MARIE-ANTOINETTE. Por Zoé Valdés

MARIE-ANTOINETTE.

Todo muy lindo, desfile, aviones, banderas, etcétera y demás. Pero. Ese ‘Pero’ de Juan Abreu.

En La Bastille lo que había era una prisión casi convertida en hospital psiquiátrico en la que quedaban cuatro locos piojosos contando al Marqués de Sade, ladilloso, botándose treinta pajas por día y escribiendo algunas líneas entre una y otra.

De otro lado, no sólo le cepillaron la cabeza a Louis XVI, que no era más que un cerrajero, más amante de las cerraduras que de la vagina de su esposa, a la que siempre llamaron La Austríaca o La Extranjera, con la que se casó, o casaron, en un matrimonio político, siendo ella una adolescente. Así y todo tuvieron hijos…

A Marie-Antoinette, casi inmediatamente después del 14 de julio de 1789 la condujeron con la familia a una residencia vigilada en Las Tullerías. En 1791 la encerraron en Le Temple, La Conciergerie, una prisión de trato y construcción medioeval. En una ergástula aparte enrrejaron a Marie-Thérèse, su hija adolescente. Y en otra al delfín Louis-Charles, futuro y efímero Louis XVII, 10 años de edad.

A Louis-Charles los revolucionarios lo emborrachaban a diario y lo manipularon psicológicamente hasta la saciedad. Obligaron al niño a declarar en el juicio contra Marie-Antoinette, su madre, y a afirmar que mantenía relaciones sexuales con él y con sus hermanos. Louis-Charles llegó completamente borracho, aterrado, escoltado, y declaró lo que le obligaron a declarar. Tocó después el turno a su hermana, a la que también confundieron, y supuestamente drogaron, y obligaron a declarar lo mismo. Marie-Thérèse, la única sobreviviente, vivirá con ese hondo, agudo e imborrable dolor toda su vida.

Por más que la autodefensa de la Reina fue brillante, emocionante, clara, y sobre todo muy valiente (he leído y releído su declaración y autodefensa propia, así como casi todos los documentos originales de la época en la Biblioteca Nacional de Francia, y en otras bibliotecas), su destino estaba sellado. Todos sabemos dónde acabó la erguida y graciosa cabeza de Marie-Antoinette, en un cubo de madera sanguinolento.

Poco tiempo más tarde Louis-Charles morirá de una tuberculosis generalizada de los pulmones a los huesos, los dolores, según cuentan los documentos históricos, fueron horrendos. El pequeño rey murió sin ningún tipo de contemplaciones, en la más tremebunda de las soledades, reconcomido por el pavor, en medio de visiones espantosas. Marie-Thérèse, su hermana, ignoraba lo ocurrido y lo ignoró durante mucho tiempo, hasta que un alma piadosa se prestó a contárselo.

Desde hace tiempo muchos se preguntan: ¿era la Reina tan descerebrada, frívola y ligera como se ha querido imponer para la eternidad? De ninguna manera, concluyo yo. He aprendido a sentir un gran afecto por Marie-Antoinette, La Austríaca, La Extranjera, y mientras más leo sobre ella, más la admiro y aprecio. Pobre mujer, lamentada Reina.

Zoé Valdés

Retrato de Marie-Antoinette, pintado en 1769 por Joseph Ducreux.

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4 Replies to “MARIE-ANTOINETTE. Por Zoé Valdés”

  1. Y ella no fue la que dijo eso de “si la gente no tiene pan, que coma tarta,” aunque su nombre sigue manchado por esa falsedad.

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