, esperen, me comenta un amigo en Facebook que ni siquiera hay derecho a cenizas. Que las cenizas son para gente VIP, me señala otra amiga. O sea que ni cenizas hay. Ni cenizas toca por una casilla de la libreta. Pero qué pueblo más carnero. Durante nueve días marcharán y honrarán una foto vieja y un “reguero de medallas”.
Ni en la más inimaginable de las novelas de dictadores latinoamericanos se ha visto eso. Pero los cubanos siempre tienen que sobrepasarse, ahí van, pasito a pasito, armando diz que compungidos la amada cola, enrejados detrás de unas vallas pintadas de amarillo. Esa inquieta cola, que ya se va pareciendo a una especie de cola de caimán, y eso es lo peor que tiene el caimán, la cola.
Esos que ahora hacen la Cola, con mayúscula, corderos en general, son muchos de los que también hacen cola en el aeropuerto para largarse a Miami o a otro lugar, huyendo quizá de la cola. Pero una vez que están fuera, viviendo de manera normal, les carcome la masinguilla y tienen que regresar con toda urgencia. No lo aguantan, no pueden vivir sin la cola. El síndrome de Estoeselcomo, señala alguien.
Muy justo entonces que hasta el último de los segundos Castro les imponga la cola, y que se remamen ir en cola por todo ese país devastado detrás de esa polvareda vil hacia el cementerio de Santa Ifigenia, y regresen en cola india a sus casas, hasta la mañana siguiente en que por inercia, como siempre han hecho, retornen a la cola del pan. Si es que hay pan. Porque el pan, como las cenizas, hace ya bastante tiempo, más de medio siglo, que es también VIP.
Zoé Valdés.