Tributo a mi padre. Por Fernando Marquet (Expedicionario Brigada de Asalto 2506)

Una persona en una isla de once millones. ¡Rindiéndole tributo al hombre que más me amó!

Después del hundimiento del buque Houston, al amanecer del 17 de Abril del 1961, experiencia muy triste y donde murieron 23 de nuestros compañeros. Donde más bajas tuvo la Brigada 2506, del Batallón 5 de Infantería, que desafortunadamente no pudo desembarcar y estuvo a la merced de la aviación castrista, y que ocasionó tantas muertes.

Después de nuestra captura en la Ciénaga de Zapata por el día 20 de abril pasamos una noche en un cuartico un grupo de nosotros y al amanecer del 21 de Abril empezaron a transportar a los prisioneros que estaban en el Playa Girón, hacia la Habana. Como medio de transportación unos camiones rastras de metal, en las cuales encerraron decenas de brigadistas sin consciencia que pudiesen morir asfixiados, ya que fue así como perecieron una docena de nuestros hermanos, asfixiados en la rastra anterior, sufriendo la muerte mas horripilante que ser humano pueda sufrir. Nos encerraron en esos ataúdes de acero, por orden de un asesino, que no tuvo reparo en dar esa orden sabiendo muy bien que era una muerte certera. Su nombre: Osmany Cienfuegos, Capitan del ejército castrista y hermano del desaparecido Camilo Cienfuegos. Ordenó transportarnos a La Habana.

Nosotros viajamos en la Rastra que siguió después, Pero debido a unas antojadas ganas de hacer de relajar mi vejiga me colocan al lado de la puerta del camión rastra,  después de un gran rato adentro, con mucho calor y falta de aire, cerraron la puerta y pusieron la rastra en marcha. De inmediato cayó una oscuridad increíble, a pesar que era de día. No pasó mucho tiempo cuando mi primo Jorge se desmayó y cayó al suelo. Nos quedamos aterrorizados y empezamos a golpear las paredes y el metal de la puerta, y no sé cómo pero se detuvo la rastra y abrieron. Increpamos a nuestros captores, que teníamos un hombre que se había desmayado en situación precaria, de alguna forma revivieron a Jorge, y después de un largo rato seguimos rumbo a La Habana. Adentro habían como ciento y pico de nuestros compañeros, íbamos custodiados por un miliciano, armado de un fusil, salvaguardando la puerta de este ataúd de acero. Debido a mi juventud, 18 años, yo no había hecho muchos viajes por el interior de nuestra bella isla, y lamenté mucho no haber conocido más que La Habana y Varadero. Lo que veía era precioso, me maravillaba esa campiña cubana y esos paisajes tan hermosos que iba viendo en esa travesía – no es un paseo de turismo, aclaro – y en la situación que me encontraba me luce todo más lindo y más verde. El cielo azul, me entró una gran nostalgia, y pensé esto era lo que yo quería, esto fue lo que yo venía buscando, la realidad imperaba y según llegamos a los pueblos que bordeaban el camino, advertimos hordas de milicianos y milicianas preparando el comité de recepción. No tuvieron ninguna reserva en gritarnos todo tipo de improperios e insultos, incluyendo el más lacerante, mercenarios, acompañado del llamado al paredón, lo que les parecía algo muy normal, ¡¡¡que los maten a todos!!!

Me sorprendió mucho que frecuentemente las milicianas jóvenes seguían preguntando si el galán de la televisión cubana, Carlos Alberto Badías, el cual había participado en la invasión como paracaidista, y para dicha de ellas, si ese Carlos Alberto estaba en la rastra. Estaba y acudió al llamado y se dio banquete con sus admiradoras, él mencionándole sus encantos y ellas que no se podían contener, en admirar sus dotes de galán y lo varonil de su persona. Pero a pesar de todo eso, se ocuparon de increparlo y por supuesto de hacerle el coro a los que nos pedían el paredón.

Pero entre pueblo que llegábamos y salíamos, el miliciano que estaba en la puerta, se las arreglaba para conseguir unas naranjas frías de las que tenían en un puestecito, en las paradas, arriba de un bloque de hielo. Después de varios días en la Ciénaga, la voladura del barco, y la falta de algún tipo de alimentación en la travesía, de varios días desde Nicaragua a Playa Larga estaba deshidratado y con una sed enorme. En esa travesía no permitieron cocinar ni prender ninguna llama, el barco venía cargado de miles de galones de gasolina para avión, combustible para las lanchas y nuestros vehículos y un sinfín de explosivos y municiones. Me torturaba el ver a ese guardia que se deleitaba con sus hollejos de naranja frente a mi. Se me ocurrió pedirle aunque fuera un hollejito, y el muy salvaje me lo negó, pero según nos vamos acercando a La Habana, él decidió que debía conseguirse un ‘souvenir’, para, supongo, poder probar su participación en la batalla de Playa Girón, y trató de cortar un pedazo de mi uniforme de camuflaje. Le dije que no, pero él siguió el lleva que trae, y me acuerdo que mis compañeros me aconsejaron que le hiciera un trueque – un cambio -que la próxima vez que parase la rastra, a cambio de las naranjas – yo le dejaría obtener un pedazo del “guarabeao”(mi uniforme camuflajeado), que con eso a lo mejor accedería al trueque, y así fue cómo iniciamos par de intercambios hasta que, ya llegando a La Habana, el miliciano subió la parada, y me dijo entonces que quería mi chapita de perro, la identificación que llevábamos al cuello con nuestro nombre, apellido, número de soldado, más el tipo de sangre. Bueno, esa no me la esperaba, a lo cual yo me negué, pues esa era mi única identificación – pero mi inmadurez y una sed insaciable, más alguna que otra insistencia de mis compañeros, que también se beneficiaban-, accedí al canje, y le entregué mi ‘dogtags’, que llevaba al cuello a cambio de par de naranjas.

Llegamos ya de noche a nuestro destino, el Palacio de los Deportes, por la carretera de Rancho Boyeros. La situación de nuestros familiares, tanto en Cuba como en Miami, era de desesperación. En mi caso, mi padre Fernando Marquet Sr, no había podido salir y estaba en La Habana. Mi madre se hallaba en Miami, al igual que el resto de nuestra familia. La angustia y desesperación de nuestros seres queridos no tenía nombre, llamadas e indignaciones de ambos lados del mar, quería saber algo a través de la Cruz Roja, y simplemente no existía mucha información. La profesión de mi padre era corredor de aduanas, pero desde principio de la revolución esa capacidad quedó eliminada para siempre pues ya no se importaba nada. Él, a pesar de eso, no perdía de asistir a su oficina en el 20 de piso de un edificio cercano a la Aduana de La Habana.

Par de noches atrás, cuando nos encontrábamos presos en un cuartico, se apareció el Che Guevara, el cual entabló conversación con algunos de nosotros, y por supuesto todo su argumento consistía en que éramos una pila de niños ricos bitongos, que nuestros padres nos habían enviado para recuperar las riquezas que el gobierno supuestamente nos había quitado para dárselas al pueblo. Es ahí, que cuando me pregunta a qué se dedicaba mi padre, le respondí que era Corredor de Aduanas, y me rectificó que no, “tu padre era ladrón, todos los corredores de aduanas eran una pila de ladrones”.

Lo que no querían comprender era que la brigada estaba integrada por todos los sectores, razas y clases de la población, que habían jóvenes, empresarios, hombres de pueblo, negros, blancos, pobres y que íbamos, no a recuperar nuestras riquezas, que no teníamos como le hice entender al argentino de marras, íbamos por que teníamos el derecho de la razón, y queríamos recuperar nuestra libertad y luchar por el más noble de los ideales, la libertad de nuestra patria.

Mi padre no perdió la costumbre de asistir a su oficina todos los días, y de también bajar a media mañana a tomarse un café en el cafetín que se encontraba en los bajos. Ese día, me contó después, que llegó, lo saludó la muchacha de la cafetería como de costumbre: “¿Qué tal Marqueti? Y le comentó que si había visto los pedazos de uniformes guarabeo -camuflajeados que adornaban las cañas en la cafetería, y añadió: “Es por que mi novio estuvo en Girón y capturó a un mercenario”. Y siguió la muchacha: “… sí, fíjese si fue así, que incluso tiene la chapita suya”. Y se la enseñó a mi padre, con el nombre F. Marquet, mi padre se puso blanco y la expresión la hubo de notar la cafetera, y le dijo: “Sí, pero aquí dice Marquet, y usted es Marqueti, ¿no?” Contaba mi padre que sólo atinó a preguntarle: “¿Y cómo está él? ¿Está herido, qué ha pasado con ellos? Ella respondió: “No, él no está herido, están todos en el palacio de los deportes, y también había otro pariente de ustedes, mi novio le hizo un cambio de naranjas por estas cosas”.

Ese fue el momento determinante donde llegó a la conclusión que tenía que ser su hijo, esa descripción de estar buscando de comer, solo le servía a su único hijo.

“Fernandito -como me llamaba él- ¿cómo es posible que en una isla de once millones de personas yo iba a dar con la que me va a decir el paradero de mi hijo, en los momentos de más desesperación en mi vida. Dios mío, esto fue coincidencia”.  Yo creo que no, esto fue  divina providencia. Mi padre mi quiso como nadie y con un amor ciego. Ya no está con nosotros, era un hombre sencillo en su proceder, muy afable y con una capacidad para querer al prójimo que le sirvió para cultivar un sinfín de amistades allí donde quiera que llegara. Durante el tiempo que estuvimos encarcelados no permitían visitas de hombres al Castillo del Príncipe, pero el iba de todas maneras, y a través de un chiflido que desde niño él usaba conmigo, cuando pasábamos por detrás de las rejas yo lo oía, y sabía que estaba allí conmigo.

Así fue como me lo describió la hermana de un gran amigo, años después: “Quiero que sepas que durante todo ese tiempo que tú estuviste preso allá arriba tu padre no fallaba de hacer guardias en las escalinatas del Príncipe con el resto de los familiares que allí se mantenían las veinticuatro horas, al tanto de nuestra situación.

Me siento muy dichoso de haber tenido un padre como él. Y hoy, día de los padres lo recuerdo, lo recordaré siempre. No es solo en este día. No pasa un día, en que no piense en él.

Fernando Marquet.

Expedicionario de la Brigada de Asalto 2506.

En la foto, el segundo de izquierda a derecha.

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One Reply to “Tributo a mi padre. Por Fernando Marquet (Expedicionario Brigada de Asalto 2506)”

  1. Un asalto a una dictadura castroestalinista muy bien armada por los rusos con dec. de miles de soldados, policias y milicianos. Increiible resulto que esos heroes resistieran tres dias. No tuvieron el apoyo aereo necesario. Y ningun tipo de apoyo maritimo. Se quedaron sin municiones. Estuvo bien arregladita la invasion para que fracasara. La URSS con cientos de miles de soldados y una gran potencia tuvo que huir de Afganistan. Pero los combatientes afganos tenian lanzacohetes que diezmaron a sus aviones y helicopteros y una ayuda sofitiscada americana.

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