A propósito de “La salvaje Inocencia o la inocente pornógrafa” de Zoé Valdés. Por Ramón Muñoz Yánes

Gran Canaria 01:56 horas.

De Zoé Valdés a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, lo que preserva mi criterio con la más absoluta imparcialidad, he escuchado criterios diversos, las más de las veces sustentados en la ignorancia, otros en la mala intención, algunos incluso lastrados por ese sentimiento tan cubano del descrédito vestido con la más absurda sinrazón, que mi abuela Lola tildaba como la envidia genética de la más puta de las islas.


Zoé es un grito en medio de una noche comunista de seis décadas y a salvo, de los literatos tenidos por pulcros y remilgados en conceptos estéticos asumidos como éticamente correctos. Éstos no llegan nunca a hacer visible el holocausto sufrido por la sociedad cubana, de forma tan palpable como lo hace la Valdés, a quien si pudiera llamar por mi gusto sería Cecilia, fundiéndola por derecho propio con el personaje de Don Cirilo Villaverde. Zoé es la Habana de las infancias fusiladas, de seres que crecieron de espaldas a la historia de sus abuelos, porque en Cuba el régimen comunista aniquiló en la mayor parte de los ciudadanos, con brutal alevosía, el concepto de patria que tan orgullosamente vivió durante la época republicana en nuestros compatriotas. Cuba es un país de conciencias y gritos, reos de una miseria institucionalizada, una carencia crónica tomada como la principal política del estado. Cuba es un país dónde se mastica y no se piensa, una nación de herejes de la libertad de expresión. 


La Salvaje Inocencia o la inocente pornógrafa, es sobre todo un canto a la libertad, un gemido de rebeldía que muchos jóvenes de mi generación incluso de manera inconsciente, tomaron como forma de gritar por una sensación de sed espiritual y que desconocían en esencia, la libertad de acción y pensamiento, sólo la imaginaban e intentaban ser libres como podían, escuchando música considerada diversionista o capitalista como Led Zeepelin, Los Beatles y muchos otros, aunque por éstos días un Mick Jagger decadente y chocheante, cante en una ciudad dónde fue un proscrito. La Habana siempre fue una ciudad partida en dos, al oeste las clases ricas y al este los obreros, detalle que han mantenido e incluso han robustecido los líderes comunistas. Hasta el léxico es diferente a uno y otro lado de la caleta de San Lázaro, si tomamos este punto como referencia visual de la frontera entre las dos Habanas de siempre, cómo si a uno y otro lado del parque Maceo, las madrugadas no estuvieran repletas de imploraciones a los dioses más diversos en el éxtasis orgásmico.


La Habana de la novela es la Habana de nuestras adolescencias, dónde a falta de servicios elementales deambulábamos por la urbe, a modo de vaginas y falos bípedos, consumiendo a destajo orgasmos a salvo del racionamiento.


La historia perfectamente hilvanada atrapa y seduce, incluso hasta las que como decía mi tía Berta, “…no las dicen, pero se las meten…”. Hay un pasaje donde Desireé Fe, la protagonista, se detiene en la manzana de Gómez y hace referencia a una pecera en una farmacia. De niño y adolescente, me paraba absorto ante esa pecera que tenía un raro atractivo para mí, no sé si por los peces o lo inusual que me resultaba una pecera, entre olores de medicamentos. Es mi Habana, la del Lorca y la Moderna Poesía, la de ese Floridita tan cambiado por los años y que no le gustaría ni al mismo Hemingway, como bien sentenció Mary Welsh, en su última visita a la isla porque “…le faltan las puertas abiertas y las putas…”


La historia de los protagonistas es la historia de muchos de los cubanos, que llevamos los bolsillos repletos de Bola de Nieve, Benny Moré, el Prado, Lezama y Martí. Una novela que bien puede ser un alegato a nuestras infancias y juventudes secuestradas por una dictadura, a una Cuba que atesoramos a salvo de la desidia y el inmovilismo, lo que más la amamos, los que estamos lejos, para evitarnos la visión de verla encadenada.


Gracias, Zoé, por esta novela y te confieso algo, lo del baño de miel lo practico en ocasiones especiales.

R.Muñoz.

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